Vehemente 23 . DESPEDIDA #2
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23 . DESPEDIDA #2

Las hojas cayendo a los alrededores, el arroyo fluyendo, y esas miradas entre sonrisas que guardaban el secreto más preciado de ambos.

Ante la confesión, lo besó; pero cómo hubiera deseado haberle respondido con algo más que no fuera «tú también me haces sentir así».

Zimbel fue la primera persona que no lo trató como El Demonio Rojo, hijo de Pablo Huzumán, El Conquistador De Fuego; sino como Russell, un hombre que, fuera de la arena, tenía pasiones y aspiraciones más allá del nombre de su familia.

Zimbel fue la primera persona que lo conoció de verdad.

Zimbel... lo fue todo.

Y... por muy bonitos que fueran, sus recuerdos le partieron el alma.

Incapaz de proteger a los que cuidaron de él, a los que lo integraron como uno de los suyos y le enseñaron a adaptarse a una nueva vida.

Su llanto ya no era de dolor, ni de tristeza...

era de determinación. Se juró a sí mismo terminar con el sufrimiento de quien más amaba, aunque fuera lo último que hiciera.

Las lágrimas dejaron de caer. Regresó a la realidad, dedicándole una expresión furiosa a Sashi sin importar que estaba en desventaja.

Tomó un gran bocado de aire, se tragó el dolor, y depositando su fe en su propia fuerza, ablandó sus brazos, provocando que la cabeza del muchacho se acercara inmediatamente a su dirección, pero en un acto rápido, Russell ladeó su cuerpo solo unos milímetros,

siendo suficientes que Sashi estampara su cara en el tronco.

Era ahora o nunca. Russell exhaló, retuvo al chico del torso y le lanzó un rodillazo directo al abdomen.

El golpe arrancó un quejido agudo de la garganta de Sashi, quien se encogió de hombros, tratando de protegerse para después contraatacar.

Russell no le dio tiempo; lo tomó con fuerza, girándolo bruscamente , y lo arrastró unos pasos hacia adelante antes de rodearle el cuello entre su brazo como un candado y ejerciendo presión con el otro para cerrarle cualquier oportunidad de respirar.

Sashi forcejeó, pataleó, se arqueó, sus dedos buscaron con desesperación algo a lo cual aferrarse.

Russell lo tenía bien inmovilizado, prensado con la llave más básica de la lucha.

A él también le pesaba; las heridas en sus brazos sangraban a chorros debido a la presión y la fuerza con la que se expandían sus músculos.

Sentía la sangre escurrirle por los codos; apretó más, aunque sabía que algo dentro de él se desgarraba.

—¡Mira bien! —le gritó cerca del oído—. ¡Tu maestro te mintió!

Sashi luchó por ignorar sus palabras mientras pataleaba con rabia, pero terminó por ceder ante la presión física.

Sus ojos se enfocaron a la distancia y vio la silueta de Khada, huyendo del otro lado de la ventana.

Enmudeció, se quedó paralizado. Su maestro estaba vivo y lo abandonó.

Fue en ese instante de desconcierto donde perdió por completo la fuerza de su resistencia y sucumbió.

Sus gritos se volvieron suspiros, luego jadeos .

Y, tras unos segundos que parecieron eternos, dejó de moverse; sus brazos cayeron a los lados, su cabeza se inclinó hacia adelante con un peso notable.

Russell lo sostuvo unos segundos más, temiendo que fuera un truco, pero el cuerpo de Sashi ya no respondió, su cabello dejó de esponjarse y sus uñas se encogieron a un tamaño normal.

Solo entonces aflojó la llave y dejó caer el cuerpo con cuidado, temblando.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Se dejó caer de rodillas junto al muchacho.

El ardor en sus brazos era insoportable, como si le arrancaran la piel a mordidas.

Jadeó, con los ojos clavados al cielo, sintiendo cada latido de su corazón acelerarse aunque ya estuviera fuera de peligro.

Iba a desmayarse, y probablemente moriría después. Lo tenía asimilado.

—¡Russell!

Cerró los ojos. Jamás había escuchado una voz decir su nombre con tanta desesperación. Resopló, llevándose una mano al pecho para asegurarse si todavía seguía vivo. En eso sintió un calor detenerse frente a él, luego, una presencia: Zimbel, con lágrimas en los ojos y la mandíbula temblando.

— ¿Bel...? —por un momento había olvidado la pelea.

El azabache, a punto de tocarlo, se arrepintió por miedo a lastimarlo, tirando de su propio cabello con las manos en un acto por contener su preocupación. Sollozó, luego rompió en llanto. Russell, sin embargo, ignoró cualquier malestar que le generaran las heridas y se abalanzó sobre él.

—¡Russell! ¡Tus heridas están...!

—Estoy bien —claramente mentía.

Le dio un abrazo, lo envolvió con tanta fuerza que a Zimbel le costó respirar, y este lo único que pudo hacer fue sostenerlo, llorar en su hombro, sentir cómo su sangre empapaba su ropa. Y aún así, ahí estaban. Juntos. A salvo.

No obstante, Zimbel sintió una punzada de culpa en el corazón.

Parpadeó con fuerza, recordando todo lo que lo trajo hasta donde estaba y la realidad frente a sus ojos se fragmentó.

Russell, Zuri e incluso Galena parecían pagar lo que solo él debía, sin mencionar todas las almas inocentes que Khada reclamó por tanto tiempo.

El mundo alrededor suyo parecía volverse más cruel cada que trataba de solucionar algo.

La prueba viviente estaba abrazándolo ahí mismo, con heridas mortales y al borde de la muerte.

