18 . CAOS #3
Su sangre se sentía pesada, no tenía fuerzas ni para moverse.
Como pudo se volteó, quedando boca arriba.
Vio el cielo, las nubes y las estrellas a través de la atmósfera.
Suspiró, por un instante experimentó la paz, esa que llegaba luego de una tormenta imposible de anticipar.
Cerró los ojos, a punto de soñar, hasta que...
—¿Maestro?
Despertó; no fue la voz, sino un olor dulce que lo obligó a hacerlo. Al acoplarse a la luz del cielo vio a Sashi arrodillado junto a él, tenía en mano una manzana recién mordida y uno de los cuervillos de Corvus revoloteando encima suyo.
—Sé que me dijo que solo viera por mí, pero le traje una manzana.
Khada resopló, se levantó en vez de aceptar la fruta y le dio la espalda.
No quería ver a nadie, suficiente tenía con sí mismo.
Se rascó el oído con la uña de su meñique, a punto de introducirla tanto como para dejarse sordo; sintió dolor dentro de su cabeza, iniciando con un escalofrío y terminando con un sabor a hierro en sus encías sedientas.
No veló por su propia salud, al contrario, el castigo era lo único que encontraba justo.
Se mordió el labio inferior desde el interior, sacó su dedo, un poco húmedo, y elevó sus brazos al cielo, estirándose con tal de deshacerse de la tensión en sus omóplatos.
La presencia de Sashi desapareció de su campo de visión, dio por hecho que se había ido.
—¿Maestro? —pues no, seguía ahí.
—¿Qué quieres? —él frunció el ceño, retando a la nada, aún sin dirigirle la mirada.
El muchacho se mantuvo callado, movió su cabeza buscando la palabra perfecta, por lo que escondió las manzanas detrás de su espalda y subió los hombros, arrepentido.
Intentó gesticular pero ni una vocal salió.
Khada se giró, se vieron mutuamente al fin; Sashi alzó ambas cejas, se perdió en la intensidad de sus ojos y aguantó la respiración, rasgando con sus dedos la piel de una de las manzanas.
Al no tener respuesta inmediata, Khada desabrochó su cinturón y este cayó al suelo junto con la daga ensangrentada.
Despreocupado, se alejó desabrochando ahora los botones de su pantalón.
Antes de quitárselo despojó primero la parte superior.
Su torso quedó expuesto, delgado y ligeramente definido, sin ninguna cicatriz.
Avanzó a la orilla del lago, se desnudó y entró al agua.
Sashi lo contempló todo, ningún detalle se le escapó; tragó saliva, dudando si debía desviar o no su fijación.
Agarró la punta de su coleta y jugó con ella fingiendo incomodidad.
En realidad le gustaba que su maestro lo ignorara, pues realizando sus actividades cotidianas frente a él, podía conocer sus pasatiempos o deseos sin la necesidad de preguntarle.
Khada sumergió su cuerpo hasta que el agua le cubrió de la mitad para abajo; se frotó los brazos, lavó su cara; y Sashi seguía ahí, en la distancia, viéndolo con tanto ímpetu.
El agua en todo el lago reaccionaba a sus movimientos, generando un contraste entre la quietud que solo le trajo más sensaciones nuevas a Sashi .
—¿Puedo entrar?
La duda resonó. Khada lo miró de reojo, mudo y extrañado, no por la pregunta, sino por su comportamiento.
Notó a su alumno con el cuerpo rígido, por lo que tardó en procesar.
Meneó la cabeza, y aquello Sashi lo interpretó como un «sí»; se desnudó y entró al agua, quedándose sumergido en la orilla para marcar un espacio considerable con su maestro, quien le daba la espalda, y sus ojos se perdían en las diminutas olas que se crearon.
Finalmente lo miró desde su lugar; Sashi aguantó la respiración, sus vellos se erizaron al recibir su atención y se excusó con la temperatura del agua.
—Lo extrañé.
Khada alzó una ceja, escéptico.
—Creí que... —comenzó a respirar por la boca—. Creí que había sido yo el responsable de su ausencia.
Una nube bloqueó la poca luz del sol. Como si aquello fuera una señal, Sashi lentamente se acercó hacia él, liberando pequeñas ondas de calor mediante el agua y una sutil vibración de la que Khada se percató inmediatamente.
Siguió al rubio con la mirada, quieto y sin intención de detenerlo.
El chico se paró ante sus ojos, a poco menos de 20 centímetros.
La vibración en el agua se hizo más intensa y, de repente, se transportó cuatro años atrás, cuando conoció al chiquillo por primera vez.
Era un recuerdo muy vago, los primeros sacrificios que realizó en nombre de Corvus.
Había que matar a un matrimonio, y por desgracia, los padres de Sashi fueron el objetivo.
