CAPÍTULO 20
Nikolai
A las ocho de la mañana, ocupo el amplio escritorio de madera maciza en la oficina del Polaris. Dato está frente a mí, repasando su informe habitual.
—Grigori volvió a llamar esta mañana —dice.
Al oír el nombre, aprieto la mandíbula. Una ira difusa se agita en mi pecho.
Dato me lee la expresión y continúa, ahora con cautela.
—Dice que la semana que viene es el cumpleaños de Camille. Es la tercera vez que la familia Morozova te invita. Dice que si no respondes, vendrá a Nueva York él mismo.
—No dejes que venga —lo corto en seco—. Iré yo a verlo. Llevaré a Anya a San Petersburgo y que vea con sus propios ojos quién es mi esposa.
Dato frunce el ceño, preocupado.
—¿Estás seguro? Es su territorio.
—Es mi tío, no mi enemigo —zanjo sin dejar lugar a réplica.
Dato calla un momento y luego pregunta:
—¿Cuándo salimos?
—Dentro de dos semanas.
Hacia el mediodía, salgo del Polaris y conduzco hasta el almacén del puerto de Brooklyn para ver a Roman.
En la partida de cartas de la otra noche, mencionó que su envío llegaría al puerto la semana que viene, y es demasiado importante para dejarlo al azar.
Necesito confirmar los detalles cara a cara.
Me siento frente a él, con la cabeza gacha, repasando los horarios de envío.
—¿El envío sigue llegando a tiempo? —pregunto.
—Lo tendrás antes del almuerzo del martes. Ya lo tengo todo arreglado en los muelles: cuatro horas para descargar y manos de sobra.
Repasamos el estado de cada embarcación una por una: dos cruzan el Atlántico sin contratiempos y otra espera el transbordo en el Mediterráneo. Todo en orden.
Cuando termino de revisar la última línea de cifras, cierro el archivo, satisfecho. Me recuesto en la silla, lo miro a los ojos y me oigo decir con un orgullo que no sabía que tenía:
—Por cierto, me casé.
El bolígrafo de Roman se detiene en seco en el aire. Me mira como si no pudiera creerlo.
—¿De verdad lo hiciste?
—Está hecho.
Se queda atónito unos segundos antes de reponerse y soltar una risa queda.
—Nunca pensé que te oiría decir eso. Felicidades, entonces. ¿Ella está bien? ¿Se está adaptando?
—Se está adaptando —digo.
—¿Cuándo es la luna de miel?
—No la hay —echo un vistazo a los papeles de la mesa y bajo la voz—. Pero la llevaré a San Petersburgo a conocer a la familia.
Roman se pone serio.
—Avísame antes de salir. Yo me encargo del puerto.
—Dentro de dos semanas. Tú, Damian y Alexei os lo repartís y lo vigiláis.
Esa tarde vuelvo a la oficina del Polaris y paso dos horas seguidas enfrascado en los libros de cuentas.
El móvil vibra sobre el escritorio. Un mensaje de Luka.
Anya ha vuelto con la compra. Dice que te está haciendo un pastel.
Un pastel. Me está haciendo un pastel.
Las palabras dan vueltas en mi cabeza, cargadas de una extraña magia. Sin pensarlo dos veces, cierro los archivos a medio terminar, cojo el abrigo del respaldo de la silla y salgo de la oficina.
En cuanto abro la puerta de casa, lo noto: algo ha cambiado.
Un aroma dulce y cálido llega desde la cocina. Me quito el abrigo y, conteniendo los pasos, me dirijo hacia allí.
Anya está junto a los fogones. Hoy lleva esa blusa de seda verde oscuro y pantalones negros, con un delantal anudado a la cintura. Una hilera de cuencos y platos se alinea en la encimera, todo en su sitio.
No me oye entrar: tiene toda la atención puesta en la masa que amasa entre las manos, y tararea algo suave, una melodía que no conozco.
