Vehemente 16 . EL DÚO LETAL #2
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16 . EL DÚO LETAL #2

Russell sonrió de oreja a oreja. «Predecible», pensó; perfiló su cuerpo para esquivarlo.

Diego frenó su paso abruptamente, su cuerpo se desvió con precisión, teniendo libre el costado derecho de Huzumán.

El predecible había sido él. Diego le soltó un fuerte golpe en las costillas que lo hizo perder el aliento.

Encorvó su postura, se cubrió con su mano e hizo el intento por mantener el equilibrio; juraría que a lo lejos escuchó el grito de su madre, pero ni así sintió una pizca de cobardía.

Alzó la cabeza, topándose con el puño de Diego a punto de romperle la cara, y en un acto desesperado, desvió el golpe con un manotazo mal dado.

Ávalos abrió bien los ojos; Russell, por su parte, jadeó, recuperando el aliento, y sin pensárselo dos veces, se inclinó y dio un brinco, dándole un cabezazo con el que ambos se desorientaron.

Un hilo de sangre figuró en el aire. La ceja derecha de Ávalos se partió al impacto y su sangre no tardó en escurrirse hasta el cuello. Aflojó la mandíbula, pero al poco tiempo endureció sus músculos. No hizo el esfuerzo por limpiarse, directamente levantó el puño para contraatacar.

Entre el público, Beltrán tomó asiento por fin, anonadado.

Vio a Russell esquivar los golpes de Diego con una precisión mayor a cuando lo entrenó.

Juró que su cabello enrojeció cual fuego; sus movimientos, su resistencia, todo parecía estar acomodado para él.

En medio del combate, del otro lado del público, divisó a Tatsuro con las manos aferradas a la barricada.

Los dos se miraron desde su distancia, compartiendo la misma sorpresa por el enfrentamiento ante sus ojos.

Leone se quedó asombrado. No estaba ni cerca y aún así pudo ver las gotas de sudor desprenderse de sus pieles. Fue etéreo, Huzumán era una deidad; su posición, sus músculos, su determinación. Este lo miró de reojo; le dedicó una expresión orgullosa, diciendo con esos ojos verdes: «Yo también puedo».

—De eso estoy hablando… —Tsuro sonrió de oreja a oreja. Se dio la vuelta, quedando frente a su grupo—. ¿¡Qué esperan!? ¿¡Prefieren apoyar a unos matones que a nuestros propios compañeros!?

A pesar del ruido, la voz de Tatsuro tomó presencia. Naín y Sebastián lo flanquearon .

—Ya estuvo bueno de enaltecer a esos cabrones… Ahora nos toca a nosotros —agarró el borde de la barricada—. ¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE!

—¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE! —Naín se unió gritando a todo pulmón echando porra, seguido de Sebastián.

—¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE!

—¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE!

—¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE!

De ser tres muchachos gritando contra el bullicio del gimnasio, un chico se les unió, y después otro, y otro. El salón entero de «2°A» coreó la porra.

Diego apenas escuchaba su propia respiración, pero aquello...

aquello no lo pudo ignorar. Su mandíbula se tensó al captarla.

No podía ser, debían de alabarlo a él. Giró el rostro hacia el origen de la porra, entonces se agudizó el dolor de su herida.

Una rabia le recorrió las venas. ¿Dónde quedó el respeto?

¿Por qué se sentía la burla? Su cuerpo quedó estático, sus pupilas casi invisibles.

Movió los ojos, buscando la posición de Valentino, cuando distinguió a alguien en la multitud, sentado con las piernas abiertas, mirándolo fijamente con una sonrisa perversa.

Era Beltrán, disfrutando de su desgracia.

Claro que lo hacía, lo conocía bastante bien .

Y él se levantó sin apartarle la vista. No tardó en unirse.

—¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE!

Ante el apoyo del j efe , todos los alumnos de «6°B» le siguieron, creando una porra masiva que desencadenó el apoyo de visitantes y profesores.

Leone, jadeante, sonrió. Compañeros de otros grupos, personas que no conocía, los apoyaban.

Y se sentía tan bien.

Volteó a ver a Russell, quien también se dio el momento de disfrutar los ánimos del público.

Su expresión tensa había cambiado, ahora era un chico lleno de esperanza, y justo cuando se giró hacia él, cruzando sus miradas, lo entendió todo.

Era su momento. Estaba en sintonía con Russell.

Se sentía comprendido, amado . A partir de eso, su único objetivo era ganar, no por su familia ni por su honor, sino por él, porque solo en el éxito iba a sentirse aceptado...

Solo en el éxito estaría a la altura de Russell Huzumán.

El jadeo de Diego los obligó a concentrarse.

Este se acercó con una mano en la cara, limpiando la sangre de su ceja partida.

Valentino se colocó junto a él, por lo que quedaron frente a frente como al principio.

Diego, sin disimular, le dedicó una mirada asesina al pelirrojo.

Los cuatro lo sabían, ya no había manera de rajarse, era noquear o ser noqueado.

Así que Diego atacó primero, de un giro rápido, una patada baja dirigida a la rodilla de Russell con la intención de hacerle perder el equilibrio.

Russell apenas logró esquivar a tiempo. No tuvo respiro, cuando menos se dio cuenta, ya tenía el puño de Diego en su rostro.

Valentino se lanzó contra Leone, tomándolo por sorpresa. Por fin pudo ponerle las manos encima, lo cargó como si nada y se dejó caer con él contra el suelo. Leone aterrizó, aturdido; de repente el aire se le fue, pues Val cayó encima de él para hacerle una llave.

