Vehemente 20 . ERES TÚ, #2
73%

20 . ERES TÚ, #2

La pregunta fue demasiado directa, imprudente.

Zimbel entreabrió los labios, confundido, pues la duda tocó una fibra que no esperaba; no de dolor, sino de rareza, como si nunca se hubiera detenido a pensar que esa desconexión pudiera ser algo malo.

Russell, al darse cuenta, tragó saliva desviando la mirada, pensando en decir algo para evitar un malentendido, no obstante, el azabache suspiró con una ligera sonrisa.

No respondió, su cuerpo permaneció inmóvil; parpadeó despacio, y durante unos segundos se quedó ido.

—Porque no tenemos nada en común —lo volteó a ver; no había amargura en su voz, solo una aceptación tranquila.

Russell guardó silencio; miró la imagen un segundo antes de que Zimbel la dejara en el suelo y tomara otra.

A su mente llegó un pensamiento extraño.

No se imaginaba no tener un lazo con su propio hermano (si lo hubiera tenido), pues para él, la idea de tener a otro hombre como soporte dentro de una hermandad o amistad era algo valioso.

—¿Y tú? —Zimbel ladeó la cabeza. —¿Tienes hermanos?

No; era hijo único, sin embargo, al escucharlo, sus memorias viajaron a los pasillos de la academia de lucha en donde pasó los mejores años de su vida. Pensó en los amigos que hizo ahí, en los profesores, en las anécdotas.

Y entre todas esas caras, vio a Leone.

Recordó lo bien que se llevaban. Recordó los entrenamientos, la competencia que definió su amistad con él y los otros.

Cuando lo invitaba a su casa a comer sopa de fideos y chiles rellenos de queso crema; cuando se graduaron y se convirtieron en honorables luchadores, juntos , en El Dúo Letal, pero la añoranza se fragmentó de repente.

Ya ni siquiera sabía dónde estaba. Peor, no le importaba.

¿De qué sirvió todo lo bello si al final no fue capaz de hacer siquiera una llamada?

El hecho de que Leone no lo hubiera buscado, ni una vez, ni siquiera para saber si estaba vivo, si seguía entrenando..., si lo necesitaba , le partió el alma.

Porque si hubiera sido al revés, Russell lo habría buscado.

Y eso era lo que más le dolía.

—No —depositó su atención en la nueva fotografía frente a él.

Pescado frito, la comida favorita de Zimbel.

Por primera vez, en la cocina había más de una persona al mismo tiempo.

Zuri, Russell y Abi se ayudaban entre sí para preparar el mejor platillo jamás cocinado.

Un ligero bullicio impropio de esa casa, que hizo que Zimbel se sintiera en otra realidad.

Él era el único sentado frente a la mesa del comedor, esperando.

Veía a su hermana entrar y salir por el marco, a su padre pegado a la estufa sin quitar la atención del pescado, y a Russell tratando de no volarse un dedo con el cuchillo al picar las verduras.

Le puso de buen humor ver a su familia unida, pero más le emocionó ue integraran a Russell como uno de los suyos.

—Huele delicioso —Zimbel humedeció sus labios al ver el pescado perfectamente acomodado sobre una cama de arroz blanco con verduras.

—Y lo está —Abi tomó asiento tras colocar el último plato que faltaba—. Seguí la receta que me heredó tu abuelo, que a su vez se la heredó su abuelo, y su abuelo, y su abuelo… Bueno, ahora que Zimbel se recuperó y por fin estamos comiendo todos en esta mesa, debemos agradecer a Dios con una oración.

Zimbel volteó a ver a Russell, creyendo que lo vería nervioso por no tener la misma costumbre, pero para su sorpresa, el pelirrojo asintió, preparado; sacó una servilleta del bolsillo de su pantalón, donde tenía escrita la oración para no olvidarla.

Todos empezaron al mismo tiempo:

—Gracias, Ventus, por ser el viento que guía la semilla hacia la tierra fértil y traer de regreso las nubes llenas de agua para los cultivos.

Que nunca falte tu humildad en nuestro hogar, ni en el mundo.

Permítenos honrar este regalo con gratitud, y que tu presencia nos acompañe en cada respiro de nuestra vida. Zaham.

— Zaham.

— Zaham.

— Zaham — Russell ya se lo sabía de memoria.

«Gracias» en gocedonio antiguo.

La tarde pintaba a ser tranquila. Solo había pequeñas tareas pendientes, como lavar la ropa y barrer los cuartos.

En la mesa de la sala, Zimbel, Zuri y Russell habían armado el tablero de Valkhan , un juego de estrategia borgiano que combinaba cartas, fichas y un mapa en forma de rombo dividido por regiones ficticias.

Era el tipo de juego que podía durar horas si todos se lo tomaban en serio.

Zuri defendía su zona, recordando las jugadas que hacía de niña; Russell leía a cada segundo las reglas del juego para no dar un paso en falso; y Zimbel, con los ojos entrecerrados, fingía que no tenía ni idea de lo que hacía, hasta que arrasaba con media región de un solo turno.

Abi salió de la habitación de invitados con una mochila lista en mano. Ya debía de regresar al pueblo, pues no podía dejar la tienda cerrada por más tiempo, y aunque su estadía en la casa era algo que disfrutaba, el dinero le urgía más.

—Ya me voy —no alzó la voz, estuvo a punto de pasar desapercibido.

Zimbel y Zuri se levantaron en automático. Como si todavía fueran niños, corrieron hacia su padre; Zuri lo abrazó del cuello, ocultando la cabeza en su hombro, e inspiró soltando un jadeo tranquilo. Abi le acarició el cabello; la despeinó a propósito.

