Capítulo 9
La tablet no pidió contraseña.
Mia tocó el ícono del navegador esperando la pantalla de bloqueo de siempre: el aviso gris, «acceso restringido», el mismo desde hacía ocho días. En cambio, la página de inicio cargó. Sin aviso. Sin pedirlo.
Miró hacia la puerta de la biblioteca. Vacía.
Escribió primero algo inofensivo, el nombre de un diario italiano, solo para confirmar. La página se abrió completa, sin filtro, sin redirección. Borró la búsqueda. Escribió de nuevo.
Viktor Sokolov.
Setecientos treinta mil resultados. Hizo clic en el tercero.
Un artículo de 2019 de una revista de negocios rusa: describía a Sokolov como «inversor discreto» con participación en tres puertos del Báltico.
Ninguna foto reciente: la más cercana tenía el rostro parcialmente cubierto por un paraguas.
Abrió un documento en blanco y copió el texto antes de que algo cambiara, los dedos demasiado rápidos para su propio pensamiento.
Pasos en el pasillo. Bajó el brillo de la pantalla hasta casi apagarla, dejó la tablet a un lado como si fuera un libro cualquiera, la tapa hacia arriba.
El guardia pasó frente a la puerta abierta, miró hacia adentro menos de un segundo, siguió caminando sin romper el ritmo de sus pasos.
Ella esperó a que el sonido se perdiera al fondo del pasillo antes de subir el brillo otra vez, los hombros relajándose solo cuando tuvo la certeza de que no iba a volver.
El segundo resultado era un foro. Nombres cambiados por iniciales, fechas sueltas sin contexto, un comentario borrado que todavía aparecía en caché: V.S.
— desaparición de dos socios en 2016, nunca confirmada, nunca desmentida.
Lo leyó dos veces. También lo copió, el cursor temblando un poco al seleccionar el texto.
El reloj de la pared marcaba las tres y veinte. Tenía la habitación entera para ella sola: Viktor llevaba una hora en una reunión, los guardias cambiaban de turno a las cuatro. Lo sabía porque contaba.
Probó un cuarto término, cruzando el apellido con el de los dos socios del foro.
Un resultado arrojó una demanda civil archivada hacía seis años, iniciada por una familia contra una empresa fantasma: el nombre de Viktor no aparecía en ninguna parte del texto, solo al pie, en una lista de testigos que nunca declararon.
Amplió la imagen del documento escaneado hasta que los píxeles quedaron cuadrados, tratando de leer un número de expediente que el escáner había cortado a la mitad.
El tercer enlace de verdad apareció a mitad de la segunda página de resultados: Sokolov: el dosier que la editorial retiró. Hizo clic. Página no encontrada.
No se rindió al primer intento. Abrió un buscador distinto, escribió el título entre comillas, probó la versión en caché.
La página cargó despacio, en fragmentos: primero el encabezado, después un párrafo cortado a la mitad, después una foto que se congeló antes de terminar de renderizarse.
Capturó cada fragmento antes de que la pantalla cambiara de nuevo, un clic tras otro, sin tiempo de leer bien lo que estaba guardando.
El párrafo que logró guardar entero decía: fuentes de la investigación apuntan a una red que se extiende más allá del territorio ruso, con al menos dos muertes clasificadas oficialmente como accidentes. Después de eso, nada. La página dejó de responder.
Intentó reabrirla tres veces. A la cuarta, apareció una ventana pequeña, sin ícono, sin remitente, distinta del aviso gris de siempre:
Este contenido no está disponible en esta red.
No era un bloqueo general. Era un enlace específico, cortado después de que ella ya había hecho clic en él. Alguien sabía exactamente adónde había ido.
Estuvo a punto de cerrarlo todo ahí. En cambio, volvió al foro y bajó más, buscando otro hilo de la misma conversación. En medio de un comentario sobre negocios en Róterdam, una línea detuvo su dedo a mitad del gesto:
¿alguien sabe quién es la chica nueva en su casa? apareció de la nada, nadie dice nada.
La respuesta debajo, de otro usuario, tenía solo tres palabras: mejor no preguntar.
Mia lo leyó de nuevo. No había nombre, no había foto: solo el hecho de que ella existía para gente que nunca había visto su rostro.
Escribió su propio nombre en una pestaña nueva, casi sin decidir hacerlo.
Ningún resultado relevante. Nada que vinculara a Mia Caruso con Viktor Sokolov, ninguna noticia, ningún registro.
Era como si ella todavía no hubiera pasado para el resto del mundo: solo para el foro, solo para los dos usuarios que ya habían olvidado su propia pregunta.
Volvió a la búsqueda principal. Una imagen en medio de los resultados le llamó la atención antes que el texto de al lado: Viktor en un evento, traje oscuro, tres hombres alrededor riéndose de algo que él no parecía encontrar gracioso.
El pie de foto estaba en ruso. Copió el texto a un traductor, esperó a que cargara, lo releyó dos veces para estar segura.
Cumbre económica, Moscú, hace siete meses.
