Vehemente 16 . EL DÚO LETAL #4
60%

16 . EL DÚO LETAL #4

Sus cejas estaban fruncidas, su mandíbula tensa y había una sombra en su mirada que no supo distinguir si era por curiosidad o por celos.

El ascensor descendió en silencio.

«¿Qué está pasando?», pensó.

Sacó su celular, vio la hora, lo desbloqueó, y la primera aplicación que se mostró fue el chat privado que tenía con Diego. Su último mensaje, enviado hace más de tres horas, seguía sin respuesta. Se preocupó. Primero Diego, luego Leone.

Detestaba ser ignorado.

Llegando a la planta baja, salió sin prisa del edificio y dejó que el viento vespertino le aclarara la mente.

Volvió a suspirar, un poco más calmado. La noche apenas estaba llegando y no quería desanimarse.

Buscó entre sus contactos el número de su padre.

Aunque no quería, su mente seguía divagando en los últimos minutos de la corta conversación con Leone, pero tenía claro que lo único que quería era largarse de ahí.

Antes de llamar a su padre, un claxon lo hizo sobresaltarse por medio segundo. Del otro lado de la calle, una gran y pulida camioneta pick up negra del año destacaba entre los demás carros esperando el verde del semáforo.

—¡Buki! —el conductor le gritó; sacó su brazo por la ventana. Era Frank, irradiando carisma como siempre.

Enzo guardó el teléfono y cruzó la calle.

—¿Qué onda, buki?

—¿Y este carro? —tocó el borde del cristal de la ventana y se recargó ahí—. Por fin refinaste tus gustos.

Frank colocó el freno de mano; sonrió de lado aún viendo al frente y le dio un gran bocado a su torta de huevo envuelta en papel aluminio.

—Es de la chamba, así que no te acostumbres —lo miró a los ojos y sacó el codo por la ventana—. ¿Y tú? ¿No tenías clases a esta hora?

—Cancelaron el seminario.

—Súbete pues, te voy a dar raite a tu casa.

Enzo contuvo una sonrisa, aunque la desvaneció enseguida cuando se percató, de reojo, de la presencia de alguien más.

Estaba sentado en la caja de la camioneta, detrás de la cabina, con el cuerpo encorvado y la capucha de una sudadera gris cubriéndole la cabeza.

Lo poco que alcanzó a distinguir fue la piel de sus manos, apoyadas sobre las rodillas con un bronceado rojizo propia de las personas caucásicas.

El desconocido se enderezó lo suficiente para dejar al descubierto su rostro joven y ojeroso.

Algunos mechones escapaban por los huecos de la capucha.

Llevaba el cabello revuelto y teñido de verde, con unas cuantas rastas improvisadas en las puntas, hechas por puro aburrimiento.

Enzo tragó saliva antes de rodear la camioneta y dirigirse hacia el lado del copiloto.

Entonces escuchó el roce de algo contra el acero de la caja trasera.

Alzó la vista y se encontró cara a cara con el muchacho, que se había desplazado de lugar para observarlo mejor .

Sus miradas se encontraron; Enzo entreabrió ligeramente los labios, curioso.

Por lo que podía ver, el desconocido aparentaba tener más o menos su misma edad.

Al final lo ignoró. Se subió a la camioneta y cerró la puerta, extrañado.

—¿Quién es? —susurró con la vista perdida.

Frank pasó la lengua por sus muelas, limpiándose la comida. Quitó el freno y salió a la avenida. Acomodó el espejo retrovisor en donde colgaba un rosario de Santa Leticia y de paso observó la figura del muchacho desde la caja trasera.

—Un morraco que me encontré cuando venía de regreso —dejó su torta en el espacio bajo el estéreo—. Dice que ocupa lana, así que me lo traje a ver pa’ qué me sirve.

El chico se recargó en la ventana cerrada. Frank le acercó una flor roja.

—Ten —era una amapola—. Pa’ que la guardes.

Enzo la tomó; admiró con detalle el vivo color de los pétalos y giró el tallo entre sus dedos.

Se entretuvo, perdiéndose en el movimiento que extrañamente le recordaron a Leone.

Valioso, frágil y hermoso... Así era para él.

Sabía que guardaba secretos, que tenía mucho que decir, pero por alguna razón prefería mantenerse en silencio.

Quería conocerlo. Le interesaba. Lo confesó.

Junto a Diego, Leone era perfecto para él, tanto que se sentía mal por ello.

Su intención no cruzaba más allá de los pensamientos.

Deseos carnales y una necesidad obsesiva de estar con él aunque sea por una noche.

Jamás había estado en un dilema similar; defendía la monogamia a capa y espada.

Pero con Leone...

No..., no podía hacerle eso a Diego.

Frank se aclaró la garganta con un carraspeo que sacó a Enzo de sus pensamientos; se sobresaltó, por instinto escondió la amapola entre sus manos.

Por la ventana pasaron los autos del carril opuesto.

Enzo permaneció callado mientras veía por el espejo retrovisor la espalda del extraño en la caja.

No supo cuánto tiempo pasó con certeza, pero el silencio dentro del vehículo se alargó lo suficiente como para empezar a incomodarlo.

Ni siquiera la curiosidad lo motivó a mantenerse positivo.

Apretó la amapola con una mano hasta que los pétalos se desprendieron del cáliz, luego el tallo crujió.

—¿Sabes qué está haciendo Diego? —preguntó finalmente, arrugando la tela de su pantalón.

Frank no despegó los ojos del camino.

—Pensé que estaba contigo —su respuesta fue inmediata.

El ceño de Enzo se frunció. Diego nunca desaparecía sin avisar. Nunca. Y eso solo agrandó más sus preocupaciones.