Capítulo 4
—La cena es a las siete y media. El señor Sokolov cena en el salón principal.
Mia soltó el libro que fingía leer y encaró a la empleada parada en la puerta del cuarto.
—¿Cena conmigo?
La mujer no respondió. Solo esperó, las manos cruzadas frente al delantal, hasta que Mia se levantó.
La mesa tenía lugar para doce. Solo había dos juegos de cubiertos puestos, uno en cada extremo, la distancia entre ellos midiendo exactamente cuánto parecía dispuesto él a compartir. Mia eligió sentarse antes de que él llegara. De pie, siempre era ella quien terminaba siendo observada primero.
Viktor entró quitándose los gemelos de la camisa, uno a uno, y solo la miró después de acomodar la silla.
—Buenas noches —dijo Mia, probando el silencio como quien prueba hielo fino.
Él asintió con la cabeza. Nada más.
Llegó la sopa. Comió con el mismo ángulo de tenedor en cada cucharada, el mismo ritmo, como si todo en él estuviera ensayado hasta parecer natural. Mia cortó un pedazo de pan que no pensaba comer.
—¿Cuánto tiempo tiene mi padre para pagar?
—Treinta días.
—¿Y si no paga en treinta días?
—El plazo cambia.
—¿A cuánto?
—A lo que yo decida.
Ella soltó el tenedor con un sonido seco contra la porcelana.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que existe.
El tenedor de él no cambió de ritmo. Mia esperó un segundo, dos, antes de probar otro ángulo.
—¿Cuáles son las reglas aquí? ¿Alguien va a decírmelas, o las voy a descubrir rompiéndolas una a una?
—Las va a descubrir.
—¿Eso es intencional? ¿Dejarme tropezar?
—Es más rápido que explicar.
La empleada volvió, recogió los platos de sopa, trajo el pescado. En el intervalo del servicio, Viktor bebió agua sin apuro. Mia usó el silencio para cambiar de táctica.
—¿Le habla así a todo el mundo, o solo a mí?
Él levantó la vista. Un segundo, quizá dos, antes de bajarla de nuevo hacia el plato. No respondió.
—Usted cree que el monosílabo es poder —dijo ella—. Es solo miedo a decir algo que después pueda usarse en su contra.
—O economía.
—¿Economía de qué?
—De palabras que no cambian nada.
Mia bajó la vista al plato. Contó hasta tres antes de intentar de nuevo.
—Mi padre va a pagar.
—Tal vez.
—Usted no lo cree.
—No necesito creerlo. Solo necesito el plazo.
—¿Y si yo ayudo? ¿Si trabajo?
Él dejó de masticar. No la miró; miró el plato, como si la pregunta pesara más que la comida.
—Trabajar haciendo qué.
—Contabilidad. Traducción. Hablo tres idiomas, sé leer un balance.
—Usted no está aquí para trabajar.
—Entonces, ¿para qué?
Silencio. Él cortó otro pedazo de pescado, se lo llevó a la boca, masticó despacio; la pregunta de ella, al parecer, sin peso suficiente como para interrumpir la cena. Mia golpeó el pie contra el suelo debajo de la mesa, una vez, y se detuvo.
—No me va a decir nada, ¿verdad?
—Ya le dije lo que necesita saber.
—Treinta días y "depende de mí" no es información. Es una amenaza disfrazada.
La mandíbula de él se relajó; no una sonrisa, nada tan generoso, pero lo suficiente como para que el tenedor se detuviera en el aire un instante antes de volver al plato.
—Es usted más directa de lo que esperaba.
—Y usted más evasivo de lo que tolero.
—Usted no tiene elección sobre lo que tolera aquí.
—Tengo elección sobre cómo reacciono.
Él no respondió a eso. Cortó otro pedazo de pescado, masticó con el mismo ritmo de siempre, como si la frase de ella hubiera sido absorbida y archivada en algún lugar sin producir ninguna reacción visible. Mia observó cómo el silencio se instalaba de nuevo y decidió no permitirlo.
—Sabe que eso no funciona conmigo, ¿verdad? El silencio.
—Funciona con todo el mundo.
—Yo no soy todo el mundo.
—Lo sé.
Fue la respuesta más larga que había dado en toda la noche, y aun así no decía nada. Mia golpeó los dedos contra el borde de la mesa, una vez, buscando el próximo ángulo.
—Si le preguntara cuánto cuesta mi libertad, en cifras, ¿me respondería?
—Ya respondí. Treinta días.
—Eso es un plazo, no un valor.
—Es el único número que importa ahora.
—¿Y después de los treinta días, cuando el valor vuelva a importar?
Él dejó el tenedor junto al plato: un gesto pequeño, deliberado, del tipo de movimiento que en cualquier otra persona sería irrelevante y en él cargaba una decisión entera. Se levantó.
—¿Ya?
—Terminé.
—No respondió.
—Respondí lo que necesita saber hoy.
Mia también se levantó, porque seguir sentada mientras él estaba de pie parecía entregar algo que no pretendía entregar.
—Cree que dosificarme la información me hace más fácil de controlar.
—Creo que demasiada información, demasiado pronto, vuelve peligrosa a cualquier persona.
