25 . VEHEMENTE #4
El impacto contra la tierra fue una explosión que sacudió el bosque entero, levantando una nube de polvo y escombros que tardó minutos en desaparecer.
Khada reaccionó primero; emergió, levitando lentamente fuera del cráter.
Llegó a la orilla. Con la respiración entrecortada, pero la mirada fija en su objetivo, extendió su mano derecha y, de su propia piel, manifestó una espada larga de energía oscura con la que planeaba terminar de una vez por todas.
Abajo, en el fondo del agujero, Zimbel despertó, aturdido y adolorido. Se sacudió la cabeza y sintió cómo su piel regeneraba los tejidos y cerraba las quemaduras. Miró hacia arriba; las heridas de Khada apenas se curaban. Su regeneración era lenta. Se estaba debilitando.
Zimbel no sintió compasión. Salió del cráter de un salto y aterrizó frente a Khada. Invocó a La Impía, el arma que le otorgó el Otro Zimbel en su visión, que a diferencia de la oscuridad de Khada , brillaba con una luz blanca y pura en medio del caos.
El zumbido de la energía llenó el silencio del hundimiento, un sonido vibrante que prometía el desenlace definitivo.
Khada, con la respiración acelerada, esperaba el primer movimiento.
Zimbel apretó el mango de La Impía, dio un paso adelante, tensando los músculos para atacar, hasta que...
se detuvo. Sus ojos recorrieron la figura de Khada, percatándose de su temblor en la mandíbula, las heridas que aún no cerraban y la desesperación en su mirada.
Vio al monstruo que tenía enfrente, pero también al hombre que alguna vez amó, y se vio reflejado en él.
Mordió con fuerza, sintiendo el coraje quemarle la garganta en forma de un nudo amargo de frustración.
Estaba harto. Harto de la profecía, de los dioses, de Corvus.
Pero, sobre todo, estaba harto de Khada.
Furioso con él por haberlo orillado a romper su propia moral y forzarlo a convertirse en una bestia para poder detenerlo.
Odiaba haberlo amado y odiaba tener que matarlo.
La injusticia de todo aquello lo paralizó, dejándolo vulnerable, consumido por la certeza de que, ganara quien ganara, ambos ya habían perdido absolutamente todo.
La energía de La Impía parpadeó una vez, dos veces, y se desvaneció en el aire, dejando su mano vacía e inútil. Zimbel sintió que las lágrimas de la impotencia le quemaban los ojos, por lo que avanzó sin mirar y se detuvo a centímetros del rostro de Khada. Él no se movió.
En un gesto desesperado, Zimbel extendió su mano y cubrió la boca de Khada con rudeza.
Este abrió los ojos, desconcertado; tomó su muñeca para apartarla sin usar toda su fuerza.
Zimbel deslizó su mano por el cuello, bajó hasta el hombro de Khada, y con un suspiro tembloroso, apoyó la frente en su pecho, recargándose en él.
Khada se quedó rígido, sintiendo el peso de Zimbel. Por un segundo, no supo qué hacer.
—Podíamos arreglarlo, Khada —sollozó—. Podíamos... encontrar una solución... juntos.
Khada exhaló por la nariz. Su postura se endureció.
—¿Qué se siente vivir mi sueño, Bel ? —le preguntó con la voz ronca—. ¿Qué se siente arrebatarle las esperanzas a un huérfano?
—Khada...
—¡TE ROBASTE MI VIDA!
Le gritó, y con un empujón violento, se sacó a Zimbel de encima.
—Por fin tenía un propósito en este mundo.
Ser el mejor de todos, servir a mi pueblo y tal vez formar una familia para envejecer pleno y morir sabiendo que hice las cosas bien.
Le habría demostrado a mi madre que estaba equivocada —se acercaba a Zimbel arrastrando la punta de su espada en la tierra y quemando todo a su paso.
Lo tomó del cuello y lo alzó sin esfuerzo, colocándole el filo en su garganta—.
Mi vida era perfecta... Pero entonces llegaste tú.
Me sedujiste. Despertaste lo peor de mí.
Y al final fui yo quien recibió el castigo...
Conocerte ha sido la única desgracia de mi vida.
Aquello fue el detonante que rompió la última cadena de culpa y nostalgia que ataba a Zimbel.
La tristeza en su mirada desapareció. Ya no había nada que salvar.
Su mano derecha se encendió de golpe en un fuego oscuro que consumió el oxígeno a su alrededor en un chasquido.
Aún con la mirada fija en Khada, impulsó su brazo hacia adelante y atravesó la corrosión, la piel y los huesos, como si fueran de papel.
Perforó el pecho de Khada con su mano. El sonido de la carne rompiéndose fue nauseabundo; Khada abrió los ojos, la sangre subió por su garganta.
En vez de agonizar, sonrió.
—Inepto... —dijo, lamiéndose la sangre de los dientes—. No puedes matarme.
—No, no puedo —le susurró Zimbel—. Pero esta es la única forma de detenerte... De detenernos.
El aire alrededor de ambos no tardó en brillar. Partículas de energía se desprendieron de sus cuerpos, flotando hacia el cielo. Zimbel sacó su mano del pecho de Khada con un tirón brusco, y él jadeó, cayendo de rodillas, intentando sanar, pero la luz lo estaba consumiendo.
—Es... la única forma —colocó sus pulgares sobre los ojos de Khada—. Perdóname.
Y hundió los dedos en sus cuencas. Zimbel sintió bajo sus yemas la resistencia elástica de los globos oculares.
