Vehemente 22 . DEBER DE UN KOI’ANN #2
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22 . DEBER DE UN KOI’ANN #2

No le importó si sangraba o no; lo que le quemaba era el hecho de saber que un humano cualquiera le había acertado un golpe aún con la resistencia y los reflejos de Corvus...

Aún cuando pasó dos semanas en trance, puliendo sus habilidades.

¿Cómo no lo vio venir?

Miró a Russell con una furia que cortó el oxígeno entre ellos.

Giró el filo de su daga para que apuntara hacia su propio antebrazo, y sin dejar pasar un respiro más, se lanzó de frente hacia él, provocando que este se alistara para contraatacar.

Sin embargo, vaciló. En el último segundo, el cuerpo de Khada se envolvió en sombras y desapareció ante los ojos de Russell, quien, al percatarse por completo, sintió la hoja de la daga cortarle parte de la piel de su costado derecho, seguido del sonido agudo de la tela de su camiseta rasgarse.

No tuvo tiempo de quejarse debidamente, pues de inmediato percibió gran peso sobre sus hombros, y después, el cuerpo de Khada apareciendo a sus espaldas mientras inmovilizaba su cabeza para exponer su cuello.

Russell se quejó; sus pupilas estuvieron a punto de desaparecer cuando vio el filo de la daga acercarse a su garganta, y, al sentir el pico presionarle la piel, tomó con fuerza la muñeca del asesino en un acto desesperado y la alejó.

Ejercían presión; Russell, sin pensarlo mucho, dio un fuerte cabezazo hacia atrás, golpeando con su coronilla la frente de Khada, y a su vez empujándolo con su cuerpo para estamparlo contra la pared.

El concreto y los libros del estante a un lado temblaron ante la brusquedad.

Khada se quedó sin aire; dejó salir un quejido ahogado y soltó la daga.

Russell aflojó su cuerpo solo para volver a ejercer presión contra su adversario, quien se sofocó al instante y trató de alejarlo con puñetazos blandos (y desesperados) en sus hombros y omóplatos.

Khada cayó debido a la inercia después de que Russell se alejara; él tomó la daga del suelo y se giró, dedicándole una expresión jadeante, pero determinada, al asesino que aún yacía arrodillado, recuperando el aliento.

El viento se coló por las ventanas que estaban abiertas, lo cual, para Russell, fue reconfortante, pero para Khada, fue el colmo.

Sonrió, aguantando la ira, y los malestares en su cuerpo se curaron hasta recuperarse por completo; encaró al pelirrojo al mismo tiempo que se levantaba.

Él, por su parte, observó el filo de la daga con disgusto, y a los pocos segundos, la lanzó a sus pies.

Khada frunció el ceño.

—Si solo puedes defenderte con eso, tómalo —Russell se tronó los nudillos—. Quiero que esta pelea sea justa.

El silencio después fue abismal. Khada aguantó la respiración; miró su daga, su reflejo tenso a través de ella.

Algo le quemaba las entrañas porque nada de lo que pasaba tenía sentido.

Sashi se había encargado de impregnar su propia esencia en el filo para drenar la vitalidad de Russell y debilitarlo al contacto.

Y el bruto seguía frente a él, entero, imponente y sin mostrar un rastro de abatimiento en su postura.

La recogió, empuñó el mango con fuerza y la hoja vibró.

Pensó que su frustración se concentraba en ese maldito reflejo, así que aventó la daga al suelo.

El metal resonó contra la madera con un sonido irritante, sin rebotar.

Dio un paso al frente y fue el primero en atacar.

Se acercó lo suficiente para darle un puñetazo a Russell, pero este subió el antebrazo y desvió el golpe con un movimiento exacto.

El contacto fue duro, hueso contra músculo; el luchador aprovechó el momento para girarse y dirigir un golpe al torso de Khada, quien ágilmente lo esquivó, quedando al costado izquierdo de él,

y le soltó un rodillazo en el abdomen para por fin acertarle un puñetazo en la cara que lo dejó desorientado por un instante.

Russell, adolorido, no hizo más que mostrar los dientes, conteniendo un grito.

Se tambaleó, dando un paso atrás, con la vista borrosa.

Maldijo en silencio al tipo con todos los insultos que sabía.

Se sacudió, bajó un poco la postura, volviendo a colocar los puños en posición ofensiva.

Su atención se clavó en Khada con una frialdad impropia de él.

Estaba listo para más, al igual que Khada. Y en eso, los dos se percataron de una presencia que se asomó por la puerta de la cocina.

—Russell… —era Zimbel.

—¡Zimbel!

Khada gruñó entre dientes. Ya no podía seguir con el juego; su objetivo no era aquel bruto, por más que le doliera en el orgullo.

Tomó la daga del suelo y aprovechó la distracción de su oponente para tomar impulso y cambiar de trayectoria, directo hacia Zimbel.

No obstante, de un tirón brusco, Russell lo retuvo, le tomó del cuello de la ropa y lo arrastró hacia el lado opuesto.

Cuando volvió a plantar los pies, estaba dándole la espalda a la cocina, con Russell interponiéndose entre él y Zimbel.

Fue suficiente para hacerlo perder el control.

Bajó la daga medio segundo, dejando que la impotencia lo dominara.

Con un grito entrecortado, se lanzó a ciegas, dejando un rastro sombrío.

La hoja cortó el aire en movimientos erráticos, esperando asestar algún golpe por accidente.

Un corte rozó el brazo de Russell, otro en el pómulo; sin embargo, él no se rajaba.

Se quejaba entre el contraataque, absorbiendo el dolor como parte de su deber.

Amortiguaba los golpes, desviaba los tajos, los contenía con el cuerpo, con los brazos, con lo que tuviera.

Un fastidio. Parásito poseído. Ese hombre no se asemejaba a sus víctimas en absoluto.

Era diferente, un guerrero. Se obligó a sí mismo a enfocar todos sus sentidos sin excepción.

No se permitió siquiera parpadear frente a él.

Por muy insignificante que fuera, no podía bajar la guardia ante semejante demonio.

Russell era un blanco difícil, mucho más de lo que creyó. Y aquello le hirvió la sangre.

Ambos se alejaron, jadeantes, sin que el aire pudiera sostener su equilibrio.

Russell tenía cortes sangrantes, el rostro empapado de sudor, pero firme.

Khada, en cambio, se tambaleaba. Cada inhalación era un espasmo de ansiedad más profundo que el cansancio físico: el abismo que se abría en su mente.

Su pecho subía y bajaba sin ritmo; se estremeció; la realidad giraba en torno a sus latidos y a una voz que no tardó en presentarse en su cabeza.

«—No tienes remedio. Tenía la esperanza de que fueras inteligente, pero ya veo que ni eso me concedió Dios».

Su madre.

Todo lo que había dado, lo que había perdido, lo que Corvus le había prometido... no estaba funcionando.

No reaccionó cuando Russell actuó. Entrecerró los ojos, vio su mano acercarse a su cuello.