20 . ERES TÚ,
El viento ya no soplaba en el llano.
Junto al lago, Sashi presionaba la yema de su pulgar contra el filo de la daga de Khada.
El metal le había cortado la piel y su sangre resbalaba por la hoja.
Cerró los ojos, concentrándose. Estaba impregnando su propia esencia en el arma a petición de su maestro; un proceso lento y doloroso que le vaciaba las fuerzas con cada segundo que pasaba.
Cuando creyó que terminó , abrió los ojos, respirando agitadamente, y extendió el mango hacia Khada, buscando su mirada, pero este se acercó a él y le soltó un golpe con el revés de la mano en los omóplatos, obligándolo a enderezar la espalda.
—Tu esencia se dispersa en el aire. De nuevo.
Sashi contuvo el aliento. La mano de su maestro le había golpeado justo en el hueso. Asintió, tragándose el dolor. Volvió a limpiar la hoja con su kimono y se dispuso a repetir el proceso, ignorando el temblor de sus propias manos.
El intento iba a ser diferente. Khada lo jaló entonces hasta la orilla del lago.
En su mente era simple: el poder del shura dependía de los límites físicos de Sashi; para expandirlo, había que llevarlo al límite.
Así que lo tomó de la nuca. Sashi no tuvo tiempo de reaccionar antes de que Khada empujara su rostro hacia el agua.
El frío le golpeó la cara; abrió los ojos, viendo las burbujas que escapaban de su boca.
El agua se le filtró por la nariz, provocándole un ardor punzante que le llegó al cerebro.
Sentía sus pulmones contraerse mientras su garganta sufría espasmos violentos, forzando un respiro de aire de forma involuntaria.
La presión de su maestro hizo que sus oídos emitieran un pitido sordo, a punto de hacerlos reventar en cualquier momento.
Con la visión borrosa, sus manos arañaron la tierra del fondo y sus piernas temblaron.
Cuando los movimientos de Sashi se volvieron débiles, Khada tiró de su coleta rubia hacia atrás, sacándolo a la superficie de golpe.
El muchacho emergió soltando un jadeo ruidoso y tosiendo para expulsar el agua que había tragado.
Se apoyó sobre las palmas en el fango de la orilla, respirando con el pecho subiendo y bajando a ritmos acelerados.
Se limpió la cara con el antebrazo, y por el rabillo del ojo buscó la silueta de su maestro.
No había nadie.
El pánico que acababa de experimentar por el ahogamiento se congeló en su garganta, transformándose en una desesperación mucho más profunda. Se levantó y salió del lago, perdiendo el equilibrio antes de enderezarse.
—¿Maestro? —su voz salió entrecortada.
Nadie respondió. Sashi se miró las manos temblorosas, cubiertas de lodo y pensó si en medio de su forcejeo le había hecho algo a Khada.
Los recuerdos físicos del dolor en sus pulmones simplemente se borraron de su memoria; ya no le importaba haber estado a punto de morir.
La única constante que se repetía en su cabeza, destrozándole los nervios, era la seguridad de su mentor.
—¡¡¡Maestro!!!
El silencio del bosque se volvió insoportable.
El aire comenzó a faltarle otra vez. Lloró, y las lágrimas le limpiaron sus mejillas sucias.
Dentro de su pecho, el shura respondió a la devastación.
La temperatura de su cuerpo descendió. La tierra bajo sus pies, a pesar de estar empapada, crujió.
Sashi arqueó la espalda hacia atrás, se sostuvo la cabeza y de su garganta salió un grito espantoso que no pertenecía a una voz humana, que hizo vibrar las hojas de los árboles cercanos. Cayó de rodillas y sollozó.
—Señor, por favor…
Corvus no habló, pero Sashi sabía que estaba ahí, en algún punto entre las sombras del bosque, estaba ahí, porque sentía la mirada pesada y burlona quemarle los hombros.
Aunque la sensación fue distinta, solo un poco, ya que las cenizas negras que siempre envolvían al demonio se detuvieron y tensaron sus músculos.
El shura de Sashi, bajo el estándar, era mediocre; su devoción era lo que lo volvía una verdadera máquina de matar ante los ojos de Corvus. Y le resultó impresionante.
De pronto, la calma del centro del lago se rompió con un sutil chapoteo. Khada emergió con cautela, apartándose el cabello mojado del rostro. Lo había planeado todo. En el instante en que soltó a su alumno, se sumergió y desapareció de su vista.
Sashi levantó la cabeza y lo vio. Su corazón latió con tanta fuerza que el impacto le retumbó en las sienes.
Sin pensarlo, impulsado por una velocidad inhumana, se lanzó desde la orilla.
Cruzó la distancia en un parpadeo y se abalanzó a los brazos de su maestro.
El impacto del empuje los mandó a ambos hacia atrás, haciéndolos cruzar el tramo restante hasta chocar en la orilla contraria del lago.
Khada cayó de espaldas y Sashi terminó encima de él, aferrándose a su torso húmedo, enterrando el rostro en su pecho mientras lloraba a mares.
Khada recibió el impacto y el refriegue de los brazos sin inmutarse.
Sus ojos lo ignoraron y se enfocaron fijamente en la orilla de enfrente, donde estaba su daga.
Debido a que la sangre de Sashi ya estaba impregnada en el filo del metal, la breve manifestación del shura durante su crisis fue succionada por la hoja al momento del grito.
