Vehemente 17 . ESPERANZA
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17 . ESPERANZA

Floreció un cerezo cerca de un lago; las aguas cristalinas resplandecían con una luz proveniente del fondo, una estrella más compleja que el sol.

Zimbel se bañaba ahí. Cuando parpadeó, sus ojos azules combinaban con el color del cielo.

Sumergió su cuerpo hasta el cuello y emergió a los diez minutos; se secó la cara, salió desnudo a buscar su ropa.

Vestido, caminó sobre las hojas caídas de los cerezos, exprimiendo su cabello mientras pensaba en su destino.

Fue despacio, estaba consciente de que quien lo esperaba no se molestaría por la impuntualidad.

El viento se hacía más notorio. Su cuerpo ya estaba seco.

Se detuvo frente a dos árboles que formaban un portal con sus troncos y posó las manos sobre su pecho.

Sintió una presencia frente a él. La corriente trajo consigo pequeños silbidos que rozaban sus mejillas.

Cuando sintió que era el momento de alzar la vista, lo hizo; abrió los ojos y soltó un suspiro que le purificó el alma.

Frente a él había un cuerpo muy delgado de piel lechosa, vestido con una bata blanca; su largo cabello albino caía por sus hombros y se movían al son del viento; sus labios eran finos y sin color; su nariz, pequeña y afilada, y de sus orejas colgaban pendientes de hielo.

Su mirada ciega era ocultada por un pañuelo blanco que le rodeaba la cabeza.

Tenía rasgos andróginos. Con la mitad de su rostro cubierto, no se sabía a simple vista si era hombre o mujer, aunque eso era lo de menos.

Delante de Zimbel estaba Ventus, el dios del viento y creador de la corriente elemental más misteriosa y difícil de dominar: la Corriente del Viento.

—Zimbel, ¿por qué no estás aquí?

El muchacho frunció el ceño. Su devoción desapareció; apretó los puños y desvió la mirada hacia el borde del prado, donde perdió su atención en una mancha negra a lo lejos.

Ventus lo sintió; sus labios se entreabrieron, intranquilo. Movió la cabeza en dirección a la negrura.

—¿Por qué no estás aquí, Zimbel? —repitió.

—¿Qué?

La misteriosa mancha creció, se acercó. Al principio tomó forma humana, mostrando a un hombre pálido de cabello negro, pero después de avanzar, cambió; aumentó su tamaño, deformando sus indistinguibles facciones.

Plumas oscuras salieron de su piel, al igual que un pico que perforó la carne que sangraba por cada poro.

El cuerpo de Ventus se desvaneció en la oscuridad, reduciéndose a cenizas que se esfumaron gracias a la brisa.

—¡Ventus! —Zimbel quiso alcanzarlo, pero fue demasiado tarde.

Su dios desapareció.

La figura ovípara se acercó a sus espaldas.

Zimbel se horrorizó. El pico de la bestia le sonrío de oreja a oreja, enseñando sus dientes sarrosos, y remarcando sus horribles ojos huecos que no guardaban alma.

Extendió su emplumada mano hasta tocarlo en su corazón, y cuando estuvo a punto de darle un mordisco, desapareció, dejando a Zimbel con un nudo en la garganta.

De su pecho emergió una tinta oscura que caminó por la piel de sus brazos.

Se rascó con la esperanza de hacerla desaparecer.

No tuvo éxito, la corrosión subió y pasó a más partes de su cuerpo.

Zimbel, sin saber qué más hacer, se quitó la gabardina, exponiendo su torso desnudo, y efectivamente, aquella oscuridad había brincado a su torso.

El horror rayó su cordura, así que, llevado por la desesperación, apretó los puños y buscó en su interior la forma más rápida de invocar el fuego que purificaría la oscuridad.

Pero la ausencia le respondió. La corriente no salió, como si su conexión con los elementos nunca hubiera existido. Aquello le perturbó.

El prado había desaparecido, solo estaba él en medio de la nada oscura. Sus órganos comenzaban a comprimirse. La corrosión cubrió la mitad de su cuerpo y dobló su tamaño, formando una segunda piel áspera y negra que le provocó un ahogo con sus propios sollozos.

Un gutural, acompañado con los susurros de la tormenta, perturbó el sonido de las hojas al alejarse.

Zimbel se giró con los ojos desorbitados; su expresión de muerte creció cuando vio a Khada detrás de él, con un rostro indescriptible, cubierto por la misma piel áspera y los ojos al rojo vivo.

