Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 1
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Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3)

Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3)

Por Livia Moraes

© inepub.com

Capítulo 1

La puerta del fondo se abrió sin que nadie llamara.

Un hombre de traje oscuro salió primero, cabeza baja, sin mirar a nadie en el pasillo.

Después otro. Mia había contado tres guardias hasta ese momento: uno en la puerta principal del casino, dos allí, cerca del salón donde su padre llevaba cuatro horas jugando.

Ninguno miraba el reloj. No era buena señal.

Llevaba sentada cuarenta minutos en una silla de terciopelo rojo gastado, demasiado cerca de la barra como para estar cómoda y demasiado lejos de la puerta como para ver algo.

El sonido de las fichas se detuvo dos veces.

Las dos veces ella se levantó. Las dos veces uno de los guardias negó con la cabeza, sin palabras, y ella volvió a sentarse.

La tercera vez, nadie negó nada.

Una camarera que pasaba con una bandeja de copas cambió de rumbo sin que nadie le dijera nada: se desvió por el otro pasillo, mirando al suelo.

El bullicio de fichas del salón principal, a espaldas de Mia, seguía constante, pero allí, cerca de aquella puerta en particular, el silencio tenía un peso distinto al del resto del casino.

El guardia más alto —el que no parpadeaba lo suficiente, ella ya lo había notado— cruzó el pasillo hacia ella.

—El señor Sokolov quiere conocer a su hija.

No era una petición.

Mia miró la puerta cerrada detrás de él.

Contó los pasos hasta allí: doce, quizá trece.

Notó que el pasillo no tenía otra salida visible aparte de la que ella había usado para entrar, solo una escalera de servicio al fondo, con una cadena en la reja.

Notó que el hombre esperaba sin impaciencia, del modo en que espera quien ya sabe que ella va a caminar de todos modos.

—¿Mi padre está bien?

El guardia no respondió.

—¿Tienen nombre, o solo se quedan parados en la puerta?

Nada. Él solo abrió la puerta y esperó a que pasara primero, el cuerpo ligeramente girado para bloquear cualquier camino que no fuera ese.

Camino a la puerta, el abrigo del guardia se abrió un centímetro más de lo debido con el movimiento del brazo.

Lo suficiente para que ella viera la empuñadura oscura de algo sujeto bajo el hombro.

Él cerró el abrigo de nuevo antes de que ella terminara de mirar, sin prisa, como quien no le importa que lo hayan visto.

Mia no preguntó nada. Solo guardó un dato más.

Antes de la puerta, el segundo guardia levantó una mano, palma abierta, pidiéndole que se detuviera.

Pasó el dorso de los dedos por los costados de su abrigo, rápido, profesional, sin mirarle la cara mientras lo hacía.

Le sacó el móvil del bolsillo, revisó la pantalla, se lo devolvió.

También revisó el bolso pequeño que ella llevaba cruzado, abrió la cremallera, miró dentro sin tocar nada, la volvió a cerrar.

—Podía haber pedido permiso —dijo ella.

—Podía —respondió él, y abrió la puerta.

La sala era más pequeña de lo que el ruido de afuera sugería.

Mesa redonda, fieltro verde desteñido en el centro, cartas todavía esparcidas como si nadie se hubiera molestado en recogerlas.

Dos sillas vacías de un lado. Del otro, Carmine Caruso, los hombros hundidos hacia adentro, las manos sobre la mesa como si aún estuviera tratando de decidir una jugada que ya había terminado.

Él no levantó la vista cuando ella entró.

En el rincón de la sala, de pie —nunca había estado sentado, lo notó por la silla intacta detrás de él—, un hombre observaba a su padre con la paciencia de quien no necesita apurarse por nada.

Traje gris oscuro, sin corbata, los puños de la camisa abrochados a pesar del calor de la sala cerrada.

No miró las cartas. Miró a Mia en cuanto ella cruzó la puerta, y siguió mirando más tiempo del que cualquier desconocido debería.

Como si ya supiera lo que iba a encontrar antes de que ella entrara.

No se presentó. No se movió de su lugar. Solo observó el modo en que ella medía la sala con los ojos —la puerta, la distancia hasta la mesa, el otro hombre parado detrás de ella en el pasillo— como si eso ya fuera la respuesta que esperaba.

Había una copa de vino intacta en el borde de la mesa, de su lado. No había bebido nada en toda la noche; eso lo notó ella antes que cualquier otra cosa sobre él.

—Siéntese —le dijo a Mia, y el tono no pedía confirmación.

Ella no se sentó. Se quedó de pie junto a la silla vacía, una mano apoyada en el respaldo, midiendo la distancia hasta la puerta con la espalda, sin girarse a comprobarlo. Doce pasos. Quizá trece, con la mesa de por medio.

—¿Qué pasó?

