Vehemente 21 . EL OTRO ZIMBEL #2
77%

21 . EL OTRO ZIMBEL #2

Él siguió callado, sin tentarse el corazón. Arqueó una ceja con indiferencia y levantó el rostro, dedicándole una mirada seria desde arriba. No quería escuchar sus excusas. Ella le encajó las uñas, sus manos volvieron a subir, buscando su rostro. Zimbel la evadió.

—Yo no quise dejarte... —su voz se quebró y tuvo que inhalar repentinamente para no romper en llanto—. Fuiste el primer varón de la septuagésima generación... ¡Así debía de hacerse!

No fue visible al principio, la atmósfera adquirió un peso distinto, casi asfixiante. Algo cambió. La mujer frente a Zimbel seguía con la misma ropa, con los mismos ojos azules consternados y el mismo mechón lila.

Pero su postura, su presencia…, algo se volvió extraño.

Se desconcertó.

—¿Qué?

—Cuando tuve esa visión, veinte años atrás, supe lo que tenía que hacer contigo —tomó los hombros de su hijo, ahora con una firmeza hostigadora—. ¡No había otra manera! Un propósito se te designó...

—¿Propósito?

—Solo tú podías hacerlo —lo sacudió—. ¡¿Quién más iba a ser, si tú fuiste el único mencionado en las escrituras de nuestro linaje?!

Zimbel enmudeció a raíz de la incertidumbre.

El agarre de su madre comenzaba a lastimarlo.

Ya no tuvo el valor de mirarla a los ojos, así que bajó el rostro e intentó zafarse.

La sangre dentro de sus venas hirvió envuelta en miedo.

No fue hasta que la mujer lo tomó de la cara y se acercó, quedando a menos de nueve centímetros de él, dedicándole una expresión ojerosa, desesperadamente perturbadora.

—El único elegido... —pegó su frente a la suya—. El primer ascendido... Eres tú, Zimb—

Ágot no pudo terminar.

Un silbido agudo , similar al de su pesadilla, desgarró el espacio entre sus pechos.

Los ojos de su madre se abrieron al límite, fijos en el vacío de la nada; su boca quedó entreabierta, emitiendo un corto quejido sin aire y todo su cuerpo no tardó en estremecerse.

Zimbel parpadeó, sintiendo un hueco en el estómago cuando logró alejarse y ver el torso ensangrentado de su madre con la misma lanza oscura de su pesadilla saliendo de su corazón.

Fue empalada brutalmente con una precisión que le provocó escalofríos.

El extremo afilado de la lanza emergía por su esternón, palpitando.

El rostro de Ágot se congeló en el horror.

Su alma había sido arrancada en un suspiro.

La oscuridad que envolvía el arma regresó a su filo, y sin ningún cuidado, retrocedió hasta abandonar el cuerpo de la mujer, provocando que cayera en los brazos de su hijo.

Zimbel la acostó en el piso; sus manos seguían aferradas a ella, cuya piel perdió el calor y se tornó más pálida de lo que era.

El impacto lo dejó anonadado. No pudo gritar, ni llorar.

No pudo procesar que su madre acababa de morir frente a sus ojos.

Un zumbido en sus oídos le nubló la vista.

Sabía que la lanza no había llegado porque sí, alguien debió usarla.

Su intuición le dio la razón al sentir la presencia de un tercero ante él.

Tardó en levantar la mirada, no hizo más que dejarse perturbar por el rostro sin vida de su madre que lo veía fijamente.

Y se sintió extraño, porque hace un instante creyó que la lanza lo mataría a él.

Entonces lo vio.

Una silueta oscura estaba agazapada a unos metros, con los hombros rígidos y la cabeza ladeada en un ángulo intimidante, imitando la postura de un cuervo al acecho.

La sombra que proyectaba se extendía hacia atrás, formando un par de alas negras.

Por más que quiso dejar de mirarlo, no lo consiguió.

Era la misma mancha oscura que lo perseguía en sus pesadillas, la misma criatura que, la última vez que lo reconoció, lo miraba en forma de ave desde la profundidad del Abismo.

