25 . VEHEMENTE #3
Su último pensamiento no fue una oración para tratar de salvar su alma, sino la imagen de Russell corriendo hacia él para salvarlo como sabía hacer, y no hizo más que extender su mano débilmente por encima de la tierra fría, creyendo que así lo alcanzaría.
Recordó su tacto, su voz, su sonrisa. Y por desgracia, todo eso desapareció.
Arañó la tierra con impotencia. Su mente trajo la última imagen que tuvo de él, donde yacía moribundo en el patio de su casa por su culpa, y aún así, Russell seguía sonriente.
No lo merecía, no merecía a alguien tan noble como él.
Alguien que lo daría todo sin recibir nada a cambio. Alguien que lo amó de verdad.
—Russell...
No. No podía morir. No todavía.
La misma corrosión que consumió a Khada brotó de la herida abierta en su brazo.
Al notarlo, Zimbel no se sumergió en el horror como hubiera esperado, solo lo aceptó .
La oscuridad se esparció por su cuerpo rápidamente, quemando todo a su paso; su gabardina se desintegró en un instante, dejando su piel expuesta para ser reclamada por la segunda piel.
Un dolor agudo le taladró el cráneo, obligándolo a arquear la espalda.
Apretó los dientes y soportó el fuego oscuro que le devoraba los nervios porque, por más que la piel se derritiera sobre sus huesos, no era nada comparado con la culpa de haber alejado a Russell de su vida.
Ese era su verdadero arrepentimiento. Todo lo que estaba haciendo, cada gota de humanidad que perdía en ese instante, lo hacía por él.
Para detener el caos. Para mantener el mundo seguro para Russell, aunque eso significara que ya no pudiera formar parte de él.
Desapareció el dolor, dejando una frialdad extraña en su columna vertebral que lo llenó de energía.
Al mirarse las manos, confirmó que el trato había sido sellado: ya no era un hombre, ni siquiera de cerca.
Y para su sorpresa, solo se resignó. Se había transformado en el Otro Zimbel que tanto temió en sus visiones.
La profecía se estaba cumpliendo con una mínima diferencia: detener a Khada.
La corrosión lo cubrió por completo con una segunda piel asfixiante y la mirada se le nubló de tristeza. Se sentó en el suelo. No vio a Corvus por ningún lado, por lo que asumió que ya estaba listo.
Por última vez, cerró los ojos, tratando de buscar la paz.
Sin embargo, el constante ruido insignificante de los alrededores y de sus propios latidos evitaban que se concentrara .
Articuló sus nuevas manos, acostumbrándose.
Se perdió en todo y a la vez en nada. Escuchó el sonido del agua fluyendo en el arroyo a kilómetros de él; los pasos de los insectos que empezaban a salir de sus escondites.
Y finalmente observó el cielo, las estrellas y el universo sobre él, todo con una calidad inhumana que ignoraba la distancia y los años luz.
Fue hermoso y tranquilizante. Olvidó la desgracia de lo que era ser humano y admiró la belleza de las estrellas, envidiando la calma con la que existían.
—Zimbel —oyó su nombre a lo lejos.
Él se levantó con los ojos casi desorbitados.
Su mente, que se había tranquilizado, volvió a su estado defensivo.
El llano se disolvió en un parpadeo. De un momento a otro estaba de pie en un campo bañado por un sol radiante, rodeado de arbustos verdes y una brisa cálida que destilaba tranquilidad.
La belleza del lugar fue tal que lo desorientó.
—Zimbel.
Por segunda vez, oyó su nombre. Se dio la vuelta, y lo que vio lo dejó perplejo. Frente a él estaba Ventus, como en su sueño, que a pesar de la venda que cubría sus ojos, pudo notar su ceño fruncido, decepcionado.
—¿Cómo pudiste?
No era un sueño. Zimbel no respondió. Observó a Dios en silencio, buscando alguna señal de compasión.
Solo encontró indiferencia.
—Era la única forma —respondió a secas.
—No, Zimbel. Sabes bien que no.
—Era la forma más rápida —alzó la voz mientras sentía la ira manifestarse a través de su segunda piel—. No voy a permitir que se sacrifiquen más vidas por mi culpa.
—Tu fe ha sido revocada.
La palabra golpeó a Zimbel en el punto más bajo. Una mezcla de indignación, odio e impotencia generó un aura de calor alrededor de su cuerpo. Si eso era real, entonces se había llevado la decepción de su vida.
—¿Fe? —Zimbel arrugó la nariz y mostró los dientes con una mueca de asco—. ¿Ahora sí te importa la fe?
—Zimbel... —Ventus entreabrió los labios, sorprendido.
—¿Lo que hice durante todo este tiempo no era fe para ti? ¿¡ENTONCES QUÉ ERA!?
El odio despertó su verdadero poder. La oscuridad del caos estalló, empezando en su corazón. Zimbel se lanzó contra su dios a una velocidad increíble, atrapando el cuello de Ventus entre sus garras de oscuridad.
—¿¡TODO LO QUE HICE EN TU NOMbrE NO SIGNIFICÓ NADA!? —le gritó en la cara; la última sílaba se quebró en un sollozo—. ¡SIEMPRE ME DISTE LA ESPALDA! ¡Y YO TE REZABA! ¡TE SUPLICABA!
La presencia de Ventus desapareció y la realidad lo golpeó con brutalidad.
Volvió al llano. Zimbel cayó al suelo sobre una roca afilada que le perforó el abdomen al impactar.
