25 . VEHEMENTE #2
—¡Oh, Khada! ¿Dónde estuviste toda mi vida?
A pesar del tono inquietante y burlesco, Khada ni se inmutó.
—Yo ya cumplí mi parte —dijo al cabo con frialdad—. Ahora te toca a ti.
Corvus sonrió para sus adentros. Tomó la esperanza entre sus garras y la consumió de un solo bocado.
Al instante, su cuerpo reaccionó. El plumaje oscuro de su pecho se alborotó, haciendo que su apariencia doblara tamaño.
El aura de oscuridad que había mantenido desde el principio se concentró en su mano derecha, formando una pequeña nube de humo negro que no tardó en dar vueltas alrededor de ambos.
No despegó la mirada de Khada; lo observaba con los ojos ligeramente entrecerrados y el ceño fruncido en un gesto de orgullo enfermizo.
Dejó que la energía se disolviera en su propio plumaje, y del suelo brotó una segunda sombra por encima de la suya que se arrastró hasta fusionarse con la sombra de Khada.
—Lo prometido es deuda, muchacho —los ojos de Corvus resplandecieron—. Y yo soy un hombre de palabra.
Arrepentirse acabaría en la muerte. El pacto concluyó.
La sombra de Khada se transformó en una corrosión oscura que trepó por sus tobillos, desintegrando el tejido de sus botas y sus pantalones a medida que ascendía para reclamar la carne desnuda debajo.
Khada tensó la mandíbula, conteniendo un grito.
Sentía su piel calcinándose , por lo que se encorvó, esperando que eso le ayudara a asimilar el dolor.
La corrosión subió por su abdomen, devorando la ropa hasta convertirla en cenizas que se desvanecieron antes de caer al suelo, y continuó trepando por su pecho y brazos.
Khada quedó expuesto y a la vez blindado.
Hacía un gran esfuerzo por no doblegarse y resistir la agonía; en el fondo sentía que moriría si dejaba de concentrarse.
Corvus lo miraba estático y absolutamente satisfecho, deleitándose con el espectáculo.
Khada intentó respirar, pero el aire se quedaba atrapado en su garganta por más que insistiera. La nueva piel le apretaba el pecho con una presión brutal, casi al borde de triturarle las costillas. Y sin embargo, se sentía más poderoso que nunca.
Jadeó y se quejó, luchando por inflar sus pulmones, hasta que se oyó un chasquido sordo proveniente de su interior.
La corrosión se adaptó a su anatomía, fusionándose con sus poros, volviéndose una sola piel con la anterior.
El dolor, poco a poco, desapareció. Se irguió, respirando por fin, sintiendo cómo su nueva piel palpitaba al mismo ritmo que su corazón.
Ese era el poder caótico en su estado más puro. Una pequeña porción que no era nada para un descendiente del caos, pero que, en dominio de un humano, significaba el control absoluto.
El llano regresó a su silencio habitual. Corvus no le apartó la vista; revisó su cuerpo desde todos los ángulos posibles con el pecho hinchado de orgullo.
—Se siente bien, ¿no? —susurró, conteniendo una sonrisa.
Khada cerró los puños, flexionando los dedos para acostumbrarse a la rigidez de su nueva piel. Al sentir el poder correr por sus venas, alzó la vista hacia el cuervo y, por primera vez desde que se conocieron, le dedicó una sonrisa de complicidad.
—¿Ya soy un dios?
Corvus inspiró; se rio del chico discretamente en su cara y negó con la cabeza.
—Eres un ascendido, tal y como me lo pediste... a mi manera —aclaró—. Encuentra a Ventus y mátalo para tomar su lugar si tanto quieres ser un inútil. Con el poder que te acabo de dar, no te costará nada.
Sin molestarse en responder, Khada le dio la espalda a Corvus con un gesto arrogante, dando por hecho que ya no necesitaba mostrar sumisión ante él.
Se quedó ahí, quieto, ignorando al demonio, sumido en sus propios pensamientos.
Corvus ladeó la cabeza; quiso entrar en la conciencia del muchacho como solía hacerlo, pero el vínculo se había roto; ya no podía escuchar sus pensamientos ni predecir sus deseos.
Los pies del ascendido se separaron del suelo.
Khada comenzó a levitar, y sin pensarlo, salió disparado hacia el horizonte con una velocidad y fuerza tan potentes que el suelo bajo su posición original se agrietó , dejando un cráter humeante de tierra.
El estruendo de su partida sacudió los árboles lejanos. Corvus no se sorprendió.
Se quedó solo en el llano, con las plumas hacia atrás por la onda expansiva, mirando fijamente el punto en el cielo donde su creación había desaparecido.
Sorprendentemente, no estaba ofendido. En su lugar, una sonrisa maliciosa deformó su pico otra vez.
Dejó que el silencio volviera a protagonizar ese pedazo del bosque que se había convertido en su hogar durante los últimos cuatro años de su existencia.
Bajó la mirada y, sin girarse todavía, alzó la voz hacia la supuesta nada.
—Sé que estás ahí —dio media vuelta hacia unos arbustos frondosos alejados a su derecha.
Los siguientes dos segundos fueron eternos, donde solo se escuchó el silbido del viento. Las ramas crujieron y las hojas se movieron.
Zimbel salió de su escondite, pálido y rígido.
Lo había visto todo. Había visto cómo su esperanza fue devorada y utilizada para crear a un monstruo que le costaría el doble acabar con él.
