15 . EL HALCÓN ORTEGA
Inu Koi, 2051.
Tenían dos semanas para prepararse e intentar igualar el poder en conjunto de Diego y Valentino.
Se empeñaron en eso, pues creían que si eran capaces de derrotarlos, lo demás lo tendrían ganado.
En el cuarto día, Tatsuro empezó en serio su labor.
Junto a Sebastián estaba de pie en la mitad del patio a la hora del receso, viendo fijamente los salones de último año.
Tenía toda una estrategia trazada en la cabeza, pero debía estar al tanto de cualquier punto ciego, por más mínimo que fuera, para no ser tomado por sorpresa.
—Tsuro... —Sebastián lo miró, preocupado—. ¿Estás seguro?
—Él es el único que nos puede ayudar —respondió, perdiendo su atención en una puerta en específico desde su posición.
—¿Pero y si no?
—Lo hará.
Tensó ambos puños, infló el pecho y avanzó.
Cruzó el patio con Sebastián siguiéndole por el hombro izquierdo y llegaron al pasillo que daba acceso a cinco puertas diferentes con tres metros de separación entre cada una.
Tatsuro sintió un escalofrío. Cualquier persona normal diría que solo eran puertas de aulas, como las demás en el edificio, pero no eran puertas comunes, para nada: eran las puertas que conducían a los cinco grupos existentes de sexto semestre, el último de la academia.
Se detuvieron frente al salón con la placa que decía «6°B». Tatsuro tomó la perilla.
—Tsuro... —Sebastián se escondió detrás de su espalda, realmente asustado.
—Solo no abras la boca.
Respiró profundo y tras pensarlo por un par de segundos, abrió la puerta.
La madera crujió, una oleada de calor y olor a desodorante de hombre les dio la bienvenida al salón.
No tardaron en oírse voces, risas y escándalo: muchachos sentados en las butacas, conversando sobre asquerosidades; algunos estaban distraídos en el celular, otros dormidos en sus mesas; un pequeño grupo reproducía música variada en una bocina inalámbrica mientras otros comían y, finalmente,
los grandes apostaban por quién aguantaba más golpes en el abdomen.
Había de todo, un mundo demasiado ruidoso y frenético, incluso para Tatsuro.
Era bien sabido que los estudiantes de sexto semestre no acostumbraban a salir al patio en el receso, ya que la mayoría de sus clases eran al aire libre y preferían quedarse en el salón a descansar. Evidentemente, el grupo de «6°B» no era la excepción.
Los dos muchachos caminaron por el centro del bullicio, cabizbajos.
Tatsuro alzaba la vista de vez en cuando para buscar a alguien, mientras que Sebastián se pegaba a su espalda, asombrado de los golpes que estaba soportando un chico rubio sin quejarse.
Pasaron entre algunos cuerpos, provocando que más de uno lo siguiera con la mirada.
Tatsuro aceleró su paso. El viaje lo sintió eterno a pesar de que el salón tenía las mismas dimensiones que el suyo.
Logró ver el inicio de la pared que delimitaba el fondo, y a su vez, la gran espalda de un chico pelinegro que con otros formaban un círculo alrededor de algo.
Tatsuro suspiró, aliviado, tomó la mano de Sebastián y se metieron a la fuerza.
Quedaron en primera fila. No fue una sorpresa del todo, ya se lo esperaban: había dos mesas juntas formando una más grande, en donde un par de estudiantes jugaba a las vencidas.
A diferencia del juego de los golpes, este sí involucraba apuestas con dinero real, por lo que solo los más valientes se atrevían a entrar.
El joven de la derecha no soportó la fuerza, soltó sus músculos y al toque su mano fue estampada contra la mesa, dándole la victoria al de la izquierda.
Los que lo apoyaban comenzaron a festejar, provocando que los que le habían apostado al de la derecha se enfadaran de verdad.
El ambiente creció, las ovaciones y reclamos resonaban por las paredes.
Todo se desvaneció para Tatsuro cuando finalmente posó la vista en el chico que miraba la ronda del otro lado de la mesa, apoyado en el respaldo, con los pies encima de una silla vacía.
