18 . CAOS
El cirio de Ventus seguía encendido. Russell había dejado de tender la cama para perderse en su fuego.
Esa tarde, se quedó solo en la habitación. Luego de que Zimbel se sintiera un poco mejor, fue llevado a la ducha de la sala, la más espaciosa, para bañarlo debidamente por primera vez desde su coma. Zuri se encargaría de ello.
El silencio trajo la calma. Russell se quedó absorto.
Le resultaba fascinante que la llama siguiera viva y estable, considerando que había sido encendida el mismo día de la tragedia.
Debió consumirse hace mucho, y aún así seguía viva.
Se dejó hipnotizar por la pureza del fuego.
La danza sutil de la luz atrapó su atención por completo, provocándole un hormigueo que le erizó los vellos de los brazos.
Rodeó la cama y se sentó al borde del colchón, frente al tocador donde estaba el cirio.
Un pensamiento iluso cruzó por su mente y, de forma inconsciente, extendió las palmas de sus manos hacia el calor de la vela y cerró los ojos como lo hacía Galena.
Pensó que, al menos superficialmente, el secreto consistía en concentrarse.
Inspiró por la nariz. Forzó a su mente a creer que era capaz; se imaginó que sentía la energía del fuego a través de las yemas de sus dedos, subiendo con un calor sereno por sus antebrazos hasta llegar a sus hombros.
Se convenció a sí mismo de que poseía la fuerza para lograrlo, de que bastaría un parpadeo de su voluntad para mover la llama a su antojo o hacerla crecer como si fuera un estudiante de la Corriente del Fuego.
La expectación le aceleró el pulso.
No sucedió nada.
—¿Russell? —el llamado de Zuri lo asustó.
Dio un respingo, bajando las manos de golpe. La chica asomó la cabeza por el marco de la puerta.
—¿Me acompañas al mercado?
Russell guardó silencio y parpadeó de prisa, sintiéndose de pronto desorientado. Dirigió la vista hacia el reloj y aguantó la respiración al notar que habían transcurrido diez minutos. Se había quedado ahí sentado, frente a la vela, mucho más tiempo de lo que pensó.
Solo asintió con la cabeza. Se puso en pie y siguió a Zuri, sobándose la nuca, apenado de sí mismo por haber sido descubierto en un intento bobo de replicar el poder de Galena. Entonces, a punto de cruzar el umbral, miró de reojo hacia el tocador.
La llama estaba apagada.
El sol de esa misma tarde trajo consigo una claridad que disipó en el mercado de Erén el último recuerdo que tenía de este.
Huzumán se mantenía cerca de la chica, sin quitarle los ojos de encima.
Zuri era más pequeña que su hermano, apenas alcanzando el pecho de Russell.
Verla tan chiquita en medio de la gente le provocaba una punzada de constante preocupación; le daba la impresión de que cualquier empujón descuidado de la multitud que terminara en una caída podría lastimarla de gravedad.
La aparición de Khada, incluso semanas después, lo mantenía alerta y no estaba dispuesto a llevarse otra sorpresa.
Zuri terminó comprando muchas más cosas de las que necesitaba.
Russell se ofreció a cargar todo por ella.
Ya iban de regreso a casa cuando se detuvieron frente a un puesto de pescado.
La mujer detrás del mostrador les explicó que, como ya era un poco tarde y el sol daba directo a su mesa, dentro de su casa tenía peces vivos que podía darle para que estuvieran más frescos.
Zuri aceptó y la siguió. Quería elegirlos personalmente.
—Espérame aquí —le dijo.
—No te tardes —asintió Russell, acomodándose el peso de las bolsas.
Para entretenerse, sus sentidos pasaron al otro lado de la calle.
Miró el puesto que le quedaba enfrente: una librería resguardada por un toldo de tela vieja.
El negocio en realidad tenía lugar en el jardín delantero de una casa humilde; los estantes pertenecían a una misma línea de muebles y el anciano que atendía fumaba un puro y vestía muy casual, con los pies descalzos sobre un banco debajo de la mesa principal.
En ese instante, Russell sintió la atención de alguien a sus espaldas; giró apenas la cabeza.
Sus ojos se toparon con el anciano de una tienda en su mismo lado de la calle, frente a la librería, quien vendía reliquias de metal y guardaba un parecido físico con el dependiente de los libros; debían ser hermanos.
Este anciano lo barrió de arriba abajo con los ojos entrecerrados. Se llevó una mano a la barbilla.
—Yo te conozco.
Russell forzó una sonrisa nerviosa.
—No lo creo, señor. Me está confundiendo —intentó sonar lo más lugareño posible.
El anciano no se dio por vencido; volvió a escanearlo de pies a cabeza, deteniéndose en la firmeza de sus músculos y el porte de sus hombros.
—Quizá —meditó—. Te pareces mucho al hijo de alguien…
A Russell se le erizaron los vellos de la nuca. Una tensión repentina le endureció el cuello.
—Claro que lo conoces —intervino el librero, alzando la voz del otro lado de la calle y uniéndose a la conversación mientras se acomodaba en su asiento—. Es el hombre que ahuyentó al Diablo.
Tenía buen oído el viejo .
Como si el hilo de su pensamiento anterior se hubiera esfumado por completo o simplemente le hubiera dado igual la sospecha, el anciano de las reliquias abrió bien los ojos y asintió con una expresión conforme.
—Tienes razón, eres ese.
