Vehemente 18 . CAOS #2
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18 . CAOS #2

De igual manera sintió la presencia del shura queriendo salir.

Le fue curioso, no contestó; quería saber hasta dónde podía llegar.

Y lo oyó sollozar, arrepentido, a lo que solo sonrió, deformando su pico, satisfaciéndose de sus lamentos.

—Mi maestro está bien, ¿¡verdad!?

Se escuchó un chapoteo. Sashi y Corvus voltearon simultáneamente, encontrándose con el origen del sonido. Khada había despertado; limpiaba su rostro con el agua del lago, ignorando sus alrededores. Sashi soltó un suspiro ahogado, casi un grito. Corrió hacia él.

—¡Maestro! —su tristeza desapareció.

Pero el moreno no compartió la misma alegría. Su rostro estaba serio e inaccesible. Lo vio de reojo y enderezó su espalda; al hacerlo, sus huesos tronaron . Volteó hacia Corvus y tragó saliva, pero no duró ni un segundo cuando regresó a los ojos de su pupilo.

—¿Por qué te veo más delgado? —preguntó, ronco; hacía dos semanas que no hablaba.

Sashi retrocedió; se encogió de hombros.

—No he comido nada desde que usted... —quiso responder; su garganta se cerró al percatarse del calor de la atención del demonio en ellos—. Desde que usted se sentó frente al lago.

Khada entrecerró un ojo. Suspiró, llevándose la mano a la frente; guardó silencio, quiso obviar la situación y deslindarse.

Sashi no se atrevía a salir solo del llano, ni a buscar comida ni suministros.

En parte era entendible debido a su inestabilidad por el shura, pero aún con los arbustos de frutos a los alrededores y las manzanas agrias (ahora podridas) que le guardó, no hizo el intento por aprovecharlos,

como si todas sus acciones tuvieran que pasar por el filtro de su maestro antes de realizarlas.

No quería nada que viniera de sí mismo, dependía totalmente de Khada, hasta de su palabra; no tenía iniciativa propia ni para pensar, todo su mundo era su maestro y nadie más.

Era un comportamiento de doble filo: por un lado, estaba a su merced, tan maleable, dejándose hacer lo que sea con tal de verlo feliz; pero por el otro, a veces era tan insistente y en verdad inútil que resultaba una carga.

Y fue ahí donde Khada confirmó que sin él, Sashi no sobreviviría, literal y metafóricamente.

—Ve a buscar fruta para comer.

—¿Qué tipo de fruta busco?

—La que tú quieras.

—Pero...

—¿Pero qué?

—¿Y usted?

—Yo no voy a comer; solo trae para ti.

Sashi asintió, desanimado. No tuvo más opción que acatar. Se inclinó en señal de respeto y dio media vuelta, desapareciendo entre la ligera bruma del bosque.

Khada cerró los ojos, inhaló con profundidad y tosió. Su piel se erizó; se dio la vuelta, vio a Corvus a sus espaldas, presenciando en silencio todo lo que hacía; sus ojos rojos brillaban, aguardando una sonrisa que denotaba interés.

—Y dime… —empezó el cuervo, acercándose, emanando esa oscuridad en forma de ceniza con sus plumas—. ¿El niño sabe que lo estás usando?

El moreno ni se inmutó. Apretó los labios y los puños de forma discreta, siguiendo en la misma posición.

—Tienes agallas, no me equivoqué —se detuvo junto a él—. Sabiendo que ese chiquillo te puede destripar vivo en cualquier momento, tú sigues jugando con sus sentimientos. Ja, ja... Me recuerdas mucho a alguien.

Khada lo miró de reojo, petrificado.

—«Shuras», se llaman, ¿no? —Corvus ladeó su cabeza.

—Sí —se vio obligado a responder.

—Me he dado a la tarea de investigar más sobre... esas cosas. Muchos humanos afirman que los shuras se originaron en Santa Catalina, del otro lado del mundo. Pero en realidad no está confirmado; ahí solo se tuvo el primer registro de avistamiento.

Las hojas caídas fueron arrastradas por el viento.

Una corriente limpió el aire, permitiéndole a Khada respirar.

Escuchó la voz del demonio y se dejó llevar por la gravedad de su tono, sintiendo cómo recorría por sus huesos desde el tuétano.

Por alguna razón creyó que había algo más allá que esa simple explicación, algo que no lograba captar.

—Y es bastante curioso... Poseen a los más vulnerables, matándolos al instante para usar sus cuerpos como recipientes y poder alimentarse.

No soy un shura, pero puedo intuir por qué lo hacen.

Necesitan un cuerpo ajeno porque si no, se mueren.

Los shuras son los últimos demonios de la jerarquía caótica, nacidos a partir del aburrimiento de las brujas.

Creaciones de creaciones; su sangre no es pura, su mera existencia es penosa, les falta caos .

No pueden adaptarse a la vida ni hacer una metamorfosis para sobrevivir, por eso van de cuerpo en cuerpo hasta que mueren...

¿Por qué crees que te estoy diciendo todo esto, Khada?

Creció la quietud. Khada se quedó ido. Humedeció su garganta y enfocó sus sentidos en él.

—Porque así como existen las creaciones miserables, existen las perfectas.

El llano se hundió en la penumbra. Corvus invocó la oscuridad que había desprendido y la unió en una nube densa.

—La raza humana fue creada por el dios del tiempo, un miembro de Los Siete, que a su vez son creaciones de la reencarnación del Orden. Por ende, todos los humanos vienen del Orden.

