Vehemente 24 . JAMÁS HUBO UN FINAL FELIZ #3
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24 . JAMÁS HUBO UN FINAL FELIZ #3

Enzo movió sus hombros violentamente. El hombre lo jaló de un tirón y lo aplastó de espaldas contra su pecho, volviendo a cubrir su boca con fuerza bruta, obligándolo a mirar desde su perspectiva sin que pudiera hacer nada.

—Qué suerte tienes, pero no te voy a tumbar el circo —le susurró al oído—. Grábate esto bien, para que le digas a todos que esto le sucede a los que se quieren pasar de listos con el poder.

U n estruendo directo, sin titubeos, salió del cañón.

Oscuridad, un resplandor y después fuego.

El disparo hizo temblar las paredes. Enzo entrecerró los ojos con un espasmo de horror. El grito que intentó soltar se sofocó bajo la palma del sicario. Todo su cuerpo dejó de responder.

Un camino de sangre escurrió por la frente de Diego y se deslizó hasta caer en la almohada después de dividirse en dos; su rostro seguía igual, a excepción de una ligera contracción en sus músculos faciales que tras unos segundos, perturbó a Enzo como nunca.

Dos, tres, cuatro disparos en la cabeza.

Enzo iba a ahogarse; se retorció, quedándose sin aliento.

Quiso golpear a como pudo, y de pura suerte su codo chocó contra el estómago del hombre lo suficientemente fuerte como para sorprenderlo.

Este se quejó; sin piedad lo tomó del cuello y lo estampó de nuevo contra la pared.

—De ser por mí, ya te hubiera metido una bala también.

Enzo no podía dejar de mirar a Diego. Tosió con todas sus fuerzas, conteniendo las lágrimas que le empezaron a nublar la vista y agarró la mano que lo mataría si seguía ejerciendo la misma fuerza.

El hombre lo miró desde arriba; apreció su rostro por un instante, su abdomen delgado y contraído, expuesto bajo el suéter holgado que se levantaba debido a su posición tensa.

Sus mejillas se pronunciaron bajo la máscara. Sonrió.

—Aunque no me dijeron que no podía divertirme un rato.

El miedo se volvió absoluto, Enzo palideció.

Sintió las manos del tipo recorrerlo con descaro y el calor del tacto en su cintura uniéndolo a él, seguido de sus dedos empujando donde no debía.

Gritó, ahora sí, suplicando entre la crisis, viendo de reojo el cuerpo de Diego volverse cada vez más pálido.

De pronto, el estruendo de un disparo interrumpió la distancia entre los dos. Una bala atravesó limpiamente la mano del hombre; soltó al chico y gritó.

Enzo cayó hacia atrás, sintiendo a alguien sostenerlo por el hombro. Volteó, desesperado. Era Rey, con una pistola en la otra mano y el rostro imperturbable.

—¡Bastardo! —el sicario ignoró su mano ensangrentada para recargar su arma.

Rey no perdió el tiempo, tomó a Enzo del brazo y tiró de él fuera de la habitación.

Cerró la puerta de una patada y sintió que el chico apenas y podía moverse; se tropezó un par de veces, el llanto no lo dejaba respirar.

Ambos salieron de la casa. Se detuvieron junto a la camioneta, Rey abrió la puerta, metió a Enzo a la fuerza al asiento del copiloto y lo encerró antes de cruzar el capó de un brinco desesperado hasta llegar a la puerta del conductor.

—¡NO, NO, NO! ¡DIEGO!

Las puertas del auto se bloquearon. Enzo no pudo salir y en un acto desesperado golpeó el cristal de la ventana. Rey lo ignoró; encendió el motor y pisó hasta el fondo el acelerador.

Enzo siguió golpeando la ventana, sollozando, hasta que la garganta le ardió y el reflejo nauseabundo del trauma se presentó en la boca de su estómago.

Vio a Frank de reojo, tirado encima de los tres asientos traseros, con un golpe en la cabeza que no dejaba de sangrar. Juró que su alma se había esfumado.

Las lágrimas no dejaban de caer; Enzo tomaba respiros desesperados de vez en cuando. Se encogió contra la puerta, con las manos en la cara, mientras el asiento hacía vibrar su cuerpo por el camino de tierra.

—Diego... ¡Diego! —lloró; su corazón nunca había latido con tanta fuerza—. ¡DIEGOOO!

La realidad estaba perdiendo definición.

El mundo pasaba de largo a través de la ventana, haciendo que el exterior pareciera una ráfaga de colores oscuros.

Leone apenas parpadeaba . Su cuerpo inmóvil, apoyado junto a la puerta del auto, generaba el calor necesario para soportar el aire acondicionado más frío de lo normal.

Sus manos sobre la mezclilla de sus pantalones estaban manchadas de un rastro sutil de grasa negra que se impregnó en la piel de sus dedos y en el contorno de las uñas a pesar de lo mucho que se las había tallado con agua y jabón antes de salir.

El oficial Miranda había ido a buscarlo por sorpresa al taller de su papá cuando andaba cambiando el aceite de un carro para ayudar con el negocio.

Era un día sin sol. La tristeza no era nueva.

Un nudo le cerraba las cuerdas vocales con una suavidad extraña, mientras sus ojos escaneaban cada centímetro de la guantera frente a él.

