19 . CUERVO INTESTADO
Las manos calientes de Galena rozaban suavemente la piel de Zimbel.
Examinaba su estado físico, desde las articulaciones de los brazos hasta los tobillos.
Fue cuidadosa; bastaron poco menos de quince minutos para concluir con la terapia.
Azotó el aire, deshaciéndose de la energía ajena que pudo haber adquirido, y sin dirigirle la atención a su adversario, se fue a la puerta.
—Gracias... —Zimbel se apresuró.
Galena frunció el ceño, lo vio de reojo, conteniendo su reacción genuina. Resopló; al darse la vuelta para mirarle de frente, su rostro cambió.
—Zimbel, perdiste tu Enlace —le dijo—. Las corrientes ya no fluyen en ti.
Las palabras le provocaron un vacío en la boca del estómago.
Zimbel no reaccionó, aunque en el fondo ya lo presentía.
Su mente se lo había advertido en la pesadilla antes de despertar, y aquello confirmó que lo que sintió durante el ataque de Khada, la certeza de que moriría ahí mismo, era el robo de sus poderes.
Galena se mantuvo callada. La dureza de su rostro fue reemplazada por una expresión cargada de pesar.
Lo miraba fijamente, con lástima. Por dentro, a Galena le dolía.
Para alguien que había dedicado su vida a la doctrina, la idea de perder el enlace elemental era inconcebible.
No alcanzaba a imaginar lo que significaba perder algo tan valioso, una parte del alma misma.
Zimbel se mantuvo quieto, obligándose a asimilar su nueva realidad en ese espacio.
Lo cierto era que había estado evitando deliberadamente pensar en ello porque sabía que era algo demasiado grave y definitivo como para ignorarlo.
Pero ya no había dónde esconderse. Ya no era un Encantador .
El estatus que alguna vez adquirió en el Santuario se había esfumado, reduciéndolo a un simple zarcoísta más que practicaba la religión si es que decidía mantener la fe.
Y, lo que verdaderamente terminó por quebrarlo no fue la desconexión espiritual, sino que a partir de ese momento, cualquier posibilidad de volver a comunicarse con Ventus había dejado de existir para siempre.
El silencio marcó un cambio en la temperatura.
Zimbel tragó saliva; inspeccionó sus alrededores y cayó en la cuenta de que estaba solo en la habitación con Galena.
No se sentía seguro a su lado, mucho menos si ella sabía sobre su despojo.
Jamás se acercó a conversar con ella, ya que era en verdad inaccesible, incluso desde antes de lo sucedido con Khada.
Porque claro, lo tenía muy presente; sabía que la mujer le guardaba recelo por el mero hecho de involucrarse en la vida de «su amado».
Galena era misteriosa; en su grupo pasaba desapercibida y era casi imposible sostenerle una conversación, por lo que el rumor sobre su ruptura con Khada tomó a todos por sorpresa.
Por más de dos días ella fue el centro de la tormenta; y muy distinto a lo que los demás pensaban, usó ese aislamiento a su favor, permitiéndole pulir su dominio sobre la Corriente del Fuego hasta desarrollar una habilidad única: el ignivitalismo , la capacidad de curar con fuego .
Una mujer admirable, pero la duda no dejaba de carcomer a Zimbel. Si tanto lo menospreciaba y ahora podía hasta deshacerse de él, ¿por qué se dignó a atenderlo?
—Galena.
Ella se quedó quieta, volteó a verlo, todavía rígida con la mano en la perilla de la puerta.
El azul de ambas miradas se fusionó entre la luz que entraba por la ventana, soltando un sedante que por muy sutil que fuera, a los dos los relajó.
Zimbel sopesó, lentamente su presión se reguló y fue capaz de liderar la conversación.
—Eres la única persona en todo Erén a la que no he interrogado —empezó; sus manos se entrelazaron bajo las sábanas—. Y también... la única que convivió con Khada antes de que se convirtiera en el Diablo.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sabes. Tú más que nadie sabes...
Galena inspiró, soltó la perilla, al poco tiempo imitó la conducta de su contrario y humedeció sus labios; su ceño fruncido dejó de marcarse, cayendo en una expresión neutral que le permitió a Zimbel leer su cuerpo.
—Por favor, Galena... Ayúdame.
« Ayúdame».
Era la palabra clave para despertar en ella su oculta generosidad.
Pese a considerar que Zimbel fue el responsable indirecto de su descenso a la apatía, sabía que en realidad no tenía nada que ver con su vida.
Khada era su único verdugo, lo tenía muy claro, pero el amor que le seguía guardando era más fuerte que la razón.
Se odiaba tanto por ello, pues en vez de aceptar las cosas como eran, prefería buscar culpables nombrados injustamente para sanar la herida que hasta la fecha le lastimaba.
Debido a su ausencia social y enfoque a sus estudios, Galena nunca tuvo otro amigo en quien confiar después de Khada; se encerró en su burbuja, dejándose llevar por las fantasías enfermizas que su cabeza le susurraba.
Cada vez su personalidad se distanciaba de sí misma, al grado de comportarse de forma automática solo para satisfacer a sus superiores.
Galena ya no sabía quién era, la única parte que quedaba de ella era su añoranza hacia Khada y la propia culpa de no ser lo suficiente para él.
Una lágrima salió de su ojo izquierdo, la limpió en seguida, cayendo en la cuenta. Se dirigió a Zimbel, le dedicó una expresión triste digna de un abrazo de consuelo, pero ninguno de los dos movió un músculo.