La daga vibraba a lo lejos, rodeada de una esencia oscura y pesada que Khada podía percibir en su piel.
Su idea había funcionado.
Una sonrisa amplia se dibujó en su rostro, extendiéndose de oreja a oreja. Su arma estaba bendecida por el dolor, y eso era lo único que importaba.
Un sentimiento familiar que debió quedarse en el olvido..., que le recordó que aún seguía siendo humano.
«Tú solías esconderte en la sombra del árbol más grande para leer lo que escribías, pero a diferencia de la primera vez, tu cabello brilla como el fuego.
Ya no eras tú, para nada.
Lo preferí así.
Me encantas más así».
Zimbel abrió los ojos en mitad de la noche.
Su sueño fue interrumpido por el silbido del viento del otro lado de la ventana y el rastro de « él » en su memoria.
No movió ni un músculo, estaba cómodo así; se limitó a observar los alrededores de su habitación mientras esperaba a que le diera sueño de nuevo.
La herida en su vientre, después de once días, había sanado por completo gracias a la técnica de curación de Galena; ella dejó de presentarse tras el séptimo día por motivos desconocidos.
Suspiró, encorvándose sobre el colchón, y sintió una mano ajena cerca de su abdomen, seguido de una respiración constante en su nuca.
Lo supo enseguida: era Russell, dormido detrás de él, reposando su brazo encima de su costado y acurrucándose detrás suyo.
Sus cuerpos encajaban a la perfección. El pecho de Russell rozaba con la espalda de Zimbel, quien pudo percatarse de los suaves latidos de tranquilidad que emitía, sin estar alerta ni a la defensiva como de costumbre.
Apreció la mano del pelirrojo que protegía su vientre, descansando, y logró sentir su otro brazo escondido debajo de la almohada donde reposaban sus cabezas.
Una posición íntima, solo de ambos.
Cerró los ojos, se dejó llevar; dobló lo más que pudo sus piernas, terminando en posición fetal y se pegó más al torso de Russell. Y este, a pesar de estar dormido, lo acurrucó con su brazo hasta que terminaron siendo un mismo cuerpo.
La primera vez que Zimbel durmió bien después de cuatro años.
Al abrir los ojos, la pesadez en sus párpados no se presentó; sentía su estómago ligero y los músculos de su espalda seguían relajados.
Fue extraño, lo valoró. Se tomó su tiempo para acoplarse a la luz de la mañana, que era más cálida que de costumbre, colándose entre las cortinas que frenaban la corriente del frío matutino.
Giró su cuerpo, acostándose sobre su lado derecho, y lo vio: Russell estaba ahí, despierto, sentado en el suelo frente a dos cajones abiertos bajo el librero; le daba la espalda, sus músculos se marcaban bajo la tela de la camiseta.
No le sorprendió; más bien, sintió un alivio inmediato.
Russell volteó, lo miró de reojo y le sonrió, dejando a la vista varios álbumes y libros en el suelo, cubiertos de fotografías analógicas y documentos viejos. Era obvio que andaba de curioso, y lo que más extrañó era saber que Abi le había dado el permiso de indagar en sus registros familiares.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Cuántos años tenías aquí?
—Diez —Zimbel se sentó al borde opuesto de la cama. Se reconoció a sí mismo en la imagen, solo que años atrás.
—¿Fue antes o después del voto conservado?
—Antes.
Russell volteó a verlo de frente; se humedeció los labios y dejó la fotografía, conteniendo una sonrisa. Zimbel se acercó; al estar lo suficientemente cerca del mueble, el pelirrojo lo tomó de la mano y le incitó a sentarse a su lado.
—¿Qué pasó aquí? —Russell levantó otra fotografía y señaló a los protagonistas.
La imagen mostraba un paisaje sobre los cerros de Erén, no muy lejos de la casita, aparentemente.
Había cuatro personas y quizá la imagen fue tomada con un tripié.
Estaba Abi, joven y sin canas, vestido con un caftán caqui y una barba recién perfilada (no como la que tenía actualmente).
Junto a él estaban tres niños vestidos con el mismo uniforme rojo tinto del Santuario que constaba de una túnica larga; dos de ellos eran Zimbel y Zuri; y el tercero, un rubio de ojos oscuros, era un total desconocido para Russell.
—Fue nuestro primer festival de otoño como encantadores —Zimbel se recargó en el hombro de Russell y señaló el rostro de su padre—. Abi estaba muy orgulloso de nosotros; teníamos ocho años.
Soltó una risita, observando la imagen con ternura.
—Recuerdo que ese día había arroz picante con panceta de cerdo —sonrió más—. A esa edad, Zuri solía imitarme en todo, así que los dos comimos hasta reventar... Ya te imaginarás el dolor de estómago que nos dio al anochecer.
Russell lo abrazó de lado; sonrió ante su comentario y lo acurrucó. Zimbel se dejó querer. Continuó:
—Y él es Karem, nuestro hermano mayor —señaló al niño rubio.
—¿Hermano? —volteó—. ¿Tienes un hermano?
—Se fue a la capital, por eso no lo conoces.
—¿Tienes contacto con él?
—No mucho —Zimbel bajó la fotografía con una expresión melancólica—. Viene al pueblo dos veces al año: en el festival de otoño y en Año Nuevo. Pero yo no le envío cartas, ni él a mí.
—¿Por qué no?