Capítulo 7
El celular estaba exactamente donde ella lo había dejado —sobre la mesita de noche, cargando, la pantalla encendida mostrando setenta y tres por ciento de batería.
Mia se quedó mirando el aparato un buen rato antes de tomarlo, como si esperara que desapareciera o que alguien entrara a la habitación para confiscárselo.
Nadie entró. Tiró del cable del cargador, lo enrolló dos veces alrededor de sus propios dedos, lo soltó.
Desbloqueó la pantalla. Señal completa, cuatro barras, el ícono de internet activo arriba.
Abrió las aplicaciones una por una, probando: las redes sociales cargaban con normalidad, un sitio de noticias se abría sin trabarse, el mapa de la ciudad ubicaba su posición en tiempo real, un punto azul parpadeando justo sobre la mansión.
Lo cerró todo. Ningún bloqueo ahí. Solo el silencio de que nadie la había llamado, nadie le había escrito, ninguna notificación de nadie preguntando dónde estaba.
Abrió los contactos. El nombre de su padre seguía ahí, tal como siempre había estado: «Papá», con el emoji de corazón que ella había puesto años atrás y nunca más pensó en quitar.
Marcó. Se llevó el teléfono al oído, sentada en el borde de la cama, las piernas balanceándose apenas, un hábito de la infancia que volvía siempre que estaba nerviosa sin admitirlo.
Tres timbres. Cuatro. Buzón de voz.
Colgó antes de que la grabación terminara de decir el nombre de su padre. Esperó un minuto, mirando el techo, contando los segundos en el reloj de la pantalla, y marcó de nuevo.
Esta vez fueron solo dos timbres antes del buzón. Como si alguien hubiera rechazado la llamada a mitad del segundo timbre.
Un golpe suave en la puerta interrumpió el pensamiento: la empleada, avisando que el desayuno estaba servido.
Mia dijo que ya bajaba, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro.
La mujer no se fue de inmediato; se quedó un instante en el umbral, los ojos yendo del celular en la mano de Mia a su rostro y de vuelta, como calculando si debía decir algo.
No dijo nada. Solo asintió una vez, en silencio, y se retiró por el pasillo.
Mia esperó a que los pasos se alejaran por completo antes de volver a fijar la atención en el teléfono.
El café se iba a enfriar en la mesa. Tampoco le importó eso.
Mia se enderezó. Marcó por tercera vez, los dedos golpeando el vidrio más rápido que la primera vez.
Un timbre. Buzón de voz. Esta vez no colgó antes del final: dejó que la grabación completa sonara, la voz de su padre pidiendo que dejara un mensaje después de la señal, y colgó recién después del pitido, sin dejar nada.
—Vas a contestar —dijo en voz alta, para nadie, para la habitación vacía, para el propio teléfono—. Esta vez vas a contestar.
Marcó la cuarta vez. Ni un solo timbre: directo a la grabación, la voz de su padre sonando extrañamente alegre para alguien que, a esas alturas, definitivamente estaba eligiendo no escuchar a su hija.
Se quedó quieta con el teléfono aún en la mano, la pantalla apagándose sola tras unos segundos de inactividad.
La reactivó con el pulgar. Miró el historial de llamadas: cuatro intentos, cuatro registros idénticos, el nombre de él repetido cuatro veces en rojo, no contestada, no contestada, no contestada, no contestada.
Se levantó, caminó hasta la ventana, volvió a la cama.
La habitación parecía más pequeña que por la mañana, las paredes más cerca.
Apoyó la frente un segundo contra el vidrio frío de la ventana, mirando el jardín allá abajo, vacío a esa hora, ningún guardia a la vista, solo un carrito de jardinería detenido junto al cantero de rosas, abandonado a mitad de la tarea, como si a quien lo empujaba lo hubieran llamado de golpe para otra cosa.
Volvió a sentarse en el mismo borde de la cama, el colchón hundiéndose en el mismo lugar de antes. Marcó la quinta vez.
Tres timbres, esta vez, más largos que los anteriores, como si el teléfono de él estuviera sonando de verdad en algún lugar, sobre una mesa, dentro de un bolsillo, al alcance de su mano.
Ella cerró los ojos durante el segundo timbre, tratando de imaginar la habitación del otro lado: una mesa de bar, tal vez, el sonido de un casino de fondo, algún lugar donde perder dinero seguía siendo más fácil que contestar el propio teléfono.
Y entonces: buzón de voz, la misma grabación alegre, la misma voz que no sabía —o no quería saber— qué le había pasado a su propia hija.
Mia bajó las escaleras con el teléfono todavía apretado en la mano, sin rumbo fijo, solo necesitando moverse, los pasos demasiado rápidos para el silencio de la casa a esa hora de la mañana.
Una de las empleadas cruzó el pasillo cargando una bandeja y desvió la mirada demasiado rápido, como si hubiera notado algo en el rostro de Mia que prefería no confirmar.
La bandeja tembló levemente en sus manos antes de desaparecer por la puerta de la cocina.