El asesinato resultó sencillo, bastó con una apuñalada en cada sien para acabar rápido.
Sin embargo, no contó con que en la casa habría otra persona: un niño de trece años que en vez de temer por su vida, se arrodilló frente a él para enmendar su pecado.
Entre sollozos le imploró el perdón, creyendo que él había sido el asesino de sus padres por un demonio que habitaba en su cuerpo.
Obviamente, Khada se aprovechó. En lugar de decirle la verdad (o siquiera matarlo para no dejar pruebas), optó por engañarlo, afirmando que él era el juzgador que llegó a salvarlo.
«Perdonó» a Sashi de su cruel acto y se lo llevó consigo, creyendo que el shura en él le serviría tarde o temprano.
Y tuvo razón, pues desde entonces, Sashi le servía como el puente entre lo mortal y lo espiritual.
Gracias al poder de su shura y el miedo que provocaba en las víctimas al morir, la esencia humana, en su estado más puro, se destilaba en él y llegaba a las fauces de Corvus con una mejor calidad.
Por lo que, a base de mentiras, el chico creció con la idea de que Khada le había hecho un favor, y que todo su trabajo con él era la manera de expiar su pecado.
Ese calor en el agua en forma de escalofrío, idéntico al que sintió hace cuatro años, despertó en Khada su verdadera percepción hacia el joven.
¿Sashi no cuestionaba la versión de los hechos que él le dio?
¿De verdad... jamás pensó en traicionarlo a modo de venganza?
¿Y si su sumisión era un juego? ¿Y si el engañado era él?
«— Sabiendo que ese chiquillo te puede destripar vivo en cualquier momento, tú sigues jugando con sus sentimientos».
¿Acaso se había confiado lo suficiente como para bajar la guardia?
Ya había cometido demasiados errores como para ignorarlo.
E l movimiento en el agua cesó, ni con el más mínimo suspiro fue alterada.
Sashi ladeó la cabeza, su ojo carmesí brilló, a punto de proseguir con sus palabras, no obstante, Khada lo tomó del cuello, jaló su cuerpo sin esfuerzo y le obligó a que lo mirara.
La paz se quebró; Sashi entreabrió los labios, respiró como pudo entre dientes, ignorando la fuerza del agarre y la ligera asfixia.
—Cuatro años... Cuatro largos años —Khada inició con los ojos bien abiertos—. Has estado sirviéndome por cuatro años. No tienes idea de la magnitud de mis acciones, ni de lo que estoy a punto de lograr... ¿En verdad me estás siguiendo?
Sashi clavó su vista. La mano de su maestro calentó su garganta, le provocó sed, a lo que tragó saliva con dificultad. Prolongó su reacción solo para ser tocado por más tiempo.
Le gustaba, le gustaba demasiado que su maestro lo tocara así.
—Respóndeme —Khada perdió la paciencia; cerró más su mano—. ¿Hasta dónde llega tu lealtad hacia mí?
—Hasta donde usted me lo permita —masculló al instante; la falta de aire no parecía afectarle .
Sonrió con un brillo devoto en los ojos, cegado por las propias fantasías de su mente.
Subió la palma, tomó la mano de su maestro, no para tratar de alejarlo, sino para también sentir su piel—.
Si necesita que purifique a alguien con mis propias manos, lo haré...
Si necesita de mi sangre para ofrecérsela al Señor, se la daré...
Haré lo que sea por usted, maestro. Me salvó la vida y pienso entregársela como muestra de agradecimiento si usted me lo permite...
Mi único deseo es estar inmaculado ante sus ojos, solo así podré servirle...
Khada ladeó la cabeza. Entrecerró un ojo, pensando en la respuesta que en vez de satisfacerle, le alteró. Lo soltó de repente, alejándolo de su posición. Sashi recuperó el aliento, tosió llevándose una mano al cuello del que juró tenerlo rojo.
—Entonces vas a ayudarme —lo señaló—. Vas a ayudarme a recuperar la esperanza que me fue arrebatada.
El cuervillo que revoloteaba a los alrededores graznó a un gran volumen; voló encima de los dos, y completando la séptima vuelta, huyó sobre los árboles y desapareció en la dirección por donde se había ido Corvus.
Khada inspiró; la sangre hervía en su interior, reviviendo sus peores pesadillas, pero aquello lo usó a su favor. Trazó en su cabeza una posible estrategia. Lo imaginó todo. La corona sobre su cráneo, incrustada en los huesos, perteneciéndole a él.
Recuperaría la esperanza sin importar su costo, las vidas de por medio, la seguridad de su alumno ni la del propio Corvus. Recuperaría a toda costa lo que le arrebataron..., fue lo único que le importó.
—Haré lo que sea, maestro.