No parecía tener intenciones de herirlo, sin embargo, Zimbel retrocedió; sus lágrimas salieron descontroladas.

Todo lo que alguna vez vivió con él se desvaneció.

Estaba seguro de que quien tenía enfrente ya no era el Khada que amó alguna vez.

El siseo de la penumbra lo dejó sordo. Las lágrimas le nublaron el sentido y la silueta de Khada dejó de diferenciarse entre la bruma, avivando un hormigueo dentro de sus propias venas que lo orillaron a gritar.

La corrosión envolvió su cuerpo, le prohibió respirar.

Lo único que recordó fue la textura porosa de la oscuridad consumiéndolo .

Y un cuervo mirándolo fijamente desde la profundidad del Abismo .

Era «él» .

Erén, 2064.

Zimbel despertó soltando un jadeo muy fuerte. Su frente sudaba y su abdomen ardía. Reguló su respiración, había lágrimas secas en su rostro, y nuevamente salieron al recordar la pesadilla.

—¿Zimbel?... ¡Zimbel!

Las lágrimas dejaron de caer. Abrió bien los ojos, espabiló. Alguien lo llamó..., una voz que temió no volver a escuchar después, que sin dudarlo, lo tranquilizó. Enderezó su rostro, encontrándose con Russell yendo a su posición.

—¿Qué sientes? ¿Cómo estás? —el luchador lo tomó de la cara con delicadeza—. No te levantes.

Un calor ligero abrazó sus hombros, despertando uno a uno sus sentidos básicos.

Vio sus manos, luego su entorno; estaba en su habitación, mas la estancia se percibía diferente.

Había un sillón al costado de la cama que no reconocía, además de una pila de libros regados sobre sus cojines.

Se inquietó al ver cinco ramos de flores blancas sobre la mesa de la entrada.

Y el atuendo de Russell… No recordaba que vistiera una camiseta azul cuando lo llevó al Santuario.

—Russell.

La mirada del moreno emitió un brillo. Sentó su cuerpo al borde y frunció el ceño, preocupado, limitándose a solo verle.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó, humedeciéndose la garganta.

Russell desvió la mirada hacia la ventana, soltó un suspiro, acercando sus manos a las de él para acariciarle.

—Estuviste en coma por quince días.

—¿Quince días? —Zimbel entreabrió los labios. Tragó saliva como pudo, al final resopló, disimulando su sorpresa.

—Traeré a Galena.

—¿Galena?

La puerta se abrió del otro lado, mostrando a la mujer de cabello negro y ojos azules.

Galena, la encantadora que hacía guardia en el Santuario, apareció.

El luchador tragó saliva al verla; se apartó del camino y Galena pudo entrar.

Tomó el pulso de Zimbel en silencio y verificó su estado físico.

Él, mientras tanto, la observaba, incrédulo.

—¿Qué haces aquí?

Galena cerró los ojos y soltó un suspiro discreto. Acercó sus manos al torso de Zimbel y le quitó la sábana que cubría su cuerpo, mostrando una venda que aflojó.

—Te curo —dijo en voz baja al posar su mano sobre la única y gran cicatriz de su vientre.

Era una rutina. La lesión de Zimbel se curaba bajo la palma de la Encantadora; si bien no era un acto milagroso, estaba claro que gracias a su energía agilizaba el proceso de recuperación.

—Perdiste mucha sangre, Zimbel —suspiró—. Tu cuerpo rechazó la sangre de tu familia; creí que morirías. Por suerte, fuiste compatible con Russell.

La quietud creció. El corazón de Zimbel latió a mil por hora.

En un acto inconsciente se miró las palmas, suaves y pálidas, muy bien cuidadas a diferencia de su abdomen.

Sus ojos azules se movieron por toda la decoración del cuarto, y al ver el extraño sillón junto a la cama por segunda vez (que no pertenecía a la decoración de su cuarto), supo que Russell no se había separado de él desde entonces.

Aquello lo conmovió. Miró al luchador con una pequeña sonrisa de agradecimiento. Él hizo lo mismo, nervioso.

Galena, por su lado, siguió arropándolo con indiferencia y le dio un nuevo vendaje, después se retiró sin despedirse, golpeando el cerrojo de la puerta con el marco de entrada.

