16 . EL DÚO LETAL
Inu Koi, 2051.
Una gota de sangre cayó en el piso; era de Leone, que pese a usar una careta protectora, recibió un golpe tan fuerte que hizo que se mordiera el labio inferior.
Jadeante, se quitó la careta y reguló su respiración; yacía sentado en la esquina del salón, sintiendo su corazón latir a mil por hora.
Miró sus manos, envueltas en vendas para evitar lastimarse durante el entrenamiento, pero de nada le sirvió, su oponente de práctica no tuvo piedad con él.
Pasó un pulgar sobre la herida en su labio, sintiendo una leve punzada de dolor.
A su vez, observó el salón desde su rincón; frente a sus ojos, Russell estaba peleando contra Beltrán.
La decisión de usar al Halcón como rival de entrenamiento fue propuesta el día después de conocerlo, ya que el tamaño de su cuerpo y fuerza eran lo más cercano a Diego.
Cada movimiento de Beltrán era una prueba del impacto que Diego podría causar, él no se contenía y eso era justo lo que necesitaban.
Leone enfocó sus sentidos en Russell. Le sorprendía la facilidad con la que aprendía mientras ejercía.
Se fijó en los músculos de su espalda, visibles a través de su camiseta empapada de sudor, que se contraían con los golpes que bloqueaba y lanzaba.
Tenía una fluidez natural al momento de pelear que lo hipnotizaba y hacía que que su mente divagara sin pena.
Su atención se pasó a Beltrán, el único de los tres que prefería entrenar sin camiseta.
El sudor escurriendo por su torso desnudo resaltó los bordes de sus músculos perfectamente desarrollados para un muchacho de veinte años.
Apreció ambos cuerpos en un acto rápido, pero suficiente para que una calidez incómoda le recorriera el rostro junto a ciertos pensamientos que no quería admitir, y una punzada de vergüenza lo obligó a apartar la vista.
Se sacudió la cabeza; no podía distraerse, no se lo permitió... , no era ese tipo de hombre.
Como en todo evento de lucha, los enfrentamientos estaban organizados para mantener el interés del público, siendo las peleas entre novatos los primeros en presentarse para gradualmente subir la dificultad de los números y culminar con los que se asemejaban a una verdadera lucha profesional.
El gimnasio principal de la academia había sido transformado para el evento.
Los estudiantes crearon un ambiente lleno de energía y emoción, abarrotando las gradas con bullicio.
Entre el escándalo, Beltrán era de los pocos que andaba sentado en silencio, quieto y con la mirada clavada en el ring que se delimitó con barricadas de metal, acaparando la mayor parte del salón.
Se cruzó de brazos; observó cada rostro a su alcance con una velocidad innata, hasta que del otro lado de las bancas divisó a Naín, a Sebastián, y el que mejor le caía, Tatsuro.
Las ovaciones llenaban el lugar con cada enfrentamiento.
Aplausos, chiflidos, gritos; alumnos, profesores y visitantes por igual tenían a sus favoritos.
Entre la multitud, Beltrán se percató de un hombre junto a dos mujeres que alzaban con orgullo tres cartulinas con el nombre de Ferrán.
Intuyó que era su familia; el hombre, su padre, por el parecido facial y el mismo color de cabello; quizá la mujer a su lado era su hermana, tía de Leone; y la última era una anciana sin parentesco con los otros, pero con los mismos ojos rosados que Leone,
por lo que concluyó que era su abuela por parte de la madre.
Siguió mirando con más calma el entorno y en eso su atención recayó en un hombre imposible de ignorar: Juan Pablo Huzumán junto a su esposa, sentados en la zona antes de la curvatura de las bancas que les permitía tener una visión absoluta del ring .
Él, vestido con una camisa azul marino ajustada, remarcando sus músculos y la barba corta recién perfilada, con un porte imponente al lado de su bellísima esposa, Margarita Flores, presumiendo un vestido blanco y diamantes alrededor de su cuello que le daban un brillo natural a su rostro afilado.
Una pareja perfecta por donde se viera, que a pesar de ya conocerlos en persona, sobre todo al Conquistador De Fuego, el luchador estrella de la arena de su padre, no pudo evitar sentirse como un aficionado más.
—¿Otra vez buscando a Diego? —Anthony, a su costado, se inclinó.
Beltrán contuvo una sonrisa, apartó la vista de la pareja y se giró hacia él.
—No —infló el pecho—. Esta vez sí quiero que le partan su madre.
Anthony hundió los hombros con una mueca seria. Simplemente ya se estaba acostumbrando a no entender a Beltrán.
— ¡A todo el estudiantado, me complace anunciarles que, después de dos años, la categoría mixta ha renacido!
— l as palabras de la directora Liu encendieron una oleada de gritos — .
¡Ya todos lo saben; lo mejor queda al final!
La victoria en esta academia es el honor que nos dejaron nuestros antepasados.
Así que a continuación, el enfrentamiento final, con cuatro estudiantes que en tan poco tiempo demostraron tener el valor de un verdadero luchador —tomó un respiro antes de gritar a todo pulmón—.
¡En esta esquina, siendo el dúo que más honor nos ha traído a la academia con un récord impresionante: Valentino Mendoza, «El Puño de Acero», y Diego de Ávalos, «El Invicto»! Juntos son… ¡El Dúo Letal!
