Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

—Necesito comprar algunas cosas. Sola.

Viktor no levantó la vista del portátil de inmediato, los dedos deteniéndose sobre el teclado medio segundo antes de continuar tecleando, la luz de la pantalla reflejada en su rostro en la sala ya casi a oscuras.

Mia se quedó parada en la puerta del despacho, esperando la pregunta obvia —qué cosas, cuánto tiempo, con quién.

—¿A qué hora quieres salir?

No era la pregunta que esperaba. Había ensayado mentalmente toda una negociación de camino hasta ahí, argumentos preparados para cada objeción probable.

—Ahora. En veinte minutos, si puede ser.

—El coche estará en la puerta en quince.

Ni siquiera levantó la cabeza para decirlo, como si autorizarlo no le costara nada, como si ella hubiera preguntado la hora en lugar de pedir permiso para salir sola por primera vez en semanas.

Mia esperó un segundo más, buscando la condición que debía venir después —un guardia, una hora de vuelta, una lista de lo que podía o no comprar.

No llegó nada de eso.

—¿Eso es todo? ¿No vas a preguntar adónde voy?

—Vas a comprar cosas personales —por fin la miró, la expresión tan neutra como la voz—. Eso normalmente significa farmacia, tal vez una librería. No necesito un mapa para adivinarlo.

—¿Y si decido ir a otro sitio? Un café, un parque, no sé.

—Ve adonde quieras. No es una prisión, es una lista de la compra —volvió los ojos a la pantalla, los dedos retomando el teclado—. El coche te lleva y te recoge. El resto es cosa tuya.

Ella se quedó un instante más, sin saber bien qué hacer con la ausencia de obstáculo, el cuerpo todavía esperando una objeción que no llegaba. —Bien. Entonces voy.

—Ve.

Mia dio dos pasos fuera del despacho antes de volver, deteniéndose de nuevo en la puerta, la mano todavía en el marco. —¿Sin guardia conmigo?

—Pediste ir sola.

—Lo pedí. Solo quería confirmar que oíste bien la palabra.

—La oí —tecleó una línea más, los ojos todavía en la pantalla, el ritmo de las teclas sin romperse nunca—. Si quisiera mandar a alguien, lo habría dicho antes de que preguntaras dos veces.

Subió a cambiarse de ropa, la habitación todavía con olor al perfume que llevaba usando semanas sin cambiar, un detalle pequeño que solo notó porque tenía tiempo de sobra antes de que llegara el coche.

Se puso algo sencillo, nada que pareciera elegido para impresionar a nadie, se cambió de zapatos dos veces antes de decidirse, y bajó de nuevo ya con el bolso cruzado.

—

El coche la dejó a dos manzanas del centro comercial, el chófer explicando que esperaría ahí mismo, sin ofrecerse a acompañarla hasta la puerta.

Mia se quedó parada en la acera un segundo después de que el coche se alejara, mirando a ambos lados de la calle, esperando que alguien apareciera detrás de ella —un guardia, una sombra familiar, cualquier señal de que la libertad tenía una condición oculta.

Nadie apareció. Un grupo de turistas pasó fotografiando alguna fachada, un vendedor ambulante empujaba un carrito de castañas, el tráfico seguía su propio ritmo sin prestarle atención alguna.

Caminó sola por primera vez en semanas, el aire de la calle distinto al aire controlado de la mansión, el ruido de bocinas y conversaciones ajenas llenando un silencio que ni siquiera sabía que se había acostumbrado a cargar.

Se detuvo en una esquina solo para cruzar cuando quisiera, no cuando alguien lo decidiera por ella, el semáforo todavía en rojo cuando ella ya había bajado del bordillo, un coche tocando el claxon sin que ella se apresurara por eso.

Entró en una farmacia, los pasillos estrechos llenos de productos que no había tenido que elegir sola en las últimas semanas —siempre alguien traía lo que faltaba, sin preguntar la marca, sin preguntar el olor preferido.

Cogió tres jabones distintos antes de decidirse, oliendo cada uno, un lujo tan pequeño que casi dolió prestarle atención.

Una empleada uniformada preguntó si necesitaba ayuda; Mia dijo que no, gracias.

Un niño chocó con ella en el pasillo siguiente, la madre disculpándose deprisa antes de tirar de él del brazo. Mia dijo que no pasaba nada y siguió caminando, el pequeño choque sirviéndole de recordatorio de que allí nadie sabía quién era, ni necesitaba saberlo.

Después fue a una librería dos manzanas más adelante, los pasos más lentos de lo necesario.

Recorrió con los dedos los lomos de una estantería entera antes de elegir dos libros, uno de ellos sin ninguna razón salvo que la portada le había llamado la atención, el otro porque la primera página, leída de pie allí mismo, retuvo su atención más tiempo del esperado.

El móvil vibró una vez en el fondo del bolso —lo sacó para comprobar, pero era solo la alerta de alguna aplicación cualquiera, nada de Viktor. Lo guardó de nuevo sin responder.

Una empleada distinta preguntó si necesitaba ayuda; Mia dijo que no, que solo estaba mirando, y la mujer se alejó sin insistir.

