Vehemente 25 . VEHEMENTE
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25 . VEHEMENTE

«—...Prométeme que él estará bien».

No sabía cuánto tiempo había pasado. La oscuridad de la noche le daba una fría bienvenida al sitio donde pasó los últimos años de su vida antes de que todo cambiara para mal.

Zimbel relajó los párpados mientras subía los escalones que conducían al Santuario.

Sus ojos retenían lágrimas de enojo, impotencia y tristeza; su corazón, agrietado por la reciente tragedia, parecía que en cualquier segundo dejaría de latir.

Tensó los puños al atravesar las puertas principales, exhaló con pesar y alzó el rostro, permitiéndose llorar frente a la estatua de Ventus.

«—Es... lo único que te pido».

Y entonces, lo recordó. En sus memorias vio a Khada, frente a él, con una sonrisa retorcida que solo le hizo aceptar que ya no lo conocía ni aunque quisiera intentarlo.

Recordó cómo se acercó, cómo lo tomó de los hombros y se inclinó a su rostro para dedicarle una mirada carente de vida que lo hizo flaquear.

—Si tanto te importa ese hombre... Me aseguraré de que sea el primero en morir —le susurró al oído.

Sus palabras lo dejaron ido, y sin esperar a que se recuperara, Khada golpeó su pecho con el puño cerrado, con la fuerza necesaria para sofocarlo.

Zimbel jadeó, sus ojos se abrieron al tope mientras todo el aire se escapaba de sus pulmones en un gemido seco; se desplomó de rodillas, sin fuerza siquiera para gritar.

Khada lo levantó bruscamente del brazo; colocó su palma frente al corazón de Zimbel, y apenas con unos centímetros de distancia entre los dos, una vibración recorrió su columna.

Una energía tenue y temblorosa ascendió desde el pecho de Zimbel, se abrió paso por su garganta, resistiéndose, y salió finalmente por su boca en forma de un suspiro visible, desesperadamente puro .

Khada atrapó la esencia entre sus dedos, la admiró por unos segundos hasta que oyó a Zimbel estremecerse frente a sus narices; le sonrió sin remordimientos Llevó la esperanza a sus labios, absorbiéndola lentamente.

Zimbel suspiró al sentirla partir ; su cuerpo se tambaleó, ya no podía sostenerse ni pensar con claridad. Sus ojos, que antes brillaban por un amor incondicional y la vehemencia del mañana, quedaron vacíos, sin propósito.

Khada le había robado la esperanza... otra vez.

Parecía que la luz de la luna marcaba un camino para Zimbel en la profundidad del bosque.

Avanzaba con calma, perdiendo su atención en la nada a la vez que rezaba en voz baja con un rosario zarco en manos.

Parpadeaba solo cuando sentía sus ojos demasiado secos.

Ya había repetido las oraciones más de siete veces. En la décima dejó de contar.

No estaba solo, el Otro Zimbel le seguía el paso a su costado, en silencio.

El aire se tornaba más pesado a cada paso, pero a ninguno de los dos le importó.

Ya sabían lo que les esperaba, sobre todo Zimbel, quien jamás dejó de repetir las plegarias que desde niño le dedicaba a Ventus para calmar su ansiedad.

Su mente mostraba en bucle sus recuerdos más valiosos, como si estuviera al borde de la muerte, y se arrepintió de todo, siendo un pecador más.

—Hiciste bien — la voz del Otro Zimbel lo sacó de su trance.

La situación se volvió un poco más digerible.

Zimbel parpadeó repetidas veces y alzó el rostro, dejando que el frío de la noche lo hiciera reaccionar por completo.

Apretó entre sus manos el rosario y quitó el pulgar de la pequeña esfera que indicaba la siguiente oración.

Se lo colgó en el cuello y lo ocultó bajo la tela de su gabardina.

Miró al Otro Zimbel de reojo y este suspiró con pesar.

—Yo... no pude salvar a mi Russell... pero me dio gusto verlo —inspiró—. Por lo menos sé que aquí está a salvo.

«Mi Russell» ... Zimbel apretó los labios.

Bajó la vista al suelo. La cruda imagen de su futuro hecho pedazos apareció de repente.

No logró tragar saliva. La idea de perder a Russell lo puso tenso, y sabiendo que en otra realidad sucedió tal cual, fallándose a sí mismo, se desmoronó.

Sus manos se entrelazaron mutuamente en un intento por contener la pesada sensación de culpa que se intensificó con el frío del viento.

A punto de resoplar, miró al cielo, buscando algún tipo de aliento en las estrellas que le hiciera creer que hacía lo correcto.

Pero nada sucedió. Se detuvo en medio del camino y perdió la vista en las partículas de polvo que aún lograba ver gracias a la luz de la luna.

Comenzaba a perder la capacidad de conectar con su entorno, de darse cuenta de los pequeños detalles que tanto amaba notar.

Comenzaba a perder el deseo y la valentía de encarar al caos que le arrebató todo.

Nunca maduró, ni siquiera un poco. Era un cobarde egoísta que jamás se atrevió a ver el mundo con otros ojos porque ya había visto suficiente.

Su destino, la voluntad que lo ataba a lo que los demás esperaban de él terminó siendo su propio verdugo.

La vida que su madre le prometió, su padre y el pueblo que aplaudía cada hazaña sin importar la relevancia.

Un ser perfecto, destinado a lo mejor. No hizo más que llorar.