Rompió tejido, llegó al cráneo. Profundizó su hostigamiento y no se detuvo a pesar de los gritos agónicos de Khada, convirtiendo su rostro en una máscara de sangre que brotó a chorros, espesa y caliente.
Khada se sacudió violentamente entre espasmos de dolor. Intentó elevar sus manos para arrancarse los dedos de Zimbel, arañando sus antebrazos en su desesperación.
Los sollozos de Zimbel se mezclaron con los gritos ahogados de Khada.
Entonces el tiempo pareció detenerse. Las partículas de energía blanca y negra reaccionaron ante la sangre y crecieron, agrupándose alrededor de los dos cuerpos.
La carne de ambos empezaba a desintegrarse bajo la luz.
Zimbel pegó su frente a la de Khada sin importar su sufrimiento.
—Perdóname, Khada...
Finalmente, fueron consumidos por completo.
El bosque quedó en total silencio, y a pesar de la evidencia de la masacre y la batalla que tuvo lugar, el viento sopló sobre la tierra vacía, llevándose el eco de los últimos gritos hacia el olvido.
«—¿Tú crees... en el destino?»
Todo era blanco. Zimbel estaba consciente, aunque sus sentidos flotaban en la nada.
La única certeza de que seguía vivo era el aire entrando y saliendo de sus pulmones, y aún así, se sentía vacío, despojado incluso del instinto de parpadear.
Creyó que su vida había concluido, y que ahora enfrentaba la etapa final del duelo: la aceptación.
A pesar de la blancura cándida del lugar, una corriente de energía se dirigió hacia él. Sonrió débilmente al reconocerla, dejando que las pocas lágrimas humanas que le quedaban cayeran por sus mejillas.
Entre sus dedos consumidos por la oscuridad, la energía formó una esfera, en la que a través de ella vio a Russell por última vez, sonriéndole en el lago, siendo cómplices de su amor.
Rompió en llanto, dejándose caer al suelo sin soltar el recuerdo.
—Te amo... Te amo tanto, Russell.
Lentamente, el momento se desvaneció en sus brazos, provocándole una desesperación que le quemaba en el pecho.
Apoyó la frente en el suelo invisible para cerrar los ojos y despreciarse hasta perder toda compasión por sí mismo por haber sido tan estúpido.
Pero el momento no le duró mucho. Se levantó con un suspiro pesado al percatarse del olor metálico de la sangre.
Lo vio a lo lejos, a Khada, inmóvil en el suelo, cubriéndose el rostro con dolor.
Zimbel se acercó. Sin mediar palabra, lo agarró del cabello, girándolo bruscamente .
Él se quejó y tuvo que apoyarse en las palmas, revelando su rostro que por un segundo heló la sangre de Zimbel: sus cuencas estaban vacías, sangrando a mares, haciendo que sus expresiones fueran difíciles de identificar.
A pesar de su deplorable estado, Zimbel no sintió ni un poco de pena.
—Eres un maldito egoísta —le murmuró sin tacto—. Quiero despedazarte hasta dejarte irreconocible .
Khada no reaccionó. Se limitó a acostarse nuevamente con apatía. Un gesto que provocó a Zimbel, por lo que se dejó caer sobre él, apretándole el cuello y golpeando su cabeza contra el suelo duro.
—¡DI ALGO, MALDITA SEA!
Ya estaba harto, el silencio fue el detonante. Se levantó y comenzó a pisotearle la cara, una y otra vez. El rostro de Khada se deformaba y crujía bajo su pie; segundos después el tejido se regeneraba . Solo quedaba la sangre esparcida como prueba de la tortura.
—No... es... justo —por fin habló, retorciéndose—. Yo debería ser el elegido, no tú... Qué vergüenza para los dioses. ¿Qué tienes de especial? Eres... solo un mocoso ingenuo... Un iluso borrego desesperado. Aún sin ojos puedo ver lo asqueroso que eres.
Era una sorpresa que se atreviera a reclamar en su estado actual. Zimbel frunció el ceño y le soltó un puñetazo en la boca que resonó en el vacío. Lo levantó de la piel del pecho; la membrana oscura se desgarró y la sangre bañó sus costados.
Khada rio.
—¿Ya olvidaste... todas las veces que me buscabas? —agrandó su sonrisa con pesar, ignorando la agonía—. Cuando me suplicabas que no me detuviera.
Zimbel no lo toleró, lo lanzó lejos. Khada impactó contra el suelo, dejando un rastro de sangre en línea recta por donde se deslizó. Sin poder levantarse, su pecho se hundió bajo el pie de Zimbel y recibió dos pisotones cerca de la yugular.
—¡¿Y tú crees que yo disfrutaba mi vida?
! ¡Jamás pedí ser el elegido! La única razón por la que acepté salir contigo era porque me hacías sentir normal...
Creía... que por fin iba a tener una vida como la de los demás, pero no.
Era demasiado joven para ver tus verdaderas intenciones —confesó con amargura—.
Yo te amaba, Khada. Galena te amaba. La maestra te amaba como a un hijo y murió después de que te expulsaran porque su corazón no resistió la decepción.
¿Y todo para qué? Tu maldita soberbia lo arruinó todo.
—Claro... Ahora todos son víctimas... sobre todo tú... Te odio —masculló—. Te odio como no tienes idea.
Zimbel invocó a La Impía, como una extensión de su voluntad. El doble filo, infectado con su desesperación absoluta. Deslizó las yemas de sus dedos a lo largo de una de las hojas, afilando los bordes con su piel hasta que la sangre cayó sobre Khada.