16 . EL DÚO LETAL #3
Entrecerró los ojos, grabando la sensación en su memoria, temeroso de que si lo soltaba todo se desvanecería , pero Russell no parecía dispuesto a dejarlo ir tampoco.
Y ahí lo supo. Él y Russell eran uno solo. El dúo inseparable.
Nada ni nadie cambiaría eso.
Jamás.
Actualidad.
Inu Koi, 2064.
Un sueño, su recuerdo más preciado.
El calor que le daba la corbata por fin se manifestó. Lo despertó, se había quedado dormido en el sillón de su sala al llegar del juicio con el hijo de Ríos Ortiz.
Beltrán tuvo razón, el caso se solucionó con una indemnización y la condición de que Leone visitara el Centro de Salud Psicológica una vez por semana durante cuatro meses para descartar cualquier problema de ira.
Seguía con ese traje negro ajustado que no le gustaba para nada.
Al levantarse, una carta sellada cayó al suelo junto a su teléfono desbloqueado con cuatro llamadas perdidas de Tatsuro en el historial.
El sonido había sido seco y corto. Se sentó al borde del sillón y recogió la carta, ignorando la vibración de una quinta llamada entrante.
Su garganta se cerró conteniendo el mismo llanto que lo obligó a dormir, las lágrimas secas en su rostro le delataban.
Una carta que nunca fue llevada a su destinatario, sin abrir desde hace trece años, en donde Leone por primera y última vez confesó sus sentimientos y temores. Se quedó dormido con ella en manos con la esperanza de invocar a su destinatario.
Vaya que disfrutaba hacerse daño.
Tenía la carta de amor que le escribió a Russell, que jamás se la dio, ni antes, ni ahora, ni nunca.
La tristeza mojó los bordes del papel, lo cual desató dentro de Leone un sinfín de emociones negativas. Apartó la carta, cuidando de no estropearla; quiso secarla, y al no conseguirlo, se la llevó al pecho y rompió en llanto.
El lamento solo sirvió para recordarle lo peor: haber perdido su virginidad que, de una manera que ya le parecía estúpida, la guardó toda su vida para Russell.
Aunque siempre fue consciente de que una historia entre ambos jamás iba a suceder, prefería mantenerse intacto que entregar esa parte de sí mismo a cualquiera.
Pero ya no quedaba nada que pudiera hacer para cambiarlo.
Diego la había tomado a la fuerza, dejándolo con una culpa que lo hacía sentirse fatal.
No tuvo tiempo de desahogarse debidamente, el timbre de la puerta le interrumpió el momento.
Dispuesto a ignorarlo para acostarse de nuevo, volvió a sonar.
Se cubrió con los cojines y el timbre llegó por tercera vez.
Se vio obligado a atender, enderezó su cuerpo y se levantó sin ánimos, arrastrando los pies y dejando la carta en la mesa del recibidor.
Encerró la perilla con la palma y abrió la puerta hasta que vio una maraña de cabello rubio.
Sin querer, su cuerpo entró en un estado de alerta.
Frente a él estaba Enzo Amato, aquel chico que le provocaba querer agarrarlo a golpes en las ruedas de prensa por su actitud tan irritante. No fue discreto, resopló al verlo.
Enzo, por su parte, le sonrió meneando su cuerpo de izquierda a derecha mientras escondía sus manos detrás de la espalda.
—¿Qué quieren? —Leone soltó la pregunta y abrió lo más que pudo la puerta para asomarse al pasillo.
—¿Qué? —Enzo se quedó quieto.
—¿Dónde está Diego?
—Solo vine yo.
Al cerciorarse, Leone suspiró; miró al chico con odio y tocó la perilla con ganas de cerrarle la puerta, pero él se interpuso y la detuvo con el brazo, abrió bien los ojos y sonrió, nervioso.
—¡Espera!
—Lárgate —tensó ambos puños.
—¿Qué sucede? —Enzo frunció el ceño; observó su rostro detenidamente y externó una preocupación genuina—. ¿Estabas llorando?
Leone se tragó el odio. Sus pupilas se encogieron hasta casi desaparecer. Evitó el contacto, ladeó la cabeza limpiándose las mejillas.
—Vete, por favor.
—¿Pasó algo? Puedo escucharte.
—No, no puedes.
—Leone...
—Enzo —no se contuvo, le habló con voz firme.
El chico tragó saliva; bajó el rostro, apenado y confundido. Llevó sus manos al frente, jugó con sus dedos, sintiéndose intimidado, pero sobre todo, despreciado. Exhaló por la nariz, se mantuvo pensativo un par de segundos y enderezó la postura, encarando al luchador.
—¿Estás así por El Demonio?
La piel de Leone se erizó. Miró al chiquillo con unas ganas insanas de sembrarle un golpe en la boca.
No obstante, al poco tiempo se volvió a contener.
Sabía que Enzo, al igual que los admiradores y el país entero, se tragó sus propias declaraciones en donde decía abiertamente que Russell solo estaba tomándose un tiempo.
Suspiró, sacando el aire que le oprimía el pecho.
Actuó como si nada; estiró el cuello y le dedicó al chico una expresión seria desde arriba.
—Déjame en paz, Enzo —reformuló, haciendo su voz más grave—. Por tu seguridad y la mía, déjame en paz.
Y le cerró la puerta en la cara.
Enzo tomó un gran bocado de aire, abriendo lo más que pudo sus ojos sin importar que el aire del portazo siguiera secando sus retinas.
Se quedó inmóvil frente a la puerta, dudando si lo que había pasado fue real o no, y repitió en silencio las palabras de Leone con un nudo en la garganta.
Quiso tocar de nuevo, pero su dedo se paralizó a un centímetro del timbre.
Dio un paso atrás, y luego otro, hasta que su espalda chocó contra la pared contraria del pasillo.
Regresó por el corredor, en dirección al ascensor.
Pulsó el botón de la primera planta y esperó con la atención perdida en la alfombra del piso.
El sonido de las puertas deslizándose lo hizo reaccionar.
Y en eso, enderezó su postura justo para encontrarse con la figura de un hombre de complexión fuerte, vestido con el uniforme de policía, de cabello negro y ojos azules que se posaron en él con una intensidad extraña.
—Buenas tardes —saludó él por cortesía.
Enzo tardó en reaccionar, su vista se perdió en el nombre bordado en su pecho: «C. Miranda».
—Buenas... —respondió en automático.
El policía pasó junto a él, dejando el ascensor vacío, a lo que Enzo avanzó y entró.
Observó al hombre de reojo, girando sobre sus propios talones dentro de la cabina.
Lo vio caminar por el centro del pasillo, leyendo los números de las puertas.
Se detuvo frente a la puerta de Leone y tocó el timbre.
Enzo se paralizó; las puertas del ascensor se cerraron.
Su reflejo en la pared de metal le devolvió la imagen de alguien que no reconocía del todo: él.