Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

—Esto no va a funcionar así.

Mia ya estaba hablando antes de que la puerta terminara de cerrarse tras ella.

Una oficina en el piso de arriba del casino: escritorio amplio, dos ventanas que daban al río, sin ninguna de las luces de neón del salón de abajo.

Un guardia acercó una silla para Carmine, que se sentó sin que nadie se lo pidiera.

Otro guardia se quedó junto a la puerta, las manos cruzadas frente al cuerpo, sin mirar a ninguno de los tres.

Viktor fue hasta el escritorio, pero no se sentó detrás.

Se quedó de pie, al lado, los brazos cruzados, esperando.

—Usted no me conoce. No sabe si voy a huir a la primera oportunidad, no sabe si voy a causar problemas, no sabe nada de mí más allá de lo que está en ese papel. —Señaló el bolsillo del saco de él, donde el papel doblado había desaparecido minutos antes—. Eso es un riesgo malo para usted.

—No es un riesgo. Es un acuerdo cerrado.

—Existen otras formas de resolver esto. Contabilidad forense, dos años en una auditoría en Milán antes de volver a cuidarlo...

puedo pagar la deuda trabajando, con contrato, con plazo.

O consigo el dinero de otra manera. Un préstamo, el apartamento que todavía está a mi nombre en Roma.

Deme seis meses y devuelvo cada centavo sin que usted tenga que llevarse a nadie a ningún lado.

—Eso ya lo sé.

—¿Sabe qué?

—Que trabajó en Milán. Que volvió hace once meses. Que despidió al único abogado de la familia hace ocho, cuando se acabó el dinero. —No consultó ningún papel para decir eso. Habló como quien lee un dato que ya tiene memorizado.

Ella titubeó menos de un segundo, lo suficiente para que él lo notara.

—¿Cómo sabe todo eso?

—Porque si tuviera a alguien a quien llamar, habría llamado desde la puerta del casino. No habría entrado sola tras su padre.

La oficina quedó en silencio el tiempo suficiente para que el sonido del río afuera, amortiguado por el cristal, se volviera audible.

Alguien llamó a la puerta dos veces, rápido.

El guardia abrió una rendija, intercambió una frase breve en ruso con quien estaba del otro lado, y le entregó un papel a Viktor sin que él tuviera que pedirlo.

Viktor lo leyó en menos de dos segundos.

La mandíbula se le tensó un grado más de lo que se había tensado en cualquier otro momento hasta entonces, lo suficiente para que Mia lo notara, demasiado rápido como para estar segura de lo que había visto.

Guardó el papel en el mismo bolsillo donde había guardado el otro.

—Continúe —dijo, como si nada hubiera interrumpido.

Ella miró el bolsillo del saco un segundo más de lo debido.

—Entonces voy a ir a la policía en cuanto salga de aquí.

—No va a salir de aquí. Pero aunque saliera, la primera llamada que haría la policía rusa sería para verificar quién es el dueño del edificio donde su padre todavía debe dinero a otras tres personas además de mí. Carmine saldría de esta sala en peor situación de la que entró. Usted también.

Carmine, en la silla, no levantó la vista. No hizo ningún gesto para negar o confirmar la deuda con las otras personas. Su silencio confirmó más de lo que cualquier palabra habría confirmado.

—¿Entiende lo que le estoy ofreciendo? Una solución que no implica secuestro.

—Lo entiendo. Continúe.

Mia cruzó los brazos, los dedos apretando con fuerza el propio codo.

—Esto es un crimen. Secuestro, extorsión, trata de personas, dependiendo de cómo lo encuadre un fiscal. ¿Tiene idea de lo que está haciendo?

—La tengo.

—¿Y no le preocupa?

—No.

Ella esperó que dijera algo más. No llegó nada. Viktor solo siguió mirando, dejando que su argumento se posara en el aire y muriera solo.

—Podría al menos fingir que está considerando lo que dije.

—Consideré cada palabra. —Finalmente se movió, rodeó el escritorio despacio, se detuvo a una distancia que no era ni cerca ni lejos lo suficiente como para ser cómoda—.

Usted es organizada. Pensó en dos alternativas en menos de un minuto y guardó la más fuerte para el final.

Eso es competencia real, no desesperación fingida.

—Entonces, ¿por qué no acepta ninguna?

—Porque ninguna resuelve el problema que necesito resolver.

—¿Qué problema? ¿El dinero?

—No se trata del dinero. —Miró de reojo el bolsillo donde había guardado el papel nuevo, un segundo, nada más—. Nunca se trató solo de eso.

—Entonces, ¿de qué se trata?

Él no respondió.

—Los hombres como usted resuelven todo con dinero. Es la moneda universal de su tipo de negocio.

—Normalmente lo es.

—Pero ahora no.

—Ahora no.

Detrás de ella, el guardia junto a la puerta cambió el peso de un pie al otro; su primer movimiento desde que habían entrado. Ni un sonido, ni una palabra. Pero Mia lo registró, y Viktor notó que ella lo había registrado.

—Usted tiene demasiada inteligencia como para creer que esto es negociable —dijo Viktor, la voz lo bastante baja como para que ella tuviera que prestar toda su atención para no perder ni una palabra—. Ya lo sabía antes de entrar aquí. Solo necesitaba oírmelo decir para confirmarlo.

Mia dio un paso atrás, la mano rozando el borde del escritorio un instante antes de alejarse de nuevo. No era el tipo de cosa que ella habría hecho antes de entrar en esa sala: retroceder sin decidirlo primero. Lo notó en sí misma antes de poder corregirlo.

Miró a su padre, esperando que dijera algo: una palabra, una objeción, cualquier señal de que aquello todavía era negociable para alguien además de ella.

Carmine miraba su propio regazo.

—Papá.

Él no levantó la vista.

—Papá, di algo.

Nada. Sus manos estaban entrelazadas entre las rodillas, los nudillos blancos, y seguía mirando la alfombra como si hubiera encontrado ahí alguna respuesta que valía más la pena que mirarla a ella.

—¿Vas a dejar que esto pase sin decir nada?

Silencio. El tipo de silencio que ya llevaba una respuesta dentro. Ni siquiera el guardia junto a la puerta se movió esa vez.

Mia dio dos pasos hasta la silla de su padre, se detuvo frente a él. Carmine desvió el cuerpo un centímetro, casi imperceptible, hacia el lado opuesto al de ella; no lejos de Viktor. Lejos de ella.

—Mírame.

Él no la miró.

Mia miró a Viktor. Él no intervino, solo observaba a ambos, como si ya supiera exactamente lo que iba a pasar y solo estuviera confirmando cuánto tiempo tomaría.

—Nunca va a venir a buscarme, ¿verdad? —No se lo preguntó a su padre. Lo preguntó mirando directamente a Carmine, pero la pregunta ya no iba dirigida a nadie que pudiera responderla de verdad; solo a la silla vacía que quedaría ahí después de que ella saliera de esa sala.

Carmine siguió mirando la alfombra, los dedos aún entrelazados entre las rodillas.

Fue la respuesta completa.