23 . DESPEDIDA #3
Una luz cegadora surgió del centro, y visiones de distintos lugares en el tiempo hicieron del portal aún más grande.
La ciudad de Gocedonia; el templo más emblemático de Tat Kah’ Vá; las playas de Tadji, en el continente vecino; la capital de Shiba; las montañas nevadas de Borgia; y entre todas, se hizo más grande la visión de Inu Koi.
Todo era real; un umbral hacia algo más allá, creado por Zimbel.
—Si tanto te importo , regresa a tu hogar.
—No te dejaré solo. Yo... yo quiero ayudarte.
Zimbel alzó apenas el rostro, lo justo para que sus ojos se encontraran con los de Russell.
Y en ese instante, el mundo se detuvo. Sus miradas chocaron, cargadas con la impotencia de todo lo que no pudieron controlar.
Zimbel desvió la atención con un leve temblor en los labios, negó con suavidad... y se dio la vuelta.
—Es lo mejor para ambos.
—No, escúchame. Zimbel, por favor —corrió hacia él a duras penas.
El azabache cerró los ojos. Elevó su brazo e invocó una onda de luz que brotó desde su pecho, envolviendo su cuerpo con calma.
Durante unos segundos, la luz latió a su alrededor, cálida y dolorosa a la vez, hasta que, con un gesto decidido, la transfirió a Russell.
La energía lo rodeó antes de que pudiera siquiera entender lo que ocurría.
Y sin darle tiempo a reaccionar, Zimbel se acercó con pasos firmes, limpiando sus lágrimas.
Posó una mano sobre el pecho de Russell y lo empujó al portal.
Russell intentó resistirse, estiró los brazos, tratando de aferrarse al aire, al suelo, a él , pero todo fue en vano.
Su cuerpo se despegó del suelo y cayó, tragado por la luz del umbral.
Y Zimbel solo miró con dolor cómo caía.
—¡ZIMBEL!
El portal se cerró de golpe en cuanto el cuerpo pasó por completo, sellándose con un estallido seco.
Un último eco de los gritos de Russell se mezcló con el chirrido de la luz al desvanecerse, dejando un silencio perturbador que se extendió por el patio.
Zimbel se quedó quieto, asimilando con la mirada perdida lo que acababa de hacer.
Observó a Galena, asustada, y en vez de empatizar con ella, se limpió la cara, obligándose a sí mismo a dejar de llorar.
—Ve al pueblo y dile a mi padre que se vayan lejos de aquí. —ordenó. Su voz ya no se oía igual.
—¿Y qué hay de él? —Galena señaló con la mirada el cuerpo de Sashi .
Zimbel no se volteó de inmediato. Sus hombros se elevaron con una exhalación pesada, luego le dio la espalda, sin mirarla, y avanzó con paso lento, cabizbajo.
—No me importa.
Sus palabras dejaron un rastro de amargura. Estaba a punto de cruzar la salida del patio cuando Galena, aún indecisa, bajó la vista hacia el rubio y luego la alzó con una duda que le ardía en el pecho.
—¿Qué pasó con Khada?
Él se detuvo en seco. Se paralizó; su mirada se perdió en un punto fijo del interior de la casa, justo donde el enfrentamiento comenzó.
—Le di lo que quería y se fue —confesó con pesar.
«¿Por qué?» , quiso preguntarle, pero no lo hizo.
Galena aguardó estática. Sus ojos se humedecieron.
El silencio que siguió la llenó de distintos pensamientos: miedo, preguntas sin forma, una inquietud que le martillaba en los huesos, que le decía en susurros que ese ya no era el Zimbel al que le salvó la vida.
Extrañada, lo vio atravesar la salida, cruzando la sala hasta salir por la puerta principal y desaparecer en el bosque.
Se quedó sola. El viento volvió a soplar con suavidad, sintiendo la corriente como una caricia de consuelo, pero el cuerpo ensangrentado de Sashi le recordó que nada estaba bien.
Meditó, con los músculos tensos, soportando un peso en los hombros que no supo cómo nombrar.
Al final se agachó y tomó al chico de los brazos.
Lo levantó con un poco de esfuerzo y lo apoyó en su espalda para cargarlo.
Entre el pasto algo llamó su atención.
El libro.
Abierto a la mitad, tirado en el mismo lugar donde Zimbel lo había dejado caer durante su corta conversación.
La página tenía dibujos llamativos hechos con tinta negra.
No recordaba haber leído tal capítulo. Se acercó lentamente con Sashi colgando de su espalda.
Intentó leer y... sus ojos se abrieron al tope en cuanto comprendió: sangre fresca, en grandes cantidades, esparcida por todo el capítulo.
Galena se quedó inmóvil; su pulso se aceleró al entender la situación.
La sangre le pertenecía a Russell y a Sashi, tal vez uno más que otro, pero era obvio.
Sus ojos recorrieron el texto con rapidez, y lo que leyó, le heló el corazón.
Respiró hondo, manteniéndose firme. Sujetó el libro con fuerza, cerrándolo de golpe.
Reajustó el peso de Sashi sobre su espalda y se fue, con el corazón cargado de temor y el libro latiendo entre sus brazos como si respirara.
