Capítulo 8
La puerta de la biblioteca se abrió sin golpe, sin aviso, solo el clic bajo de la manija a las dos de la madrugada.
Mia estaba en el mismo lugar de siempre, el sillón hondo cerca de la ventana, las rodillas dobladas contra el pecho, un libro cerrado en el regazo que no había abierto en ningún momento de las últimas dos horas, los pies descalzos encogidos bajo la manta fina, un vaso de agua que había traído de la cocina al bajar, apoyado en la mesita al lado, casi intacto.
No se movió cuando la luz del pasillo cortó la oscuridad de la sala.
Reconoció los pasos antes de levantar la vista: más pesados que los de las empleadas, más lentos que los de los guardias, el ritmo inconfundible después de días viviendo en esa casa.
Viktor entró vestido con el mismo traje de horas atrás, ya sin el saco, las mangas de la camisa dobladas hasta la mitad del antebrazo, los dos primeros botones del cuello abiertos, los pasos más lentos de lo habitual en él durante el día.
Traía un vaso de bebida ámbar en la mano, el hielo ya casi todo derretido, casi olvidado entre los dedos.
No la miró en el primer recorrido por la sala.
Dejó el vaso sobre la mesita del rincón, sin hacer ruido, y fue directo a la estantería junto a la chimenea apagada.
Pasó dos dedos por los lomos hasta detenerse en un título específico, sacó el libro del lugar como quien ya sabe exactamente dónde está, sin necesidad de buscar.
El espacio vacío que quedó en la fila era estrecho, del tamaño exacto del volumen que faltaba, un hueco que ningún visitante distraído notaría.
Abrió el libro ahí mismo, de pie, y leyó la primera línea antes de volver a cerrarlo: un gesto rápido, casi automático, como quien confirma que el volumen era el que buscaba antes de acomodarse en cualquier parte.
El reloj de péndulo en el rincón marcó un minuto pasando durante todo ese tiempo, el sonido del mecanismo el único ruido en la sala hasta entonces.
Volvió por la sala con pasos lentos, tomó el vaso de nuevo en el camino, y se sentó en el sillón opuesto al de ella, del otro lado de la mesita baja. Cruzó una pierna sobre la otra, apoyó el vaso en el brazo tapizado, y abrió el libro de nuevo en la primera página.
El reloj de péndulo en el rincón de la sala marcaba las dos en punto. Ninguno de los dos lo miró.
No preguntó qué hacía ella ahí a esa hora.
Mia se quedó mirándolo un rato, esperando la pregunta que no llegó.
Los ojos de él ya habían bajado por la página, el pulgar sosteniendo la esquina listo para pasarla.
La luz de una sola lámpara de mesa dibujaba media cara de él en sombra.
Ella volvió a acercarse su propio libro al regazo, lo abrió en cualquier página, y fingió leer.
El reloj de la pared marcaba las dos y cinco.
Ella pasó una página que no había leído.
Él pasó la suya de verdad, los ojos moviéndose línea por línea, el ritmo constante de alguien realmente absorto, no fingiendo estarlo.
Ningún sonido en la sala aparte del papel al pasar, el viento suave del otro lado de la ventana, el crujido ocasional de la madera antigua de la casa ajustándose al frío de la noche.
Las dos y nueve. Un trueno lejano retumbó afuera, demasiado distante todavía para traer lluvia.
Viktor no se movió. Mia miró hacia la ventana, esperó el segundo trueno que no llegó, y volvió los ojos hacia él: él ya la estaba mirando de vuelta, solo por un instante, antes de bajar los ojos a la página otra vez.
Ella contó hasta tres antes de hacer lo mismo, su propia mirada demorándose más que cualquier otra anterior entre ellos en esa sala.
Las dos y trece. Ella acomodó la manta sobre las piernas, los dedos alisando el pliegue más tiempo del necesario.
Del otro lado de la mesita, él levantó los ojos de nuevo, no hacia la manta, hacia el rostro de ella, y esta vez no volvió a la página tan rápido como antes.
Mia sostuvo la mirada hasta que él desvió primero, una pequeña victoria que ella guardó sin comentar, el propio libro olvidado en el regazo durante los segundos que aquello duró.
Las dos y diecisiete. La lámpara de mesa entre ellos parpadeó una vez, un segundo de oscuridad casi total, y volvió a encenderse.
En ese breve apagón, los ojos de él ya estaban en ella, no en el libro; eso lo vio antes de que la luz volviera.
Cuando la claridad regresó, él ya había desviado la mirada, el dedo pasando por el borde de la página como si nada hubiera pasado.
Ella mantuvo los ojos en el mismo punto donde los de él habían estado, sin ninguna confirmación de que lo que había visto fuera real, y no movió la página que fingía leer durante los minutos siguientes.
Un guardia pasó por el pasillo de afuera, los pasos resonando un segundo antes de perderse escaleras arriba. Ninguno de los dos reaccionó.
Las dos y veinte. Mia cambió el libro de mano, apoyando el lomo contra la rodilla opuesta. El movimiento acercó su codo a la mesita baja entre los dos sillones, un espacio que antes parecía más grande de lo que era.
Las dos y veintidós. Viktor estiró las piernas por un instante, ajustando su propia postura en el sillón, y su pie avanzó unos centímetros por debajo de la mesita baja, deteniéndose a un palmo del pie descalzo de ella. Ninguno de los dos retiró el propio pie después de eso.
Las dos y veinticuatro. Mia estiró la mano hasta la manta doblada en el brazo del sillón, la subió sobre las piernas, y en el movimiento el libro cerrado se deslizó de su regazo hasta el suelo con un golpe sordo.
Se agachó a recogerlo. Viktor levantó los ojos, los dos mirándose un segundo más largo que cualquier mirada anterior en la sala, antes de volver cada uno a su propia página.
