21 . EL OTRO ZIMBEL
Una habitación calcinada por las llamas podridas del odio, inundada de un olor nauseabundo a suciedad y sangre seca en las paredes.
La cama no tenía almohadas ni sábanas, solo el colchón polvoriento y manchado donde yacía Galena, moribunda, al borde del colapso.
Llevaba puesta la bata blanca que usaba para dormir, sin ducharse ni cambiarse, durante los últimos nueve días.
Poco le importaba cuidar su higiene en su estado actual.
Lo único en lo que podía pensar era en ese maldito libro que alguna vez le perteneció a Khada.
Comenzó a sentir la muerte respirarle en la nuca desde que se atrevió a leer la primera frase del índice; una energía pesada que se quedaba ahí, observando lo que hacía.
Galena había cometido un error, pero ya era demasiado tarde. El libro exigía ser leído, no podía pasar más de dos horas cerrado, como si tuviera la capacidad de hipnotizar al portador.
Algo era obvio: esa cosa no era normal, y aunque había descubierto el verdadero motivo de Khada, ya no podía prolongar la noticia.
Zimbel debía saberlo.
El sol rayaba en el horizonte por la parte trasera de la casa. Zimbel abrió la puerta que conducía al jardín y Galena pasó primero, dejando un rastro de su perfume natural que se asemejaba al olor de la ceniza de un tronco de roble muerto, quemado por un rayo en mitad de la lluvia.
Suspiró, extrañado, la visita de Galena lo llenó de incertidumbre, haciendo que se planteara si realmente quería soltar la perilla para salir e ir con ella. Tuvo miedo, y cuando la mujer se giró hacia él con una expresión carente de vida, se arrepintió de todo.
—Investigué algunas cosas por mi cuenta —ella resopló, bajando la vista; su ceño dejó de notarse hostil, lo único que mantenía rígida era la firmeza con la que cargaba el libro.
Zimbel tragó saliva. «Es sobre Khada» , repitió en su cabeza, y a su vez evocó los recuerdos de cuando despertó de su coma y hablaron por primera y última vez.
Su segundo encuentro estaba sucediendo ahí mismo, y a pesar de todo, creía que la conocía, que estaba conectado emocionalmente con ella.
Y por su parte, aunque le incomodara, Galena creía lo mismo.
Ambos sentían que compartían la misma culpa. Debían terminar lo que Khada inició.
—Este es el libro del que te hablé.
Zimbel se acercó; su atención se desvió hacia las manos de Galena, magulladas y heridas, con uñas rotas y restos de...
¿sangre seca? Se fijó en que su apariencia no era impecable como la última vez; su caftán rojo estaba arrugado; la tela de las mangas se había puesto dura por un líquido seco que formaba manchas grandes que coincidían con la sangre de sus manos.
Y finalmente logró percatarse de finos vendajes percudidos en sus brazos que estaban muy bien ocultos bajo las mangas.
No asesinó a alguien; más bien, lo opuesto: se hizo daño a sí misma con objetos punzocortantes.
¿Lo peor? Era reciente.
No supo cómo reaccionar. Una mezcla de duda, sorpresa e impotencia se manifestó como un nudo en su garganta.
Intentó fingir que no le afectaba, así que suspiró y observó la portada del libro.
En cuanto lo hizo, sintió un escalofrío de peligro.
Era el dibujo desgastado de un cuervo negro con las alas abiertas, a punto de aterrizar sobre su objetivo.
El título estaba escrito en gocedonio antiguo y con una tinta extraña que seguía legible: «Mitos y brujerías: resurrección» , lo tradujo.
Se lo quitó a Galena de las manos y lo apreció con más detalle.
Un hormigueo caliente se generó detrás de sus orejas, similar al que sintió cuando Khada se lo comía vivo. Era la primera vez que un libro le provocaba terror.
—¿Dónde lo encontraste?
Galena no respondió.
Zimbel sintió náuseas y un dolor agudo, jurando que la herida en su abdomen se abriría en cualquier momento.
Durante un escalofrío, vio los ojos rojos de Khada, con el rostro iracundo; el frío de la hoja perforando su piel y el sonido de su propia respiración entrecortándose mientras él arrancaba con los dientes pedazos de su carne viva.
—He estado leyéndolo —Galena se dignó—. Tiene palabras en un borgiano rebuscado, difícil de traducir; páginas en blanco y secciones manchadas con sustancias que huelen realmente mal. Esta cosa está maldita.
—Puedo verlo —Zimbel asintió mirando sus manos heridas.
—No he dormido desde que lo encontré.
—¿Hace cuánto?
—Once días. La misma noche en la que hablamos por última vez.
Él cerró los ojos. Inhaló con pesar. Hojeó el libro.
Fue leyendo los títulos de los capítulos, uno por uno, y con cada palabra, sus ojos se abrían un poco más, hasta quedar completamente desorbitados por el horror,
pues lo que Khada había atesorado con tanto interés desde su adolescencia era un registro pagano lleno de conjuros e información detallada sobre brujería oscura y prácticas prohibidas tanto por el zarcoísmo como por la mayoría de las religiones conocidas.
Rituales y sacrificios sangrientos en honor a dioses inexistentes.
Había pocos nombres escritos y se alivió de no conocer ninguno: bestias, brujas y demonios prometiendo lo inalcanzable para desafiar al Orden y agrietar el ciclo de la existencia hasta quebrarlo por completo, porque solo así podían volverse imparables.
