24 . JAMÁS HUBO UN FINAL FELIZ
Jamás quiso esa vida, pero ya estaba muy adentro como para salir.
Se dejó llevar por los lujos, el dinero fácil.
Al poco tiempo, se dio cuenta de que fue un error.
Trataba de vivir. Era bueno en los negocios y por lo menos podía proteger a su familia y a sus más cercanos.
Por supuesto que no lo recomendaba. En absoluto.
Diego insistió en unirse; trataba de respaldarlo, porque tenía el constante miedo de no poder protegerlo más allá de lo turbio.
Y desgraciadamente, se hizo realidad.
Sentado en un sillón individual con un cigarro a medio consumir, estaba Frank. La mirada perdida, impropio de él, y una resaca que desató la peor migraña de su vida.
La situación hablaba por sí sola: Diego había sido sacado de su casa contra su voluntad.
Horas después, lo encontraron en el baño de una gasolinera a las afueras de la capital.
Una contusión, nudillos ensangrentados y dos puñaladas en el abdomen que estuvieron a punto de perforarle el estómago.
No querían matarlo..., aún no; y eso, precisamente, era lo que tenía tenso a Frank.
—El chico no deja de marcar —una voz ronca se acercó.
Se trataba del joven que había recogido de la carretera.
Frank lo observó desde su sitio sin moverse.
«Rey», se hacía llamar. Su rostro se veía más vivo después de un baño, aunque su cabello verde y desalineado todavía lo hacía ver como un anarquista vagabundo.
Tenía la mano estirada, mostrando la pantalla de un celular y el número que sabía que era de Enzo veintiocho veces en el historial de llamadas. El aparato volvió a sonar.
—¿Sabes manejar? —Frank le dio la última calada al cigarro antes de soltarlo encima del cenicero.
—Sí.
—Agarra la troca y tráetelo pa’ acá —exhaló el humo por la boca y le aventó las llaves.
Rey las atrapó en el aire con una mano. Ni se inmutó.
—Si alguien te para, diles que vienes de mi parte.
—Sí, patrón —asintió. Se colocó la capucha de la sudadera y dio media vuelta, desapareciendo en el pasillo empolvado de madera.
Jamás lo había visto así, eso le partió el alma.
Diego se recuperaba en la segunda habitación más grande de la casa de campo de su jefa, en medio de la nada. Decidió esconderlo ahí por impulso. Realmente no sabía a dónde más ir.
Los puños de Frank se tensaron en un acto por contener la impotencia que hormigueaba en su garganta.
Ávalos yacía en la cama, inconsciente, recién vendado, recibiendo una transfusión con la bendición de la Virgen Leticia. El cirujano que lo atendió agradeció la acción rápida, y que solo la fe y el reposo absoluto podrían salvarlo.
Se dejó caer en el sillón junto al buró. Y de inmediato, las culpas le humedecieron los ojos.
—Ahhh, puta madre, Diego... —entrelazó los dedos en su cabello desaliñado y se jaló, alzando el rostro al techo—. Eres un pendejo.
Siempre fue así, según Frank. El peor enemigo de Diego era su propio orgullo, la obstinación; se confió tanto por tener el respaldo del bando más poderoso, pero al final le llegó la factura.
Las consecuencias de las que alguna vez se creyó impune, paseando por la vida sin el miedo de ser el blanco por fin le estaban cobrando; se pasó de la raya y ya no supo qué hacer.
Y, lo peor de todo, es que pudo haberse evitado…
Franco Mendoza ya andaba en malos pasos desde los diecisiete años. Le gustaban los lujos y el respeto que se ganaba por su astucia; las típicas aspiraciones de un morrillo que no tenía ni puta idea de lo que significaba mancharse las manos por dinero.
Siempre se creyó el más inteligente de la familia; el que traía lana a la casa y el hijo mayor que protegía a su madre recién engañada.
Juró no ser como su padre, pero terminó siendo peor. Su vida cambió para mal, desensibilizándose hasta olvidar los valores que tanto dijo mantener. Se metía en peleas callejeras, abusaba de la confianza de los demás y utilizaba su posición criminal para causar miedo y obtener lo que quisiera.
Hasta que estuvieron a punto de matar a su hermano menor, Valentino.
Solo entonces comprendió el peso de sus acciones.
Hace cuatro años.
Inu Koi, 2060.
La noche era el momento del día que más esperaba Franco.
Los buenos dormían y podía darse el lujo de emborracharse en la cantina más recóndita de la capital sin que alguien de su familia lo cachara.
Como todo inuense, tenía un gusto por las apuestas, aunque él se autodenominaba «especial», pues en vez de perder su dinero en los enfrentamientos de lucha, lo hacía en los juegos de azar.
El ambiente, más movido de lo habitual, impidió que se le subiera el alcohol a pesar de estar en su décima cerveza.
Las televisiones transmitían la repetición de la lucha del momento, y en boca de todos estaba el nombre del luchador Diego de Ávalos, alias «El Coyote», quien había perdido una reta contra Russell Huzumán, «El Demonio Rojo» en menos de un minuto y en televisión nacional.
La repetición era clara y con afán de ofender: Huzumán llevándose la victoria con un solo golpe y Ávalos noqueado en el suelo después de, según, afirmar que le ganaría sin esfuerzo.
