Vehemente 25 . VEHEMENTE #5
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25 . VEHEMENTE #5

—Yo también te odio. Y esta será nuestra maldición.

Se sentó sobre Khada y apuntó el filo corto hacia su pecho.

—¿Qué estás...? —tocó la cadera de Zimbel, confundido.

—Terminando este sufrimiento.

—Espera.

Alzó La Impía, dispuesto a dejarla caer, pero en el instante preciso en que sus músculos se prepararon para el impacto, algo lo frenó.

Un calor repentino, la presencia física de alguien que no pertenecía a ese vacío helado y que lo obligó a detenerse en seco.

Se quedó petrificado con el arma en alto, perdiendo los sentidos en la nada blanca, procesando con lentitud si lo que sentía era real o si su mente finalmente se había fracturado bajo la presión del trauma.

Apretó el mango de la espada con fuerza, y antes de que pudiera tomar una decisión, una voz familiar rompió el silencio a sus espaldas.

—Zimbel.

Era Ventus.

Al reconocerlo, Zimbel se enfureció.

—Tú querías que esto pasara —le recriminó sin soltar el arma—. Sabías lo que sucedería y decidiste guardar silencio.

—Yo jamás quise…

—¿¡ENTONCES POR QUÉ NO HICISTE NADA!?

Dejó de dudar y clavó el filo en el pecho de Khada. Él retuvo un grito y se sacudió por el espasmo de dolor.

Ventus cubrió sus oídos, horrorizado.

—Zimbel, por favor. ¿Esto es la voluntad de mi padre? Porque si es así, solo te está usando... Todavía hay solución. Ven a mí y te llevaré con Los Siete, ellos sabrán…

—¿Los Siete? — la mirada de Zimbel se tornó sombría. Ya no era él— . ¿A quién le importan tus tonterías?

Apuntó el segundo filo hacia sí mismo. Tomó aire y se empujó contra él. La hoja de La Impía le atravesó el pecho. Khada intentó empujarlo, sin éxito.

De las heridas brotó una luz líquida que los unió.

Zimbel se encorvó, quedó frente a Khada, respirando su mismo aire y compartiendo su misma agonía.

La luz detonó, envolviéndolos en un frío total.

Ventus fue testigo de todo. Una supernova silenciosa congeló el flujo mismo de la realidad.

La silueta que se produjo de la unión de ambos cuerpos se expandió verticalmente hacia el cielo inexistente.

Sus huesos crujieron y se alargaron metros enteros; al igual que la nueva masa muscular que cubrió un esqueleto colosal.

Del horror y la divinidad, nació un titán.

Su rostro formó cuatro párpados; la mirada de arriba era azul, con los ojos más grandes, que no tardaron en observarlo todo .

Mientras que la mirada de abajo solo eran cuencas vacías que lloraban sangre descontroladamente, bañando la mandíbula y el cuello del gigante.

Del torso salieron cuatro extremidades: dos brazos pálidos al frente; y detrás de los hombros, los otros dos brazos rasgaron la carne para salir.

El pecho era lo de menos, estaba infectado casi en su totalidad por la corrosión de Corvus, con cicatrices pulsantes que le quitaba cualquier gesto puro a su apariencia.

La cintura se perdía en la niebla de la distancia, como si la mitad de su cuerpo no existiera.

Imponente y peligroso, fijó sus inmensos iris en Ventus, alzando una de sus manos, iracundo, dispuesto a aplastarlo como a un insecto.

Hasta que del suelo emergieron cadenas gruesas de oro que impidieron su propósito.

Los grilletes atraparon los brazos traseros, tirando de ellos hacia la nada; después, un collar se cerró alrededor de su cuello.

Y por último fue inmovilizado de las muñecas delanteras, clavándolo al piso del vacío.

El titán forcejeó; el metal resultó indestructible.

Frustrado, el peso de la fusión lo aplastó de inmediato.

Su columna vertebral se dobló hacia adelante.

Sin fuerza, hundió la cabeza, ocultando su rostro entre su largo cabello negro.

Se desplomó y quedó ahí, fijo, vencido por la debilidad de la tristeza que le provocaba estar vivo y no poder siquiera ejercer venganza contra su creación.

Empezó a llorar. Una cacofonía grave que juntaba los sollozos histéricos de Zimbel con los jadeos agónicos de Khada.

Resultaba insoportable oírlo; transmitía una desesperación tan cruda que podía contagiar el dolor a quien lo escuchara.

Ventus no lo soportó, retrocedió, espantado, al borde del llanto. Su pecho subía y bajaba, y sus piernas flaquearon, obligándolo a sentarse en el suelo sin despegar los sentidos del gigante.

Un ruido lo hizo reaccionar. Un sonido discreto: pasos.

Giró la cabeza. Era un anciano caminando sobre el suelo del Abismo .

Tenía el cabello alborotado, estaba descalzo y vestía una bata humilde.

Lo único que contrastaba en su frágil apariencia era que su mano derecha tiraba de una energía del mismo color dorado que los grilletes.

La fina línea de poder conectaba sus dedos con las cadenas del titán vibrando en el aire antes de desvanecerse por completo. Él lo había frenado.

Aquel hombre no era humano. La energía que desprendía su presencia era diferente; algo antiguo, y por ende, desconocido. Ventus se levantó con una punzada en el pecho. El llanto del gigante seguía inundando el plano, y por alguna razón, los pasos del recién llegado se oían por encima de todo.

—Así que este es el nuevo invento de tu padre — su voz no sonaba vieja. Era tranquila e indiferente.