Fue su padre quien respondió, sin levantar la cabeza:

—Perdí.

Dos sílabas. Nada más. Mia miró las cartas sobre la mesa; no sabía leer el juego, pero sabía leer números, y había un papel doblado junto a la mano de él, con una cifra escrita a mano que consiguió descifrar boca abajo.

Demasiado grande para cualquier cosa que él hubiera podido pagar en toda una vida.

—¿Perdió qué exactamente?

El hombre del rincón respondió en lugar de su padre.

—Una deuda que se acumuló durante dos años y una noche que decidió resolverlo todo de una vez. —Dio un paso, solo uno, hacia la mesa—. Su padre lleva mucho tiempo apostando lo que no tenía, señorita Caruso. Esta noche apostó lo que todavía tenía.

Mia miró a Carmine. Él seguía mirando la mesa, el papel doblado, cualquier lugar que no fuera ella.

—¿Qué exactamente apostó?

El hombre no respondió de inmediato. Cruzó el resto de la distancia hasta la mesa —pasos medidos, sin ninguna prisa, como si cada uno ya estuviera calculado antes de dar el primero— tomó el papel doblado, lo miró como quien confirma algo que ya sabe de memoria, y se lo guardó en el bolsillo interior del saco.

—A usted.

La palabra cayó en la sala con el mismo peso que cualquier otra cosa dicha allí: sin énfasis, sin pausa dramática antes ni después, como un número leído de una planilla.

Mia no se movió. Volvió a hacer cuentas: doce pasos hasta la puerta, dos guardias afuera, un hombre entre ella y la salida que no parecía tener prisa por moverse.

Detrás de ella, en el pasillo, una sombra se desplazó contra la rendija de la puerta: un tercer hombre, parado ahí desde hacía poco, que ella no había visto llegar.

La cuenta cambió. Tres guardias, no dos.

—Esto no es legal. Esto no existe.

—Existe lo suficiente para su padre —dijo él, sin alzar la voz, sin necesidad de hacerlo, y se giró para mirarla de frente por primera vez, las manos detrás de la espalda, el peso apoyado en una sola pierna, como quien está acostumbrado a esperar reacciones y ya ha decidido de antemano que ninguna de ellas va a cambiar el resultado—.

Vsévolod Sokolov. Pero los que trabajan conmigo me llaman Viktor.

—Yo no trabajo con usted.

Una comisura de su boca se movió; no llegó a ser sonrisa.

—Todavía no.

Carmine se movió en la silla, la boca entreabierta como si fuera a decir algo. Viktor no lo miró. No hizo falta. Carmine volvió a cerrar la boca y bajó la vista hacia el fieltro verde.

Carmine finalmente levantó la cabeza. Miró a Mia medio segundo, lo suficiente para que ella entendiera que no iba a decir nada más, que la frase completa que tenía para ofrecer a esa altura de su vida era el silencio que ya estaba dando. Ella esperó. No llegó nada.

Volvió a mirar a Viktor.

—¿Mi padre va a estar bien si me niego?

—Su padre va a seguir exactamente como está ahora, se niegue o no. —Inclinó la cabeza, un gesto pequeño, casi de curiosidad—. Esa no es la pregunta que debería estar haciendo.

—¿Cuál es la pregunta correcta, entonces?

—Ya la sabe. —Dio media vuelta, fue hacia la puerta, la abrió sin mirar atrás para comprobar si ella lo seguía—. Solo está posponiendo el momento de decirla en voz alta.

Afuera, uno de los guardias se enderezó cuando se abrió la puerta. Mia miró a su padre por última vez. Él había vuelto a mirar la mesa vacía, el fieltro verde, las cartas que nadie había recogido aún. Sus manos no temblaban. Eso, de alguna manera, era peor que si hubieran temblado.

Miró el reloj en la pared detrás de él. Volvió a contar los pasos hasta la puerta. Contó a los guardias visibles por el hueco: dos, los mismos de antes, más el tercero que había aparecido de la nada detrás de ella. Ninguno miraba a su padre. Todos la miraban a ella.

El hombre que la había llamado hasta allí —el que no parpadeaba lo suficiente— sostuvo la puerta abierta y dio un paso atrás, dejando el espacio libre. No era gentileza. Era instrucción silenciosa: por aquí, ahora.

Nadie la tocó. Nadie tuvo que hacerlo.

Viktor ya estaba en el pasillo, a unos pasos de distancia, sin esperar confirmación de que ella lo seguiría.

No volvió a mirar atrás. Los puños de su camisa seguían abrochados, el paso mantenía el mismo ritmo de quien ya había recorrido ese pasillo entero en su mente antes siquiera de entrar en la sala.

—Venga —dijo, sin volver el rostro, ya caminando hacia la salida.

Ninguno de los guardias se movió para empujarla.

Mia dio el primer paso.