Russell no lo merecía, ni su hermana, ni nadie.

Se atrevió a pensar que su maestra estaba equivocada, que en realidad la guerra era únicamente de él, sin tener que involucrar a inocentes porque no toleraba estar solo.

Debía detenerlo... No soportaría ver a Russell derrotado... No por él.

—Zimbel —un llamado lo sacó de su trance.

Ambos voltearon. Galena estaba en el marco de la entrada, viendo la escena con los ojos bien abiertos, incrédula.

—Galena... —el azabache le susurró—. Por favor, cúralo.

La mujer se apresuró a arrodillarse junto a ellos con la preocupación oprimiéndole el corazón.

Miró detenidamente el estado de Russell y frunció el ceño, sintiendo el dolor de las heridas como si fueran de ella.

Zimbel se apartó y desde cierta distancia observó el trato.

Galena apoyó ambas manos sobre el pecho de Russell y concentró su energía.

Un resplandor tenue cubrió las heridas más abiertas.

El sangrado cesó, pero los ojos no mentían: Russell seguía al límite.

—Sus huesos siguen fracturados. Aunque detuve el sangrado, necesita ir a un hospital.

Zimbel se incorporó lentamente. Su expresión no mostraba alivio; permanecía pensativo, en silencio, y al poco tiempo las lágrimas volvieron a inundar sus retinas.

—Bel... —Russell habló mientras tomaba asiento en el suelo—. Estoy bien.

Escuchar su voz, ronca y adolorida, solo hacía que el dolor en su corazón se hiciera más grande. Se dio la vuelta y lloró sin preocuparse por ocultarlo.

—¿Zimbel? —el luchador se acercó a sus espaldas y lo tomó de los hombros.

—¡No te levantes! —se dio la vuelta sin medir su tono, y al ver la expresión sorprendida de Russell, siguió llorando, esta vez sin desear consuelo—.

¿No entiendes lo que acaba de pasar? El discípulo de Khada casi te mata...

¿¡y tú crees que puedes seguir como si nada!

? Esto no fue ni la mitad del poder que aguarda allá afuera...

Ni siquiera estoy seguro de poder detener el caos que busca Khada.

—Zimbel...

Russell dio un paso hacia él, tambaleante, con la mano extendida. No obstante, Zimbel alzó el rostro de golpe, y la furia mezclada con dolor en sus ojos lo detuvo en seco.

—¡ Solo mírate! —lo interrumpió con la voz quebrada.

Tensó los puños, clavando las uñas en sus propias palmas—.

¡Mira a Zuri y a todas las personas que murieron por mi culpa!

Porque no fui capaz de detener a Khada en la primera oportunidad que tuve...

y ahora tengo que pagar las consecuencias... solo.

El pelirrojo frunció el ceño con el dolor latiendo en sus costillas.

—No, Zimbel, no digas—

—Vete, Russell... Vete de aquí y olvida todo lo que pasó.

El eco de esas palabras se quedó suspendido en el aire. Tras el silencio, el viento dejó de fluir. Russell entreabrió los labios, atónito; el frío le subió por la espalda.

—¿Qué? —quiso hablar, quiso ir con él, sujetarlo de los hombros y decirle que estaba equivocado, mas su garganta no era capaz de emitir sonido alguno. Ni siquiera pudo moverse.

—Solo así... solo así podré protegerte.

—Bel...

—¡SOLO VETE! —le gritó con todas sus fuerzas; retrocedió y lo señaló con el dedo, llorando como nunca—. Por favor... No quiero ponerte en riesgo.

El llanto de Zimbel se quebró en un jadeo ahogado. Su cuerpo tropezó con su propio peso; se llevó ambas manos a la cabeza como si algo dentro de él estuviera desgarrándolo desde lo más profundo y se agachó en un intento por controlar la tristeza que se apoderaba de él.

—¡Zimbel! —Russell intentó acercarse.

Pero se detuvo al ver algo... Al ver a alguien, a espaldas de Zimbel, entre la bruma y la oscuridad de la noche que salía de su propio cuerpo. Abrió los ojos con fuerza, el aliento se le atoró en la garganta.

Era alguien idéntico a Zimbel: mismo cuerpo, rostro, incluso el mismo mechón lila que caía bajo su oreja.

Lo único distinto era su piel, carcomida en partes, como si algo oscuro y vivo se estuviera devorando su verdadera esencia desde dentro.

Sin emoción. Sin alma. No había ni una chispa, ni un rastro de la pureza que caracterizaba al verdadero Zimbel. Este estaba muerto por dentro.

Russell sintió un escalofrío.

Y aún así, el Otro Zimbel ablandó su mirada cuando lo vio, esperando revivir una parte que se había quedado en el olvido.

Se acercó a Zimbel, le tocó la espalda y este se levantó sin ocultar su llanto.

Las siluetas de ambos se acomodaron en un ángulo perfecto, haciendo que para Russell fueran una sola persona.

El aire vibró. Un zumbido fue creciendo entre los cuerpos presentes hasta convertirse en un eco vivo que surgió desde lo más profundo de la tierra.

El temblor sacudió la colina. Russell, a punto de perder el equilibrio, fue sostenido por Galena, quien estaba igual de impactada.

Los dos miraron a Zimbel y a sus alrededores.

Frente a ellos se desgarró el espacio con una brusquedad visible.

Se desplegó un portal que desafiaba la comprensión del zarcoísmo y de la lógica misma.

Era mágico, no en el sentido tradicional, ni espiritual en la forma que Galena podría identificar.