Me apoyo en el marco de la puerta, en silencio, con los ojos clavados en ella, hambriento. Huele a miel y a masa, y ese aroma, tan cargado de calidez hogareña, me golpea el pecho.
Justo entonces Khatuna sale de la despensa y, al levantar la vista y verme allí, se le abre la boca. La detengo con una sola mirada. Me mira a mí, luego a Anya, capta mi intención, aprieta los labios y sale en silencio por otra puerta.
Anya coloca la masa en una bandeja de horno, se da la vuelta y abre el horno. Al cerrar la puerta y enderezarse, por fin me ve.
Da un respingo y la manopla se le cae de la mano, golpeando el suelo con un ruido seco.
Mira el reloj de la pared, sorprendida.
—¿Tan pronto?
—Día tranquilo —la miro fijamente, con los ojos ardiendo, y cruzo la cocina hacia ella.
Se agacha a coger la manopla, pero llego antes. Nos enderezamos a la vez y nuestros rostros quedan muy cerca.
Ahora lo veo con claridad: una mancha de harina blanca en la frente, y el brillo tenue de la miel en los labios ligeramente entreabiertos, de la que ha probado a escondidas hace un momento. Se me cierra la garganta, y mi autocontrol empieza a resquebrajarse.
No puedo contener la mano. Mi pulgar áspero barre la harina de su frente y, en el mismo movimiento, le acuno la mejilla con la palma contra su piel suave.
Esta vez no se aparta.
—Tenías harina en la frente —explico con la voz ronca de deseo.
Su respiración se vuelve entrecortada mientras alarga la mano.
—Devuélveme la manopla.
Se la entrego, y en esa fracción de segundo dejo que mis dedos le rocen la mano a propósito. El contacto cálido la paraliza. Coge la manopla y retrocede un paso, algo turbada.
—Estoy haciendo medovik. Pastel de miel —rompe ella misma el silencio, como para disimular los nervios—. Me lo enseñó Khatuna.
—Huele bien. —Doy otro paso más, sin la menor intención de retroceder.
—Faltan cuarenta minutos. ¿Has comido?
—No.
—Khatuna hizo khachapuri. Está en la nevera.
Voy a la nevera, saco el plato de khachapuri, lo meto en el microondas y marco tres minutos.
Ella lo observa todo desde un lado, sin poder contener una sonrisa. —Aprendiste.
—Aprendo rápido. —Me doy la vuelta, me apoyo en la encimera, cruzo los brazos y clavo la mirada en ella, sin apartarla ni un segundo.
El microondas suena. Saco el khachapuri humeante y lo como allí mismo, junto a la encimera.
Ella se acerca al fregadero y empieza a fregar los platos. Estamos hombro con hombro, sin decir palabra. La cocina rebosa del calor del horno, la dulzura de la miel, el murmullo del agua corriendo. Todo se funde en una especie de silencio adictivo que nunca antes había conocido.
Cuando termina, cierra el agua, se seca las manos y se da la vuelta, apoyándose en la encimera para mirarme de frente.
—Khatuna dice que casi nunca cenabas en casa —dice, observándome.
Trago saliva, con los ojos fijos en ella. —Eso era antes de casarme.
Al oír eso, baja la vista hacia el anillo de bodas en su mano izquierda. Lo estudia durante dos segundos, luego levanta la cabeza y me mira con esos ojos marrones, serenos.
Entonces sonríe. Es una sonrisa leve, pero sincera, y hasta esos ojos siempre cautelosos se suavizan y se iluminan con ella, como un remanso de agua que se riza en ondas.
Es la primera vez que la veo sonreír con la guardia completamente baja.
El corazón me da un vuelco. La emoción más intensa que he sentido jamás brota de lo más profundo de mí, todo mi mundo se tambalea, y una posesividad salvaje, una necesidad feroz de protegerla, me golpean como una tormenta.
Y en este momento lo sé, sin ninguna duda: me he enamorado de ella.