No se necesitaba ser experto en las luchas para saber que Diego, lo que tenía de atractivo, lo tenía de bocón.
Muchos fans, incluso de él, esperaban con ansias que Russell lo sentara de una buena vez.
Y era de esperarse que un «luchador» que se enfocaba más en vender con su imagen y dárselas de playboy perdiera contra el que sí entrenaba de verdad.
—Pobre diablo —masculló para sus adentros tras carraspear; se acabó la cerveza y se quedó ido viendo la televisión.
El mundo era bastante pequeño. Se sentía con la confianza de opinar sobre Diego porque en cierta forma lo conocía. Valentino, su hermano, iba con él en la academia. Ambos eran uña y mugre, y cuando menos se enteró, Diego ya era un visitante recurrente en su casa. Así por un par de años.
Sonrió de lado al recordar los viejos tiempos, a su madre feliz de que su hijo menor tuviera amigos que lo ayudaban a sobresalir en la escuela.
Pero el recuerdo, agradable al principio, se le tornó agrio en la boca, porque no todo había sido tan inocente como su madre creía.
Franco lo supo desde el principio, o al menos desde aquella vez que llegó más temprano de lo previsto y escuchó ruidos extraños detrás de la puerta entreabierta del cuarto de su hermano.
Respiraciones aceleradas, jadeos, el crujir sutil del colchón, y la mochila de Diego en la sala como de costumbre.
Pasó más de una vez. Siempre cuando su madre no estaba.
Nunca juzgó a Valentino, al final de cuentas era su hermano e hizo el intento por aceptarlo aunque no lo entendiera del todo.
Era su deber como hermano mayor, su forma de protegerlo.
Así que guardó el secreto, hizo como que no sabía nada.
De vez en cuando le decía cosas como «deberías poner seguro en la puerta», pues conocía a su madre, y sabía que si ella llegaba a enterarse, no se la iba a acabar.
Era mejor tragarse la incomodidad, mirar para otro lado y esperar que el corazón de su hermano no acabara roto en el proceso.
Hasta que, de un día para otro, Diego dejó de ir a la casa, y Valentino se volvió más serio.
Sus buenos deseos no sirvieron de mucho, ya que lo supo; lo supo la noche en que, recién graduado de la academia de lucha, escuchó a su hermano llorando en el baño.
Y recuerda haberse quedado ahí, en silencio, con la frente apoyada contra la pared, como si hubiera sido suficiente para consolarlo de un desamor que años después él también entendió.
Resopló, cansado. El ruido seguía, los gritos iban y venían.
El estrés del trabajo lo tenía al tope. El sabor de la cerveza empezaba a volverse rancio en la lengua.
Con un suspiro se levantó, metió la mano en su chaqueta y sacó un cigarro.
Sin decir nada, se abrió paso entre las mesas y salió por la puerta trasera del bar, donde el bullicio se apagaba un poco y el aire olía a humedad por la brisa del río a pocos metros del lugar.
El callejón estaba mal iluminado, solo los faroles del local se filtraban desde la esquina.
Encendió el cigarro y dio el primer sorbo con lentitud, sintiendo el ardor cálido que le bajaba por el pecho.
Cerró los ojos un segundo. De repente, oyó un ruido.
Un sonido seco, entrecortado; arcadas apenas contenidas que salían detrás de los contenedores que conducían a la bodega del lugar.
Franco giró un poco el rostro, entrecerrando los ojos, y vio que un hombre se inclinaba entre las sombras, vomitando con el cuerpo encogido como si el alma también se le estuviera saliendo por la boca.
Lo miró de reojo, fingiendo que no lo hacía. Dio otro sorbo largo y sopló el humo hacia el lado opuesto. No pudo evitarlo. Con paso lento, se acercó.
El hombre lo notó y, con torpeza, se enderezó apenas; se limpió la boca con el dorso de la mano, cubriéndose con vergüenza. Al querer apartarse, se tambaleó por el evidente mareo.
Franco sonrió, apoyándose contra el muro.
—No conoces tu límite, ¿eh?
El otro hombre suspiró. Sin responder, bajó la mirada, resignado. Se sostuvo como pudo del contenedor y trató de incorporarse. La luz de los faroles le dio de lleno en la cara.
Franco lo reconoció. Se le fue el aire por un momento.
Era Diego, el mismísimo Coyote, convertido en una burla hasta para beber.
Franco se quedó quieto, observando su rostro cansado.
Su expresión, más allá del mareo, se notaba diferente.
Tal vez era la forma en que sus ojos, usualmente soberbios en las revistas y programas de chismes, se veían apagados.
Por un momento no dijo nada, solo lo miró.
Diego, por su lado, evitaba cruzar la mirada.
La vergüenza le subía por el cuello, pero su orgullo era más fuerte.
No iba a dejar que se notara, así que metió la mano en el bolsillo delantero del pantalón, buscando sus llaves, y al sacarlas se le resbalaron de los dedos, cayendo al suelo. Franco frunció los labios.
—¿Vienes solo?
Ávalos no respondió. Se agachó con torpeza, recogió las llaves y se dio la vuelta, en dirección al segundo estacionamiento del lugar, el más apartado, donde las luces apenas llegaban.
—Ey —Franco lo siguió con la mirada—. No puedes manejar así, estás hecho un asco.
Como una flecha silenciosa que le atravesó el pecho, eso pareció detenerlo.