No hizo nada, simplemente levantó la cabeza y le dedicó al demonio una expresión ida, carente de cualquier rastro de fe.
—Me ha hablado mucho de ti —Corvus señaló el punto exacto en el horizonte donde Khada desapareció.
Zimbel no respondió. Se sentía mareado; estaba parado frente a una entidad que sus escrituras y oraciones no se atrevían a mencionar, y esa criatura le hablaba como si se conocieran.
La ilusión de Khada partiendo para asesinar a Ventus, las palabras del Otro Zimbel.
Estaba aterrado. Ya no sabía en qué creer.
No tenía nada más en qué apoyarse, solo en el miedo, y fue eso lo que lo orilló a dar el siguiente pas o.
—Toma mi sangre.
Corvus parpadeó, alzando una ceja.
—Tómala —insistió Zimbel, ofreciéndose con los brazos abiertos—. Conviérteme en lo que sea que convertiste a Khada . Necesito estar a su nivel.
Por primera vez en siglos, el silencio de Corvus fue de genuina sorpresa.
Se quedó quieto, procesando la ironía. Jamás, ni en sus fantasías más retorcidas, hubiera imaginado que el verdadero ascendido, el discípulo más fiel y devoto de Ventus, vendría a arrastrarse ante él para pedirle la misma podredumbre que juró destruir.
—Vaya... Un mortal arrastrándose a su tumba —se burló—. Realmente estás desesperado.
Zimbel mantuvo la vista fija en la nada para disimular su miedo.
Le costó respirar, el aire a su alrededor se volvió denso.
La presencia de Corvus era masiva, su sola cercanía aplastaba la gravedad del lugar.
Frente a sus ojos vio su sombra estirarse, retorciéndose en forma de extremidades vivas que devoraban la poca luz que quedaba.
Una neblina oscura y helada emanaba de él, cargada de una vibración que le hacía doler los oídos y los dientes.
El pánico provocó que sus rodillas se aflojaran .
Su instinto le pedía a gritos que corriera, que se postrara, que suplicara por su vida ante ese monstruo que irradiaba una malicia absoluta.
Tuvo que ejercer una fuerza sobrehumana para controlar el temblor de su mandíbula.
— Corrómpeme ya.
—Qué impaciente —se detuvo frente a él—. Idéntico a Khada.
—No me compares con él.
Luego de notar su asco, el demonio negó.
—Deberás ofrecerme distintos sacrificios que…
—Ya eres libre, no necesitas más sacrificios —Zimbel lo interrumpió sin dudarlo. Por fin lo encaró, decidido—. Y aunque fuera así, tú y yo sabemos que mi sangre vale más que un millar de mortales.
Corvus, aunque ya lo había premeditado, admitió que la presencia de Zimbel era mucho más entretenida que la de Khada.
Había algo en su manera de actuar que resonaba en su cabeza como si ya lo hubiera tratado antes.
Se alejó unos pasos con los brazos detrás de su espalda.
Luego, una sonrisa se formó inconscientemente en su pico y sus ojos brillaron deseosos.
—Así que ya sabes tu futuro, ¿eh? Qué interesante... Nunca había estado cerca de un ascendido, sin contar a mi hijo, claro.
Le dedicó una expresión siniestra, acompañada por la misma sonrisa que ya comenzaba a deformar su pico. Zimbel mantuvo la respiración. No podía sostenerle la mirada por mucho tiempo sin sentir escalofríos. Pero apretó más sus puños y asintió, reafirmando sus palabras.
—Haré lo que sea.
—¿Lo que sea? Uh... no creo que a Ventus le agrade oír eso.
El aire olía a desesperación y eso generaba en Corvus una éxtasis que no tardaba en volverse incontenible.
Se acercó a Zimbel agrandando su sonrisa hasta límites grotescos, y cuando estuvo lo suficientemente cerca de su cuerpo, estiró su garra y la punta afilada de esta se hundió al inicio de la muñeca del muchacho, trazando una línea horizontal perfecta,
rasgando la carne y sus venas hasta detenerse al inicio del pliegue del codo.
Zimbel ahogó un grito. El dolor fue inmediato; ni así se alejó.
En lugar de intentar detener la hemorragia, tensó el puño y forzó sus músculos para que la sangre brotara con mayor rapidez.
El demonio atacó; tomó su brazo con fuerza y clavó sus afilados dientes directamente en la herida abierta, uniendo su boca contra la piel para comenzar a succionar la sangre.
Zimbel se estremeció, perturbado por la sensación húmeda.
Apartó la vista, creyendo que así soportaría el dolor, no obstante, Corvus lo levantó sin cuidado, manteniéndolo colgando por el brazo mientras lo devoraba como si fuera un pobre animal.
Suspendido en el aire, la visión de Zimbel se nubló; el cielo sobre él se convirtió en una mancha borrosa a través de las lágrimas que retenía.
Dejó de sentir dolor. El frío empezaba a acariciarle la cara.
Su mente quedó en blanco; ni siquiera se tomó la molestia de arrepentirse.
Lo único que sabía era que Corvus había bebido lo suficiente para matarlo.
Pero antes de cerrar los ojos, cayó al suelo de golpe.
Al borde de la muerte, suspiró esperando lo peor.
Deseó morir ahí y librarse de su desgracia, por muy egoísta que fuera, lo deseó como nunca.