Se dejó caer al suelo, clavó las uñas en la tierra y arrancó las raíces que alcanzó para soltarlas y repetirlo dos veces más.

El Otro Zimbel guardó silencio. Lo miraba con tristeza, entendiendo perfectamente cómo se sentía, pero sin poder ayudarlo más allá del plan .

Levantó la vista a los bordes del sendero, exhaló y se arrodilló junto a Zimbel.

Le tocó el hombro, y él, sin dudarlo, se enderezó para darle un fuerte abrazo que los hizo terminar de pie.

Un abrazo de amor propio; ambos unieron sus cuerpos, se escondieron entre sí, siendo el último acto de cobardía que se iban a permitir.

Zimbel exhaló, soltó a su contraparte, dedicándole un ceño fruncido dominado por la tristeza que hacía el intento por contener las lágrimas.

Hubo un silencio. El Otro Zimbel ablandó su mirada y le tocó la cara lentamente hasta rodear sus mejillas con ambas manos; secó el rastro de lágrimas que ya había caído por sus pómulos y le sonrió cuando tocó su frente con la suya.

La corriente los arrulló. Cerraron los ojos. Zimbel se calmó ante el calor de sí mismo.

—Ya sabes... lo que tienes que hacer.

«El cuervo que se comió los ojos de su hijo».

El momento que marcó su destino seguía presente en su cabeza después de mil años.

«Un monstruo carente de corazón».

Y el llanto de su hijo aún lo recordaba a la perfección. La sensación de sus pulgares penetrando las cuencas de un recién nacido que asesinó a su propia madre. El olor de la sangre y ese hormigueo nefasto que escurría por sus codos hasta que formó charcos rojos en la nieve.

Había dejado ciego a su hijo para que nunca viera la señal divina.

Atroz. Inhumano. Y aún así, lo volvería a hacer.

«Corvus».

Fue convertido en un demonio por Los Siete.

Condenado a la inmortalidad, a ver el éxito de su hijo Ventus como el nuevo dios de una religión pagana.

Encadenado a un libro indestructible que lo obligaba a acabar con la vida de todo aquel que se atreviera a invocarlo y así no tener oportunidades de liberarse por culpa de esas tres malditas brujas.

Ya comenzaba a ser una rutina para él. Cuando creía que estaba a punto de tocar el poder absoluto, algo lo regresaba a su prisión.

Y sin embargo, estaba ahí, vivo de nuevo.

Para su sorpresa, su plan no solo estaba funcionando a la perfección, sino que avanzaba con una fluidez admirable.

Las ofrendas de Khada resultaron ser un alimento mucho más potente de lo que habría imaginado, por lo que sus capacidades estaban a punto de volverse imparables, alcanzando un poder que ni siquiera él, en sus siglos de existencia, sabía que era capaz de poseer.

Ya podía saborearlo: la victoria. Solo debía esperar el regreso de Khada para dar el último paso y reclamar, de una vez y para siempre, su libertad total.

Así que sonrió, deformando su pico y mostrando al aire sus afilados dientes capaces de destruir hasta los huesos más duros.

Se rio a solas. Le encantaba dejar el sonido atrapado entre los árboles del bosque.

Oía a Khada acercarse a su posición a más de diez kilómetros.

Tenía tiempo, por lo que alzó el rostro y agrandó su sonrisa cuando detuvo su atención en un cuervo blanco oculto en una rama lejana que no dejaba de verlo desde varias horas atrás.

Corvus cerró el pico para tragar saliva sin borrar el gesto de felicidad que comenzaba a notarse en el aura oscura que lo rodeaba.

Sabía que aquel cuervo no le pertenecía. Obviando el plumaje blanco que no era para nada su estilo, el pájaro mantenía una mirada intensa hacia su dirección que ponía en evidencia al remitente. Corvus extendió ambos brazos con soberbia, señalándose a sí mismo.

—Estoy comenzando a creer que tú también me admiras. ¿Acaso viene de familia?

El cuervo blanco graznó con un desprecio tan real, que al escucharlo, Corvus pasó sus garras entre las plumas de su cabeza como si fuera su cabello y se «peinó» hacia atrás mientras le dedicaba una sonrisa triunfante impropia de su personalidad actual.

El cuervo huyó volando en cuanto vio a Khada llegar.

Corvus se giró sin ninguna prisa, sus ojos chocaron con la presencia del humano, y no pudo evitar escanearlo de pies a cabeza: Khada jadeaba a un ritmo frenético, pero en sus ojos solo existía la desesperación por concluir el pacto de una vez por todas.

Sus manos manchadas de sangre fresca despertaron en él un apetito incontenible.

Y por último, notó la ausencia de Sashi .

Sin mediar palabra, Khada extendió el brazo hacia el demonio, mostrando en su palma abierta la esencia pura de Zimbel, lo último que necesitaba.

Corvus exhaló, extasiado. Se acercó a él, y a su paso, la oscuridad de su cuerpo dejó un rastro en el suelo que marchitó la tierra bajo sus pies.

Se inclinó, invadiendo el espacio personal de Khada hasta que su aliento rancio hizo que este retrocediera.

—Observándote durante todo este tiempo puedo afirmar que eres el mejor recipiente que he tenido —murmuró el demonio, humedeciéndose la garganta—. En tu cabeza no existe el arrepentimiento... y no sabes cómo me encanta que seas igual a mí.

Hizo una pausa y se alejó. Abrió los brazos en un gesto de bienvenida y elevó su voz con una exageración teatral.