Vehemente 19 . CUERVO INTESTADO #3
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19 . CUERVO INTESTADO #3

Al ponerse de pie, los dos cruzaron el recibidor, dándose la espalda por un segundo para luego encontrarse de frente.

Durante la secuencia final, Russell mantuvo los ojos en Zimbel.

La melodía de Abi disminuyó de volumen hasta quedar suspendida en un único acorde largo.

Russell y Zuri detuvieron sus movimientos al mismo tiempo, posaron la mano derecha sobre el pecho e inclinaron la cabeza hacia adelante, dando por terminada la coreografía.

Zimbel reaccionó de la mejor manera posible.

Una sonrisa genuina se dibujó en sus labios y sus ojos azules se iluminaron, fijos en la figura del pelirrojo.

Se quedó completamente fascinado, aplaudiendo; nunca fue capaz de imaginar a Russell memorizando pasos con anticipación, vistiendo ropajes ajenos y danzando en medio de un escenario improvisado solo para hacerlo sonreír.

La luz de la luna incompleta llegó a cada rincón del recibidor trasero del Santuario.

La víspera del otoño estaba en su auge, por lo que el templo seguía en soledad.

Diferente de la mayoría, Galena disfrutaba cuidar del lugar en aquellas fechas; cada año se ofrecía como voluntaria, por supuesto que nadie se oponía.

Pasaba su día cuidando de las plantas y árboles, limpiando y haciendo de vigía durante la noche.

Como siempre, se encontraba regando las pulsatillas blancas bajo los pilares; una actividad que la relajaba indiscutiblemente.

Sin embargo, aquella noche fue la excepción.

Sus pensamientos no cesaban desde que se marchó de la casa de Zimbel.

Temió recaer en la angustia, pero también se sentía apenada.

Tensó su agarre, la regadera entre su mano soltó un chirrido por la fuerza.

Pensó en todo y a la vez en nada. Regó de más; su mirada se perdió en la flor más alta, que de no ser por el sonido del agua desbordándose de la maceta, la habría ahogado.

En un acto casi impulsivo, se arrodilló frente a la pulsatilla y con sus manos formó un cuenco para sacar el agua que se había estancado encima de la tierra.

Dejó ver una mueca de frustración y secó sus manos en su túnica tinta, humedeciendo la tela y formando manchas de un tono más oscuro que su rojo original.

Quiso llorar.

Se levantó a duras penas, dejando que el fleco de su cabello le obstruyera la vista. Poco le importó. Dio media vuelta con las manos vacías y caminó encorvada por el pasillo.

« — Por favor, Galena... Ayúdame».

Escuchó la voz de Zimbel como si lo tuviera detrás. Lo ignoró.

«Ayúdame».

Hizo caso omiso.

«Galena...»

Apretó ambos puños y aceleró su paso.

«¡GALENA!»

—¡CÁLLATE!

No pudo contenerse, azotó el aire con ambos brazos, expulsando de su cuerpo una llamarada que calcinó los afiches en el muro a su costado.

Sus ojos azules adoptaron el color anaranjado del fuego, revelando a una mujer incapaz de controlar su corriente.

Tomó un gran bocado de aire, queriendo estabilizarse.

Vio sus manos, apenada; las ocultó detrás de su espalda e inspiró con los ojos cerrados.

Atravesó el corredor, llegó a una sala techada con un vitral con vista al jardín principal, cruzó varias puertas dirigiéndose al cuarto de mantenimiento y sacó de él una cubeta, esponjas y agua con jabón.

Regresó al pasillo, quitó los restos de papeles pegados en la pared y limpió las manchas de ceniza que dejaron al ser quemados.

En menos de dos minutos arregló el desorden; recogió las cosas y volvió a cruzar la sala para dejarlas en su lugar. Cerró la puerta, nada había ocurrido.

Se sentía intranquila. Siguió sosteniendo la perilla por unos segundos más, perdiendo su atención en el vacío del mármol en el suelo, atenta a cualquier partícula de polvo que cayera encima.

Así por un buen rato. Al final volteó su rostro, enfocando sus sentidos en el gran pasillo que conducía a la segunda torre del Santuario, la de los varones.

Ablandó sus músculos ante la idea que le carcomía.