—Cuídate mucho, papá.

—Sí, tú también —el hombre relajó los párpados—. Cuídense ambos.

Miró por último a Zimbel, quien se acercó lentamente, abrazándolo del otro lado y apoyando la cabeza en su pecho, quedando cara a cara con su hermana.

Russell, viéndolos desde el sofá, sonrió; sabía que Zimbel necesitaba conectar más con su padre, y le alegró que estuviera dando frutos el pequeño cambio de rutina que generó la tragedia.

El abrazo terminó y Abi se colgó la mochila al hombro, respiró hondo y cruzó la sala sin mirar atrás, hasta que llegó a la puerta y se giró, dedicándoles una última mirada de amor a sus hijos.

—Los quiero.

Zimbel y Zuri aguardaron en la puerta. Abi desapareció por el camino tras un par de minutos.

Zuri entró a la casa, pero Zimbel se quedó mirando a la nada.

La casa volvió a su silencio habitual, y a punto de que ciertos pensamientos inundaran su mente, sintió el calor de Russell acercarse por detrás, a lo que volteó.

No hizo falta diálogo, agarró su mano con firmeza y entrelazó los dedos, dando un último respiro que marcó una pausa en ese espacio en su mente dedicado a la despedida de su padre.

Miró a Russell sin disimular el gusto que le daba tenerlo a su lado y apretó su agarre con suavidad.

—Ven —lo jaló en dirección al sendero.

El pelirrojo le siguió el paso disimulando una sonrisa.

No hizo preguntas, aunque le pareció extraño, le gustó.

Ver a Zimbel tan despreocupado y abierto fue curioso; el Zimbel que lo guiaba con decisión y la frente en alto sería un total desconocido para el Zimbel reservado de antes.

Algo dentro de él agradecía ese cambio. Lo prefería así.

Se adentraron al bosque. La madera de los árboles liberaba un chirrido cada vez que las ramas más gruesas rozaban entre sí por el viento.

Apenas y podía verse el sol a través del techo de hojas, haciendo del paseo un momento inolvidable, por enésima vez, para alguien que venía de una ciudad violenta.

Llegaron a la orilla de un arroyo. La corriente llenó el silencio que Zimbel había prolongado; se abrazó a sí mismo, dándole la espalda a Russell después de soltarlo, y dejando que el viento meciera las puntas de su mechón lila.

Sentía el corazón latiéndole en la garganta.

Escuchó los pasos del moreno detenerse cerca suyo, respetando la línea invisible que acababa de trazar.

Cerró los ojos, reuniendo el valor que acababa de abandonarlo .

— Cuando te vi por primera vez, creí que serías un bruto más, como esos que ve mi hermana en sus telenovelas.

Russell parpadeó, sorprendido por el comentario tan abrupto. Llevó una mano a su pecho, fingiendo una indignación dramática.

— Qué tierno — el sarcasmo se le notó a leguas.

— Lo digo en serio.

— Yo también.

Zimbel soltó aire por la nariz, conteniendo una sonrisa sin mirarlo aún.

— Casi me rompías la espalda cuando te cargué.

— Conque así fue como llegué a tu habitación… — Russell fingió sopesar.

—Zuri solo fue el apoyo moral, ¿sabes lo difícil que fue cargar noventa kilos de peso muerto? —no pudo ocultar su diversión y sonrió de oreja a oreja—. Eres ruidoso y comes demasiado. Te metes en donde no te importa, preguntas cosas absurdas…

— Gracias, ¿qué significa esto? — se cruzó de brazos, todavía «indignado».

— Eras insoportable. Quería sacarte a patadas de mi casa; ¡usabas mis pantalones! —Zimbel siguió entre risas, pero pronto se calmó y, por un instante, guardó silencio, observando el relieve del agua correr frente a sus pies—. Pensé que te irías.

Russell borró su gesto. El cambio en la postura de Zimbel fue obvio.

—Solía venir aquí —su voz era suave. Suspiró—.

Me gustaba sentarme y ver las carpas saltar sobre el agua.

Era mi lugar seguro para pensar sobre mis acciones…

Y lo detestaba, porque estar aquí solo me hacía recordar lo estúpido que fui.

Pasé años convencido de que mi existencia ya estaba escrita.

Me acostumbré a la idea de que mi único propósito era sangrar por los pecados de Khada hasta desaparecer sin que nadie lo notara…

Luego llegaste tú, te encontré aquí, y lo detesté aún más.

— ¿Por qué?

— Porque te quedaste.

Un silencio creció de repente. El arroyo pareció detenerse.

Russell tomó los hombros de Zimbel, lo giró, y lo que encontró fue un rostro dominado por el alivio y el miedo en partes iguales.

Quiso abrazarlo, pero Zimbel posó la mano sobre su pecho, sintiendo su corazón.

Russell solo se limitó a verlo con los labios entreabiertos.

—A pesar de todo, te quedaste —repitió sin apartarle la vista—. Mi maestra decía que no podía hacerlo solo ... Que alguien vendría a salvarme. Y yo... creo firmemente en que ese alguien eres tú, Russell; porque si algún día te vas, no lo soportaría.

Lo confesó.

Russell sintió un hormigueo distinto, un orgullo inexplicable.

Zimbel sonrió, tímido. Ambos estaban alterados.

Se miraron y se quedaron quietos cuando apenas un suspiro los separó, como aquella vez en la habitación.