Los dos hombres se quedaron solos. Russell inspiró, se dio la vuelta para cerrar bien la puerta y aprisionó con su puño la perilla por unos segundos antes de dirigirse hacia el azabache en silencio.

Tomó asiento al borde de la cama, y no pasaron ni dos minutos cuando Zimbel lo tomó de uno de sus brazos con intención de acercarlo más.

Él, ante el gesto, relajó sus facciones, le sonrió y obedeció; le regresó el tacto, acariciando por encima la mano blanca que lo tocaba.

—Lamento haberte hecho donar sangre... —Zimbel entrecerró los ojos.

El pelirrojo negó. Frunció los labios, a punto de hablar, mas se contuvo. Su entrecejo tembló y al cabo de dos segundos, confesó:

—Estas dos semanas fueron una tortura para mí.

Zimbel aflojó su agarre; se volvió a mirar el vendaje.

—¿Qué pasó?

—Cuando te desmayaste, Galena me ayudó a traerte. Ella se encargó de venir dos veces al día para curarte con su mano como una especie de terapia. Incluso tu padre vino; Zuri también ayudó mucho, y... y yo... Yo me quedé a tu lado día y noche.

Todo dejó de importar. Zimbel entró en un estado de paz absoluta; ya no tenía por qué esperar lo peor.

El calor en sus venas corrió hacia su corazón, y por un instante creyó que sus problemas se habían ido, que ese era el fin de su sufrimiento y que lo único que debía de hacer era vivir de nuevo.

Sonrió, sus ojos se humedecieron, no por el llanto, sino por la ternura de ser atendido.

Juró percibir al viento invitarle a unirse con él.

Quería tocar a Russell, sentirlo; quería estar seguro de lo que sentía, y en vez de hacer el esfuerzo por ordenar sus pensamientos, se acercó a él, desde su lugar lo abrazó; le rodeó el cuello y ocultó su propio rostro entre su gran hombro.

No lo soltó. Pronto él le correspondió. Sintió su calor y sus manos arrastrarse por su espalda, dibujando caricias tan suaves y cautelosas como para tratarse de alguien tan grande y rudo por apariencia.

Cerró los ojos, se dejó embriagar por el olor natural de Russell, tanto que pudo haberse quedado dormido ahí mismo.

—Velaste por mí... —le susurró al oído—. Gracias.

Russell rodeó con más fuerza su espalda. Exhaló, necesitándolo. Al final lo soltó, sus ojos se entristecieron.

—Perdón por no haber estado en el momento justo... Pude haberte protegido —se mordió el labio; hubo un quiebre en su voz.

—Yo te dije que esperaras afuera —Zimbel acarició su hombro.

—Sí. Y gracias a que fui obediente terminaste en coma por medio mes.

—Y aprecio mucho que me hayas obedecido.

Pero incluso con las cálidas palabras de Zimbel, Russell no borró su expresión impotente, se alteró.

—Sabía... Sabía que ese cabrón no se iba a quedar de brazos cruzados —se levantó—. ¡Debí suponer que tenía el ojo puesto en ti!

—Russell.

—¿Por qué te tiene tanto odio? ¿¡Por qué tú!?

—Russell.

—¡Pudiste haber muerto!

—¡Russell!

—¡¿Qué?!

—Basta.

Russell se calló abruptamente. Tragó. Se controló. Volvió a sentarse, espabilando; estiró sus brazos y lo abrazó por segunda vez.

—Estaba muy asustado —admitió—. Pensé que morirías.

No tuvo pena, lloró en el hombro de Zimbel.

—Cuando te vi ensangrentado en el piso solo pude sentir… miedo. De no ser por tu familia, yo me hubiera vuelto loco.

Las cortinas, pese a cubrir las ventanas cerradas, revolotearon.

El viento circuló en la habitación por debajo de la puerta y trajo consigo un hilo de frescura que le devolvió a Zimbel la esperanza...

, esa que había perdido antes de ser asesinado por Khada...

, y que en Russell recayó . Se dejó conmover por sus sollozos y lloró también, abrazándolo por un buen rato, hasta que Russell se alejó y lo tomó del rostro.

—Mientras ese tipo siga vivo, yo no me voy a separar de ti —le susurró, viéndolo con los ojos llorosos—. No permitiré que te haga daño de nuevo, ¿estamos?

La nariz de Zimbel enrojeció. Asintió, limpiando sus lágrimas antes de tocar las manos de Russell, pidiéndole en silencio que no lo soltara.