Capítulo 5
El jardín interior tenía tres salidas. Mia contó dos veces para estar segura: una por la mañana, otra después del almuerzo, cuando la luz caía distinto sobre el muro y cambiaba la sombra que marcaba dónde terminaba el área vigilada por las cámaras.
Caminó por el sendero de piedra como quien solo pasea, pero los ojos trabajaban: la distancia entre la puerta de la cocina y el portón lateral, el horario en que el mismo guardia cambiaba de posición, el punto ciego detrás del invernadero donde ninguna cámara parecía apuntar.
Contó los pasos entre la biblioteca y la escalera principal.
Veintidós. Lo guardó junto con los otros números que ya había reunido desde la primera mañana.
Se detuvo frente al invernadero fingiendo interés en los rosales, pero lo que en verdad miraba era el ángulo de la cámara fijada en el alero del techo: apuntaba hacia el portón, no hacia el cantero.
Si alguien quisiera cruzar ese tramo del jardín sin ser visto, era por ahí.
Lo guardó también, junto con la hora exacta —casi las once de la mañana—, como si el horario por sí solo pudiera tener alguna importancia más adelante.
Un hombre salió de la casa cargando una caja de herramientas y cruzó el sendero de piedra justo cuando ella medía la distancia hasta el muro del fondo.
Mia se agachó junto a un cantero, como si estuviera examinando una hoja, arrancó un pétalo suelto y lo giró entre los dedos hasta que los pasos se alejaron por completo, y solo entonces siguió caminando.
El corazón tardó un instante más de lo normal en volver a su ritmo.
Al volver al otro lado del jardín, vio a Viktor en el balcón del segundo piso, parado junto al pretil, un teléfono en la mano que no usaba; solo lo sostenía, mirando hacia abajo, hacia el jardín, hacia ella.
Mia no apartó la mirada primero. Contó hasta tres, esperando que fuera él quien se moviera primero.
Fue él quien se movió: dio media vuelta y entró, el teléfono todavía en la mano, sin haber dicho una palabra a esa distancia.
Ella aprovechó el balcón vacío para probar otra ruta: rodeó el invernadero por el lado opuesto, donde un sendero de grava llevaba hasta una puerta de servicio que aún no había visto usar.
Empujó levemente: cerrada. Pegó el oído un segundo, sin sonido del otro lado, y siguió caminando antes de que alguien le preguntara qué hacía parada allí.
Uno de los guardias dejó de patrullar cuando ella se acercó al invernadero por segunda vez.
No dijo nada. Solo se quedó mirando mientras ella fingía admirar los rosales, y cuando creyó que ella no lo veía, sacó una libreta pequeña del bolsillo interior del saco y escribió algo.
Cerró la libreta antes de que ella terminara de girar la cabeza hacia él.
—Lindo día —dijo Mia, probando, la voz más alta de lo necesario.
Él no respondió. Guardó la libreta y retomó su recorrido de siempre, como si los últimos treinta segundos no hubieran pasado.
Mia volvió adentro sin prisa, el estómago apretado como antes de un examen para el que no había estudiado lo suficiente.
No les preguntó nada a las empleadas que se cruzó en el pasillo.
Solo subió, cerró la puerta del cuarto y se quedó un rato parada frente a la ventana, mirando el jardín que acababa de mapear, como si mirarlo desde arriba cambiara algo de lo que había descubierto allá abajo.
Por la tarde, se sentó en la biblioteca con uno de los libros que había sacado del estante más alto: un volumen grueso sobre economía soviética, tapa de cuero gastado, que hojeó durante casi una hora solo para tener algo en las manos mientras pensaba en las salidas, los horarios, la libreta del guardia.
Pasaba las páginas despacio, los dedos deteniéndose en cada gráfico de exportación de granos como si eso tuviera alguna relación con el resto del día.
No terminó el capítulo. Cerró el libro a mitad de una frase, marcó el punto con el lomo hacia arriba en vez de un marcador, y lo devolvió al estante un poco más a la izquierda de donde lo había sacado, solo para ver si alguien lo notaba.
Pasó el resto de la tarde en el jardín, probando de nuevo el punto ciego detrás del invernadero, esta vez cronometrando cuánto tardaba el guardia en completar la vuelta entera a la propiedad.
Nueve minutos. Repitió el recorrido apoyada contra la pared exterior de la cocina, como si solo estuviera tomando sol, y confirmó el número dos veces antes de volver adentro satisfecha como para guardarlo junto con el resto.
En la tercera vuelta, cambió el punto de observación a debajo de la pérgola, más cerca del muro del fondo, y anotó mentalmente el momento exacto en que el guardia desaparecía tras el ala de servicio: veintidós pasos después del inicio del recorrido, los mismos veintidós que separaban la biblioteca de la escalera, un número que ya empezaba a repetirse demasiado como para ser casualidad, con ningún propósito más que el de ella misma tratando de darle sentido a todo lo que veía.
