Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

—Qué interesante tener a una mujer tan joven sentada en esta mesa, Sokolov. ¿Sabe lo que está haciendo aquí, o solo está bonita?

El comentario llegó en medio de una pausa cualquiera de la reunión, sin aviso, una frase pensada de antemano y guardada para el momento justo de soltarla.

El hombre al otro lado de la mesa —Aleksei Orlov, presentado veinte minutos antes como socio de una ruta de distribución en el Báltico— hablaba mirando directamente a Mia, la sonrisa demasiado amplia para ser cortesía, los dedos gruesos tamborileando en el borde de la mesa antes de terminar la frase.

Los otros tres hombres en la sala se quedaron en silencio, los ojos alternando entre Orlov y Viktor, esperando ver qué rumbo tomaría la reunión.

Uno de ellos carraspeó, el sonido demasiado fuerte en el silencio que había caído sobre la mesa.

La sala de reuniones quedaba en el primer piso, lo bastante lejos del ala privada de la casa para que nadie de fuera tuviera que cruzarse con ningún guardia visible, las ventanas altas dejando entrar más luz que cualquier otra habitación que Mia hubiera visto allí dentro.

Mia había entrado detrás de Viktor, como siempre, con un bloc de notas y dos bolígrafos, su lugar ya reservado en el extremo izquierdo de la mesa desde la segunda reunión a la que asistió.

Mia mantuvo el bolígrafo quieto sobre el bloc, los ojos fijos en el propio papel, la punta inmóvil sobre el mismo punto de la página desde hacía varios segundos.

No era la primera vez que alguien intentaba medir su lugar en esa mesa —en las últimas semanas, otros dos socios ya habían hecho preguntas parecidas, probando si iba a titubear, si buscaría a Viktor con la mirada antes de responder.

Pero era la primera vez que alguien lo intentaba delante de él, a propósito, como quien pone a prueba la resistencia de un cable antes de confiarle peso.

Viktor no alzó la voz ni por un segundo.

—Ella encontró un error de siete dígitos en tu último informe trimestral, Aleksei.

Uno que ni siquiera tu propio equipo de auditoría vio en tres meses.

—Pasó una página de la carpeta que tenía delante, sin prisa, como si comentara el clima—.

Así que sí. Sabe lo que está haciendo aquí.

La pregunta que yo me haría en tu lugar es por qué tu mesa todavía no tiene a nadie capaz de lo mismo.

El silencio que siguió tenía un peso distinto al anterior. Orlov abrió la boca, la cerró de nuevo, los dedos golpearon una vez la mesa antes de forzar una risita corta, como quien se repliega sin admitir que se repliega, los ojos buscando apoyo en los otros hombres de la mesa y sin encontrarlo.

—Solo era una pregunta, Sokolov. No hace falta tomárselo tan en serio.

—Yo me tomo todo en serio en esta mesa. Por eso ella está sentada en ella.

Uno de los otros hombres cambió de posición en la silla, el cuero crujiendo bajo, un sonido pequeño que pareció enorme en aquel silencio específico y tenso.

Nadie más habló por un instante, el silencio estirándose hasta que Viktor volvió a pasar otra página de la carpeta, el gesto lo bastante simple como para servir de señal de que la reunión debía continuar.

Orlov también carraspeó, el mismo sonido que había hecho su colega minutos antes, y acercó sus propios papeles, los hombros un poco más caídos que al entrar en la sala.

La reunión continuó cuarenta minutos más, números y plazos y cláusulas de contrato pasando entre los hombres como si nada especial hubiera ocurrido segundos antes.

Orlov no volvió a mirar hacia Mia después de eso, los ojos fijos en sus propios papeles, la postura algo más encorvada que al principio.

Dos veces intentó retomar el tono de antes con algún chiste, y las dos veces nadie rio salvo él mismo, el sonido muriendo solo en medio de la sala, uno de los otros socios incluso desviando la vista hacia la ventana como quien finge no haber oído.

Mia siguió tomando notas, la caligrafía demasiado firme como para delatar nada, pero al corazón le costó el resto de la reunión entera volver a su ritmo normal, el lápiz presionando el papel con más fuerza de la necesaria en al menos dos líneas que después tuvo que borrar, el papel casi rasgándose en uno de los puntos.