Capítulo 10
La puerta del despacho estaba abierta.
Mia se detuvo en el pasillo con la pila de libros todavía apretada contra el pecho, los ojos clavados en la rendija —la misma puerta que permanecía cerrada todos los días en aquella casa, la misma franja de luz que ella veía asomar por debajo sin haber visto nunca lo que había detrás.
Abierta ahora, apenas diez centímetros, lo suficiente para que un triángulo de luz cayera sobre la alfombra del pasillo.
Ningún sonido dentro.
Un paso en algún lugar de la casa —lejano, probablemente en el piso de arriba— la hizo retroceder contra la pared, apretando los libros con más fuerza contra el cuerpo.
Esperó. El sonido no se repitió. Nadie bajaba las escaleras, nadie venía por el pasillo hacia la sala.
Solo la casa haciendo los ruidos de siempre: la madera asentándose, una cañería en algún sitio, el reloj de pie al final del pasillo marcando los segundos con su tictac habitual.
Dio dos pasos antes de decidir que estaba dándolos. La pila de libros terminó sobre una cómoda del pasillo, sin cuidado, uno de ellos a punto de resbalar hasta el suelo. Empujó la puerta con dos dedos, despacio, lo justo para pasar sin que las bisagras protestaran.
La sala estaba vacía. El asistente de Viktor —el hombre delgado de gafas que siempre llevaba una carpeta bajo el brazo— no estaba por ningún lado, solo un café a medio terminar enfriándose junto al teclado, el vapor ya sin subir. Se había ido hacía poco.
Nunca había visto aquella sala por dentro, no desde ese ángulo, no con la puerta abierta y nadie para explicarle lo que estaba viendo.
Sus ojos recorrieron rápido las paredes antes de decidir dónde detenerse: estanterías metálicas en lugar de las de madera de la biblioteca, carpetas etiquetadas por año, una caja fuerte empotrada tras un cuadro lo bastante torcido como para dejar ver la rendija.
Un mapa de la ciudad clavado en la pared con alfileres de colores en puntos que no significaban nada para ella, líneas finas que conectaban algunos de ellos con otros, un sistema que no tenía tiempo de descifrar.
Sus pasos pisaron solo lo necesario; la alfombra era lo bastante gruesa como para no hacer ningún ruido.
Sobre la mesa había un único papel, doblado por la mitad, el pliegue todavía tan fresco que ni siquiera había marcado del todo.
Al lado, una carpeta cerrada con el nombre de su padre escrito en el lomo —CARUSO, en letras de tinta negra, subrayado una vez, el trazo tan fuerte que había rasgado ligeramente el papel bajo la línea.
Mia no tocó la carpeta. El papel doblado bastaba.
Mia miró hacia la puerta. Nadie. Miró hacia el pasillo. Vacío.
Cogió el papel. El codo rozó levemente la taza al pasar, y el café amenazó con derramarse por el borde —sujetó el asa a tiempo, el líquido oscilando de un lado a otro sin caer, y devolvió la taza a su sitio exacto antes de permitirse respirar de nuevo.
Era una carta —no impresa, escrita a mano, la letra reconocible incluso antes de leer la primera línea. La letra de su padre. Esa manera de hacer la "R" mayúscula con la curva exagerada, la misma desde que ella tenía ocho años y lo veía firmar cheques que siempre volvían rechazados del banco.
Las primeras líneas estaban emborronadas, la tinta se había corrido en una esquina —agua, tal vez, o demasiada prisa para dejarla secar antes de doblarla.
Giró el papel hacia la luz de la ventana, forzando la vista contra las palabras que desaparecían a mitad de una frase, el resto de la sala esfumándose de su atención por un instante entero.
Viktor,
Necesito un mes más. Las cosas en Mónaco no salieron como esperaba, pero hay una mesa en Baden-Baden la próxima semana que puede resolverlo todo de una vez. Un mes, solo eso te pido. Sabes que pago.
Releyó la última frase dos veces. Sabes que pago.
No "cómo está mi hija". No "espero que esté bien ahí".
Contó las palabras de la carta entera sin querer, un hábito que no lograba desactivar desde niña, contar escalones, contar platos en la mesa, contar cualquier cosa que diera un número exacto —treinta y una palabras, y ninguna de ellas era sobre ella.
Le dio la vuelta al papel. Del otro lado, una letra distinta —más recta, más económica, tinta negra en lugar de azul.
La respuesta de Viktor, en borrador, con algunas palabras tachadas y reescritas al lado, como si hubiera pensado dos veces antes de elegir cada una.
Una palabra en medio del párrafo estaba tachada con tanta fuerza que había desgarrado ligeramente el papel —pasó el pulgar por encima del desgarro sin lograr descifrar qué había sido borrado.
Carmine,
Doscientos cuarenta mil. Treinta días, a partir de hoy —los mismos treinta días que ya tenías. No habrá segundo plazo.