Se llevó la mano a la frente, protegiéndose los ojos del sol bajo, y se quedó observando hasta que el hombre completó el círculo entero por segunda vez, confirmando que el intervalo no cambiaba.
Una de las empleadas más jóvenes pasó lo bastante cerca como para oír a Mia contando en voz baja, los labios moviéndose al ritmo de los números.
La mujer apartó la mirada rápido, como quien finge no haber visto nada, y apuró el paso hasta la puerta de servicio.
Mia dejó de contar. Esperó a que la puerta se cerrara antes de seguir, esta vez en silencio, solo los labios todavía moviéndose, sin ningún sonido saliendo.
Nadie comentó nada en la cena. Viktor comió en silencio, como siempre, pero levantó la vista una vez, a mitad del plato principal, y preguntó:
—¿Le gustó el jardín?
—Me gustó contar los pasos hasta el portón.
Él no reaccionó al comentario. Cortó otro pedazo de carne, masticó con el mismo ritmo de siempre.
—Es un jardín pequeño —dijo—. No hacen falta muchos pasos para conocerlo.
Mia soltó el tenedor. Esperó el "¿qué pasos?" que cualquier persona sin nada que ocultar habría preguntado. No llegó.
—Sabe que anduve midiendo distancias.
—Sé que usted no se queda quieta.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que existe hoy.
Bebió un trago de agua antes de continuar, mirando el plato de ella y no su rostro.
—Hace demasiadas preguntas para alguien que ya debería haber aprendido que algunas no tienen mejor respuesta que esa.
No era una respuesta; era solo lo suficiente para cerrar la pregunta sin abrir espacio para la siguiente.
Se fue antes del postre, sin una palabra más de las estrictamente necesarias.
Mia se quedó mirando el plato de él, medio lleno, y no preguntó nada más.
Guardaba las preguntas como quien guarda munición.
Pasada la medianoche, bajó de nuevo, incapaz de dormir, el pasillo a oscuras salvo por la luz tenue que se filtraba bajo la puerta de la biblioteca.
La luz encendida a esa hora ya era, por sí sola, información suficiente como para acelerarle el pulso antes de tocar la puerta.
Se detuvo con la mano sobre el picaporte frío, escuchando: ningún sonido del otro lado, ni pasos, ni una página pasando.
Empujó despacio, esperando encontrar la sala vacía, y tal vez encontrar a Viktor de nuevo en el sillón, como en la madrugada en que había leído en silencio durante cuarenta minutos sin decir por qué.
El sillón estaba vacío. Toda la sala estaba vacía. Solo la lámpara de la mesa central encendida, un círculo de luz amarilla cayendo justo sobre el atril de lectura, como si alguien hubiera encendido esa lámpara en particular y ninguna otra antes de salir.
El libro estaba sobre el atril, solo, en el centro exacto de la tapa de madera, colocado ahí como un objeto que alguien había elegido presentar, lejos del estante, lejos de cualquier lugar donde pudiera haber caído por accidente.
Era el mismo volumen de economía soviética. La misma tapa de cuero gastado.
Mia se detuvo en la entrada de la sala. Miró el estante más alto, donde había devuelto el libro a propósito esa tarde, un poco a la izquierda del lugar correcto; ahora vacío, el espacio cerrado por los vecinos que se habían deslizado para llenar el hueco.
Cruzó la sala despacio, como si el libro pudiera moverse si ella se acercaba demasiado rápido.
A cada paso, los ojos recorrían el resto del cuarto: la puerta que daba al pasillo trasero, la ventana alta con la cortina entreabierta, buscando a alguien parado en una sombra, esperando ver su reacción. No había nadie.
Se detuvo frente al atril. Estiró la mano, tocó el lomo de cuero gastado antes de decidir si de verdad iba a abrirlo.
No había nota. No había nada escrito en la tapa, ningún doblez de página, ningún marcador asomando entre las hojas; solo el lomo hacia arriba exactamente como ella lo había dejado, como si quien hubiera puesto el libro ahí supiera hasta en qué punto ella había dejado de leer.
Arrastró una silla del rincón de la sala hasta el atril, el sonido de la pata de madera raspando el piso demasiado alto en el silencio de la casa.
Se detuvo a mitad del movimiento, esperando que el ruido hiciera venir a alguien corriendo: la empleada, un guardia, el mismo Viktor.
Nadie vino. Terminó de arrastrar la silla y se sentó.
Las manos se posaron sobre la tapa un segundo antes de abrirla, y durante ese segundo se quedó inmóvil, mirando la puerta a sus espaldas como quien espera ser interrumpido antes de terminar algo prohibido.
Nadie entró.
Mia estiró la mano y abrió la primera página.
Ninguna anotación. Ningún doblez. Ninguna nota entre las hojas.
Solo el libro correcto, en el lugar correcto, y ninguna explicación de cómo había llegado hasta ahí.