Vehemente 19 . CUERVO INTESTADO #2
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19 . CUERVO INTESTADO #2

—¿Qué pienso? Pienso en todo.

—¿Qué es todo?

—Todo.

—Explícame.

Entre la calma, el segundero del reloj le martilló la conciencia; no existía un sonido distinto, solo aquel «tic, tac» que se repetía una y otra vez.

Zimbel cerró los ojos y decidió transformarlo en un arrullo.

Hacía tanto tiempo que no se detenía a concretar lo que pasaba por su mente, incluso con las preguntas básicas, jamás indagaba más allá de las palabras, porque no lo consideraba necesario o simplemente porque nadie se lo preguntaba.

Con esfuerzo trajo las cosas en las que pensaba, ligados a sentimientos y sensaciones, y las ordenó de la más importante a la más absurda.

No midió el tiempo, quizá se tardó más de lo estimado por falta de experiencia.

Oyó el colchón crujir por el peso en su lado derecho, donde estaba Russell, a lo que se apresuró a confesar lo que más le atormentaba.

—Pienso en el Santuario… En mis errores...

—¿Errores?

Zimbel asintió.

—Era un ingenuo... Estaba tan desesperado por encajar en la normalidad y ser querido por quien era que no me di cuenta de que Khada... —se detuvo; no tuvo el valor de decirlo—. ¿Cómo pude caer tan fácil?

El aire dejó de sentirse ligero, una tensión jamás creada perpetuó los muros, limitando las posibilidades de respirar profundamente.

Russell rozó su brazo con el de Zimbel. Entendía que el trauma le perturbaba la tranquilidad en el presente; no se iba a quedar de brazos cruzados, por muy insensible que pudiera verse, prefirió que el azabache enfrentara sus miedos y los expulsara de su alma, así que lo incitó.

—¿Qué pasó?

Bastaron esas dos palabras juntas para despertar en el ex Encantador sus más profundos recuerdos.

Endureció los músculos, salivó con dificultad y encubrió un minúsculo temblor en sus manos.

El luchador, al tanto y decidido, posó su mano encima de la suya para tranquilizarlo.

Zimbel se paralizó; su calor le transmitió apoyo en todos los idiomas posibles.

Volteó a verlo; sus ojos azules no soportaron el peso de su tormento y se humedecieron a punto de romper en llanto, pero Russell intervino, limpió con sus dedos libres las lágrimas y le acarició la cara en un acto honesto.

—Él... me prometió todo —Zimbel cerró los ojos, expulsó su pena mientras tomaba la mano del moreno, rogándole que lo siguiera tocando—. Khada fue la primera persona que me hizo sentir especial, no por ser el elegido, sino por mí...

Russell lo escuchó atento.

—Me entregué a él de todas las formas posibles... porque lo amaba... —perdió su atención en la nada, después frunció el ceño, triste—. Pero todo fue una mentira…

Ambos guardaron silencio. La creciente tristeza de Zimbel contagió a Russell de impotencia; no imaginaba el tamaño de su frustración, ni qué tanto llegaba a afectarle en la actualidad.

Lo único que hizo fue acariciarle más, acercó su rostro al de él y apreció sus facciones.

Zimbel alzó la mirada, se observaron entre sí, lejos de cualquier rechazo, pero la cobardía del muchacho por negar su pasado lo desestabilizó.

—Fui tan estúpido.

—No lo fuiste.

—Lo perdí todo —se dio la vuelta, evitando el contacto—. Todo esto era su plan desde el principio. Si tan solo hubiera sido más sensato, yo...

—No estarías aquí —Russell concluyó.

El silencio regresó. Los dos se miraron.

—La desgracia te forjó, pero a pesar de todo, estás aquí. Sigues siendo alguien bueno... Alguien que mejora cada día para ayudar a quien lo necesite. No terminaste en el mismo hoyo que él... ¿No has pensado que eso tal vez sea parte de tu destino también?

Tenía razón. Si hubiera sido más sensato, no habría conocido a Russell.

Y de repente, el reloj se detuvo. Zimbel abrió bien los ojos, no logró gesticular. Russell, por su parte, sonrió; se acercó de nuevo, acariciando su mejilla, un poco más lento que al principio.

—«Todos tenemos un camino previamente construido, y quizá no sea el más corto o el más bonito, pero, incluso con los obstáculos, los que perseveran reciben la recompensa» —citó el luchador.

—¿Dónde escuchaste eso?

—Lo leí en uno de los libros que me prestó tu padre —señaló el sillón junto a la cama, donde permanecía la pila de textos amontonada sobre los cojines—.

No sé en qué momento comencé a interesarme en tu religión.

Cuando sucedió el incidente, supe que tenía que informarme más para poder entenderte, así que le pedí a tu padre que me explicara sobre el zarcoísmo y el tema de los ascendidos, y entonces me trajo todos esos libros.

Se vieron a los ojos. Russell le sonrió a Zimbel por enésima vez, y este le devolvió el gesto; se acercó igual, quedando hombro a hombro en la cama. Su tristeza desapareció.

El sosiego en el aire, una brisa cálida y suave.

Las cortinas revolotearon con el viento que entraba por la puerta entreabierta, ventilando la habitación y haciendo de la estadía más acogedora.

Russell movió su brazo, tocó la piel de Zimbel, queriendo tomar la iniciativa de avivar el momento, mas sus nervios le ganaron; se limitó a rozar el dorso de su mano con el suyo durante un par de segundos, hasta que se armó de valor, y evitando hacer contacto visual con él, tomó su mano lentamente.