Compró lo que había ido a comprar —artículos personales, los dos libros, un chocolate que no estaba en la lista, elegido solo porque el envoltorio le pareció interesante.

Se detuvo frente a un escaparate de zapatos más tiempo del que nada exigía, solo para sentir el peso de decidir detenerse sin consultar a nadie.

Dos horas después, volvió al punto acordado. El coche estaba exactamente donde se había quedado, el chófer leyendo un periódico doblado sobre el regazo, como si no hubiera hecho otra cosa en todo ese tiempo.

El trayecto de vuelta transcurrió en silencio, las bolsas en el asiento a su lado, la verja de la mansión abriéndose incluso antes de que el coche redujera del todo la velocidad.

—

Por la noche, Mia bajó a la cocina a por agua, los libros nuevos todavía intactos en la habitación, guardados para después de la cena, las bolsas de la tarde todavía en el suelo junto a la cama sin haber sido deshechas.

La casa estaba más silenciosa de lo habitual a esa hora, solo el sonido lejano de una televisión en alguna habitación que no lograba localizar.

La cocina estaba vacía, pero venían voces del pasillo de servicio —dos guardias haciendo el cambio de turno, la conversación lo bastante baja como para no ir dirigida a nadie en particular.

Mia se detuvo antes de entrar en el pasillo, la mano ya en el marco de la puerta, algo en el tono de ellos haciéndola dudar antes de anunciar su propia presencia.

—Se quedó más tiempo en la librería del que esperaba —dijo uno de ellos, el sonido de una taza dejándose en el fregadero—. Casi la pierdo de vista cuando entró en la segunda tienda.

—No la perdiste. Reportaste cada quince minutos, como siempre.

—Fue solo un comentario —una pausa, el sonido del agua corriendo—. Marek estuvo al otro lado de la calle todo el rato, así que ni importaba si yo la perdía de vista un segundo.

Mia se quedó parada en el vano de la puerta, el vaso todavía vacío en la mano, los pies pegados al suelo como si moverse pudiera romper algo que necesitaba seguir intacto unos segundos más.

—Dos hombres para cubrir una ida a la farmacia —dijo el segundo guardia, una risa corta escapándosele—. Él no confía ni cuando finge confiar.

—Nunca le dijo a ella que confía. Solo dijo que podía ir sola.

—¿No es lo mismo?

—No. Es bastante distinto.

—¿Cómo que distinto? Ella nunca estuvo sola ni un minuto ahí fuera.

—Y ella tampoco va a saberlo nunca, así que para ella fue todo igual —el sonido de pasos acomodándose, alguien cogiendo un abrigo de un gancho—. Eso es lo que importa. El informe queda archivado, ella se queda pensando que estuvo sola ahí fuera, y al final todos duermen tranquilos.

—Menos tú, que reportas cada quince minutos hasta cuando no hay nada que reportar.

—Prefiero reportar de más que ser yo quien tenga que explicarle al jefe por qué la perdí de vista.

Los pasos de ambos se alejaron hacia otro pasillo, la conversación perdiéndose hacia la parte de la casa a la que ella no solía ir, una puerta cerrándose suavemente en algún punto lejano.

Mia siguió quieta donde estaba, el vaso todavía vacío, el grifo del fregadero goteando despacio en el silencio que quedó después de que las voces desaparecieran del todo.

No había visto a nadie. Ningún rostro conocido había cruzado su camino en la calle, ningún coche la había seguido lo bastante cerca como para notarlo, ninguna sombra se había quedado parada demasiado tiempo en una esquina de forma obvia.

Había repasado la calle sin siquiera darse cuenta de que lo estaba haciendo, un hábito automático que no había encontrado nada fuera de lugar —porque nada estaba fuera de lugar, el trabajo de ellos demasiado bueno como para dejar ningún cabo suelto.

Dos hombres habían pasado toda la tarde vigilando cada paso suyo sin que ella sintiera el peso de una sola mirada.

La farmacia, los jabones olidos uno por uno, la librería, el escaparate de zapatos donde se había quedado por puro placer de decidir sola —todo eso había tenido un público que nunca supo que existía.

El chocolate elegido solo por el envoltorio, el segundo libro cogido sin motivo —también eso había sido visto, catalogado, reportado cada quince minutos como un horario de tren.

Mia se apartó del vano de la puerta antes de que volvieran los pasos de los guardias, apoyando la espalda contra la pared del pasillo un instante, el vaso todavía seco en la mano, el corazón latiendo más rápido de lo que justificaba la caminata hasta ahí.

El grifo de la cocina seguía goteando a lo lejos, un sonido demasiado pequeño para llenar el silencio que se había vuelto enorme de repente.

Dejó el vaso sobre la encimera con más fuerza de la necesaria, el sonido resonando por la cocina vacía. Las manos se cerraron en puño a los lados del cuerpo, los dedos apretando con fuerza suficiente para dejar marca en la palma.

Debería estar furiosa. Lo estaba, en parte. Pero la otra parte notó que él la había dejado ir.