VELO NEGRO CAPÍTULO QUINCE
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CAPÍTULO QUINCE

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La puerta de la cabina se selló tras ellos mientras el jet más pequeño ascendía hacia la tormenta.

Durante siete segundos, nadie habló.

Entonces Adrian Blackwood se volvió hacia la cabina de pilotaje.

Primero cambió el silencio a su alrededor. Amelia había empezado a reconocer aquel cambio: el instante antes de que la contención se convirtiera en violencia.

Isabella colocó la caja metálica de pruebas sobre la mesa.

— El señuelo está transmitiendo nuestra ruta original. La voz de Natasha llegó por el altavoz cifrado. — Y tu piloto presentó el destino real antes de que cambiáramos de avión.

Adrian no apartó la vista de la puerta del cockpit.

— Nombre.

— Elias Ward. Un pequeño movimiento pasó por la mandíbula de Adrian. No sorpresa. Reconocimiento.

— Lleva nueve años volando para mí.

Amelia estudió el tabique del cockpit. La puerta estaba cerrada, pero no bloqueada. Una fina luz verde brillaba sobre la manilla.

— Entonces quiere que sepas que fue él —dijo ella.

Isabella la miró.

— ¿Por qué? — Porque un hombre que oculta una traición no presenta el destino con sus propias credenciales. — Amelia señaló la luz. — Y no deja accesible la cabina de pilotaje.

La mirada de Adrian cambió hacia ella. Fría. Concentrada. Escuchando.

— Te está invitando a entrar —continuó Amelia—. Eso significa que ya ha preparado lo que ocurrirá cuando lo hagas.

El avión viró bruscamente.

El vaso sobre la mesa se deslizó quince centímetros antes de que Isabella lo atrapara.

La voz de Natasha cortó por el altavoz. — Ese giro no está en la ruta aprobada.

Adrian metió la mano bajo la chaqueta y sacó la pistola.

Amelia también se levantó.

Sus ojos saltaron hacia ella. — Quédate aquí.

— No.

La palabra salió antes de que el miedo pudiera suavizarla.

Un músculo se movió en su mejilla.

— Amelia.

— Te espera a ti —dijo—. Puede que no me espere a mí.

Durante un segundo peligroso, se miraron.

Entonces Adrian le entregó a Isabella una segunda arma y dijo: — Detrás de mí.

No permiso. No rendición. Pero tampoco exclusión.

Cruzaron la cabina mientras el jet se estremecía por la turbulencia.

Ante la puerta del cockpit, Adrian se detuvo. Amelia vio primero el reflejo: no en la manilla pulida, sino en la pantalla negra junto a ella.

Un cable iba desde debajo del asiento del piloto hasta el panel de despresurización de emergencia.

— No la abras —susurró. Adrian siguió su mirada.

El cable era casi invisible. Casi.

Isabella exhaló una vez.

— Activador de presión.

— Si se abre la puerta, la cabina se despresuriza —dijo Amelia.

La expresión de Adrian se volvió aterradoramente tranquila.

En lugar de abrir, levantó el auricular del interfono.

— Elias.

El piloto respondió de inmediato. — Señor.

Sin pánico. Sin vacilación.

— Desármalo.

Una risa suave llegó por el altavoz.

— Siempre preferiste las órdenes a las preguntas.

La mano de Adrian se tensó alrededor del auricular.

— ¿Quién te compró? — Nadie.

El jet cayó con suficiente brusquedad como para arrancarle el aire de los pulmones a Amelia.

La voz de Ward permaneció estable.

— El Círculo no compra lo que ya le pertenece.

Isabella se quedó inmóvil.

Los ojos de Adrian se oscurecieron. — Te colocaron a mi lado.

— Mucho antes de que te volvieras interesante.

Amelia volvió a mirar la pantalla negra. Bajo el reflejo del cable, un mapa de navegación parpadeó durante medio segundo.

El avión no se dirigía al oeste, hacia el Atlántico.

Estaba girando al sur.

Hacia el señuelo.

— Está juntando los aviones —dijo. Natasha respondió al instante.

— Confirmado. Intercepción en cuatro minutos. El rostro de Isabella se afiló.

— Quiere los dos aviones en la misma imagen de radar.

— Entonces una explosión cierra todas las preguntas —dijo Amelia. Adrian la miró.

— ¿Puedes llegar al panel de aviónica desde la cabina?

Ella siguió la línea del cable hasta una compuerta de mantenimiento bajo la consola. — Tal vez. — Eso no es una respuesta.

— Es la única que tienes.

Se arrodilló y abrió la compuerta.

Haces de cables llenaban el espacio estrecho. El calor y el olor del aislamiento le golpearon el rostro.

Natasha empezó a indicar los colores de los circuitos por el altavoz. Amelia encontró la alimentación del transpondedor y luego el relé del piloto automático.

Las manos le temblaron una vez.

Adrian se agachó a su lado, lo bastante cerca para que su hombro presionara contra el de ella.

— Mírame.

Lo hizo.

— Sabes lo que estás haciendo.

No era verdad. Pero lo dijo como si la verdad pudiera fabricarse a la fuerza.

Amelia cortó el relé azul.

Las luces de la cabina se apagaron.

El jet se sacudió hacia la izquierda.

Desde el cockpit llegó una maldición y luego el sonido violento del piloto luchando con los controles manuales.

La voz de Natasha regresó entre interferencias.

— Transpondedor apagado. El señuelo se está separando.

Adrian se levantó y disparó una vez a través de la puerta del cockpit, no contra Ward, sino contra el mecanismo de cierre.

El pestillo dañado cedió sin mover el cable de presión.

Isabella mantuvo el cable tenso mientras Adrian forzaba la puerta hacia dentro centímetro a centímetro.

Ward se volvió con una pistola en la mano.

Amelia lo vio antes que Adrian.

— ¡Abajo!

El disparo atravesó el tabique sobre ellos.

Adrian devolvió el fuego.

El arma de Ward cayó. La sangre se extendió por su hombro, pero siguió consciente.

— ¿Quién espera en la isla? —exigió Adrian.

Ward sonrió entre el dolor. — No quién.

Sus ojos se movieron hacia Amelia.

— Qué.

El panel de comunicaciones parpadeó en rojo.

La voz de Natasha atravesó el enlace, despojada de toda calma.

— Adrian... acabamos de perder la isla.

Todos los monitores del cockpit se apagaron a la vez.

Y en la pantalla central muerta apareció un único símbolo blanco:

el círculo roto.