Su corazón corrió como nunca, aún más cuando percibió al azabache abrir sus dedos para permitir que ambas manos se entrelazaran.

—Gracias, Russell.

—¿Por qué?

—Por estar aquí... conmigo.

Russell relajó los párpados, dejándose llevar por la emoción.

Mediante el tacto sintió el pulso del ojiazul acelerarse igual.

Ya no tenía duda alguna, era indiscutible, compartían el mismo sentimiento.

Así que no fue discreto, apreció cada centímetro de Zimbel, deteniéndose en sus labios y en su perfecta forma tan deseable.

Apretó el agarre, cedió ante sus instintos y sostuvo al azabache de la mejilla con su mano libre.

Se acercó sin apartar la vista de su boca, y este no mostró resistencia, cerró los ojos tranquilamente, dejándole claro que podía proceder con lo que tenía en mente.

—Russell... —lo llamó con un susurro, posando su mano libre sobre la suya.

Pero la puerta se abrió. Zimbel se congeló y Russell se levantó de la cama de un brinco.

Apareció Zuri con un tazón de sopa de betabel; Abi la acompañaba a sus espaldas manteniendo una conversación en su teléfono.

—¡Zimbel! —se le iluminó el rostro—. Galena nos dijo que esta fue tu última rehabilitación.

Se apresuró a dejar el tazón en el buró para darle un fuerte abrazo.

—¿Cómo te sientes?

—Mucho mejor, gracias —correspondió; disimuló su sonrojo con una sonrisa temblorosa.

La chica se alejó con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentó al borde de la cama junto a él y le acercó la sopa con una cuchara lista.

—Aprovecha que está tibia —casi le estampaba la cuchara en la boca como a un niño.

—Zuri... —quiso negarse.

—¡Zimbel! —pero ella le alzó la voz con autoridad.

El azabache tomó el tazón por su cuenta y se puso a comer.

Abi entró al cuarto aguantando una risita.

—Tú no sabes, Russell, pero aquí tenemos la tradición de comer sopa betabel después de una recuperación —le explicó, guardando su celular.

—¿Betabel?

—Cuando Ventus llegó a las puertas del Elíseo, un semidiós le ofreció tomar algo de su huerto como gesto de bienvenida.

—¿Y entre todo, eligió betabel? —quiso adivinar.

El hombre chasqueó los dedos, agrandó su sonrisa y asintió.

—Ya estás entendiendo.

Russell vio a Zimbel de reojo y este lo llevaba observando desde el principio, a lo que mantuvo su sonrisa y le dedicó una mirada alegre que no tardó en ser correspondida.

Esa noche, Abi llamó a su hijo desde la sala.

Cuando Zimbel acudió, lo primero que notó fue que Russell y Zuri no estaban por ningún lado, además de que los muebles habían sido retirados, dejando el centro del recibidor despejado, mientras que el sillón más largo miraba hacia ese espacio vacío.

Abi reposaba sentado en un extremo del mueble, sosteniendo un baglamá; dio un suave golpecito al cojín a su lado, invitándolo a acompañarlo. Zimbel obedeció, intrigado.

Las luces principales se apagaron y la voz de Russell resonó desde algún punto de la casa, con una entonación grave, exagerada y cargada de una solemnidad teatral.

—¡Nos alegra que ya esté mejor, Su Majestad! —proclamó.

Zimbel no alcanzó a procesar el desconcierto cuando sintió que su padre se inclinaba hacia él, y con un gesto ceremonioso sumamente dramático, le colocó sobre la cabeza una corona de plástico brillante que llevaba un trozo de tela ligera que pendía de los costados,

fingiendo ser el velo de un pomposo turbante de sultán.

—Preparamos algo en su honor.

Por el borde del pretil de la cocina, donde se habían escondido, aparecieron Zuri y Russell.

Zimbel contuvo el aliento al verlos. Ambos portaban atuendos de la danza tradicional gocedonia .

Llevaban los característicos pantalones bombachos de tela roja que se ajustaban en los tobillos y fajines dorados con cascabeles ceñidos a la cintura.

Sobre el torso vestían chalecos oscuros encima de una playera untada.

En Zuri, el traje acentuaba su gracia natural, pero en Russell, el contraste con gran físico era impresionante. La tela tradicional hacía que sus músculos lucieran aún más.

Abi afinó su baglamá; sus dedos acariciaron las cuerdas, tocando una melodía tranquila.

Al compás de la música, Russell y Zuri comenzaron su acto.

Ella dio el primer paso hacia el centro, alzando ambos brazos en una línea curva por encima de su cabeza.

Sus pies marcaron un ritmo constante sobre el suelo.

Giró sobre su propio eje en dos ocasiones y se detuvo justo cuando las notas del instrumento cambiaron de tono.

Russell avanzó desde el borde de la cocina con pasos firmes, deteniéndose para extender su mano derecha.

Zuri la tomó con la punta de los dedos y ambos iniciaron un recorrido circular por la habitación.

Los cascabeles tintineaban al unísono con los rasgueos de Abi.

El luchador guio a la chica por debajo de su brazo, manteniendo el torso erguido y regulando el peso de sus movimientos.

Acto seguido, él flexionó una rodilla hasta apoyarla en el suelo, bajando la mirada mientras ella realizaba una serie de pasos a su alrededor.