Vehemente 15 . EL HALCÓN ORTEGA #2
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15 . EL HALCÓN ORTEGA #2

La ronda inició. La fuerza de Beltrán se notó desde el primer instante. Tatsuro sintió un impacto como si estuviera tratando de mover una pared; sus músculos se tensaron al máximo, insistiendo, pero el brazo de Beltrán ni siquiera se movía.

—Ya empezamos, ¿eh? —se burló este, relamiendo sus dientes superiores, y disimuló otra sonrisa.

Tsuro jadeó, no habían pasado ni cinco segundos y su brazo ya comenzaba a ceder.

Bajó la vista, mostró los dientes conteniendo una mueca de esfuerzo, creyendo que ya podía igualar la fuerza de Ortega, pero al alzar la mirada, se topó con su rostro inmutable, pareciendo disfrutar de su sufrimiento.

Finalmente, con un movimiento decidido, estampó su mano contra la mesa.

El salón entero reventó en carcajadas, chiflidos y abucheos. Tatsuro retiró la mano y la sacudió por el dolor. Sus ojos no se apartaron de Beltrán, quien se reclinaba hacia atrás con una sonrisa satisfecha.

—Y eso que soy zurdo.

—Otra vez —Tatsuro se acomodó de nuevo.

Los demás enmudecieron por un instante antes de seguir gritando aún más fuerte. Beltrán arqueó una ceja, neutralizó sus facciones, pero al cabo de unos segundos, su sonrisa regresó.

La segunda ronda comenzó y el resultado fue aún más rápido que el primero. El brazo de Tatsuro cayó al instante, su mano golpeó la madera con un ruido seco. No prestó atención a las burlas, volvió a colocar su brazo en posición, esta vez con la mandíbula bien tensa y el rostro sudoroso.

—Otra.

—¿En serio?

—Sí.

Los dos, al mismo tiempo, se acercaron, entrelazaron sus manos y la tercera ronda comenzó. Tsuro puso todo lo que le quedaba de fuerza, su muñeca dolía y el brazo de Beltrán seguía duro. Su mano terminó nuevamente contra la mesa.

Tras la tercera derrota, el silencio inundó el salón. No podía dejar de sentir el peso de las miradas sobre él, pero su mundo se redujo únicamente a Beltrán y a esa mesa que los separaba.

—Otra —ordenó, jadeante, poniendo su codo en posición.

Beltrán le hizo caso. Tomó su mano, iniciando la cuarta ronda, que a diferencia de las primeras, duró más de lo estimado.

—¿Por qué no te vas? Un movimiento en falso y puedo romperte la muñeca —le preguntó con una curiosidad genuina. Mantuvo su mano firme a pesar de la fuerza que aplicaba su contrario. Se acercó sin soltarlo, interesado en la respuesta.

Tatsuro apretó la mandíbula. No podía rendirse, no sabiendo que Leone contaba con él.

Pensó en todo y a la vez en nada. La pregunta de Beltrán provocó en su mente un choque eléctrico que lo dejó en blanco, quieto como estatua.

Pensó en sus amigos, en su tarea como representante.

No quiso ensimismarse, no era ese tipo de chico.

Enfocó a Beltrán, el hombre cinco años mayor que él que tal vez podía ayudarlo a encontrar una salida, que parecía disfrutar viéndolo quebrarse.

—Porque tengo que hacerlo.... —contestó en voz baja.

Ante su respuesta, Beltrán entrecerró los ojos, sintió el temblor de los dedos de Tatsuro, vio su ceño fruncido y notó su respiración entrecortada.

No creía que lo hacía por gusto u orgullo...

No, lo suyo no era orgullo, era necesidad.

Por un pequeño instante, su mente regresó a sus días como Coyote.

Siendo uno de los fundadores, había visto muchas cosas, pero la terquedad de Tatsuro le recordaba a alguien en especial que deseaba olvidar para siempre: él mismo.

Sus jadeos evitaron que se sumergiera en sus memorias, lo cual, en silencio, agradeció.

Por su parte, Tatsuro, todavía con el brazo rígido sobre la mesa, vio que Beltrán ya no sonreía como antes, y eso, por extraño que pareciera, lo llenó de incertidumbre.

—No te vas a rendir, ¿verdad? —Ortega alzó una ceja.

—No.

—Bueno —volvió a estamparlo sin piedad.