—¿Peligrosa para quién?
Él no respondió a eso. Fue hacia la puerta, y ella lo siguió dos pasos atrás, negándose a dejar que la distancia se cerrara en una despedida silenciosa.
—Cuánto tiempo —repitió ella, la voz más baja ahora—. Sin rodeos esta vez.
Él ya estaba a mitad de camino de la puerta. Se detuvo lo justo para que su voz llegara sin esfuerzo.
—Depende de usted.
Mia aceleró el paso hasta quedar a su lado, no detrás.
—¿Depende de mí cómo? ¿Del dinero? ¿De mi comportamiento en esta mesa? ¿O de algo que usted todavía ni decidió que quiere?
Él se detuvo con la mano ya en el picaporte. No la miró.
—Las tres.
—Eso no es una respuesta, es una lista.
—Es la lista que existe.
—Entonces déme al menos una. ¿Cuál de las tres pesa más?
Un guardia apareció al fondo del pasillo, se detuvo a tres metros, esperando alguna orden que Viktor no le dio.
Viktor levantó dos dedos sin volver el rostro; el hombre retrocedió y desapareció por la puerta lateral tan rápido como había llegado.
Mia observó toda la escena sin decir nada. No pidió explicación. Lo guardó.
—Acaba de mandarlo a irse sin decir una palabra.
—Él sabe lo que significan dos dedos.
—¿Y yo debería aprender ese alfabeto también?
—Ya lo está aprendiendo.
Ella cruzó los brazos, la servilleta todavía atrapada entre los dedos como si se hubiera olvidado de dejarla en la mesa.
—No vine a San Petersburgo para aprender el lenguaje de señas de un jefe de la mafia.
—Nadie viene. Todos aprenden.
—¿Eso es una amenaza o una profecía?
—Es una observación.
Abrió la puerta. El pasillo más allá era más oscuro que el comedor, un rectángulo de sombra que se tragaba la luz de la mesa en cuanto él dio el primer paso hacia dentro. Mia no se movió.
—Si grito ahora, ¿viene alguien?
Él se detuvo. Se giró, esta vez con el cuerpo entero, y por un instante ella tuvo la certeza de haber encontrado algo: un hilo que tiraba de una reacción real.
—Sí.
—¿Quién?
—Yo.
La palabra cayó entre los dos con un peso que ningún monosílabo anterior había cargado. Mia sintió que su propio pulso cambiaba de ritmo antes de poder decidir qué hacer con esa información.
—Vendría corriendo si yo gritara.
—Estaría aquí antes de que usted terminara el grito.
—¿Eso es protección o control?
—En esta casa, es lo mismo.
—No es lo mismo en ningún lugar.
—Aquí sí.
Él salió. Esta vez ella lo dejó ir. La puerta no se cerró de golpe; se cerró despacio, como si hasta eso estuviera calculado, y el clic de la cerradura automática sonó demasiado bajo como para ser accidental.
Mia se quedó de pie junto a la silla, la servilleta todavía en la mano. La puerta seguía entreabierta hacia el pasillo por donde él había desaparecido, y por un segundo consideró ir tras él: preguntar de nuevo, insistir hasta que la respuesta se convirtiera en algo que pudiera usar.
No lo hizo. Volvió a sentarse, sola en la mesa para doce, y acercó el plato de él hacia el suyo: el pescado todavía tibio, un tenedor limpio al lado.
Se comió el resto de la cena de Viktor Sokolov, despacio, mirando la silla vacía en el otro extremo de la mesa como quien estudia a un adversario que acaba de salir del campo.
La empleada volvió a recoger los platos y se detuvo en la puerta, dudando ante la escena: el plato del patrón prácticamente vacío, del lado equivocado.
—¿La señorita necesita algo más?
—Necesito saber hace cuánto tiempo cena solo en esta mesa.
La mujer no respondió, pero tampoco salió corriendo a negarlo, y el tiempo que tardó en decidir qué decir ya era, de por sí, más información de la que Viktor había dado en toda la noche.
—Voy a preguntar en la cocina si la señorita quiere algo más.
La mujer recogió la bandeja y dio dos pasos hacia la puerta de la cocina. Se detuvo ahí, el peso de la vajilla equilibrado contra la cadera, y miró de vuelta al plato vacío en el extremo equivocado de la mesa antes de decidir no decir nada más. Salió.
Mia se quedó mirando su propio plato —el de él, en realidad, ahora vacío— y no había terminado la pregunta.
Empujó la silla hacia atrás con un raspar seco contra el suelo, cruzó el pasillo hasta el pie de la escalera donde se cruzaban los dos tramos, y vio a Viktor detenido en el rellano de arriba, inmóvil, como si hubiera esperado exactamente ese tiempo antes de seguir subiendo.
—¿Se queda escuchando si me muevo por la casa?
—Sé cuándo alguien se mueve por la casa.
—Eso no responde la pregunta.
—Responde la pregunta correcta.
Él siguió subiendo. Mia se quedó al pie de la escalera, una mano en el pasamanos frío, contando los escalones que él subía antes de desaparecer: siete, ocho, antes de que la puerta del piso de arriba se cerrara con el mismo sonido contenido de todo lo demás en esa casa.