Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

—Vienes conmigo esta noche.

No era una petición. Viktor estaba en la puerta de su habitación, el reloj en la muñeca marcando las seis y cuarto, un vestido colgado de una percha que la empleada había traído minutos antes sin explicar para qué.

—¿Adónde voy?

—Cena en casa de Dmitri Volkov. Socio en una de las operaciones portuarias.

Hombre de otra generación —no cierra negocios delante de ninguna esposa, pero tampoco confía en un hombre que aparece solo a una cena de ese tipo.

La presencia equivocada, o la ausencia total de presencia, y él lo lee como inestabilidad.

Es así de simple, y al mismo tiempo no es sencillo en absoluto.

—¿Y yo cómo resuelvo eso?

—Vienes como mi invitada. Te quedas a mi lado, sonríes cuando corresponda, dejas que él decida solo qué significa eso.

Mia miró el vestido ya colgado, elegido por alguien que no era ella —la etiqueta todavía prendida en la manga, la talla exacta sin que nadie hubiera preguntado. —¿Y qué digo si pregunta quién soy?

—Lo que quieras —Viktor ya se estaba alejando de la puerta, el pasillo absorbiendo sus pasos—.

Yo no voy a estar a tu lado todo el tiempo ahí dentro.

Hombres como Dmitri separan a los invitados por sexo después de la cena —puros para un lado, licor para el otro.

Vas a quedarte sola con su esposa y otras mujeres que nunca has visto en tu vida, hablando de cosas que no puedo prever.

—¿No vas a darme ninguna información antes? Ni el nombre de la esposa, ni un tema seguro.

—No hay tiempo, y no ayudaría. Van a preguntarte cosas que a mí ni se me ocurrirían —se detuvo al final del pasillo, se giró una última vez—. Treinta minutos.

La puerta de la habitación se cerró sin ninguna palabra más. Mia se quedó mirando el vestido un instante antes de tocarlo, contando mentalmente cuánto tiempo había pasado ya desde las seis y cuarto.

—

El coche se detuvo frente a una casa que parecía más un museo que una residencia, columnas blancas, dos guardias en la entrada vestidos como si no lo fueran.

Viktor bajó primero, rodeó el coche, le abrió la puerta antes de que el chófer llegara —el primer gesto de ese tipo que ella le veía hacer, demasiado rápido para significar algo más que protocolo.

—Mi nombre —dijo ella, en voz baja, en el último segundo antes de que se abriera la puerta de la casa—. Nunca me dijiste qué digo si me preguntan mi nombre completo.

—Mia. Solo con eso basta.

—¿Y si insisten en el apellido?

—Nadie va a insistir. Esta gente no pregunta el apellido dos veces —o acepta la respuesta a la primera, o ya decidió no confiar de todas formas, y en ese caso el apellido no cambia nada.

No hubo tiempo para nada más. La puerta se abrió, la luz de dentro de la casa derramándose sobre los dos antes de que ninguno diera el primer paso.

Dmitri Volkov vino hacia ellos antes de que ella terminara de recorrer el resto del salón con la mirada —un hombre de unos sesenta años, el paso demasiado firme para alguien que solo quería saludar, una copa de vodka ya en la mano pese a que la noche apenas comenzaba, los ojos demasiado rápidos para un hombre de su edad.

—Viktor —el hombre le tendió la mano, los ojos ya en Mia antes de terminar el saludo—. No sabía que traías compañía esta vez.

—Dmitri, ella es Mia.

Ningún apellido. Ninguna explicación. Viktor dio un paso atrás casi en el mismo instante, saludando a otro invitado que se acercaba, dejando el espacio entre Dmitri y ella lo bastante abierto como para que lo llenara sola.

—¿Y a qué te dedicas exactamente, Mia?

Ninguna respuesta preparada la esperaba en la punta de la lengua. Tuvo el tiempo de una respiración para elegir, los ojos de Dmitri sin desviarse ni un segundo mientras esperaba.

—Trabajo con Viktor —dijo, por fin—. En cosas que no son tan interesantes de explicar en una cena.

—Toda mujer que me ha dicho esa frase estaba escondiendo algo demasiado interesante para una cena.

—O simplemente siendo educada con un hombre al que acaba de conocer.

Dmitri rio, un sonido corto, más cortesía que humor de verdad, y no insistió —pero sus ojos se demoraron un segundo más en el rostro de ella antes de volverse hacia otro invitado que llegaba. Una empleada apareció para conducirlo hacia ese grupo, y él se alejó sin terminar de decidir qué pensar.

La cena transcurrió en dos idiomas que Mia solo entendía en parte, Viktor a tres sillas de distancia en la larga mesa, demasiado cerca para llamarlo, demasiado lejos para cualquier cosa salvo alguna mirada ocasional hacia ella entre plato y plato, ninguna señal en su rostro que ella pudiera leer como aprobación o advertencia.

Después del postre, los hombres se levantaron primero, siguiendo a Dmitri hacia una sala cerrada con olor a puro que ya se escapaba por la puerta entreabierta.