Una lluvia impredecible dentro del universo más pequeño: su mente.
Su vida pasó ante sus ojos, igual que un recuerdo, trayendo a la realidad esas sensaciones que lo marcaron en sus etapas más importantes.
Un viaje sin retorno, forzado a terminarlo mientras resistía la apuñalada en su corazón.
Era inútil hacer algo. Se rindió. Atravesaba el espacio sin saber si era real.
Se dejó llevar por la mano pálida de una mujer vestida de negro que lo empujaba a un abismo incierto a la vez que curaba sus heridas.
La verdad esperaba a sus espaldas, pero él no se atrevió a encararla.
Ella terminó por obligarlo . El velo de la ignorancia se rasgó bajo el roce de sus dedos.
Russell supo la verdad de la peor manera.
Vio a Leone marchitándose bajo la sombra de Diego, quien lo había encadenado al silencio tras su supuesta muerte.
Por más fuerte que se creyera, sabía que iba a ser una vergüenza haberse dejado vencer por simples sentimientos que según su padre, lo debilitaban, mientras que el verdadero monstruo se alimentaba de su desaparición.
Las lágrimas en sus mejillas ya estaban secas.
Se había cansado de llorar, y en ese vacío absoluto, todo se volvió claro.
La pelea, el frío, el golpe que le hizo olvidar todo lo que alguna vez tuvo.
Culpó a la persona equivocada. Y no se arrepintió.
El viaje terminó. El espacio tomó forma de carretera y edificios brillantes a lo lejos.
Despertó en medio de la nada, bajo las estrellas de la noche, sobre el asfalto desierto.
Sus huesos sanaron por completo gracias a aquella mujer, quedándose con las cicatrices pronunciadas de los rasguños de Sashi.
Aturdido y aún incrédulo por las visiones de la mujer de negro, se sentó, agradecido de poder respirar profundamente.
Se levantó y estiró sus músculos, percatándose de una gran pantalla que con luces led parpadeantes decía: «Bienvenidos a Inu Koi».
Resopló conteniendo una sonrisa de resignación.
Se dejó caer al suelo, agobiado; frotó su cara y sobó sus sienes, después bajó sus manos por encima de la ropa hasta que sintió algo atorado en el bolsillo de su pantalón.
Sin ánimos lo sacó, pero al ver de lo que se trataba, frunció el ceño sin querer.
Una carta de tarot que probablemente se coló antes de que Khada atacara a Zuri.
La miró por ambos lados, y aguantó la respiración cuando vio que el dibujo en ella era de un león.
Se cubrió el rostro con ambas manos y apoyó los codos en sus rodillas, encorvado.
Exhaló con un quejido. Por más que intentaba despejarse, no podía dejar de pensar en Zimbel... y ahora tampoco en Leone.
El color se le fue del rostro. Por encima de todo lo que comenzó a sentir, la mente se le abrió.
Aquella noche, tras su pelea, se enfrentó a Diego bajo los efectos del alcohol, terminando inconsciente y provocando que Ávalos se deshiciera de él por miedo a que estuviera muerto.
Por eso no lo recordaba; por eso su madre reaccionó así cuando supo de él.
Llegó a Erén gracias a que fue arrojado al río; terminó en el arroyo donde Zimbel se refugiaba.
Y Leone, siendo el único que podía hacer algo, fue privado de su libertad. Explicaba por qué nunca lo buscó.
Todo lo que vio fue cierto. Y se sintió fatal.
No pudo contenerlo más. El llanto salió de él como una herida abierta en un sollozo amargo que se perdía en la inmensidad de la noche.
Se sentía estúpido, patético. «Los sentimientos te hacen débil», oía de su padre.
Y ahí estaba, dándole la razón con las lágrimas empapando ss mejillas.
Lo que más le dolía no era la cobardía de Diego, ni el golpe que casi le quitaba la vida; odiaba lo que le había hecho a Leone, porque pudo haberse evitado con una simple conversación.
Si no hubiera sido tan bruto, Leone no habría tenido que vivir ese infierno por su culpa.
El parpadeo de la pantalla lo obligó a alzar la mirada. El letrero de bienvenida seguía ahí, y lo que leyó en el apartado de las noticias en las letras pequeñas le cayó mal. Estipulado por los medios, Diego de Ávalos era un fugitivo, y él y Leone, las víctimas.
Un nudo creció en su garganta. No supo si correr, llorar, gritar o simplemente quedarse ahí. Para Inu Koi, él ya estaba muerto, y pese a que fue difícil de digerir, en medio de esa parálisis sintió un llamado a sus espaldas, del lado opuesto, la dirección que conducía a Gocedonia.
Dejó de fingir que tenía opciones.
Si ya era noticia pública y Leone estaba identificado como víctima, entonces ya no estaba solo. Alguien debía estar ayudándolo.
Zimbel en cambio, no.
Su prioridad fue obvia.
Observó la carta de tarot por última vez antes de arrugarla entre su palma. La tiró al suelo y se puso de pie, dándole la espalda a la pantalla de bienvenida.
—Lo siento, Leone —fue en dirección contraria, a su verdadero hogar.
A Gocedonia.