Capítulo 11
—Doscientos cuarenta mil dólares no se pagan con lo que una persona lleva en la cartera.
Viktor estaba tras la misma mesa donde la carta había estado doblada dos días antes, una carpeta nueva abierta frente a él —tapa gris, sin etiqueta, el tamaño equivocado para cualquier cosa que debiera salir de aquella sala. Mia se detuvo a medio camino hacia la silla, todavía de pie.
—Dije que iba a pagarlo yo sola.
—Y yo te estoy dando una forma de hacerlo sin esperar un golpe de suerte en Baden-Baden.
Ella miró hacia la puerta a su espalda, todavía entreabierta, el pasillo vacío al otro lado, una empleada pasando lo bastante lejos como para no oír nada de lo que se decía allí dentro.
La cerró con el propio pie, sin darle la espalda a él, el sonido del pestillo encajando más fuerte de lo que pretendía.
—Continúa.
Él giró la carpeta hacia ella. Dentro, un contrato de dos páginas, el nombre de una empresa impreso en la parte superior —Solvex Consultoría S.L.
, un nombre que ella nunca había oído, inventado para existir solo sobre el papel.
Acercó la carpeta hacia sí, los ojos recorriendo las cláusulas antes de sentarse, buscando primero la parte que cualquier abogado leería en último lugar.
—Consultora de operaciones legales —leyó en voz alta, probando las palabras—. De tu empresa fantasma.
—De una de mis empresas fantasma —él no corrigió su tono, no pareció incomodarle la palabra—. Lees un contrato más rápido que cualquier abogado que haya contratado nunca. Lo sé porque te puse a prueba sin avisarte, tres veces, en las últimas dos semanas.
Mia se sentó en la silla frente a él, las manos en el regazo, sin tocar todavía el contrato. —¿Cómo me pusiste a prueba?
—Documentos dejados abiertos donde ibas a verlos.
Errores plantados a propósito. Encontraste dos de los tres —cerró la carpeta gris, empujó el contrato más cerca—.
El sueldo se descuenta directamente de la deuda.
Trabajo de verdad, no caridad disfrazada.
Si quisiera darte dinero, no necesitaría un contrato.
—¿Cuál fue el tercer error? El que no encontré.
—No te lo voy a decir. Eso arruinaría la próxima prueba.
Ella miró el número al pie de la segunda página —el importe mensual, el tiempo estimado para saldar el total, una cuenta que ella misma había intentado hacer de cabeza sin confirmarla.
Casi coincidía exacto. Pasó el dedo por la línea de la cifra dos veces, como si comprobarla otra vez pudiera cambiar algo en ella misma.
—¿Por qué confiaría en una empresa que ni siquiera existe de verdad?
—Porque la alternativa es confiar en tu padre, y ya has probado esa opción seis veces esta semana.
El comentario no llevaba maldad en la voz —solo un hecho, dicho del mismo modo en que decía cualquier otra cosa. Mia cogió el bolígrafo junto al contrato, lo hizo girar entre los dedos sin firmar todavía.
—Si encuentro un error en el trabajo de verdad, ¿qué pasa?
—Me lo dices. Yo decido qué hacer con eso.
—¿Y si el error es tuyo?
Por primera vez desde que había entrado, algo en sus ojos tardó un segundo de más en responder, el silencio estirándose lo suficiente para que ella contara hasta tres en su cabeza. —Entonces tendrás la oportunidad de descubrir si lo admito.
Releyó la cláusula de rescisión dos veces, buscando alguna trampa escondida en la letra pequeña —no encontró ninguna, solo las mismas condiciones repetidas de otro modo, la misma promesa dicha en lenguaje jurídico en vez de conversación.
Firmó en las dos líneas marcadas, el bolígrafo arañando el papel con más fuerza de la necesaria en la primera firma, más controlada en la segunda.
Viktor recogió el contrato antes de que la tinta se secara del todo, lo guardó en la carpeta gris sin comprobar si había errado alguna línea.
—
La primera reunión de trabajo tuvo lugar tres días después, en la misma sala, el asistente de gafas presente esta vez, una pila de informes entre los tres.
La silla que quedó para ella estaba del lado de la mesa más cerca de Viktor de lo que ella hubiera elegido —el asistente ya estaba sentado al otro lado, los únicos dos asientos libres siendo ese y otro más alejado que nadie había apartado para ella.
Viktor le pasó una proyección financiera trimestral —números de una de las empresas fantasma, movimientos de capital entre cuentas que ella aún no entendía del todo para qué servían, siglas demasiado abreviadas para descifrar de memoria.
Las hojas estaban grapadas en el orden equivocado, la segunda página antes que la primera, un detalle pequeño que la hizo detenerse un segundo antes de reorganizarlo todo con la mano.
—Analízalo y dime si está limpio.