Pasó por el comedor vacío, los dos cubiertos ya puestos de nuevo para la cena de esa noche, y por el pasillo que daba al despacho cerrado: la puerta con llave, como siempre estaba durante el día, una franja fina de luz escapando por debajo, prueba de que alguien estaba del otro lado sin hacer ningún ruido.
Entró a la biblioteca porque era el único lugar que ya sentía un poco suyo.
La sala estaba vacía, la luz de la mañana entrando en franjas por la cortina entreabierta, polvo suspendido en el aire, visible contra el haz de sol.
Mia atravesó la alfombra hasta el sillón hondo cerca de la ventana, el mismo lugar donde había leído días atrás fingiendo interés en un libro que nunca terminó.
Pasó la mano por el brazo tapizado antes de sentarse, un gesto automático, sin más función que la necesidad de tocar algo sólido.
Se sentó en el sillón hondo junto a la ventana. Respiró hondo dos veces, las manos apretando los brazos forrados del sillón antes de soltarlos. Marcó la sexta vez.
Ni un timbre. Directo al buzón de voz.
Mia se apartó el teléfono del oído y miró la pantalla, como si el aparato pudiera explicarle lo que acababa de pasar. El nombre seguía ahí, «Papá», el corazón al lado, intacto.
La había bloqueado.
No una llamada perdida. No una coincidencia de mala señal en algún punto entre San Petersburgo y donde fuera que Carmine Caruso estuviera gastando el dinero que no tenía para pagar su propia deuda.
Un bloqueo deliberado, activo, elegido: el tipo de cosa que exigía abrir el teléfono, buscar el contacto, tocar tres opciones específicas hasta llegar a «bloquear».
No era un gesto accidental. Era trabajo.
Mia abrió la aplicación de mensajes y escribió una frase corta —«Necesito hablar contigo»— y presionó enviar antes de pensarlo demasiado.
El ícono de entrega giró un segundo, dos, tres, y entonces apareció una marca roja al lado: no entregado.
Lo intentó de nuevo, borrando y reescribiendo la misma frase palabra por palabra, como si el problema pudiera estar en la formulación y no en el bloqueo en sí.
El mismo resultado. Lo intentó una tercera vez, ahora solo dos palabras —«Llámame»—, sin puntuación, sin espacio para la duda.
La marca roja apareció de nuevo, más rápido que antes, como si el propio sistema ya supiera la respuesta antes de intentarlo.
Dejó caer el teléfono sobre el brazo del sillón. Se quedó mirando la estantería frente a ella, los lomos de cuero alineados en filas perfectas, sin ver ningún título de verdad.
Se deslizó del sillón al suelo, la espalda contra el costado del tapizado, las rodillas dobladas contra el pecho, exactamente como se sentaba cuando era demasiado pequeña para alcanzar sola los estantes de arriba. La alfombra estaba fría bajo sus piernas desnudas. No le importó.
Unos pasos se acercaron del otro lado de la puerta, se detuvieron y retrocedieron sin entrar: alguien había visto la luz encendida, tal vez su sombra contra la alfombra, y decidió no interrumpir.
Mia oyó el sonido alejarse por el pasillo hasta desaparecer del todo, los pasos demasiado ligeros para identificar de quién eran.
No se levantó a comprobar quién había sido.
Se quedó solo escuchando el silencio que quedaba después, contando los segundos entre un sonido y el siguiente, como si eso pudiera sustituir alguna otra cosa.
Volvió a acercarse el teléfono, dejándolo en el suelo junto a la rodilla, y se quedó mirando la pantalla apagada sin volver a tocarla.
Contó hasta diez antes de darla vuelta boca abajo sobre la alfombra, escondiendo su propio reflejo, que veía en ella: los ojos secos, el rostro sin ninguna expresión que valiera la pena nombrar.
Se quedó ahí un largo rato, el silencio de la casa llenando cada rincón de la sala con el mismo peso de siempre.
En algún momento, un reloj dio la hora en alguna habitación lejana: nueve campanadas, contadas sin querer, un hábito que no sabía apagar ni en ese estado.
El sol se había movido lo suficiente como para que la franja de luz en la cortina alcanzara el otro lado de la alfombra, llegando casi hasta la punta de su propio pie descalzo.
El teléfono vibró una vez, boca abajo, y ella no se movió para revisar. Vibró de nuevo, minutos después. Aún no se movió. A la tercera vibración, estiró el brazo lo justo para darlo vuelta y apagar la pantalla sin mirar qué había llegado, y volvió a apoyar la mano en el regazo.
Se llevó las manos al rostro, no para llorar: los dedos solo le cubrieron los ojos por un instante, presionando apenas, como quien intenta empujar algo de vuelta hacia adentro antes de que decida salir solo. Bajó las manos. Los ojos seguían secos.
Apoyó la cabeza contra el costado del sillón y se quedó mirando el techo alto de la biblioteca, las sombras que proyectaban los estantes contra el estuco, contando las vigas de madera expuestas una por una, como contaba pasos en el jardín, como contaba timbres de teléfono, como contaba cualquier cosa que pudiera contarse en lugar de sentirse.
Doce vigas. Contó de nuevo para asegurarse. Seguían siendo doce.
No lloró.
Eso era peor.