El ruido en el exterior inundó su interior. Tras esa puerta aguardaba el cambio más importante de su vida. Su familia lo apoyaba, sus amigos..., ¿pero por qué sentía miedo?
Por Russell, claro.
Estaba junto a él, clavado en el rayo de luz que se filtraba por debajo de la salida; sus ojos verdes, esos que le robaron el aliento desde el primer momento, seguían inquietos bajo sus párpados relajados.
La frente le sudaba, estropeando la pintura en su rostro que representaba la guerra entre los Koi’Ann.
Ambos tenían el mismo diseño: franjas verticales negras que atravesaban sus miradas para hacerlas ver más intimidantes.
Leone suspiró, tensó los puños aún con la pesadez que sentía en sus hombros; vio a Russell de reojo por última vez, antes de que las puertas se abrieran y la luz iluminara sus torsos desnudos. El bullicio les dio la bienvenida con una ola de calor ardiente.
Jamás había experimentado tal sensación. Nadie lo provocaba de esa manera, y de ahí se aferró, de la vehemencia y sus prejuicios, pues si ganaba, le demostraría a Russell todo.
Lo tenía enfrente. A Diego. Los dos viéndose cara a cara, y Russell y Valentino del otro lado.
Leone tensó el entrecejo, de pronto el ruido desapareció.
La presencia de Diego captó toda su atención; ese cuerpo bien trabajado, imponente y vencedor...
, ese al que le tenía que ganar. Tenía miedo, no quería que la pelea se tornara personal por parte de su adversario y era difícil distinguir sus emociones con la simple mirada.
Diego, inmóvil, resopló sin quitarle los ojos de encima.
—Que sea un juego limpio, Leone —meneó la cabeza con una expresión neutral.
Su corazón se calmó, necesitaba oírlo, y sabiendo que su peor miedo no se haría realidad, le dedicó una sonrisa amistosa sin mostrar los dientes.
Pero Diego no le correspondió.
En cuanto sonó la campana, el tiempo se detuvo por menos de una fracción de segundo. La inquietud se apoderó de Leone sin motivo aparente y de pronto Diego desapareció de su campo de visión. Sucedió tan rápido que apenas logró seguirlo con la mirada. Casi al instante vio a Valentino acercarse a él.
Diego y Valentino formaron una «X» con sus trayectorias. Ahora Diego iría por Russell y Val por Leone. Un sucio truco usado en las peleas callejeras para tomar por sorpresa a los rivales.
Les funcionó.
Y por fortuna, Leone alcanzó a esquivar el agarre de Val. El tiempo regresó a su curso, avivando el bullicio y las porras que se hacían más presentes contra las paredes del gimnasio. Apenas pudo alejarse lo suficiente, Leone perdió el equilibrio y chocó contra una barricada de espaldas.
Russell, por su lado, no reaccionó a tiempo; Diego lo tacleó con una facilidad increíble, haciendo que ambos cayeran al suelo.
El público gritó asombrado. El ruido no cesaba, y el hecho de que todos parecían apoyar a Diego y Valentino hizo enojar a Beltrán como nunca, quien no dudó en levantarse de su asiento, pero Anthony lo retuvo de la muñeca.
Russell estaba atrapado, Diego lo tenía inmovilizado contra el suelo.
El estruendo del golpe de la caída todavía vibraba en los oídos de Leone; sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Apenas había comenzado la pelea y ya estaban en desventaja.
Trató de respirar hondo, aunque ver a Russell perdiendo la paciencia no le ayudó en absoluto. Se quedó paralizado.
—¡LEONE! — el grito de Beltrán atravesó el aire como un disparo.
Todo se encendió de golpe, Leone reaccionó.
Por muy increíble que fuera, sintió el calor del cuerpo de Val acercándose por su izquierda.
Sin pensarlo, lo esquivó, sintiendo el aire cortándole la piel cuando pasó de largo.
Apenas se estabilizó, tensó el puño, giró el torso con fuerza y le soltó a Valentino un puñetazo directo a la cara.
Oyó el golpe más fuerte de lo que debía.
El cuerpo de Val se tambaleó hacia atrás; su cabeza giró por la inercia del golpe, y por un instante, Leone no se lo creyó.
La sangre le hervía en sus venas; sabía que ya no podía rajarse, la energía alrededor de su cuerpo se encendió como fuego.
Russell lo presenció todo; sus ojos se iluminaron con asombro.
La presión de Diego disminuyó por un instante cuando este desvió la vista hacia Val.
Un segundo, solo un segundo fue suficiente para que Russell tensara el abdomen y se girara sobre sí con un movimiento brusco.
Flexionó las piernas y, con un empuje de cadera y hombros, logró zafarse.
Se incorporó de un salto; Diego ya estaba de pie también.
Ambos cara a cara. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración.
Ávalos le sostuvo la mirada, había algo más que una rivalidad académica.
Era diferente, los dos lo sabían. Russell resopló, conteniendo una sonrisa; se limpió el sudor de la cara, manchando sus manos de la pintura negra que resaltaba sus facciones.
Diego fue el primero en moverse. Se lanzó contra el pelirrojo con su postura baja y el cuerpo listo para embestirlo con la misma brutalidad que antes.