24 . JAMÁS HUBO UN FINAL FELIZ #2
Diego se quedó inmóvil, debatiendo entre seguir o desplomarse ahí mismo.
Oyó con claridad la voz de aquel hombre, y supo que en algún momento de su vida la había escuchado antes; aunque no recordaba de dónde, fue la primera vez que alguien se preocupó por su seguridad después de tanto tiempo.
Levantó la cabeza en dirección al cielo, resopló, y cuando por fin se dignó a girarse, vio en la expresión del extraño un rasgo que lo hizo temblar.
«Su hermano», pensó, y no pudo evitar sentirse fatal.
Franco se cruzó de brazos. Lo escaneó, esta vez con más atención, y ahí notó una herida mal curada cruzándole el tabique nasal, apenas visible a simple vista, profunda y reciente, todavía enrojecida, de esas que se sabían que no cerrarían bien y se convertirían en una horrible cicatriz.
Frunció el ceño, era evidente que fue el resultado de la pelea con Huzumán; el golpe que lo dejó noqueado frente a millones en una humillación nacional que iba a ser el tema más sonado en las próximas semanas.
La herida que sería su recordatorio de la derrota y adornaría su rostro junto a las dos cicatrices más que llevaba en la ceja y en el labio.
Apretó la mandíbula; soltó un suspiro largo, casi resignado.
—Te llevo a tu casa —dijo sin rodeos.
Diego negó. A Franco le dio igual; avanzó, le arrebató las llaves y presionó el botón del seguro.
Al fondo, un par de luces delanteras se encendieron con un parpadeo tenue, revelando la ubicación de su auto.
Y al acercarse, apreció la carrocería. No era cualquier auto, era un modelo semideportivo, elegante y discreto, con detalles que delataban un precio exorbitante.
Negro mate, neumáticos anchos y asientos de piel.
Franco alzó ambas cejas, entre sorprendido y escéptico.
Se subió del lado del conductor. Encendió el motor y esperó.
Diego finalmente apareció. Se sentó en el asiento del copiloto sin mirarlo.
—¿Dónde vives? —preguntó Franco con la atención al frente.
—No tienes que hacer esto. No te voy a pagar.
Franco giró un poco la cabeza, lo miró de reojo.
—No te pregunté eso. ¿Dónde vives?
No hubo respuesta al instante. Diego tragó saliva, respiró hondo; algo le subía por el pecho y no tardó en desmoronarse en un llanto entrecortado.
Franco no lo presionó. Puso el auto en marcha, saliendo del estacionamiento, esperando que el silencio y un par de vueltas por la ciudad lo ayudaran a despejarse.
Mantuvo la vista al frente; sus dedos se tensaron en el volante por todo lo que estaba obviando hasta ese momento.
Siempre fue un hombre reservado con sus cosas, y a pesar de que jamás buscaba «una señal», sabía que el destino se estaba riendo en su cara.
Dentro de él sintió la incomodidad presionarle la garganta; una espina atorada desde hace tiempo, y que graciosamente también lo relacionaba con Diego.
No era solo que Diego fuera el ex de su hermano; era su apellido: de Ávalos . Y con eso, le vino a la mente esa imagen que tanto evadía. Una mujer hermosa, de carácter fuerte y totalmente su tipo.
Beatriz de Ávalos, la hermana mayor de Diego.
Su jefa. La mujer que, para su desgracia, aún le quitaba el sueño y lo traía loco desde hace años a pesar de que se empeñara en negarlo. Una noche bastó para arruinarlo todo. Un encuentro imprudente que nunca debió suceder.
Y ahora, como una broma cruel, tenía a su hermano menor destrozado en su coche, quien apoyaría sin condiciones.
Quiso convencerse de que lo haría por humanidad, por Valentino, o por lástima, incluso.
No obstante, en el fondo, una voz le gritaba que en realidad lo haría por Beatriz, como una oportunidad para redimirse con ella.
Tal vez era una estupidez. Diego no tenía nada que ver y solo era una excusa para tratar de sentirse bien consigo mismo. La peor parte era que Beatriz jamás le pediría un favor. Jamás reconocería que su hermano estaba mal, ni admitiría que necesitaba ayuda.
Y sin embargo, ahí estaba Franco, tomando la responsabilidad como si fuera suya, decidiendo creer en su propia mentira.
Actualidad.
San León, Inu Koi, 2064.
Todavía recordaba cuando Beatriz se enteró de que su hermano se involucró (gracias a él) en el negocio como una pequeña sede independiente en la capital.
Le dedicó una mirada de repudio, y de haber sido por ella, lo hubiera golpeado con el teclado de su computadora, o conociéndola mejor, le hubiera escupido en la cara.
Cualquier cosa hubiera estado bien para Frank.
Esos eran los momentos en los que pensaba cuando sentía que todo se le derrumbaba, pues, fuera bueno o malo, lo hacían reír.
Sabía en el fondo que Beatriz quería a su hermano, aunque sea un poquito.
Preguntaba por él y le enviaba dinero extra por si acaso.
Al final, su creencia tuvo algo de verdad.
Beatriz se ablandó más con él luego de prometer echarle un ojo a Diego.
Su sonrisa se deshizo apenas regresó a la realidad y vio a Diego encamado y pálido. Enmudeció, el golpe lo alcanzó de lleno: había roto su promesa.