No se cuestionó, soltó la perilla y se adentró al territorio del hombre, que gracias a que estaba sola, nadie pudo restringirle la entrada.

Las suelas de su calzado sonaban a cada paso.

Recta y decidida, la silueta de Galena se reflejó en las paredes alumbradas, avanzando a una velocidad moderada.

Pasó por el recibidor, los dormitorios, el comedor; ningún sitio parecía ser su destino, le faltaba poco para recorrer todo el edificio, y entonces se detuvo frente a dos grandes puertas que custodiaban su verdadero interés: la biblioteca.

Entró sin más. Se desvió al escritorio de la recepción, en donde estaban los nombres de cada libro registrado en la zona.

Inspeccionó, pero a los pocos segundos dudó si el libro que buscaba estaba ahí.

Se alejó de las listas, indagando en el pasado.

Si su memoria no le fallaba, el día que expulsaron a Khada se dijo que había huido a la biblioteca antes de escapar por una ventana.

—Si no confiscaron ningún objeto en su habitación... —pensó en voz alta—. Vino a esconder el libro aquí.

Se giró, quedando cara a cara con la oscuridad al final del pasillo. Encendió las luces y avanzó con la lista de nombres en mano. El título era algo que desconocía, mas la portada seguía intacta en sus recuerdos. Tuvo fe, confió en su instinto sin importar que le tomara toda la noche.

Las horas pasaron, revisó cada libro, estante por estante, sin importar el tamaño, su tipo de encuadernado o color.

Terminó de repasar las secciones de la planta, a lo que sin pesar, se encaminó a las escaleras que daban al piso subterráneo de la biblioteca, en el que los estudiantes no solían visitar por falta de contenidos, ya que ahí solo se almacenaban las tesis,

investigaciones y materiales que alguna vez pertenecieron a estudiantes pasados y monjes.

El subterráneo era más pequeño que el primer piso. Al paso de los minutos Galena comenzó a desesperarse; le faltaban dos estantes más y aún no había dado con el dichoso libro.

Su fe cascabeleó, pensó en olvidar todo e irse, pero cuando llegó al penúltimo librero, algo entre la madera capturó su atención.

Detrás de varios pergaminos y documentos apilados vio el brillo de una perilla dorada.

Soltó la lista sin dudarlo y se acercó; apartó todo lo que se interponía, y para su sorpresa, descubrió que detrás de aquel gran librero se escondía una puerta.

Se remangó la túnica; empujó el mueble, logrando con todas sus fuerzas deslizarlo un par de centímetros.

Los papeles que cayeron al piso funcionaron como un motivador de que su ímpetu estaba dando resultados.

Cuando logró revelar la puerta, su mano derecha se deslizó por el borde de la madera debido a la inercia, provocando que perdiera el agarre y que la piel se rasgara gracias al desnivel del diseño.

La base de su pulgar sangró ligeramente.

Resopló con una mueca, tragándose el ardor.

Pudo soportarlo, no le dio más relevancia y abrió la puerta secreta.

Llegó a un cuarto tan pequeño que parecía una oficina.

El paso del tiempo acumulado en las paredes se notó a simple vista.

Incluso con el olor potente a humedad, entró.

Observó lo que alcanzó desde el centro: había cientos de libros regados, así que no perdió el tiempo, salió por la lista y regresó a registrarlos de uno por uno como llevaba haciéndolo.

Cuando creía que estaba por terminar, se hallaba con pilas y pilas ocultas por el polvo.

Hasta que se encontró con un libro distinto a los demás.

« Mitos y brujerías: resurrección», s e titulaba; lo tradujo del gocedonio antiguo.

Un frío recorrió su nuca al analizar la portada: el dibujo desgastado de un cuervo con las alas extendidas, justo como en sus recuerdos.

Extrañamente, de todos los libros que revisó hasta el momento, ese era el único que no estaba registrado en la lista.

Tenía que ser ese. Lo hojeó sin la preocupación de manchar las páginas con la sangre de su pulgar.

Después de todo, ya había rastros de sangre vieja en la mayoría.

Galena, Galena... Tan inmersa en el libro se quedó, que no se dio cuenta de que un pequeño cuervo blanco se detuvo en la ventana a verla.