Khada frunció el ceño. Su cabello se movió al ritmo del viento, al igual que sus pendientes dorados y las mangas de su ropa.

—Bueno, casi todos —Corvus le sonrió—. ¿Qué? ¿No lo sabías? El origen de todo lo que conoces: el Caos y el Orden, los verdaderos dioses de todo lo habido y por haber.

—No lo entiendo.

La sonrisa del demonio duplicó su tamaño. Aquella oscuridad que corría en círculos bajo sus garras adquirió forma, revelando una imagen mediante las sombras que llamó la atención del mortal.

—El humano adquirió conciencia mucho después de ser creado, por lo que no se sabe cuándo ni quién fue el primer hombre que pisó la tierra... o mujer.

La imagen se volvió clara; por los aires apareció el rostro de una persona.

Khada abrió bien los ojos; los músculos de su mandíbula se marcaron, no podía comprenderlo.

Vio los rasgos frente a él y supo de inmediato que se trataba de una mujer de cabello negro y ojos azules, pero lo que más le impactó fue aquel mechón lila por debajo de su oreja izquierda, idéntico al de alguien que conocía muy bien.

« ¿...Zimbel..?»

— Tu amigo es descendiente de la que alguna vez fue la primera humana en ser creada por el Orden. Por sus venas corre sangre ordenada pura, la misma que la de los dioses. Esto explica muchas cosas, ¿no?

Aún con el supuesto carisma en la actitud del cuervo, Khada clavó sus pupilas en el rostro de la mujer, todavía anonadado.

—Sangre de Dios, dices… —apenas pudo gesticular—. Si los humanos fueron creados a partir del Orden, ¿no significa que todos deberíamos tener esa sangre?... ¿Por qué solo él?

—No lo sé —Corvus bufó—. Quizá el gen se fue debilitando conforme los hombres se reproducían ... Quizá los ancestros de tu amigo fueron muy selectivos.

Una epifanía... Khada perdió la fuerza, se dejó caer de rodillas. Hundió la cabeza delante de sus hombros, haciendo que sus mechones le cubrieran la cara. Varias emociones se mezclaron entre sí, ya ni siquiera pudo identificar lo que realmente sentía... ¿Sorpresa?... ¿Pena?

—Ahora que sabes la verdad, voy a decirte lo más importante... —Corvus se detuvo enfrente suyo. Lo miró desde arriba—. El sacrificio que me ofreciste no me sirve.

—¿Qué?

—La sangre humana carga con la esencia de su portador, eso es lo que me nutre. Pero la sangre de Zimbel no está completa... Aunque me entregaste sus poderes zarcoístas, le falta algo propio de él: la esperanza.

Y de pronto, la visión del rostro de la mujer se desvaneció, trayendo consigo una ola de oscuridad mucho más pesada que la anterior. Otra silueta se dibujó, reflejando primero una mirada color esmeralda, seguido de una piel morena y un cabello cobrizo.

—La depositó por completo en este hombre.

—Él... —Khada perdió su lucha; sucumbió ante la ira al reconocer al bruto que logró retenerlo en el mercado de Erén. Ese mismo que acudió con Zimbel tras su ataque en el Santuario.

—Necesito que recuperes la esperanza que Zimbel te ocultó, solo así su sangre estará completa, y por ende, la ofrenda.

« Esperanza».

Tenía sentido, demasiado. Zimbel era perfecto, el elegido de Dios.

No había motivos para dudar de sus cualidades o lo que sea que pudiera ser capaz de hacer con su cuerpo.

¿Acaso ya lo sabía? ¿Sabía que iría tras él y por eso renunció a su esencia?

Era una auténtica migraña, seguía sin entenderlo del todo.

Lo único que tenía claro era que Zimbel, de alguna forma, separó su esencia más personal y se la pasó a ese hombre, a Russell.

Fue en vano, no lo resistió. Penetró la tierra con sus uñas, adoptando una postura rígida, casi en un acto sumiso. Sufrió. Arrugó la nariz, disimulando jadeos de enojo con respiros agitados.

«Te vieron la cara».

«Eres un inútil».

«Perdiste».

«Qué patético».

«¡Ese hombre es más fuerte que tú!»

«¡JA, JA, JA!»

Las voces..., hacía tantos años que no las escuchaba.

Su memoria mezcló el timbre de su madre con el de algunas víctimas de las que aún recordaba sus gritos.

Hundió su cuerpo sobre el suelo sin la pena de estar frente a Corvus, viéndose realmente patético.

Se quedó en blanco, así por más de un minuto.

Por su parte, el demonio lo observó desde arriba; relajó los párpados, pensativo. Divisó a sus alrededores. Gradualmente su oscuridad desapareció.

—No tengo ninguna prisa —subió los hombros—. Puedes completar la ofrenda cuando quieras.

Khada seguía inmóvil. Pasados unos segundos repitió la oración en su cabeza una y otra vez. Sus ojos se abrieron al tope, notando a detalle los átomos de la tierra frente a su cara.

—Deberías relajarte —Corvus dio media vuelta, dispuesto a irse—. Date un baño, ve a tomar, no sé; cosas que hagan los humanos.

Otra vez, el moreno no reaccionó. Percibió las vibraciones del suelo que emitió el demonio al alejarse.

—Aunque no me quejaría si te dieras un baño —fue lo último que oyó de Corvus.

Un silencio creció entre las raíces. Finalmente, siete minutos después, Khada ladeó su cuerpo; cayó sobre su costado izquierdo y cerró los ojos.

Estaba derrotado, atónito; reprimió tanto sus emociones que aún con la frustración más genuina, no hizo nada.