Russell se recuperó del golpe. Parpadeó repetidas veces, acoplándose al instante, y en vez de contraatacar, soltó un quejido tan fuerte que pareció grito.

Vio de reojo la pelea de Leone y Val, y sin tomar en cuenta las consecuencias, corrió hacia ellos, tomó a Valentino de los brazos y lo alejó de Leone.

—Russ... —el peliblanco apenas pudo recuperar el aliento.

Valentino se zafó del agarre dándole un codazo en las costillas. Russell encorvó la espalda; miró el piso y en menos de un parpadeo sintió las manos de Val aprisionarle los brazos. Al levantar la cabeza, vio a Diego acercarse por su lado derecho.

—Ey, esto no está permitido —Huzumán intentó alejarse—. Juega limpio, cabrón.

Diego no escuchó. Lo tenía enfrente, de pechito, siendo inmovilizado por Val, listo para golpearlo sin que él pudiera defenderse.

La situación era obvia. Ávalos alzó el puño, perfilando su cuerpo para dar el golpe más fuerte de su vida.

Sucedió demasiado rápido. Leone no se lo pensó y se interpuso, recibió el golpe y este fue lo suficientemente seco como para abrir la herida en su labio que llevaba curándose desde el día anterior.

No cayó, lo resistió. El sonido desapareció; los cuatro se quedaron atónitos.

Diego abrió bien los ojos, aparentemente arrepentido.

Russell, mientras tanto, aflojó sus músculos sin despegar la atención de Leone, quien se tambaleaba de un lado a otro.

El timbre de la campana sonó, y la directora Liu entró al ring por la esquina. Su presencia marcó un cambio; los cuatro jóvenes se alinearon frente a ella sin renegar.

—Es suficiente —su voz ya no se oía exaltada—. Ya vi suficiente.

Se generó una oleada de murmullos.

Leone clavó la vista en el suelo, aguantando el dolor punzante en su mandíbula. Una que otra gota de sangre cayó, formando manchas pequeñas junto a sus pies.

—He visto muchas peleas a lo largo de mi vida, así que sé diferenciar cuando se trata de técnica o de instinto —señaló a una bina—. Y ustedes tienen ambas.

Russell abrió bien los ojos; golpeó con su hombro el de Leone para llamar su atención. Ellos eran los señalados.

—Russell Huzumán y Leone Ferrán, ustedes tienen la voluntad de pelear como si fuera lo último en sus vidas —y lo dijo frente a todos. Se giró hacia el público—. Creo que no soy la única que se dio cuenta.

Los espectadores le dieron la razón, asintiendo y hablando entre dientes.

—En cuanto a ustedes… —miró a Diego—. Dejé pasar el primer truco, pero el segundo fue inaceptable. ¿Dos contra uno? ¿Dónde quedó el honor, Diego?

El moreno agachó la cabeza. De su rostro por fin cayeron las gotas de sangre que escurrían de su herida.

—No voy a permitir que en mi escuela haya personas que manchen el significado de ser un luchador, mucho menos lo permitiré en mi linaje. Esta es mi primera y última advertencia, ¿entendiste?

—Sí, madre —respondió Diego rápidamente, y se arrodilló.

Valentino no tuvo más opción que imitarlo.

La directora Liu les dio la espalda, tomó las manos de Leone y Russell y los llevó al centro del ring .

—¡Por ser un ejemplo de resistencia, compañerismo y fuerza, declaro que los ganadores del combate mixto son Russell Huzumán y Leone Ferrán! —les alzó ambas manos, coronándolos como los campeones.

Ovaciones, gritos y aplausos. Todos los presentes se levantaron, incluyendo gran parte de los visitantes.

—¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE!

—¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE!

—¡RUSSELL Y LEONE, RUSSELL Y LEONE!

La porra volvió a tomar fuerza. Tatsuro gritó; su emoción fue tanta que abrazó a Naín y a Seb, y les pidió a los demás del grupo que se unieran, formando una bola de alumnos orgullosos.

Beltrán, del otro lado, sonrió metiendo las manos a los bolsillos del pantalón, ignorando el escándalo que se formaba a su alrededor.

Russell, incapaz de creerse lo que estaba ocurriendo, se quedó ido en medio de las ovaciones hasta que, por instinto, volteó hacia donde estaban sus padres. Ambos lo miraban con orgullo: su madre lo grababa con el celular, y su padre, de pie, aplaudía sin detenerse.

Russell no pudo contener la emoción. Sonrió, se dio la vuelta y miró a Leone, que también estaba perplejo.

Ambos se sonrieron, pero el pelirrojo fue el primero en perder el control y se abalanzó sobre él para abrazarlo.

Leone le correspondió;rodeó su cuello con el brazo y le sujetó parte de la espalda con el otro.

Lo disfrutó. A pesar de la exaltación que aún los dominaba, disfrutó de aquel abrazo como nunca.

Cerró los ojos y se dejó envolver por el olor de Russell.

Hundió el rostro en su hombro y dejó que su aliento se mezclara con el aroma metálico de la sangre y la sal de su piel.

Lo estrechó con más fuerza, sintiendo el latido acelerado de su pecho contra el suyo, ambos desbocados al mismo ritmo.

Por un instante, nada más existió. Ni el gimnasio, ni la multitud.

Solo la certeza de que estaba ahí, con él, juntos, y que ya nada volvería a separarlos.