Russell suspiró. Bajó el rostro sin querer hacia el tablón donde el hombre exhibía sus reliquias y vio un medallón opaco de cobre brillando entre los cálices oxidados.
El grabado inconfundible en él capturó su atención: la silueta de un titán de cuatro brazos sosteniendo el peso del mundo sobre sus hombros, idéntico a la figura del diablo rojo en la tienda del padre de Zimbel.
El bullicio del mercado dejó de escucharse.
Russell se congeló en su sitio con los ojos fijos en el rostro ilegible del gigante de tres ojos.
De pronto sintió un calor bajo su piel que juró haber sentido semanas atrás en la tienda, aunque entonces apenas llegó a notarlo.
El anciano, con una sonrisa, estiró su mano callosa, tomó el medallón y se lo extendió.
—Llévatelo. Un regalo de parte de Zaadir por lo que hiciste en el pueblo —posó una mano sobre su propio pecho, y Russell intuyó que hablaba de sí mismo.
Tomó el medallón. Acercó el objeto a sus ojos; se olvidó por completo del peso que cargaba. Recorrió con el pulgar los relieves del titán, sopesándolo con curiosidad. El grabado le devolvía la mirada.
—¿Quién es este?
—Un santo —el tono de Zaadir reflejaba esa superstición típica de los mayores, idéntica a la de Abi, pero había un brillo burlón en su expresión—. El señor de la verdad. No lo mires tanto, que se te meterá en la cabeza.
Y se echó a reír con una carcajada rasposa a la que su hermano se unió enseguida desde su puesto. Russell sonrió por cortesía y fingió reír con ellos.
Devolvió el medallón; optó por no llevárselo.
En lo más profundo del llano resplandeció el color blanco del kimono de Sashi.
Era imposible que pasara desapercibido, su piel lechosa contrastaba con la oscuridad de la tierra, y su larga coleta rubia se movía de izquierda a derecha al caminar.
Se paseaba en círculos por los arbustos y troncos caídos, mordiéndose las uñas e inspirando cada que se quedaba sin aire.
Corvus también estaba ahí, de pie sin moverse; tenía la mirada perdida en el suelo, pero su atención recaía en el muchacho con constancia, su hiperactividad era molesta.
Khada yacía a varios metros de ellos, sentado cerca del lago, con los ojos cerrados, las piernas cruzadas y la máscara a su costado. Meditaba, parecía una estatua. Cuando regresó del Santuario se echó al pasto y no volvió a levantarse. Todavía tenía la sangre seca de Zimbel esparcida por su rostro.
Sashi no aguantó la inquietud, se le acercó en silencio por detrás.
—Maestro..., lleva días sin moverse... Tampoco ha hablado ni comido —lo rodeó, se agachó frente a él, mirando de cerca sus facciones sin relajar el entrecejo—. Y esa sangre... Maestro, por favor..., me preocupa.
Pero a pesar de su angustia, no vio respuesta por parte de Khada.
—Es inútil —la voz del demonio emitió un siseo discreto—. No te hará caso.
—¿Qué está haciendo? —dejó caer su cuerpo de espaldas para sentarse frente al hombre—. ¿Por qué no se mueve desde que habló con usted?
—«Tu maestro» tiene un contrato conmigo.
—¿Contrato?
Corvus guardó silencio; analizó al chiquillo de pies a cabeza, remarcando una sombra bajo sus ojos; se enderezó y avanzó hacia él. En su respuesta, Sashi tensó sus músculos, se acercó a Khada, protegiéndolo con su cuerpo.
—No lo toques —el demonio acomodó las manos detrás de su espalda—. A menos que quieras que se muera.
El ojo carmesí de Sashi brilló anonadado, su expresión de horror fue auténtica. Al instante se retiró como pudo; tropezó con la cola de su kimono y cayó de espaldas contra el césped a tres metros de Khada.
Corvus rio entre dientes; se alejó.
—Ingenuo —masculló.
El zumbido a raíz del silencio extremo repicó en los tímpanos de Sashi .
Mordió sus labios, reteniendo una mueca inquieta; su corazón se aceleró y pronto sintió su pulso subir por sus sienes.
Se hiperventiló. Trató de regularse, pero el temor de cometer algún error pudo con él.
Desvió la mirada y negó con la cabeza, cubriéndose su ojo carmesí.
El shura forcejeó en su interior, quiso salir con la excusa de la emoción negativa; le hizo creer a su portador que Khada sucumbiría bajo sus propias manos tal y como lo había hecho con sus padres.
Bastó con aquella visión intrusiva para que el chico cayera en la histeria, por lo que se levantó, arañando la tierra, con una velocidad inhumana y corrió hacia Corvus para tomarlo del brazo, tropezándose de nuevo.
—¡Por favor, dígame que mi maestro está bien! —su voz se oyó diferente con una segunda tonada más aguda perteneciente al shura—. ¡Señor, por favor! ¡Se lo ruego! ¡No podría perdonarme si le sucede algo por mi culpa!
Por primera vez en su vida le perdió el miedo.
Apretó su agarre, ocultando sus dedos entre el plumaje áspero del demonio y lloró mediante su ojo humano.
Corvus, por su parte, alzó una ceja, y en vez de ofenderse tuvo paciencia e incluso ablandó sus músculos.
Vio cómo el rubio lo soltó, colapsó a sus pies y se cubrió la cabeza, suplicando.