Gritó de dolor, acurrucándose sobre el suelo firme.
Apretó los dientes, reteniendo las lágrimas de frustración más que de sufrimiento, y cuando logró incorporarse, se llevó la mano a la herida, esperando ver sangre.
Se paralizó.
Vio fascinado y horrorizado cómo la corrosión burbujeó sobre su herida abierta. La materia se fusionó para reconstruirse, sellando el agujero y borrando cualquier rastro del daño. El dolor cesó de golpe.
Se levantó lentamente, flexionando el torso a propósito, esperando sentir el reflejo de la cicatriz. Nada. ¿Era parte de la bendición del demonio? Un cuerpo que se negaba a morir.
Zimbel se puso de pie, mirando sus manos. Miró el cielo, que seguía igual que antes, poniéndolo en duda si lo que había pasado fue real. De algo estaba seguro completamente: Ventus le había dado la espalda, pero Corvus... una oportunidad .
El tiempo perdió su significado. La noche se había vuelto una entidad asfixiante.
Zimbel, que había vagado como un espectro por el bosque, se detuvo al sentir una vibración grave que recorrió el suelo y el aire, identificando una marea de poder que no pertenecía a la naturaleza.
Cerró los ojos, visualizando las líneas esenciales del bosque para detectar alguna anomalía, y lo vio: líneas de luz oscura naciendo desde un mismo punto.
Era poder caótico, poder de Khada. En la mente trazó la ruta más corta para llegar hacia él.
Viajó entre los árboles, y cuando lo encontró, Zimbel abrió los ojos.
En medio de la nada, Khada permanecía de rodillas, con las manos hundidas en la tierra, tratando de hacerse más fuerte; la energía de su corrosión se expandía al nivel del suelo, marchitando la hierba y toda la vegetación a la redonda.
Pero se dio cuenta de la energía de Zimbel y se levantó sin detener su oscuridad.
Tronó su cuello, luego sus nudillos. Era más alto, y por ende, más peligroso, a pesar de que su postura delataba un agotamiento espiritual de quien estaba siendo devorado por su propio poder.
—Qué fastidio —se quejó.
En su respuesta, Zimbel lo miró decepcionado.
—Todavía puedes redimirte.
Khada sonrió.
—¿Solo porque eres el elegido te crees superior?
—No estoy jugando, Khada. Detén todo esto y quizá…, quizá pueda perdonarte.
—¿Crees que me importa tu perdón? —Khada comenzó a acercarse. Concentró una esfera de poder energético en su palma izquierda.
—¿Crees que no sé que te está costando? —Zimbel dio un paso al frente, sin miedo.
Abruptamente, el silencio llegó. Khada resopló, molesto, dedicándole una mueca de odio.
—Estás muriendo, Khada. La esencia de ese monstruo es demasiado para ti.
—¡CÁLLATE!
El grito cortó el aire. Una fracción de la energía de Khada se dispersó por el perímetro en un estallido repentino.
Zimbel no pudo esquivarlo; la onda expansiva lo golpeó de lleno, empujándolo hacia atrás.
Logró mantenerse de pie a duras penas, con la respiración agitada.
Cuando se reincorporó y levantó la vista, Khada ya estaba frente a él, habiendo acortado la distancia en un suspiro.
Sin embargo, los reflejos de Zimbel fueron más rápidos que su miedo.
Concentró una carga de energía pura en su mano derecha y, sin vacilar, le soltó un puñetazo directamente a su mandíbula, seguido de un segundo golpe al estómago que dejó a Khada sin aire.
Él retrocedió dos pasos; el dolor le nubló la vista y vació su mente por un instante.
Se encorvó, jadeando en busca de aire mientras la saliva se le acumulaba en la boca por el impacto, después miró al suelo con los ojos bien abiertos.
¿Desde cuándo Zimbel tenía la capacidad física para golpear como un bruto?
La confusión duró poco, desplazada rápidamente por una epifanía que le hirvió la sangre.
Ese puñetazo… Khada lo había sentido antes.
Inevitablemente, la imagen de Russell cruzó su mente.
La rabia le recorrió las venas, subiendo hasta su cabeza más rápido de lo que la oscuridad lo hacía.
Estaba claro que esos dos no habían compartido únicamente palabras.
Llegó a la amarga conclusión de que habían pasado mucho más tiempo juntos de lo que quiso creer.
No era solo que el idiota hubiera aprendido de la sabiduría de Zimbel; el intercambio fue mutuo.
Cegado por la ira, Khada flexionó las rodillas y salió disparado verticalmente hacia el cielo.
Zimbel no se quedó atrás. Lo siguió, pero al impulsarse, el suelo bajo sus pies no solo se hundió, sino que detonó.
Una onda expansiva de fuerza bruta barrió el área, arrancando los arbustos de raíz y lanzando rocas a todas las direcciones.
Ascendió rompiendo la barrera del sonido; alcanzó a Khada a una altura que sería mortal para cualquier humano.
Se convirtieron en destellos de luz y oscuridad chocando entre las nubes, golpeándose con la energía que desprendían sus pieles caóticas.
Sus movimientos iluminaban el cielo, similar a una tormenta eléctrica.
En un acto desesperado, Khada logró atrapar a Zimbel, inmovilizándole los brazos contra el torso.
El peso muerto de ambos, sumado a la gravedad, hizo que cayeran en picada.
La velocidad del descenso aumentó exponencialmente, tanto que la fricción hizo que sus cuerpos se incendieran , envolviéndolos en una bola de fuego. Cayeron como un meteorito.