Se oyó un crujido tras el impacto. Los huesos de la muñeca de Tsuro tronaron, liberando un dolor agudo que recorrió de sus dedos hasta su codo. Ahogó su molestia en un suspiro silencioso, e ignorándolo, acomodó de nuevo su codo.

—Otra.

Cinco, seis, siete, ocho rondas más. Cada vez que su brazo golpeaba la mesa, sentía que su muñeca se rompería bajo la piel.

—... Otra.

Beltrán, en la novena ronda, lo dominó con una facilidad que empezaba a frustrar a los espectadores.

Era de todo menos una competencia; el morbo se había esfumado, solo quedaba la pena hacia el chiquillo que apenas y podía alzar el brazo y que, a juzgar por la emoción en sus ojos, Beltrán supo que iba a seguir, a lo que se adelantó.

Acomodó su mano y Tatsuro la tomó sin dudarlo a pesar del dolor punzante; sus dedos temblaron al rodear la del castaño, tomó un gran bocado de aire y se preparó, según.

El Halcón apretó con firmeza, mas no comenzó de inmediato. Algo en él lo detuvo. Vio el rostro del chico, joven, cansado, pero tan decidido. Y fue entonces cuando lo deliberó.

—Suficiente —lo soltó.

Tatsuro se enderezó, sorprendido, con la respiración todavía pesada y la mano entumida en la misma posición.

—Todavía puedo...

—No, no puedes —lo interrumpió—. Eres un suicida. No se trata de insistir a ver si tienes suerte; se trata de saber cuándo puedes y cuándo no.

Se arrimó, apoyando los codos en la mesa; su rostro estaba sereno, con algo de confusión. Lo miró directamente a los ojos.

—Me gusta tu determinación —sonrió, sincero—. Pero la fuerza bruta, tarde o temprano, te traiciona.

Tatsuro tragó saliva.

—Te ayudaré —continuó, cruzando ambos brazos sobre la mesa—. Veo que eres alguien que vale la pena.

Se levantó, dando por terminado el espectáculo. Todos se abrieron paso. Rodeó la mesa y se detuvo junto a él para darle un empujoncito en el hombro.

—Ve a la enfermería —sugirió—. Te buscaré después de clases.

Tsuro asintió con la boca entreabierta.

Beltrán le dedicó una sonrisa desde arriba, le dio ligeras palmadas en la mejilla y se enderezó cambiando su postura a la de siempre. Volteó a ver a un grupo de muchachos que aguardaban del otro lado de la mesa y señaló con la mirada los billetes que se acumularon al borde.

—Junten eso; no habrá apuesta —ordenó, despreocupado; luego bostezó, girándose al chico pelinegro de espalda ancha—. Vamos por algo, Anthony, me muero de hambre.

Tatsuro, desde su asiento, observó a Beltrán alejarse hasta salir del aula, llevándose consigo el bullicio de los demás.

Su cuerpo todavía temblaba, y no estaba seguro de si era por el dolor punzante que le atravesaba la muñeca o por la intensidad de lo que acababa de vivir.

Sus ojos seguían fijos en la única puerta del salón.

No supo cómo, pero sin querer se ganó el respeto de Beltrán, «El Halcón Ortega».

—Y eso fue lo que pasó.

—No te creo nada —Russell, acostado sobre una colchoneta de entrenamiento, reposó una mano detrás de su nuca.

—Te lo juro —Tatsuro tensó los puños—. ¡Seb, diles que es cierto!

—Es cierto, yo estaba ahí —confirmó este.

Naín sonrió desde la esquina, un poco alejado. Solo estaban los cinco en el salón.

Russell soltó una risa. Negó y se giró para mirar a Leone, quien estaba sentado en la colchoneta de al lado con las piernas cruzadas, atento a la historia.

—¿Tú qué opinas? —preguntó, meneando la cabeza.

Leone tardó en responder. Humedeció sus labios y apoyó las manos detrás de su espalda.

Recapituló el relato que escuchó, perdiendo su atención en las puntas desgastadas de sus zapatos.

Volvió a ver a Russell y sonrió para sus adentros al verlo tan tranquilo.

Habían estado entrenando desde ayer, perfeccionando golpes y conociendo los patrones del otro para, según, un bien mayor: la competencia.

No podía evitar admirar la intensidad con la que Russell se tomaba los retos, y además, existía algo en la forma en la que Russell sonreía después de ejecutar un movimiento perfecto, cómo se alentaba a sí mismo con un simple gesto cuando conseguía lo que quería.