La ilusión del plumaje se disolvió cuando « él » se irguió, revelando a un hombre consumido por el caos.

Su piel estaba envuelta con una segunda piel gruesa, rugosa y oscura, como la corteza de un árbol muerto.

Su cabello, negro y alborotado, tenía un largo mechón lila cubriendo su clavícula.

Lo que más le inquietó fue que era idéntico a él, con la diferencia obvia de su mutación física y los ojos rojos de un cazador.

—¿Tú eres... yo? —inconscientemente, Zimbel tensó el agarre hacia su madre

El Otro Zimbel esbozó una sonrisa sarcástica. Desvió la mirada hacia el cadáver, agrandando su mueca con un morbo descarado.

—Siempre quise hacerlo.

«¿Matarla?», pensó Zimbel, y al ver que su igual asintió sin haber dicho nada, descubrió que podía leer sus pensamientos.

—¿Por qué?

—Una fuerza divina —el Otro Zimbel lo interrumpió, tocándose su pecho carcomido—. Algo allá arriba, o tal vez aquí dentro, me lo facilitó todo. Te he estado buscando desde hace tiempo, y por suerte, te encontré aquí.

Zimbel entreabrió los labios, soltó a su madre y se enderezó a duras penas.

—¿Aquí?

—Aquí —señaló el suelo de la casa—. Tu conciencia.

Extendió su mano rugosa, esperando a que la tomara. Zimbel, sin dudarlo, lo hizo; se apoyó en él, sintiendo su piel áspera lastimar su palma. Quedó de pie frente a su contraparte y este le sonrió con más calma, dando media vuelta para adentrarse al pasillo.

Antes de iniciar el trayecto, los dos voltearon a ver el cuerpo de su madre; Zimbel esperó a que se tratara de alguna ilusión, pero no, realmente estaba muerta.

—¿A qué se refería mi madre con «propósito»? —preguntó en voz alta al seguirlo.

El Otro Zimbel negó.

—El que seas un prodigio en todo tiene una razón. Ya te habrás dado cuenta de que el mechón que nos cuelga es una marca de nacimiento.

Zimbel tragó saliva. Asintió dirigiendo su vista hacia el inexistente final del corredor.

—Una marca de ganado. Ganado de los dioses.

—¿Ganado?

—Nuestra familia desciende de la primera humana creada por los dioses, y ese mechón es una forma de distinguir quién tiene sangre ordenada pura y quién no.

Jamás había escuchado ese término. Se miró las palmas y observó sus venas azuladas como si fuera la manera definitiva de responderse a sí mismo. El Otro Zimbel no fue discreto, se burló de su reacción.

—Sorprendentemente han mantenido el linaje intacto, lo cual empeora la situación.

—¿A qué te refieres?

No hubo una respuesta. Llegaron al final del pasillo, deteniéndose frente a una gran puerta hecha de bruma que contrastaba con la decoración rústica de la casa.

El Otro Zimbel tomó la perilla y un zumbido hizo temblar el lugar, agrietando todo a su paso.

Zimbel se alertó, mientras que su contraparte solo inspiró con calma, cerrando los ojos.

—Eldora fue el nombre del primer humano en la existencia. Una mujer que juró lealtad hacia los siete dioses del Orden, y que sin saberlo, condenó a toda su descendencia.

El temblor se hizo más presente. Los escombros comenzaron a caer.

—Los dioses le avisaron a Eldora que iban a reclamar al primer varón de la septuagésima generación para convertirlo en un ascendido por el bien del Orden. Y ella aceptó. Así que hizo todo lo posible para que su descendencia no olvidara el juramento divino.

La casa no resistiría por más tiempo.

—Y, lamentablemente, tú fuiste el afortunado — abrió la puerta.

Un viento caliente los recibió. Salieron con calma, dejando atrás la casa que se derrumbó en su totalidad.

Ante ellos, el mundo se partía en dos. Zimbel se acopló a la luz, confuso al principio, luego el terror se apoderó de su rostro.