Sabía a dónde iba y no quería llorar, pese a la humedad en sus retinas que se manifestaron al segundo de subir al auto, no quería llorar.

Respiró hondo y alzó la vista, desorientado.

Por un instante creyó que él era quien conducía.

Su corazón se tranquilizó cuando miró de reojo al oficial Miranda en el asiento del conductor, sin apartar la atención del camino; sus manos firmes al volante, y con un uniforme negro un poco más intimidante y ajustado que el otro con el que lo conoció.

Lo observó un momento más. Miranda no encajaba con la palabra «amigo» ni de cerca.

No lo conocía más allá de la apariencia ni él tampoco.

Pero ahí estaba a su lado, acompañándolo.

Leone inspiró. Se sintió seguro. Luego de creer que nadie estaba ahí para él más allá de lo profesional, Miranda llegó a su departamento para hablar, no como un policía, sino como alguien en quien podía apoyarse.

Quizá había cambiado de opinión, o quizá su jefe le pagó más por tomar el caso.

Poco le importaba saber el motivo real. Lo único que le valía era la voluntad genuina del oficial.

El auto se detuvo frente a un terreno verde con un solo camino.

En el horizonte, la silueta de un hombre permanecía rígida frente a una roca salida del césped.

Leone aguantó la respiración, se bajó del auto, con el corazón en la garganta, y al poner un pie encima del camino, dudó si debía seguir.

Miranda lo imitó, se detuvo a su derecha con un rostro incómodo y lleno de pesar; no hizo más que colocar su mano sobre su hombro para recordarle en silencio la conversación que tuvieron antes de emprender el viaje.

A lo que Leone asintió cerrando los ojos.

Ambos avanzaron por el estrecho sendero con el cuidado de no pisar el pasto.

Y cuando estuvieron lo suficientemente cerca de aquel hombre quieto, este se dio la vuelta, cabizbajo, dispuesto a irse como si estuviera solo.

No obstante, al girarse, se encontró cara a cara con Leone, quien lo reconoció enseguida, y por primera vez en sus vidas, los dos se vieron en una situación vulnerable.

Aquel señor, vestido con un traje negro y el rostro demacrado por la tristeza, muy impropio de él, era Don Pablo, el padre de Russell, que había permanecido ahí, despidiéndose de su hijo por quién sabe cuánto tiempo, solo, frente a la tumba en su honor.

Leone entreabrió los labios, impactado. Los ojos de Pablo Huzumán pedían a gritos un descanso: ojerosos, llorosos, y sobre todo, llenos de arrepentimiento.

Ver a su ídolo sufriendo por el mismo motivo que él le generó una sensación indescriptible en el alma.

Quiso abrazarlo, compartir el pesar, pero Don Pablo no hizo más que saludarlo con una palmada en el hombro, dedicándole a la vez una sonrisa triste.

Satisfecho por haberlo visto, no necesitó abrir la boca para agradecer su presencia y la amistad que tuvo con su hijo.

Y por más que quiso expresar sus sentimientos, bajó la vista y rodeó a ambos para irse sin decir nada.

Aunque quiso seguirlo con la mirada, Leone perdió sus sentidos en cuanto leyó el nombre de Russell labrado en la lápida.

Sus manos se enfriaron, al igual que sus orejas.

El aire se negaba a entrar en sus pulmones.

De repente sus piernas perdieron fuerza; cayó de rodillas sobre la tierra seca, sacando los sollozos que no le dejaban respirar.

No le importaba que el ataúd estuviera vacío; su esencia y sus recuerdos estaban ahí, lo sentía. Y rompió en llanto.

La vida dejó de tener sentido y los bordes de su campo de visión se oscurecieron a cada jadeo.

No estaba listo y jamás lo habría estado ni aunque lo supiera desde el principio.

Por más que quiso negar lo sucedido, Russell ya no regresaría, ni con él, ni a su vida normal.

Ya no existía El Dúo Letal, ni El Demonio Rojo, ni ese hombre que lo inspiró a sacar lo mejor de él por más obstáculos que hubiera.

Lo único que le quedaba era aceptar que no pudo hacer nada para evitarlo.

Lentamente, su llanto se calmó. Justo cuando sintió que la fuerza lo abandonaba por completo, una mano se posó sobre su hombro.

Alzó la vista, y desde su posición, sus ojos hinchados se encontraron con los de Miranda.

No hubo un pensamiento consciente, solo un impulso primario que lo obligó a ponerse en pie.

Se aferró al oficial con desesperación, hundiendo el rostro en su hombro mientras el llanto le regresaba y se convertía en un lamento desgarrador.

Miranda se tensó por un instante, sin saber cómo reaccionar, pero el sonido de los sollozos del luchador disipó cualquier pena.

En un gesto automático, le devolvió el abrazo, rodeándolo con fuerza y acariciando su cabeza.

Poco a poco, la rigidez en sus propios hombros desapareció.

Dejó caer una fracción de su propio peso hacia adelante en un movimiento imperceptible, hasta que su mejilla rozó con la sien de Leone.

Pudo sentir el calor que emanaba de su piel.

Pensó en hablarle. Movió la mano que reposaba en su espalda, trazando círculos repetitivos sobre la tela de su chaqueta.

Optó por guardar silencio, sintiendo su corazón sincronizarse con el suyo.

Solo así supo que Leone comenzaba a tranquilizarse.