Las dos y veintiséis. Él no volvió a leer de inmediato.
El libro quedó abierto en su regazo, los ojos aún fijos en el punto donde ella había estado agachada segundos antes, hasta que él mismo pareció notar la demora y bajó los ojos de nuevo a la página, demasiado tarde para parecer natural.
La comisura de su boca se movió, casi nada, antes de desaparecer de vuelta en la expresión neutra de siempre.
Las dos y veintiocho. Mia se llevó el vaso a la boca, bebió un trago que no necesitaba, y lo devolvió al lugar exacto de donde lo había tomado: demasiado cerca del borde de la mesita para ser descuido, los dedos aún en el vidrio un segundo más de lo que el gesto exigía.
Las dos y treinta. Ella estiró el brazo hasta la mesita baja entre ellos y ajustó la posición de su propio vaso de agua, los dedos llegando lo bastante cerca del borde de la mesa como para casi rozar la manga de la camisa de él.
Él no se apartó. Tampoco se aprovechó de la distancia.
Solo siguió leyendo, pero la página no pasó durante los segundos siguientes, el pulgar quieto en la misma esquina de siempre.
Las dos y treinta y dos. Viktor estiró el brazo hacia su propio vaso, en la misma mesita, y por un instante su mano pasó tan cerca de la de ella que los dedos de Mia se retrajeron un centímetro antes del contacto, que no llegó.
Él tomó su propio vaso, no el de ella, y retiró el brazo sin prisa, los dedos rozando el borde de la mesa en el camino de vuelta.
Las dos y treinta y cuatro. Ella no retiró la mano de la mesita después de eso.
Se quedó ahí, los dedos todavía cerca de donde la mano de él había pasado, como esperando que él extendiera el brazo de nuevo.
Él no lo extendió, pero tampoco apartó los ojos de la mano de ella durante el tiempo suficiente para que ella se diera cuenta de que había sido notada.
El libro de él se quedó detenido en la misma página todo ese tiempo, el pulgar sin avanzar a la siguiente, el párrafo entero olvidado en algún punto antes de todo eso.
Las dos y treinta y cinco. En alguna habitación lejana, un reloj dio una sola campanada baja, marcando la media hora.
Viktor bebió el resto del vaso, notó el hielo ya completamente derretido, y esta vez, en lugar de devolver el vaso a su propio lado, lo dejó en la mesita común entre los dos, lo bastante cerca del vaso de ella como para que se tocaran por el borde.
El movimiento no pareció accidental, pero tampoco vino acompañado de ninguna palabra que confirmara la intención, ni de una mirada que comprobara la reacción de ella.
Las dos y treinta y ocho. Mia estiró los dedos hasta su propio vaso, solo para confirmar que seguía ahí, y en el gesto los dos vasos se tocaron con un clic fino, casi inaudible.
Ninguno de los dos volvió a moverlos para separarlos después de eso, los dos recipientes uno junto al otro el resto de la noche, más cerca entre sí de lo que los dos sillones jamás habían estado.
Ella no retiró la mano de inmediato. Los dedos se quedaron ahí, junto a los dos vasos que se tocaban, lo bastante cerca del borde de la mesa como para que cualquier movimiento de él en la misma dirección terminara en contacto, y eso fue justamente lo que pasó: la mano de él salió del brazo del sillón, cruzó la distancia sin ninguna prisa, y cubrió los dedos de ella sobre la madera.
No los sostuvo. Solo los cubrió: la palma tibia contra los dedos fríos de ella, el peso leve, ninguna presión que pudiera leerse como una petición.
Mia no retiró la mano. Tampoco giró la palma para responder al contacto. Se quedó exactamente como estaba, los dedos bajo la mano de él, el corazón latiendo en un ritmo que sintió en la garganta antes de sentirlo en ningún otro lugar.
Ninguno de los dos miró las propias manos. Los ojos seguían en los libros, en las páginas que ya ninguno de los dos leía, el gesto ocurriendo enteramente fuera del campo de visión que cualquiera admitiría estar usando.
El pulgar de él se movió, un centímetro, tal vez menos, trazando el lateral del dedo de ella antes de detenerse de nuevo, la mano entera volviendo a la quietud anterior, como si el movimiento hubiera sido un accidente y no una elección.
No fue un accidente. Los dos lo sabían.
Fue solo cuando ella cambió el peso del propio cuerpo en el sillón, el movimiento demasiado pequeño para significar algo por sí solo, que los dedos de él finalmente se cerraron alrededor de los de ella: ya no cubriéndolos, sosteniéndolos de verdad, el pulgar ahora quieto sobre los nudillos de ella en vez de trazar el lateral.
Un leve olor a lluvia empezó a entrar por la rendija de la ventana. Ninguno de los dos se levantó a cerrarla. El aire de la sala fue enfriándose poco a poco, sin que ninguno lo comentara ni fuera a buscar la manta que había caído al suelo minutos antes. La mano de él siguió donde estaba.
Las dos y cuarenta. Ella cerró su propio libro con la mano libre, el golpe seco, más fuerte de lo que pretendía.
Él no se sobresaltó. Terminó el párrafo que estaba leyendo —ella vio cómo sus ojos completaban la línea antes de subir hasta su rostro— y levantó la cabeza, el libro todavía abierto en el regazo, la mano todavía sobre la de ella en la mesa.
Mia respiró hondo, los dedos de la otra mano apretando el borde de su propio libro cerrado. No intentó liberar la mano que él sostenía.
—¿Qué quieres de mí?
La mano de él apretó la de ella, apenas, antes de responder: el único movimiento que acompañó la frase.
—Todavía lo estoy decidiendo.
No le soltó la mano después de decir eso.