22 . DEBER DE UN KOI’ANN #3
No lo detuvo, no quiso. Los dedos del bruto se cerraron sobre su garganta, y cuando menos lo esperó, sus pies dejaron de tocar el suelo, quedando colgado entre el agarre.
No hizo nada por sobrevivir, solo clavó la mirada en esos ojos verdes que tanto le recordaban a su madre.
Por primera vez en su vida, sintió que nada de lo que había hecho valió la pena. Y su peor pesadilla se volvió realidad: darle la razón a Sheila.
Russell alzó el puño, dispuesto a terminarlo.
Algo se rompió en la niebla de la conciencia de Khada.
Una presencia entre los árboles más profundos del llano.
Giró apenas el rostro, con el dolor de la asfixia, y a través de la puerta abierta, lo vio.
A lo lejos, en el bosque, supo que Sashi estaba ahí.
El recuerdo le llegó como un golpe caliente.
Él mismo le había dicho que se quedara atrás, que esperara y apreciara porque esa era su pelea.
Pero el plan había cambiado. Lo necesitaba ya. Claro que lo necesitaba.
—¡SASHI! —su garganta apenas pudo soportarlo; soltó su último aliento.
Al terminar de pronunciar la última letra de su nombre, el puño de Russell le cayó encima.
Khada sintió el impacto en el rostro. Su cuerpo se estampó contra el suelo boca abajo y la sangre brotó por su nariz, manchando el piso.
No se movió. Fingió estar muerto porque la única carta que le quedaba estaba llegando.
Y pudo ver entre los mechones de su cabello el camino hacia el bosque, notando una sombra blanca acercándose a una velocidad decente, cortando el silencio de la naturaleza a las afueras.
Sashi apareció en la entrada, jadeante, deteniéndose en seco bajo el umbral. Sus ojos recorrieron la escena, y al ver a su maestro tendido en el suelo, solo pudo gritar.
—¡Maestro! —corrió a su posición y se agachó sin prestar atención a lo demás—. ¡¿Quién le hizo esto?!
Khada no respondió.
La tragedia había terminado. El sollozo de Sashi era lo único que evitaba que la sala se sumergiera en el silencio.
Russell retrocedió, desconcertado y cansado. Alguien lo tomó del brazo.
—Russell... —era Zimbel, tenía el rostro pálido del susto. Quiso tirar de él—. Vámonos.
—¿Qué? —el ojiverde frunció el ceño.
Zimbel se mantenía rígido, incapaz de quitar la atención del muchacho que lloraba junto al cuerpo de Khada. Sus uñas se clavaron en la piel del luchador, recordando a detalle la declaración del anciano Faris tras el asesinato de su nieta:
«— No estaba solo, venía con alguien más... un muchacho de blanco».
« Muchacho de blanco» . Existía una presencia dentro del chico. Sus vellos se erizaron al pensar en las múltiples explicaciones que podría tener lo que había ante sus ojos, y por desgracia, todas compartían el mismo final: fuera cual fuera su conexión, el chico ocultaba un poder a merced de Khada.
Las imágenes de su visión caótica emergieron en forma de destellos, y sin saber si se trataba de un mal presagio o no, entró en pánico.
A punto de gesticular otro «vámonos», Sashi se enderezó, girando su rostro hacia los únicos que permanecían de pie.
Ya no transmitía ninguna emoción; su mirada borró el característico brillo jovial de sus ojos. Se levantó.
Russell inspiró a la defensiva; tomó la mano de Zimbel e hizo que lo soltara para colocarse frente a él. Sostuvo el ceño fruncido y la barbilla en alto, pero en el fondo comenzaba a sentirse intimidado, ya que gracias a la luz, se dio cuenta de la inquietante heterocromía del niño.
La pupila humana de Sashi se dilató lo suficiente como para esconder el marrón natural de su iris; su ojo demoníaco resplandeció bajo los mechones que le cubrían un poco.
—Tú no mereces ser purificado —dejó que el shura tuviera el control.
Su mirada, apagada y sin vida, era tremenda.
Russell y Zimbel no se percataron del cambio, hasta que los ojos de Sashi se tornaron completamente rojos, con los vasos sanguíneos expuestos y los iris blancos brillantes.
Después, desapareció. Russell volteó a todos lados pensando que se trataba del mismo truco de Khada.
Y cuando menos lo notó, Sashi ya estaba frente a él, impulsado con su propia velocidad, y lo empujó directamente hacia la ventana.
Solo alcanzó a ver el marco antes de sentir el cristal estallar en su espalda.
Cayeron al otro lado, al jardín, entre plantas, tierra y restos de vidrio.
Zimbel se paralizó. Su mente tardó en procesar lo ocurrido; corrió hacia la puerta trasera con un nudo de preocupación en el estómago.
—¡RUSSELL!
Un escalofrío lo obligó a detenerse.
Dio la vuelta.
Y ahí estaba Khada, de pie, con la sombra cubriéndole la mitad del rostro y una sonrisa enfermiza que crecía por sí sola. Zimbel dio un paso atrás sin pensarlo. El miedo, en forma de sudor frío, bajó por su cuello. No quería gritar, pero tampoco quedarse callado. Hasta que...
— Zimbel .
S u propia voz… El Otro Zimbel.
— Confía en mí .
Miró a Khada, con los ojos bien abiertos, acercarse a su posición, y aunque no tenía ningún arma, sabía que sus manos seguían siendo mortales para él.
— Tengo un plan .
En el silencio del horror, cedió, dejando que su contraparte lo guiara a su victoria.
— Confía en mí .