Una alternativa cobarde para garantizar el éxito. No pudo evitar sentirse decepcionado de Khada. Miró de reojo a Galena, y supo con su expresión tensa que ella también se sentía igual.
—Khada fue seducido por la oscuridad. Todo lo que ha hecho es en nombre de un caos ancestral del que no se tiene registro —la mujer señaló la página—. Quien escribió este libro lo conoció en persona.
Caos ancestral . Sabía que su sociedad se regía por el Orden, un concepto creado por el semteísmo, la religión que dio origen al zarcoísmo siglos después.
Según las creencias borgianas, siete pilares sostenían el mundo, cada uno manifestándose en la forma de un dios: Tiempo, Vida, Guerra, Esperanza, Cielo, Amor y Muerte. Lo que un humano necesita para existir.
Leer el libro fue difícil. Información que no quería saber, hechos que retrataban la vida en la antigüedad, mucho antes de que Ventus, su dios, existiera.
Incertidumbre, miedo; ya no quería seguir leyendo.
La presión en su pecho le calentó todo el torso.
Cerró el libro con tanta fuerza que vio las partículas del papel desprenderse hasta desaparecer en el aire.
Resopló, sintiendo el miedo disminuir lentamente, pero al alzar la vista, ya no vio a Galena, ni la colina, ni la casa.
Ya no estaba ahí.
Solo él en medio de la nada, con el libro en manos, siendo rodeado por una niebla grisácea.
El silencio era inquietante. Buscó algún punto de referencia. Sus dedos comenzaron a temblar por frío o por miedo, no lo supo. Y a punto de acercar el libro a su cuerpo para abrazarlo y avanzar, algo azotó el aire con un silbido agudo.
Una lanza envuelta en oscuridad emergió desde atrás y le atravesó el pecho.
Soltó el libro. Su cuerpo se arqueó hacia adelante, horrorizado, y de su garganta salió un grito ahogado apenas audible.
La sorpresa fue genuina, sus manos intentaron instintivamente aferrarse a la lanza y alejarla.
La oscuridad en el filo se propagó hasta llegar a su piel.
Cada vez le era más difícil respirar, la fuerza en sus brazos disminuía .
Su torso fue envuelto con la oscuridad. Alcanzó su cuello.
Una sensación estresante, como si estuviera convirtiéndose en piedra. El dolor, indescriptible, lo sentía penetrar en sus huesos.
Quiso gritar. Pedir ayuda.
Nada.
Y, de repente despertó.
Su realidad volvió con un latido que le fracturó las sienes. Jadeaba, sudoroso, su pecho subía y bajaba, sentado en la esquina de una casa opulenta.
—¡Zimbel! —una mujer lo tomaba del rostro, arrodillada frente a él—. ¡¿Zimbel!?
Fue un sueño.
Aún exaltado, tardó en enfocar la vista.
El reflejo de la lanza todavía palpitaba en su corazón.
Volteó al techo y a su alrededor. Estaba sentado en un suelo de caoba, con las piernas extendidas.
Las paredes del pasillo eran de madera barnizada, con vigas gruesas y relieves detallados.
Había un candelabro de oro encima de su cabeza y muebles de otra época.
Observó a la mujer, intranquilo . Su apariencia lo dejó ido: era pálida, de ojos azules, complexión delgada y...
un mechón lila colgando bajo su oreja izquierda.
Ella lo abrazó; apoyó la cabeza entre su hombro y le acarició el cabello.
Zimbel no dijo nada, permaneció rígido, sin corresponder, sintiendo las manos frías de la mujer acariciarle con ternura.
Apretó los labios y no pudo mirar otra cosa que no fuera aquel mechón que caía por el mismo hombro, con la misma longitud y color que el suyo.
—¿Madre?
Ella le sonrió; sus ojos se humedecieron.
—Mírate... has crecido mucho. ¿Qué tal el Elíseo?
—¿Qué? —el chico aflojó la mandíbula.
—Imagino que tu ascensión no fue ningún problema —continuó con entusiasmo—. Apuesto a que los dioses te recibieron con una gran fiesta.
Zimbel frunció el ceño, se zafó y retrocedió, pegándose a la pared. Negó. Su incredulidad se volvió desconfianza.
—Yo renuncié a la ascensión —susurró.
La expresión de la mujer se congeló al instante; su sonrisa se desvaneció. Ya no estaba feliz, ni emocionada, ni siquiera sorprendida. Su rostro empalideció con una preocupación tan abrupta que rayaba en el pánico.
—¿Que renunciaste a la ascensión?
Esa pregunta quedó suspendida en el aire. Él simplemente la miró sin decir nada, manteniendo su ceño que muy despacio se transformó en una mueca de molestia. La mujer, temblorosa, se alejó, dándole a su hijo la oportunidad de levantarse si así lo decidía.
—Zimbel...
—Me abandonaste.
E l aire dejó de fluir. Su madre no supo qué decir; la mandíbula le temblaba, guardando una reacción histérica que disimuló soltando manotazos al aire. Zimbel mantuvo la distancia; se quedó perdido en su mechón lila que se movía de un lado a otro.
—¡Zimbel! —jadeó, tomándolo de los hombros—. No es lo que crees. Yo... yo no tuve opción.