No era historia antigua. Era reciente. Él seguía siendo eso mientras estaba ahí, con ella, decidiendo si leía un libro en el sillón de al lado.
Una notificación apareció en la esquina de la pantalla, discreta, casi un aviso del sistema: la sesión se cerrará en tres minutos por inactividad de red.
No era inactividad: ella todavía tenía el dedo sobre el vidrio.
Mia guardó a toda prisa las dos últimas capturas, sin tiempo de leer entero el pie de foto de la segunda, cerró las pestañas una por una antes de que la cuenta llegara a cero.
Guardó todo en una carpeta que renombró con algo genérico —«recetas»— y apagó la tablet antes de que la pantalla se apagara sola. Llevó el aparato debajo del almohadón del sofá donde solía leer, un escondite malo, el único que tuvo tiempo de inventar.
A las seis, un guardia cambió de posición al otro lado de la puerta. Ella oyó el peso del cuerpo pasar de un pie al otro, el crujido leve del piso de madera. Él no miró hacia adentro. No necesitaba hacerlo.
—
Viktor entró a la biblioteca a las nueve, sin golpear: nunca golpeaba. Traía dos vasos, ninguno de vino. Dejó uno en la mesa junto a ella sin preguntar si lo quería.
—¿Qué leíste hoy?
No era una pregunta casual. No tenía la entonación de una pregunta casual, ni la pausa de quien espera una respuesta que todavía no conoce.
Mia mantuvo los ojos en el libro que fingía leer desde las siete. —Un artículo sobre puertos en el Báltico.
—Y después de eso.
No era una afirmación ni una acusación. Era un hecho que él ya sabía y estaba esperando que ella confirmara en voz alta.
Ella cerró el libro. —Un foro. Un dosier que no terminó de cargar.
—¿El de Reuters de 2019, o el otro, el que la editorial retiró?
Ella lo miró por primera vez desde que había entrado. —¿Cómo sabes cuál intenté abrir?
—Porque solo existen esos dos que valen la pena intentar abrir. Los demás son ruido.
Él extendió la mano hacia la tablet en la mesa entre los dos, no para tomarla, solo para girar la pantalla un poco hacia él, los dedos pasando lo bastante cerca de los de ella como para que ninguno de los dos tuviera que comentar la distancia.
Mia no retiró el aparato. Viktor miró la carpeta «recetas» sin abrirla, leyó el nombre, devolvió la tablet al lugar exacto donde estaba.
—Mal nombre —dijo—. Yo habría elegido otro.
—No pedí sugerencias.
—No. Pero ahora sabes que igual sé el nombre.
Viktor se sentó en el sillón opuesto, el vaso intacto en la mano. —La red de esta casa registra cada solicitud. No necesito mirar tu pantalla para saber qué le pediste.
—Entonces ¿por qué dejaste que entrara al principio y cortaste recién después? —La pregunta salió antes de que ella decidiera hacerla.
—Porque bloquear todo habría sido más fácil que dejarte leer casi entero y saber exactamente dónde te quedaste.
El pulgar de ella presionó con más fuerza el lomo del libro. No dijo nada sobre eso.
—Sabías que iba a buscar.
—Sabía que ya deberías haber buscado el primer día. Te tomó más tiempo del que esperaba.
El vaso de ella seguía lleno. Bebió un trago solo para tener algo que hacer con las manos.
—El artículo habla de dos muertes clasificadas como accidente.
Viktor no apartó la mirada. —Habla de eso.
—¿Es verdad?
—Depende a quién le preguntes. —Bebió, esta vez de verdad, un trago corto—. Los dos hombres tenían familias que prefirieron creer en el accidente. Investigadores que prefirieron no seguir preguntando. Nunca le dije a ninguno de los dos lados qué pensar.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única honesta que tengo.
Ella pensó en la foto de la cumbre en Moscú, en los tres hombres riendo a su alrededor, en el traje oscuro que parecía igual a cualquier otro que usaba en la casa. —Vi una foto de hace siete meses. Sigues yendo a esas cosas.
—Sigo siendo lo que soy mientras estoy aquí contigo. Una cosa no anula la otra. —Hizo girar el vaso despacio, sin beber—. No voy a responder en tu lugar sobre el resto. Tienes toda la noche y lo que queda de internet.
—Vas a dejar que siga buscando.
—Ya te dejé. —Miró el vaso de ella, todavía casi lleno—. No viniste aquí a beber.
—Vine aquí porque la biblioteca es la única sala que no cierras con llave de noche.
—Eso también es una respuesta que me diste sin darte cuenta.
Ella no respondió a eso. Dejó el espacio entre los dos vasos —el de ella todavía lleno, el de él casi vacío— sin llenarlo con ninguna palabra más.
Miró la carpeta «recetas» todavía abierta en la pantalla de la tablet, olvidada entre los dos vasos, como si él ya supiera exactamente el nombre que ella había elegido. Tal vez lo sabía.
—¿Me vas a castigar?
Viktor dejó el vaso en la mesa, sin terminar de beber.
—¿Por qué? Estás tratando de entender. Eso es inteligente.