Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 3
7%

Capítulo 3

La llave giró desde afuera.

Mia contó el sonido: un giro solo, no dos.

Una cerradura simple, no un candado reforzado.

Ese era un dato para guardar. El cuarto tenía cama con dosel, alfombra gruesa, un tocador que nadie había usado en años, a juzgar por el olor a cera vieja.

Y una ventana alta, de doble vidrio, que daba a un jardín cuya altura ella no lograba calcular bien en la oscuridad.

Una mujer de uniforme gris entró sin tocar, dejó una bandeja con agua y pan sobre la mesa, y salió sin decir nada. La puerta se cerró. La llave volvió a girar.

Mia esperó a que el sonido de los pasos desapareciera en el pasillo antes de probar el picaporte. Cerrado, como esperaba. Pegó el oído a la madera: ningún sonido del otro lado, ningún guardia lo bastante cerca como para oír su respiración. Fue hasta la ventana.

Contó los muebles que podían servir de herramienta: el cepillo de metal del tocador, una lámpara de base pesada, un par de zapatos de tacón rígido olvidados en el armario.

Contó las salidas posibles: la puerta cerrada, la ventana alta, una segunda puerta que daba al baño sin otra salida.

Tres opciones. Solo una valía la pena intentar esa noche.

El pestillo estaba trabado: óxido viejo bajo la pintura nueva, el detalle que nadie cambia porque nadie espera que alguien intente forzarlo.

Lo forzó con las dos manos. Nada. Tomó el mango de metal del cepillo del tocador, lo encajó en la ranura, volvió a forzar.

El pestillo cedió un centímetro y volvió a trabarse, más duro.

Ella siguió intentando.

Afuera, en el jardín, el haz de una linterna cruzó el césped dos veces, despacio, el círculo de luz pasando lo bastante cerca de la ventana como para que ella retrocediera un paso antes de volver a forzar el pestillo.

Un guardia haciendo la ronda. Esperó a que el haz desapareciera tras los arbustos antes de intentar de nuevo.

En el cuarto intento, el metal resbaló y el borde afilado del marco le cortó la piel justo debajo del codo: un tajo fino, pero lo bastante profundo como para sangrar de verdad.

Mia apretó la manga contra el corte, miró el pestillo, ahora imposible de mover con una sola mano, y miró el corte, que no dejaba de sangrar a través de la tela.

No había vendas en el cuarto. No había nada aparte de la bandeja intacta y una toalla en el tocador, que usó para envolverse el brazo, apretada, torcida, del modo en que se puede hacer una sola, en la oscuridad, sin ayuda de nadie.

La sangre atravesó la toalla en menos de diez minutos.

Cambió la toalla por otra, sacada del baño contiguo, y se sentó en el borde de la cama sosteniendo el brazo contra el pecho.

El dolor latía en oleadas, no constante, subía y bajaba como si tuviera pulso propio.

Contó las oleadas hasta perder la cuenta.

Las manos le temblaban levemente alrededor de la propia muñeca, y apretó más fuerte para que el temblor se detuviera, sin éxito.

En algún momento entre una oleada y otra, su cuerpo decidió por sí solo que ya no aguantaba seguir despierto, y el resto de la noche dejó de existir para ella.