Debajo, una última línea, escrita más deprisa que el resto, las letras menos cuidadas: No me escribas de nuevo hasta que tengas el importe completo.
La cifra coincidía con lo que ella ya sabía, el número que había oído susurrar entre dos guardias en la primera semana, nunca dicho directamente a ella, solo captado al paso en el pasillo como quien no debía haberlo oído.
Verlo escrito, en su propia letra, era distinto a oírlo de lejos.
Doscientos cuarenta mil dólares. El precio que alguien le había puesto sin preguntarle si estaba de acuerdo con el valor.
Volvió los ojos a la carta de su padre una última vez, buscando entre las treinta y una palabras algo que se le hubiera escapado en la primera lectura, alguna línea que hubiera saltado sin querer. Releyó de arriba abajo, rápido, los ojos corriendo hasta el final de la página.
No había nada. Ninguna pregunta sobre ella. Ningún "dile que la extraño". Ninguna línea perdida en medio de la petición de plazo que fuera, en realidad, sobre su hija y no sobre la deuda. Había escrito para negociar tiempo, no para saber si ella seguía viva.
Un sonido distinto ahora —ruedas de un carrito de limpieza arrastrándose por el pasillo, todavía lejos, pero acercándose por el lado equivocado.
Mia se quedó paralizada un instante, el papel aún abierto en ambas manos, calculando si le daba tiempo a doblarlo antes de que el carrito doblara la esquina y alguien mirara dentro de la sala por la puerta entreabierta.
El sonido se detuvo. Una puerta se cerró en algún lugar lejano —la empleada había girado hacia otro pasillo, hacia otra habitación, sin llegar a acercarse lo suficiente para ver.
Pasos al final del pasillo —esos sí, viniendo directo hacia la sala, todavía lejanos, pero en la dirección correcta. Voces ahora —dos, una de ellas el asistente, la otra más grave, más lenta, inconfundible.
Mia dobló el papel de nuevo por la mitad, siguiendo el mismo pliegue que ya estaba marcado, los dedos temblando lo suficiente como para necesitar dos intentos hasta que el doblez quedara recto de nuevo.
En el primer intento salió torcido, un milímetro fuera de lugar —lo deshizo, lo intentó otra vez, alineando esta vez los bordes con un cuidado exagerado antes de apretar el pliegue con la uña.
Colocó el papel exactamente donde lo había cogido —la esquina alineada con el borde de la mesa, el mismo ángulo de antes, la taza de café intacta al lado como testigo de que nada se había movido allí.
Dio un paso atrás. Dos. Su espalda encontró la estantería un segundo antes de que las voces llegaran a la puerta —tiempo suficiente para coger un libro cualquiera del estante más cercano y sujetarlo contra el pecho, como si hubiera entrado allí solo a elegir una lectura.
El asistente entró primero, se detuvo a mitad de paso al verla allí, los ojos yendo directo a la mesa y luego a ella, haciendo la cuenta.
La mano se movió hacia el papel antes de contenerse, como si el gesto hubiera empezado solo.
Se ajustó las gafas, un hábito nervioso que Mia ya le había visto antes en las reuniones, siempre que algo se salía de lo previsto.
Detrás de él, Viktor llenó todo el vano de la puerta, la mirada cayendo sobre la carta encima de la mesa —exactamente donde estaba, exactamente como la había dejado— y luego sobre Mia, demasiado lejos de la estantería de la que había sacado el libro, demasiado lejos de la puerta para acabar de entrar.
Nadie dijo nada durante un segundo entero.
El asistente abrió la boca como quien va a explicar algo.
Viktor levantó dos dedos, sin mirarlo, y el hombre cerró la boca de nuevo, retrocedió un paso, salió por la puerta por la que acababa de entrar, llevándose la taza fría con él.
El sonido de sus pasos se desvaneció pasillo abajo, más rápido de lo que había venido.
Se quedaron solo los dos.
Viktor entró del todo en la sala, cerró la puerta tras de sí con un leve empujón del hombro, sin apartar los ojos de ella.
Fue hasta la mesa, miró el papel doblado, no lo tocó —solo deslizó dos dedos por el borde, alineando un milímetro que ya estaba alineado, un gesto que no tenía otra función que ocupar la mano.
No preguntó qué había visto. No preguntó si había leído.
Se quedó ahí, con las manos apoyadas en el borde de la mesa, esperando, del mismo modo en que esperaba siempre que ya sabía la respuesta y solo quería ver si ella iba a decirla.
El silencio duró lo suficiente para que Mia contara tres respiraciones antes de decidir que no iba a esperar ni una más para hablar primero.
Mia dejó el libro sobre la silla más cercana, sin mirar cuál era, y enderezó los hombros contra la estantería.
—Voy a saldar la deuda yo sola. Dime el importe exacto.