Lo que más le hervía la sangre era que no sabía contra quién arremeter; tampoco podía actuar por impulso. Tomó asiento frente a la cama y lo agarró de la mano. Estaba caliente, aún con vida. Bajó la cabeza. No dijo nada; pensó. Su mirada recorrió su cuerpo vendado. Apretó los labios.
—Te vas a recuperar —susurró con lágrimas en los ojos—. Y cuando lo hagas, vamos a irnos lejos, al norte. Allá nadie te va a tocar.
Antes de romper en llanto, la puerta se abrió de golpe.
Enzo llegó con Rey siguiéndolo por la espalda. Frank se aclaró la garganta y desvió la atención, limpiándose las lágrimas en un acto desesperado.
—¡Diego! —el rubio sollozó, impactado. Corrió hacia él; la voz se le quebró en cuanto cayó de rodillas junto a la cama.
La habitación se llenó de ruido; el llanto de Enzo inundando cada rincón y contagiando a los que estaban ahí.
—¿¡Qué pasó, Frank!? —el chico se giró arrugando el borde de la sábana—. ¿¡Por qué Diego está así!?
Frank no respondió. No pudo. La mandíbula le tembló.
Se paralizó, viendo al chico desplomarse frente a Diego, escuchando sus sollozos volviéndose cada vez más intensos.
El pecho se le contrajo hasta el límite.
Miró la escena, esperando que no fuera real.
La cabeza le empezó a palpitar; las lágrimas amenazaron con salir de nuevo, y la respiración se le interrumpió, quedándose en la garganta como vidrios atorados.
Su culpa lo hizo colapsar. Lo único que sentía era el peso de la decepción sobre él.
Se giró, caminó hacia la puerta sin decir nada, tomó la perilla y salió. Rey lo siguió con la mirada. Vio de reojo a Enzo, luego a Diego, y después salió tras Frank.
El silencio volvió. Enzo se quedó solo. Él permaneció en la misma posición. Siguió llorando; apoyó su cabeza en el pequeño espacio de la cama que quedaba y acarició las partes de Diego que no tenían heridas.
—Despierta... —susurró, temblando—. Despierta, Diego... por favor.
El minutero del reloj fue exacto: 2:16 de la mañana. Enzo, encogido en la silla junto a la cama, se había quedado dormido. El llanto lo dejó exhausto, acurrucado con el rostro apoyado en el colchón, con los dedos entrelazados con los de Diego.
Un sonido lo despertó, similar a un aullido.
Abrió los ojos de golpe. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
Se tocó el rostro, sintiendo el rastro de las lágrimas secas sobre sus mejillas bajando por su cuello.
Se limpió con las mangas de su suéter, y cuando volteó a ver a Diego, este seguía igual.
La preocupación volvió a manifestarse en su garganta al verlo tan inerte.
Lo observó sin parpadear, buscando cualquier anomalía en su respiración débil; su quietud solo consiguió que el miedo creciera en su pecho.
—Diego…
Un nuevo ruido lo hizo incorporarse. Por instinto, Enzo se puso de pie, fue hacia la puerta y la abrió.
El pasillo estaba completamente oscuro; se armó de valor y salió, avanzando a ciegas.
No había señales de Frank ni de Rey. Empezó a sentir las manos frías, así que caminó hacia el único punto que conocía: el comedor, y al cruzar el marco del corredor, su cuerpo se detuvo solo.
Había un bulto en el suelo. Logró encontrar el interruptor de la luz.
Su respiración se cortó por completo.
Frank estaba en el suelo, inconsciente, en una posición bastante rígida que le heló la sangre a Enzo. Se arrodilló a su lado y lo empujó con las manos temblorosas.
—¿Frank? ¡FRANK!
No hubo respuesta. El pánico le irritó la espalda.
Decidido, se levantó a buscar a Rey , y en el momento en que estuvo a punto de correr en dirección contraria, una mano se cerró con fuerza sobre su boca y fue jalado hacia atrás.
No tuvo tiempo de reaccionar. En menos de un segundo, un brazo le sujetó el torso, apretándolo con fuerza contra un cuerpo firme y alto.
Su espalda chocó con un pecho caliente y sintió el ritmo del corazón del desconocido golpearle por detrás.
Intentó zafarse. Forcejeó con miedo, pero la mano que cubría su boca no aflojó ni un poco.
Un hombre lo tenía inmovilizado. Lo agarró como si nada y lo llevó hasta la habitación de Diego. Enzo alcanzó a ver de reojo su reflejo en una vitrina y forzó su vista para tratar de identificarlo. Su intento fue en vano, ambos entraron al cuarto y el hombre lo estampó contra la pared.
—¿Qué tenemos aquí? —el invasor usaba un pasamontañas; lo único a la vista eran sus ojos azules y un par de mechones rubios saliendo por el espacio de la mirada—. No me dijeron que iba a haber un tercero.
Enzo apenas pudo respirar, se le escapó un jadeo ahogado debido al golpe. Por fin dimensionó la situación: estaba acorralado, pegado a la pared por el cuerpo enorme de un tipo que lo observaba de frente con el ceño fruncido.
—Ey... ¿eres el hijo problemático del senador Amato? No me digas que andas coludido con estos... —dijo con un tono de burla, acercándose— . Vaya traición. ¿O eres un soplón que se deja coger por los hombres de Mendoza para sacarle información?
Sacó un arma. El corazón de Enzo se detuvo un segundo. El impulso de rogar se atoró en su garganta; lo que vio después fue peor que su propia muerte: el cañón apuntaba a Diego.