Vehemente 22 . DEBER DE UN KOI’ANN
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22 . DEBER DE UN KOI’ANN

La puerta trasera se cerró, dejando un silencio repentino en la casa que se sintió antinatural.

Russell mantuvo la vista fija en la salida, recargado en la columna principal del comedor, esperando a que Zimbel regresara.

El sonido del segundero del reloj se hacía cada vez más presente, evitando que pudiera ensimismarse.

Zuri se interpuso en su campo de visión, moviéndose para recoger una taza vacía de la mesa que indicaba que había bebido té antes de la llegada de Galena; se fijó también en un plato hondo con restos de sopa y algunas migajas sobre la madera que probablemente eran de pan de centeno, su favorito.

La joven acomodó el desorden con una paciencia propia de ella, hasta que el comedor quedó como si nada hubiera pasado.

Antes de tomar asiento en la cabecera de la mesa, de la vitrina sacó una baraja de cartas.

Russell decidió acompañarla, poniéndose a su lado.

—¿A qué vino Galena?

—No lo sé —Zuri desvió su atención a las cartas y las extendió en su mano—. Llegó preguntando por Zimbel y no dijo más. Intenté conversar, pero esta vez me ignoró.

Russell frunció el ceño. Tenía muchas teorías al respecto y no quería estar seguro de ninguna, pues todos sus pensamientos terminaban en Khada, lo cual le inquietaba más de lo que habría admitido.

Se quedó un momento callado, sin moverse, hasta que vio a Zuri barajando las cartas con una concentración diferente a cuando limpiaba.

Con el pulgar y el índice separó una parte, la partió en dos, mezclándola con cuidado. Se encogió de hombros.

—Papá olvidó su mazo —ella lo miró a los ojos, dedicándole una sonrisa honesta—. ¿Quieres una lectura?

Él alzó ambas cejas. La pregunta lo tomó desprevenido; miró de reojo el reverso de las cartas, diseñadas con dibujos de raíces azules y verdes hechas a mano.

—¿Tarot? —arrimó su silla—. ¿Qué se supone que debo hacer?

—Solo estar dispuesto —ladeó el rostro, ofreciéndole la baraja extendida—. Piensa en algo; puede ser una pregunta o una sensación hacia algo. Y tomarás tres cartas, una por una.

Russell asintió. Cerró los ojos por un segundo, se puso nervioso. Su mente atrajo inevitablemente la imagen de Zimbel y la forma en la que Galena se lo llevó sin dar explicaciones. Divagó de más; la inquietud llegó hasta su pecho, generando un pesar que puso duros sus hombros.

Tomó la primera carta, la segunda, y al acercar la mano para tomar la tercera, se detuvo.

Su mano se quedó estática sobre ella. Dudó.

Zuri lo observó en silencio. Antes de que pudiera evitarlo, la preocupación volvió a tensar sus músculos.

Pensó en Khada, en esa horrible máscara y el día cuando hirió a Zimbel.

La impotencia seguía perforando su conciencia.

Juró que no volvería a pasar, por eso siguió entrenando durante su coma, y gracias a la calidad perfecta de los alimentos que Zuri traía del pueblo, logró aumentar su masa muscular en dos semanas lo que le hubiera costado más de un mes en Inu Koi.

Su defensa era impenetrable, pero no podía dejar de sentirse frustrado: Zimbel estaba afuera y él adentro; si algo sucedía, el tiempo de reacción le jugaría en contra.

Tras exhalar por la nariz, tomó la tercera carta con resignación. La deslizó hacia él y Zuri guardó las restantes.

—Tres cartas —ella comenzó—. Pasado, presente y futuro.

Volteó la primera carta, el pasado . Russell miró, y, lentamente, el sonido para él desapareció.

Algo en su pecho vibró, entre sus costillas; la impotencia volvió.

Sabía que Zuri estaba hablando, mas sus palabras parecían disolverse en el aire antes de llegar a sus oídos.

Su pulso se aceleró, trayendo una punzada agobiante del presentimiento de que algo iba mal.

La presión seguía oprimiéndole el pecho.

Se acomodó en la silla; tenía el pecho rígido, la mandíbula apretada y las palmas sudorosas.

Mantuvo los ojos fijos en la carta, sintiendo que apenas la veía.

El ardor en la boca de su estómago se volvió insoportable.

Alzó el rostro hacia la puerta trasera, preguntándose qué tanto hacía Zimbel allá afuera.

Por más que se convenció a sí mismo de que todo saldría bien, seguía inquieto.

Pasaría algo, podía sentirlo. Y, a punto de tomar un gran bocado de aire, un dolor repentino, como una astilla en sus costillas, lo hizo retorcerse sobre la mesa.

— ¿Russell?

Oyó su nombre, a lo lejos.

—¡Russell! —Zuri se acercó preocupada—. ¿Estás bien?

No hubo respuesta. El cuerpo le pesaba, era notorio. Estaba ido, con los ojos fijos en la nada. En el momento en que Zuri se levantó, un espasmo lo hizo reaccionar, orillando a que mirara de reojo la puerta principal.

Peligro.

—Te traeré agua —la chica entró a la cocina y regresó con una jarra y un vaso en mano.

Russell se enderezó a duras penas. No podía levantarse.

—No, espera…

Su garganta se cerró repentinamente.

Alguien llamó a la puerta.

Zuri frunció el ceño, confundida. Dejó las cosas en el centro de la mesa y se giró.

—¿Habrá regresado por su mazo? —habló en voz baja para sí misma, pensando que se trataba de su padre.