Leyó en silencio durante doce minutos, el asistente tecleando en otro portátil sin levantar la vista, Viktor leyendo otro documento como si ella no estuviera allí.
El reloj de pared marcaba los minutos con un tictac que ella solo notaba cuando el silencio se alargaba demasiado.
En la primera página, una columna de números no cuadraba con la suma al pie —lo comprobó dos veces con la calculadora de su propio móvil antes de decidir que no era error suyo, era error del documento, y siguió adelante sin comentarlo todavía.
En la tercera página, su dedo se detuvo en una línea.
—Esta transferencia de julio está mal clasificada —giró el informe hacia él, el dedo todavía en la línea, el papel estirado entre ambos—.
Figura como gasto operativo, pero el importe coincide exactamente con el pago que aparece tres páginas más adelante como "consultoría externa".
Es la misma transacción contada dos veces.
El asistente dejó de teclear. Viktor no levantó la vista de su propio documento de inmediato —tardó dos segundos más de lo normal antes de extender la mano para coger el informe, sus dedos rozando levemente los de ella al sujetar el otro extremo de la hoja, ninguno de los dos retirando la mano más rápido de lo necesario.
Leyó la página entera despacio, comparándola con algo en el portátil del asistente, los ojos yendo y viniendo entre las dos fuentes.
El asistente intentó inclinarse para ver también, pero Viktor no movió el papel hacia él —lo mantuvo entre él y Mia, como si la comprobación fuera cosa de los dos solamente.
No dijo nada durante un buen rato. Cogió un bolígrafo, hizo una marca discreta en el margen —solo un trazo, sin ninguna palabra al lado— y devolvió el informe al asistente.
—Corrígelo y reenvíalo antes de que acabe el día.
El asistente asintió, recogió los papeles deprisa, salió de la sala con toda la pila bajo el brazo, los pasos más rápidos de lo necesario, como quien prefiere no estar presente para lo que viene después, la puerta casi cerrándose de golpe tras él antes de acordarse de sujetar el picaporte.
Mia se quedó mirando el lugar donde había estado el informe, esperando algo que no llegó —un "buen trabajo", un gesto de asentimiento, cualquier señal de que lo que había hecho contaba para algo más que el trabajo en sí.
—¿Eso fue todo? —preguntó ella.
—¿Qué más debería ser?
—Un elogio no mataría a nadie.
Viktor cerró la carpeta frente a él, alineó los bordes con ambas manos antes de responder. —El elogio es para quien necesita confirmación para seguir seguro de lo que hizo. Tú ya sabías que tenías razón antes de que yo lo mirara.
—Eso no significa que no quiera oírlo.
—Lo recordaré —no dijo nada más sobre el tema, pero tampoco apartó los ojos de ella tan rápido como solía hacer después de terminar una frase.
Ella no tuvo respuesta preparada para eso.
Él ya se había levantado, recogiendo otros papeles de la mesa, el cuerpo pasando lo bastante cerca de la silla de ella para que el hombro casi rozara el de ella al inclinarse a recoger un bolígrafo caído al suelo —casi, no llegó a pasar, se desvió un centímetro en el último instante, se enderezó, se quedó quieto un segundo más largo de lo que cualquier movimiento anterior exigía antes de dar el paso hacia atrás.
—Mañana hay dos informes más —dijo, ya de espaldas, guardando el bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta—. Los mismos doce minutos de silencio, si lo haces del mismo modo.
—Traeré un reloj para cronometrarte a ti también.
Él no respondió a eso, pero se detuvo un instante en la puerta antes de salir, como si la frase hubiera pedido algo más que decidió no dar. Salió sin decir nada más.
Mia se quedó sentada sola un momento, mirando la puerta por la que había salido, el reloj de pared marcando los minutos en el mismo ritmo de antes, como si nada allí hubiera cambiado de verdad, como si la mañana entera cupiera en el mismo silencio de siempre.
Tres horas después, un nuevo informe apareció en la bandeja de entrada que Viktor le había abierto esa mañana —la misma dirección genérica, sin nombre de remitente visible, solo un número de protocolo automático en el asunto del correo.
Abrió el archivo adjunto esperando encontrar el mismo documento de antes, tal vez con una nota explicando lo que se había hecho.
Era la misma proyección financiera, la transferencia de julio ahora correctamente clasificada, el error duplicado eliminado, todo formateado de nuevo como si nunca hubiera existido problema alguno.
Los márgenes estaban ajustados, la fuente igual, ni una coma fuera del patrón del resto del informe —más trabajo del que los minutos entre la reunión y aquel correo deberían permitir, hecho por alguien a quien le importaba hacerlo bien, no solo rápido.
Ningún correo adjunto. Ninguna nota diciendo quién lo había corregido, ni cuándo, ni a partir de qué instrucción.
Nadie preguntó de quién había sido la idea.