23 . DESPEDIDA
El cristal, una lluvia impredecible dentro del universo más pequeño.
Pedazos de basura espacial y fragmentos del pasado.
Russell abrió los ojos, sintiendo una corriente helada que lo arrastraba hacia el destino desconocido.
Sus pulmones, listos para respirar, no lo hicieron.
Entre el brillo de los cristales distinguió un rostro de cejas blancas, mirándolo fijamente mientras se colocaba una manopla de acero en los nudillos.
La intención era inconfundible: odio. Le reventó la mandíbula de un solo puñetazo.
Al final, no fue el golpe lo que le dolió, sino la persona que lo lanzó. Confesó haberse sentido vulnerable y utilizado para el espectáculo. Ya estaba harto de su estilo de vida y aquello fue la gota que derramó el vaso.
Solo por él seguía luchando. Ni siquiera por su padre, por el dinero o por la fama.
Por él; la persona que permaneció a su lado sin importar las condiciones, y que por miedo al «qué dirán», actuó como si en su corazón no sucediera nada.
Comenzaba a sentir cosas por él, lo admitió; pero después de aquella pelea, sus emociones no supieron cómo reaccionar.
Quizá fue un malentendido.
Quizá fue parte del show , aunque él nunca quiso participar.
El cabello blanco de su agresor se oscureció hasta un tono castaño, y su cuerpo dobló tamaño. Olor a tabaco, una marca específica de tequila.
Él no fumaba. Él no tomaba.
« ¿Qué?»
Y en eso, despertó.
La ventana de la parte trasera de la casa se rompió y Russell cayó sobre la tierra del jardín.
Vio los pedazos de vidrio volando a todas las direcciones posibles, y en silencio agradeció no haberse tragado ninguno.
Al momento, un peso aterrizó en su abdomen, seguido de una coleta rubia que le impidió ver por un instante.
Sashi se desplomó sobre su pecho, pero a los pocos segundos, se enderezó apoyándose con ambas manos en sus antebrazos, y Russell, sin poder moverse, se quejó al sentir diez largas uñas clavarse en su piel al mismo tiempo.
«Zimbel…» , pensó, angustiado.
Alzó la cadera con tal de apartar al muchacho, y aunque notó que Sashi empezó a perder el equilibrio, sus uñas le sirvieron de soporte.
Russell gritó, pronto sintió que la sangre escurría de sus brazos.
El chico seguía transformándose a pesar de haber superado por mucho la fuerza de Khada.
Sus ojos rojos emitían un brillo perturbador; sus pupilas blancas no dejaban de temblar en un punto fijo; y su boca fue lo más asqueroso, pues tenía los dientes sucios y afilados, el aliento a muerte y saliva en forma de hilos espesos cada que abría la mandíbula para gruñirle en la cara.
La liga que formaba su coleta se rompió, por lo que su largo cabello rubio se movía y esponjaba con cada espasmo, pareciendo que tenía vida propia.
La desesperación era obvia. Russell aguantó la respiración, giró su rostro, pegando su mejilla izquierda contra la tierra y entrecerró los ojos para evitar mirar al intento de humano que tenía encima.
Resopló para sus adentros después de agarrar fuerzas, ladeó su cuerpo sin importar el dolor, y logró crear un pequeño momento para poder zafarse.
Sashi aflojó su agarre por menos de un segundo, y gracias a ello, Russell pudo liberar su mano derecha rápidamente.
No se lo pensó y le soltó un puñetazo en dirección al pómulo tan fuerte que el chico se fue para atrás, conteniendo un jadeo.
Por su cuerpo y peso, dedujo que se trataba de alguien joven, demasiado joven, atreviéndose a pensar que Sashi era menor de edad.
Y en el fondo le pesó tener que pelear en serio contra alguien tan pequeño.
Se levantó a duras penas, tratando de ignorar las heridas en sus brazos que se sentían profundas. El rubio, por su parte, se sobó la cara sin dejar de gruñir; miró a Russell con lágrimas en los ojos, arañando la tierra bajo sus dedos.
—Escucha, no quiero pelear contigo... —jadeante, el pelirrojo trató de asimilar el ardor de sus heridas.
Sashi no lo escuchó; dejó salir un grito, más de rabia que de dolor, y se lanzó contra él como si no existiera nada más.
—¡Mataste a mi maestro!
Sin tiempo para respirar, Russell logró echarse a un lado a duras penas, sintiendo una ráfaga cortando el aire frente a sus narices.
La embestida pasó rozando su costado, apenas un milímetro de diferencia, pero suficiente para evitar que le pusiera una mano encima.
Un suspiro de alivio salió de su boca. No obstante, al enderezarse, Sashi se giró con fluidez y le lanzó una patada directa al estómago.
El golpe lo dejó sin aliento; su cuerpo cayó de rodillas, cubriéndose el abdomen con una mueca de dolor profundo.
Sintió la rodilla de Sashi estrellarse contra su cara.
Su nariz se rompió casi en su totalidad, estaba seguro.
Dejó de escuchar los sonidos a su alrededor, solo podía oír su propio pulso en forma de martillazos por todo el rostro.
Su nariz comenzó a sangrar, y en un intento por limpiarse, sintió el calor de Sashi acercarse, a lo que se levantó con las rodillas temblando.