Russell, dándole la espalda a la entrada, no necesitó voltearse para darse cuenta de lo que sucedía. La temperatura de la habitación bajó, provocando que su piel se erizara , por fin otorgándole nombre a lo que estaba sintiendo desde un inicio: alerta.

Zuri abrió la puerta, dejando entrar la primera corriente helada del día que anunciaba el fin del atardecer para dar paso a la noche. Russell se levantó de golpe, tumbando la silla.

Lo que más temía, ocurrió.

No fue Abi quien tocó la puerta... No fue a Abi a quien Zuri le abrió..., sino a Khada, sin su máscara, con los ojos envueltos en un rojo vivo.

El oxígeno desapareció. Zuri se petrificó ante el origen del sufrimiento de su hermano. Entreabrió los labios, asustada, y dio un paso atrás.

Un segundo duró la eternidad entera. Khada, con una velocidad imperceptible para el ojo humano, entró a la casa sin emitir sonido alguno.

Interrumpió a Zuri, quien tenía la intención de manipular el agua de su vaso para tratar de defenderse, y la tomó de la mano, doblándola bruscamente detrás de su espalda baja.

El movimiento fue tan repentino que la chica perdió el equilibrio y cayó de pecho sobre la mesa, alterando todo lo que había encima.

Uno de sus omóplatos sobresalió por debajo de la ropa, remarcando la tensión que el asesino ejercía detrás de ella.

Su cuerpo no soportó. Bastó con un poco de fuerza para hacer que su pulgar y hombro se rompieran por completo.

El crujido fue inconfundible. Zuri soltó un grito agudo desde lo más profundo de su garganta.

Khada la enderezó contra su pecho sin el más mínimo cuidado, ejerciendo presión sobre su hombro afectado, solo para lanzarla contra la pared de la cocina.

Zuri cayó al suelo, a punto de desmayarse, horrorizada ante el hematoma creciente bajo la piel de su hombro y su pulgar colgando de su mano siendo milagrosamente sostenido por pocos hilos de carne; como pudo, se arrastró hasta acurrucarse contra una columna, y entre lágrimas,

se cubrió la mano que no tardó en sangrarle a chorros.

Todo sucedió en menos de un parpadeo. Todo se congeló.

Russell se quebró. ¿Cómo era posible? Ni siquiera lo vio entrar, y cuando al fin logró seguirle con la mirada, Zuri ya estaba en el suelo, casi inmóvil, junto a la visión del cuerpo de Zimbel tal y como lo había encontrado en el Santuario aquella vez.

Ambos hermanos, atacados por el mismo hombre.

El aire, el tiempo, incluso su pulso tomó un ritmo distinto.

En ese momento, Russell sintió un pavor tan puro que apenas pudo mantenerlo de pie.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, afectando su visión.

Deseó gritar, muy en el fondo, en lo más recóndito de su ser.

No importaba cuán fuerte fuera, si no podía estar ahí cuando más lo necesitaban, entonces no era suficiente.

Deseó huir, pero no lo hizo.

El miedo se volvió fuego. El fuego, furia; el tipo de furia que no venía del ego, sino de un instinto de protección tan poderoso que volvía cualquier duda irrelevante.

Zimbel y Galena entraron a la casa. Russell no lo pensó y se interpuso, cubriéndolos, quedando frente a Khada.

—¡Saquen a Zuri! —gritó sin voltear completamente—. ¡YA!

Inmediatamente sintió el calor de sus cuerpos moverse detrás de él. Galena, la primera en acercarse, levantó a Zuri del brazo izquierdo con una rapidez afectada por el miedo, mientras que Zimbel la cargó de las piernas.

Khada fijó su atención en ellos, transformando su mueca seria en una sonrisa cínica que hizo brillar sus ojos entre la oscuridad que poco a poco se formaba en el exterior. Dispuesto a ir contra ellos, dio un paso al frente, pero al mismo tiempo, Russell lo encaró, bloqueándole el camino.

—Veo que le has regresado la esperanza —Khada miró de reojo a Zimbel; enderezó su postura y desenvainó su daga—. Tú ya no me sirves... Aunque me debes lo del mercado. Te mataré por gusto.

Su voz, su actitud. Era la primera vez que le dirigía la palabra a Russell. Como un trago de cerveza caliente, le generó repulsión.

—Solo que no ahora —señaló su pecho desde la distancia con la punta de la daga—. Apártate.

Russell se mantuvo firme; cerró los puños, alzó la barbilla. Hizo de todo para dejarle claro que no le afectarían sus amenazas.

—Sobre mi cadáver.

Khada lo miró sin decir nada; arqueó una ceja, extrañado, tratando de ocultar una sonrisa forzada, ya que detestaba ser desafiado.

Humedeció sus labios y bajó la daga hasta esconderla detrás de su espalda.

Vio a Zimbel desaparecer por la puerta de la cocina, y resopló con un largo parpadeo, resignándose .

—Como desees.

Pero en el momento en que volvió a mirarlo, Russell ya no estaba en donde la conversación comenzó.

Una ráfaga anaranjada pasó frente a sus narices, a menos de un metro, casi respirándole encima.

Khada solo alcanzó a abrir bien los ojos antes de que el puño de Russell impactara directo en su rostro.

El golpe fue duro, decidido; el sonido resonó por toda la casa, y su cabeza giró hacia un lado.

Al incorporarse, retrocedió por instinto.

Se llevó dos dedos a la comisura del labio, donde sintió la presión latente.