Viktor no miró atrás al salir. Una mujer de cabello canoso, la esposa de Dmitri, tocó el brazo de Mia y la condujo a una terraza donde otras mujeres ya estaban sentadas, copas de licor en la mano, el aire de fuera más frío que dentro del comedor.

—Así que eres la nueva de Viktor —la pregunta vino de una mujer más joven, el tono demasiado ligero para ser inocente—. ¿Cuánto tiempo llevan?

Cuatro pares de ojos esperaron, sin ninguna pista de cuál era la respuesta correcta, sin ningún Viktor cerca para corregir nada en voz alta como broma entre los dos. —Tiempo suficiente para aprender a no responder preguntas sobre el tiempo.

Eso arrancó risas a dos de ellas. La esposa de Dmitri sirvió más licor para todas, incluida Mia, sin preguntar si lo quería.

—¿Y tú trabajas, o solo…? —la mujer mayor hizo un gesto vago con la mano, señalando el vestido, la casa, el mundo entero alrededor, el tono más curioso que crítico.

—Trabajo. Consultoría —Mia bebió un trago pequeño, ganando un segundo—. Es aburrido hasta que alguien comete un error. Entonces se vuelve interesante.

—Eso suena a algo que diría Viktor.

—Tal vez lo aprendí observándolo.

La mujer más joven se inclinó hacia adelante, el codo en la mesita entre ellas, la mirada rápida hacia el anillo de Mia antes de volver a su rostro. —¿Viven juntos?

—Vivimos.

—¿Y su familia? ¿Ya conociste a alguien?

No había respuesta preparada para esa pregunta sobre la familia de él. Mia hizo girar la copa despacio, ganando otro segundo antes de decidir. —Su familia no es un tema que él traiga a casa. Aprendí a no preguntar sobre eso del mismo modo que él no pregunta sobre la mía.

—¿Eso es diplomacia o verdad?

—Las dos cosas, probablemente. Tendrás que decidir tú sola cuál prefieres creer.

La esposa de Dmitri rio esta vez, un sonido más genuino que los anteriores, algo relajándose en su postura que no había estado ahí antes, y cambió de tema por su cuenta —una boda que iba a celebrarse en verano, un viaje que una de ellas había hecho a Grecia, un escándalo de alguien que no estaba allí para defenderse.

Mia solo tuvo que escuchar después de eso, los detalles de su propia historia sin ser puestos a prueba de nuevo esa noche, cada respuesta anterior ya suficiente para cerrar la puerta a cualquier pregunta nueva.

—

En el coche de vuelta, el silencio duró tres manzanas enteras antes de que Viktor hablara. Mia miraba por la ventanilla, los zapatos ya fuera de los pies, uno en cada mano, los pies doloridos apoyados en el asiento de cuero frío.

—Mentiste bien.

No era una pregunta. Él miraba hacia adelante, hacia la calle que pasaba por la ventanilla, la voz lo bastante baja como para ser solo de ella.

—Aprendí observándote a ti.

El coche pasó junto a una gasolinera iluminada, la luz cortando el interior por un segundo antes de volver a la oscuridad.

Viktor giró la cabeza hacia ella por primera vez desde que habían subido al coche, los ojos deteniéndose en su rostro más tiempo del que solían detenerse en cualquier otra cosa.

—Nadie te preparó para nada de aquello.

—Me diste treinta minutos y un vestido. Eso no es preparación, es un aviso.

—Y aun así no fallaste una sola línea. Ni sobre la familia, ni sobre dónde vivimos, ni sobre nada de lo que preguntó su esposa.

—Porque no inventé nada que no pudiera sostener. Solo elegí qué mostrar y qué dejar en el aire.

Él no respondió de inmediato. El coche tomó una curva cerrada, el cuerpo de ella deslizándose unos centímetros en el asiento, la rodilla rozando la de él por un instante antes de que ambos se ajustaran, ninguno apartándose demasiado rápido, el chófer ajeno a todo por el retrovisor.

—Esto me molesta más de lo que debería —dijo él, por fin, la voz más baja que antes.

—¿Por qué?

—Porque significa que no me necesitas ahí dentro. Solo la puerta abierta.

Ella tampoco tuvo respuesta preparada para eso. Miró sus propias manos en el regazo, el anillo que Viktor le había puesto antes de salir todavía en el dedo, la piedra oscura atrapando la luz de vez en cuando conforme el coche pasaba junto a otro poste.

—¿Preferías que me hubiera quedado paralizada? —preguntó, en cambio.

Y entonces él rio —un sonido corto, real, nada parecido a la risa de cortesía que Dmitri había soltado horas antes, los ojos entrecerrándose de un modo que ella nunca le había visto antes, la cabeza inclinándose un poco hacia atrás contra el respaldo del asiento.

Era la primera vez, y ella ya estaba guardando aquel sonido en el mismo lugar donde guardaba los números de los guardias y los horarios de cambio de turno, sin permitirse preguntarse por qué.