20 . ERES TÚ, #3
El viento y el silencio incitaron a sus cuerpos a relajarse naturalmente.
Existía una tensión, y a ninguno le importó.
Zimbel tragó saliva; cada centímetro suyo temblaba de ansia.
Sabía que Russell se sentía igual, sus pupilas dilatadas lo evidenciaban, no obstante, la prudencia retenía su impulso.
Así que Zimbel le hizo el favor. Dejó de lado el miedo, se apoyó de sus hombros y lo hizo.
Lo besó. Fue una acción torpe que no duró más de un segundo.
En cuanto despertó de su deseo, se alejó con los ojos muy abiertos, arrepentido.
—Lo siento, yo...
Russell no lo dejó terminar. Lo tomó del rostro con ambas manos y lo atrajo hacia él de nuevo.
—No tienes idea de cuánto he esperado esto.
Lo besó de nuevo, decidido, reclamando lo que llevaba tiempo conteniendo.
Zimbel jadeó contra su boca en el primer respiro.
No se resistió, todo lo contrario. Russell inclinó un poco la cabeza, buscando encajar mejor con su cuerpo; sus dedos acariciaron con deseo su cabello negro, hasta que lentamente bajó su mano derecha para rodearlo de la espalda baja.
Zimbel cedió, todos sus sentidos reaccionaron al tacto; se tensó al inicio, y conforme el beso subía de intensidad, rodeó la nuca de Russell con sus brazos, pegándose a su torso.
Pudo sentir sus músculos contra su cuerpo, su torso firme, sus pectorales definidos y sus bíceps más grandes de lo que creyó, y le hizo sentir tan bien que por un momento su razón desapareció.
Su respiración se entrecortó cuando los labios de Russell abrieron los suyos con más deseo, trayendo a su intimidad despierta un calor que jamás había experimentado.
Lo besó de nuevo. Empujó suavemente a Zimbel contra el tronco más cercano, se apoyó sobre él, y sus manos descendieron hasta su cintura.
Zimbel respondió aferrándose a la tela de su camiseta, bajando por su gran espalda.
Cualquier rasgo de pudor que guardaban entre ellos se esfumó en el primer jadeo.
Guio a Russell con sus manos por encima de su atuendo, bajando lentamente hasta el botón de su pantalón.
Él no dijo nada, su aliento caliente le recorrió el cuello mientras los dos caían al suelo, deslizándose sobre el tronco, entre las hojas secas.
Por fin el sonido del arroyo regresó a los oídos del pelirrojo, mezclando los suspiros ahogados y el crujido de las ramas romperse bajo el movimiento de sus cuerpos desnudos, rozando piel con piel.
Zimbel cerró los ojos, se entregó sin miedo , con la certeza de que el hombre frente a él no lo abandonaría.
El viento hizo bailar las copas de los árboles sobre ellos. Supieron que ese lugar ya no volvería a ser el mismo.
Ahora les pertenecía.
Zimbel despertó en la calidez de su cama.
El peso reconfortante de los brazos de Russell rodeándolo por la espalda mantuvo unido su cuerpo al suyo.
El recuerdo de lo que había pasado el día anterior, antes de quedarse dormido, le provocó una sonrisa.
Russell lo había ayudado a vestirse y lo cargó hasta la casa, donde continuaron descansando sobre la comodidad de las sábanas.
Los brazos del luchador se cerraron con más fuerza alrededor de su pecho, y lo obligó a girarse para que lo mirara a los ojos.
No hicieron falta las palabras; se inclinaron el uno hacia el otro y se dieron un beso en vez de decirse los buenos días.
La mañana transcurrió con calma. Se levantaron y le ayudaron a Zuri a cocinar el desayuno, llenando la cocina de risas y el aroma de la comida casera.
A mediodía pasaron los tres juntos conversando sobre trivialidades y disfrutando en la sala de un programa en la televisión.
Russell todavía no se acostumbraba a una pantalla tan pequeña y a blanco y negro.
Cuando la tarde llegó, Russell y Zimbel salieron a traer agua de un pozo cercano.
El trayecto de ida fue tranquilo. D e regreso fue rápido.
Russell sostenía la mano de Zimbel mientras que con la otra, la cubeta.
Sus pasos eran lentos, pero a medida que se acercaban a la casa, esa sensación de paz se desvaneció.
Zimbel frunció el ceño; desde donde estaban se percató de la silueta de Zuri, parada frente a la entrada, con los brazos cruzados y una expresión que no alcanzaba a distinguir.
A su lado había alguien más, alguien más alto y de postura rígida.
Entrecerró los ojos; solo tuvo que dar unos pasos más para reconocer a quien hablaba con su hermana: era Galena.
La mujer se giró al escucharlos llegar. Su cabello negro se movía al ritmo de la ligera corriente de viento, mas se veía alborotado como el pelaje de un gato a la defensiva.
Su mirada se notaba cansada, demasiado para ser ella.
Lo que más inquietó a Zimbel fue ver que traía consigo un libro contra su pecho.
—Galena —la saludó al tenerla cerca.
—Tengo que hablar contigo —ella alzó la barbilla—. Es... sobre Khada.
Zimbel bajó la vista al libro, luego a las manos de Galena, y después giró el rostro hacia Russell, quien le correspondió con una expresión tensa.
Bastó con intercambiar miradas por un segundo para saber que ambos estaban preocupados, más él.
Tragaron saliva casi al mismo tiempo. Algo en la mujer le decía que aquello no era una visita corriente.
—Vamos al patio —accedió, soltando la mano de Russell para desaparecer con ella por la puerta principal.