Estaba al borde del colapso, los músculos le ardían y la conciencia amenazaba con desvanecerse, pero se obligó a sí mismo a acertar el siguiente golpe aunque fuera lo último.
El chico desapareció ante sus ojos. Russell tenía menos de un segundo para reaccionar.
La técnica de atacar por la espalda después de desaparecer, un movimiento posiblemente predecible para alguien que se relacionaba con Khada.
Si estaba equivocado, moriría; si no, tendría una oportunidad.
Así que le hizo caso a su instinto, concentró la fuerza que le quedaba en el brazo derecho y se dio la vuelta para lanzar un puñetazo al aire con la esperanza de estar seguro de su corazonada.
De milagro, acertó. Sashi apareció justo detrás de él, como lo intuyó, con la mano extendida, a centímetros de su nuca y listo para acabarlo, cuando el puño de Russell lo alcanzó primero contra su nariz.
Se oyó un crujido, seguido del sonido húmedo de la sangre al salir disparada por sus fosas.
No pasó mucho para que Sashi gritara antes de ser lanzado hacia atrás por la inercia, sollozando, dirigiendo instintivamente las manos a su rostro.
«¿Qué se siente?» , pensó Russell.
Y aunque el orgullo se le subió por un instante, no podía seguir así. No con el cuerpo al límite.
Su mente no aguantó el estrés y se desplomó, apoyándose sobre una rodilla mientras tensaba la mandíbula al sentir la sangre resbalar por sus brazos y rostro.
No sabía si el hormigueo en su piel era por la falta de sensibilidad que le estaba generando el dolor o porque se desmayaría tarde o temprano.
Lo único que tenía claro era que necesitaba una forma de detener al chico sin matarlo.
Su mirada, en automático, giró hacia la casa.
La ventana por donde salió lo llamó, y a través de los cristales rotos que aún seguían pendientes del marco, pudo ver la silueta de Zimbel, huyendo.
¿Huyendo?
Russell lo vio, se quedó helado.
Khada seguía vivo, de pie frente a Zimbel con esa presencia monstruosa avanzando entre los muebles rotos hacia él como si tuviera el derecho de asesinarlo.
—No... —murmuró sin alcanzar a ver más—. ¡ZIMBEL!
El corazón se le hundió en el pecho. La impotencia fue un disparo en la yugular.
Se levantó a duras penas sin poder controlar su respiración, y justo cuando reunió las fuerzas para correr, un grito agudo se acercó por el costado.
No alcanzó a reaccionar. Sashi se le echó encima con una fuerza mayor que la anterior y lo estampó de lleno contra el tronco del único árbol.
El crujido de la corteza y el dolor abrupto fueron simultáneos.
Russell cerró bien los ojos; juró que el golpe había hecho que su piel fuera fusionada con la madera.
No salió ni un quejido de su garganta, solo la vista nublada que le provocaba la agonía.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. No tardaron en caer por su cuello.
Moriría ahí, lo supo en cuanto comenzó a toser sangre.
No sentía sus brazos, ni sus piernas, ni su cara, y sus costillas hormigueaban entre sus órganos.
Moriría sin haber protegido a nadie ni una vez en su vida, y eso le dolió más que las heridas.
Con la poca razón que le quedaba, deseó desde lo más profundo de su ser tener la capacidad de detener el tiempo, ir con Zimbel, abrazarlo y pedirle perdón por ser una carga más en su vida, que ni con todas las ventajas del mundo fue capaz de ser el hombre que él esperaba ser.
Lloró, perdiendo el aliento. Una oportunidad era lo único que necesitaba... Una oportunidad…
«—¿Tú crees... en el destino?»
Entre lágrimas, vio a Zimbel a través de la figura de Sashi acercándose a su posición. Lo detuvo de los hombros sin fuerzas; sus codos, apoyados en el tronco, eran el único soporte que evitaba que el rubio le plantara una mordida mortal en el cuello.
«—Sí, sí creo».
El viento sopló, trayendo una brisa fresca que hizo revolotear la gabardina de Zimbel.
«—Cuando te vi ensangrentado en el piso, solo pude imaginarme lo peor. Mientras ese tipo siga vivo, yo no me voy a separar de ti. No permitiré que te haga daño de nuevo».
Fue un cobarde. Toda su vida lo fue. Asustado por ser diferente; a la defensiva por cualquier mínimo error.
Debía ser perfecto, así se enseñó. Un heredero digno, un hombre capaz de defender su orgullo hasta con los ojos cerrados.
¿Pero a qué costo? Nunca se sintió escuchado, ni comprendido, y la primera persona que estaba a punto de demostrarle lo contrario se dejó guiar por el mismo problema que tenía su padre: la expectativa.
Le encantaba entrenar y pelear por gusto, pues sabía que detrás de cada espectador que lo apoyaba, existían niños y personas que lo usaban como inspiración.
Pero la pasión por la lucha dejó de presentarse cuando tenía que defender un honor que ni siquiera era suyo.
Cuando el cariño de los medios y de su propio padre dependía solo si conseguía la victoria.
Cuando dejó de ser él mismo para cumplir un estándar que ponía por encima el ego que la propia tradición.
«—Te amo, Russell... Eres el único que no espera nada de mí, y eso me pone muy feliz... Me haces querer ser yo mismo».
El calor del cuerpo de Zimbel, acurrucado sobre su pecho, se manifestó, volviéndolo a vivir.