Vehemente 21 . EL OTRO ZIMBEL #3
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21 . EL OTRO ZIMBEL #3

Aparecieron en lo alto de una colina, y lo que antes era Erén, el tranquilo y bello pueblo en el que creció, ahora era un campo arrasado por el fuego.

Los edificios en ruinas, las calles quebradas como si la tierra hubiera sido desgarrada desde sus entrañas; grietas gigantes ardían en el suelo, y de ellas emergían criaturas deformes, hechas de oscuridad y odio.

El cielo, ennegrecido y rojo, no tenía sol, ni luna, ni estrellas.

Zimbel cayó de rodillas.

—¿Qué...? —no logró gesticular—. ¿Qué es esto?

—Mi presente… — el Otro Zimbel contestó, irguiendo la espalda—. Y tu futuro.

Apenas podía respirar. La realidad, la imagen de su madre muerta, la revelación de su misma persona aceptando la oscuridad y el mundo destruido... ¿por su culpa?

—Russell... —susurró con los ojos lacrimosos. Se levantó, listo para bajar de la colina y correr en su búsqueda.

—Aquí ya no queda nadie vivo —su contraparte lo detuvo del hombro—. Las bestias del Abismo tomaron el control de Alloria . En este momento hay una guerra entre dioses.

El cuerpo de Zimbel no respondió. Rompió en llanto.

—Khada la inició, pero de nada le sirvió porque ahora está muerto; y con eso liberó a Corvus, quien desestabilizó el orden en el mundo y acabó con Ventus y con los dioses.

Los dedos rugosos del Otro Zimbel lo tomaron de las mejillas. Le obligó a girar el rostro, apartando su visión del mundo colapsado para clavarla en sus propios ojos rojos.

—Pero puedes evitar esto, Zimbel.

El rugido del cataclismo dejó de oírse y la temperatura del aire descendió tanto que fue difícil inhalarlo.

El Otro Zimbel dio un paso atrás. Extendió las palmas abiertas al cielo y, en el hueco entre sus manos, la ausencia pura se manifestó; un vórtice de nada que succionó la luz.

El espacio crujió, creando mediante hilos de oscuridad una esfera corrupta, latiendo al ritmo del corazón de ambos.

Eso era el verdadero vacío. Y de la negrura emergió una gran silueta, extraída de la herida abierta del universo.

La energía se solidificó con el sonido ensordecedor de mil cristales rompiéndose a la vez.

Zimbel la vio: una espada de doble hoja, de metal opaco; su acero reflejaba el odio en forma de fuego oscuro.

El filo doble goteaba ceniza líquida, y la empuñadura parecía diseñada para fundirse con la carne de quien la portara.

La sola presencia del arma ejercía una gravedad opresiva en el plano.

El Otro Zimbel la sostuvo por el centro, invirtiendo el agarre, y se la ofreció a Zimbel con un gesto solemne.

Él no se movió; sus lágrimas seguían cayendo.

—¿Qué es eso?

—La Impía. El arma que usó la diosa de la muerte para sellar el Abismo. Debes usarla contra Khada cuando llegue el momento. Es la única forma. Pero no ahora... No dejes que se acerque a ti en este estado. Tendrás que hacer un pacto con Corvus para igualar su poder.

«Corvus» , ya era la segunda vez que lo escuchaba. Asumió que ese era el nombre del caos ancestral al que Galena se refería.

— Solo así podrías evitar la guerra.

—¿Un pacto?

—Sí.

—¿Por qué? —Zimbel negó— . ¿Me estás pidiendo traicionar a Ventus? Puedo detener a Khada sin la ayuda de ese monstruo.

—No, no puedes; escucha lo que te digo.

El suelo bajo sus pies crujió; un sonido ensordecedor atravesó el aire, revelando que el tejido de la realidad se desgarraba.

El cielo se quebró en líneas de luz blanca y el ambiente se partió en fragmentos que giraban lentamente como cristales rotos suspendidos.

El aire pesaba, todo estaba a punto de colapsar.

—¡No, no; toma la espada! —el Otro Zimbel se volteó, frustrado. Sujetó a Zimbel con más fuerza, haciendo que su piel rugosa le rasgara la tela—. ¡Prométeme que vas a escucharme, que vas a dejarme estar contigo! Estaré a tu lado, ¿sí? Te lo juro. Voy a guiarte.

Zimbel lo miró; sus ojos llorosos brillaban con decisión.

No dijo nada, ni prometió nada, pero su rostro no era el de alguien a la defensiva.

El Otro Zimbel se quedó quieto; aquello, al contrario de lo que imaginó, le bastó para irse tranquilo.

Le empujó La Impía contra el pecho y él la tomó.

Todo se desmoronó. El cielo estalló en miles de estrellas rojas, la tierra desapareció.

Y en un abrir y cerrar de ojos, el mundo dejó de existir.

La nada reinó el plano con un silencio alterado únicamente por los ecos de una voz insistente. Zimbel abrió los ojos. Estaba de vuelta en el patio de su casa, sosteniendo el libro abierto en el capítulo de Corvus.

—¿Zimbel?

Frente a él Galena esperaba con el ceño fruncido. Todo había sido una pesadilla, a pesar de que seguía sintiendo la presión del agarre.

—¿Qué pasó? —la mujer se acercó.

Un estruendo violento en la sala rompió la calma. Se escucharon objetos caer, la voz alterada de Russell... y el grito de su hermana agonizando entre sollozos.

Los dos se miraron mutuamente, mudos. Zimbel dejó caer el libro y corrió con Galena hacia la puerta, con el corazón desbocado.

— Prepárate .

Un vacío en el pecho le impidió respirar por completo. La voz del Otro Zimbel se instaló en su conciencia.

No fue una pesadilla; fue un presagio.

El caos había comenzado.