Estaba tan lastimada..., abandonada. Y aunque las ventanas estuvieran en su totalidad cerradas, una ventisca dominante entró, moviendo las cortinas, el borde de las sábanas y los pliegues de sus ropas.
Zimbel Fir’Ham, quien tenía enfrente, no era distinto a ella, encontró más similitudes de lo que pensó.
Ambos habían perdido su propósito gracias al mismo monstruo.
« MONSTRUO».
— El libro... —lo evocó, abrió lo más que pudo sus ojos.
—¿Qué? —Zimbel se enderezó.
—Khada tenía un libro... No era como los demás que leía en una noche; ese lo traía consigo todos los días.
La pena en el aire se esfumó; los dos conectaron sin siquiera tocarse. Galena gesticuló lentamente, a cada sílaba se acercaba más a la cama. Zimbel la replicó, su cuerpo se inclinaba hacia adelante con inconsciencia, escuchando atento su voz.
—Pero jamás me habló del contenido; ni aunque lo encontrara leyéndolo, solo lo guardaba y actuaba como si nada. Así desde que lo conocí. En su momento no le di relevancia, pero con todo lo que pasó, debía ser algo importante.
Fir’Ham asintió, pensativo.
—Y ese libro... —quiso indagar.
—No sé nada de él —Galena se alejó; le dio la espalda—. Ni siquiera tuve el valor de tomarlo a escondidas aunque me ganara la curiosidad. Yo... respetaba mucho su privacidad.
Otra vez el callejón sin salida. Zimbel mordió con fuerza, tragándose las maldiciones que en su cabeza ya habían sonado más de una vez.
Se frustró, no lo negó; ya estaba harto.
Vio a la mujer acomodarse en una nueva postura, se cruzó de brazos por dos largos minutos; su actitud fue llamativa para él, pues incluso sin conocerla a profundidad, presintió que aquello no era propio de ella.
Un tercer minuto transcurrió en la habitación; la mujer parecía estatua, y lo único que podía hacer Zimbel era verla desde la cama.
—Galena.
Se dio la vuelta al oír su nombre; mordía sus uñas de la mano derecha, evidenciando una ansiedad que se intensificó al mover sus ojos sin rumbo. Algo sucedía en su mente, estaba claro. Su rigidez corporal ahuyentó cualquier posibilidad de seguir con la charla. Negó.
—Mejórate, Zimbel —se despidió; su voz enronqueció.
—Galena, espera.
No lo escuchó, se fue por donde llegó.
La impotencia controló el cuerpo de Zimbel en menos de un suspiro, obligándole a estirar el brazo hacia delante, queriendo alcanzar a la mujer y detenerla; mas al no conseguirlo, la ira llegó, luego la desesperación.
Apretó el puño, golpeó la cabecera de la cama y giró el rostro para tragarse un llanto que no tardó en bloquear su garganta.
Resopló, se deshizo de la reacción de la que al instante se avergonzó.
Inhaló, exhaló, cinco veces hasta que las últimas lágrimas cayeron para no volver jamás.
La imagen de Galena se apropió de cada rincón de su mente; sabía cosas que él no, estaba seguro.
El punto inalcanzable de su paradero se postró ante sus ojos con tinta oscura y horizontes difusos; ya sabía dónde encontrarla de nuevo, y por mucho que quisiera respetar su silencio, iba a hacerla hablar, aunque eso implicara cometer—
— ¿Zimbel?
Creyó haber oído su nombre, y ante la duda, parpadeó tres veces seguidas mientras retenía el oxígeno en sus pulmones. ¿Por qué se sentía desorientado? Miró sus manos, notando marcas de sus propias uñas sobre la piel de sus palmas.
No recordó el dolor, tampoco haberse puesto de pie junto a la cama.
—¿Zimbel?
Esa voz... En la entrada vio a Russell, quien no tardó en acercarse con un ceño de preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó, tomándole de los hombros—. ¿Qué sientes?
Zimbel seguía ido, pero ante el tacto, sus sentidos regresaron en un chasquido.
El calor del luchador fue un sedante. No pasó mucho para que se abalanceara hacia él y rodeara su cuello en un abrazo digno de un cobarde, ocultando su rostro entre su hombro, olvidándose del exterior.
Russell correspondió, envolviendo su espalda baja.
—Zimbel...
El silbido del viento huyendo por debajo de la ventana trajo una nueva corriente.
Russell lo acercó a su cuerpo. Preocupado, deslizó lentamente sus manos por la tela de su ropa, y al llegar a la cintura, concentró su fuerza y lo cargó sin dificultad; llevó a Zimbel a la cama y lo recostó con una delicadeza increíble.
Las sábanas frías rozaron su piel, brindándole un estado de tranquilidad casi tan absoluto que le fue extraño. Relajó los párpados, miró a Russell, y este le acomodó los mechones detrás de la oreja con una sonrisa serena.
—Respira —susurró y se enderezó; alcanzó una segunda almohada y se la puso bajo los pies con tal de mejorar su comodidad—. ¿Cómo estás?
Zimbel, en su respuesta, desvió la mirada. Russell inspiró por la nariz a la vez que su pulso se aceleraba . Rodeó la cama y se sentó junto a él, pendiente de cualquier movimiento.
—¿Zimbel? —se le acercó, frunciendo los labios—. Cuéntame.
—¿Contarte qué?
—Lo que sea. Cuéntame qué piensas.