15 . EL HALCÓN ORTEGA #3
Era genuino, una verdadera pasión por pelear que le daba a Leone la inspiración y una sensación de pertenencia que nunca había experimentado.
Era igual que él. Con Russell se sentía comprendido, en casa.
Y era precisamente eso lo que le aterraba.
Bajó la cabeza, observando sus manos, todavía temblorosas por el ejercicio que recién acababa de hacer, y entrelazó los dedos como forma de contener su ansiedad.
No quería que eso terminara. No quería que su conexión con Russell fuera algo pasajero.
Le preocupaba su propio deseo de mantenerlo cerca, no solo como una bina de pelea, sino como alguien con quien podía sentirse «él».
Pero sabía que estaba cruzando una línea invisible que podía echar a perder todo si sus sentimientos eran unilaterales.
Su reflexión fue interrumpida por un movimiento en el marco de la puerta que lo devolvió de golpe al presente.
Frunció el entrecejo al ver a un chico castaño en la entrada, vestido con el uniforme deportivo, pero mucho más estilizado que marcaba sus músculos desarrollados bajo la tela.
Tenía una mirada profunda que analizó analizar a todos en el salón.
Su presencia se sintió, ya que los cuatro restantes voltearon a verlo. Tatsuro, sobre todo, se enderezó.
—Chicos, es él —lo presentó—. Beltrán.
Ortega dejó ver una sonrisa de lado. Caminó, adentrándose. Al estar a la par de Tsuro, lo abrazó por el hombro y se recargó en él, provocando que este se tambaleara por el peso.
Leone, sin pensarlo, se levantó a la defensiva.
—Ey, tranquilo, tigre —Beltrán estiró el cuello sin soltar a Tsuro—. Estoy algo tomado.
Hubo un silencio abismal. Ferrán alzó ambas cejas, desconcertado.
—Bueno, ¿para quiénes son los consejos? —mencionó, alejándose de Tatsuro, por fin estabilizando su equilibrio.
No hizo falta hablar. Russell se levantó, acomodándose junto a Leone con los brazos cruzados.
En ese momento, Beltrán logró observarlos a detalle.
La luz del sol a través de la ventana dibujó un aura anaranjada alrededor del cabello de Huzumán; eso, más la cerveza que se tomó de contrabando, lo dejó ido por unos segundos.
—¿Eres el hijo de Pablo Huzumán? —entrecerró los ojos.
Russell tensó la mandíbula. Lo escaneó de pies a cabeza, sintiendo una presencia familiar y al cabo de un rato, asintió.
—Y tú te llamas igual que el dueño de la arena donde pelea mi papá —el pelirrojo respondió.
—Él es mi padre. Ya ves, siguiendo el legado.
Huzumán contuvo una sonrisa. No necesitó conocerlo a fondo; le cayó bien.
—Escúchenme los dos —Beltrán se dirigió a la pizarra del otro lado del salón; borró lo que estaba escrito y sacó un plumón del casillero donde solían guardar los materiales pequeños de entrenamiento.
Todos se acercaron al castaño. Tatsuro y los otros tomaron asiento en las butacas arrinconadas, mientras que Leone y Russell se quedaron atentos.
—Para enfrentarse a Diego, primero deben entender algo: Valentino es irrelevante.
—Beltrán tachó con repudio el garabato de un círculo azul, representando a Valentino—.
No es más que una mala copia de Diego. Los mismos movimientos, la misma fuerza, pero sin la habilidad de improvisar.
Derrotar a Valentino no les servirá de nada si no pueden enfrentar a Diego.
Con la punta del plumón, señaló el otro círculo, hecho con tinta roja, representando a Diego.
—Ávalos es fuerza bruta pura —comenzó a escribir palabras clave alrededor del círculo—.
Sus manos pueden prensar, y ni se diga de sus golpes.
Si quieren ganarle, necesitan usar su propio peso en su contra.
Hagan que pierda el equilibrio y, posteriormente, la paciencia —hizo una pausa, girando la cabeza apenas lo suficiente para mirar a Russell y a Leone de reojo—.
Sean rápidos. Defiendan al principio, después busquen patrones.
Una vez que los encuentren, contraataquen. Pero no lo hagan antes o será el fin.
Tapó el plumón y se alejó de la pizarra, dejando ver la estrategia escrita a modo de un mapa mental. Leone permaneció estático, trató de absorber cada trazo para tener una imagen clara de lo que debía hacer. Su pecho subía y bajaba lentamente, dudoso.
A su lado, Russell mantenía su postura relajada.
—¿Tan seguro estás de que eso nos funcionará? —habló, escéptico—. ¿Y si usa una técnica distinta?
Beltrán tensó la mandíbula. Se quedó inmóvil, cabizbajo y resopló en silencio, como si aquello le hubiera ofendido. Alzó la cabeza hacia Huzumán; no giró del todo, dejando su rostro apenas visible en un perfil sombrío, casi indiferente.
—Diego no cambia —afirmó. Su voz enronqueció —. En cuanto vea que no tiene el control, comenzará a desesperarse.
Leone y Russell se miraron entre sí.
—Eso es todo —el castaño irguió la espalda—. Tendrán la oportunidad si lo aplican bien. Si no, bueno, ya saben.
Con eso, Beltrán se fue, dejando un silencio denso que Leone no supo cómo romper. Respiró por la boca, volviendo a la pizarra, a esa verdad que comenzaba a aceptar con Russell. Necesitaba aferrarse a esa fe cascabeleante .
La competencia era un hecho que definiría quiénes eran y quiénes podían llegar a ser dentro y fuera de la academia, juntos, ganaran o perdieran.
Y claro que Leone no estaba dispuesto a fallar.