Ahí estaba por quien llegó, Beltrán Ortega, mejor conocido como «El Halcón Ortega», un estudiante sobresaliente desde el primer día, hijo del dueño de la arena más importante del país.
Aunque su expresión era relajada, casi perezosa, su postura denotaba una confianza natural, teniendo completo control de lo que ocurría.
Se levantó de la silla y con un movimiento rápido arrebató los billetes que un grupo de chicos le entregaron con expresiones resignadas.
No mostró emoción alguna ante el dinero; para él, era parte de su rutina.
Tatsuro tragó saliva, estar frente a él no era lo mismo que verlo desde lejos.
— Tsuro … —Sebastián retrocedió sin soltarlo.
Pero sabía que no había vuelta atrás. Beltrán era la única persona con la experiencia suficiente para ayudarlos, alguien que había estado en el círculo cercano de Diego como Coyote y que, por razones misteriosas, lo había dejado. Si alguien conocía sus debilidades, era él.
—Oye, Ortega —Tatsuro alzó la voz, más seguro de lo que realmente se sentía. Al terminar, sintió las uñas de Sebastián clavarse en su brazo.
Beltrán levantó la mirada lentamente, ladeando la cabeza con interés. Los murmullos del grupo desaparecieron; todos estaban atentos al chiquillo que se dignó a llamarle por su apellido.
—Sí, soy yo —respondió, cruzándose de brazos. Alzó la barbilla y se levantó, dejando que sus mechones castaños se deslizaran por su cara, cubriéndole toda la frente—. ¿Y tú eres?
—Tatsuro Oshima, de segundo semestre y... necesito tu ayuda.
El silencio incómodo siguió. Beltrán arqueó una ceja, recargó su cadera en la mesa, creando una presencia imponente sin esfuerzo.
—¿Mi ayuda? —sonrió de lado—. ¿Qué quieres?
—Quiero derrotar a Diego y a Valentino en la competencia de apertura.
Surgieron risas ahogadas entre el círculo de espectadores. Beltrán, sin embargo, fue el único que permaneció callado. Su mirada marrón se movió de Tatsuro a Sebastián, quien intentaba no hacer contacto visual.
—Sabes cómo pelean —Tatsuro se interpuso para captar de nuevo su atención—. Puedes ayudarnos.
—Ya entiendo —Ortega tomó asiento, fingiendo deliberar. Escondió una sonrisa bajo la mano que acomodó al costado de su mejilla pálida, recargándose en esta.
Le dedicó al muchacho una expresión de interés que apenas disimuló.
La visita de Tatsuro no pasó desapercibida, confesó que lo sacó de su órbita y no pudo evitar sentir una punzada de curiosidad.
Desde que dejó a Los Coyotes, nadie se había atrevido a acercarse a él para hablar de Diego, mucho menos para pedirle un favor relacionado con la lucha.
Durante los últimos dos años había disfrutado de su posición en el anonimato activo, rodeado de su propio grupo de amigos, quienes compartían su gusto por el caos medido, las apuestas y la violencia.
El salón de «6°B» era un territorio controlado por él, donde las reglas se dictaban bajo su astucia y carisma.
Para asegurarse, volvió a observar a Tatsuro, enfocándose en cada detalle: el ligero temblor de sus manos, la rigidez de sus hombros y el esfuerzo evidente que hacía por mantener la compostura. A pesar del terror, el chico no retrocedía. Y eso, por sí solo, fue algo que le admiró.
—Entonces viniste a mi salón para pedirme consejos porque quieres ganarle a Diego.
Tatsuro tragó saliva, su silencio bastó. Beltrán sonrió entre dientes.
—Está bien, te ayudaré.
Una oleada de susurros recorrió al resto, acompañada de miradas difíciles de descifrar.
Tsuro no tenía claro si aquello era una buena o una mala señal.
Todo el salón se agrupó a sus espaldas, provocando que su entrecejo se frunciera sin que pudiera evitarlo.
Por alguna razón, la accesibilidad del Halcón no le parecía normal.
—Pero antes tendrás que demostrarme que eres digno —Beltrán agrandó su sonrisa. Abrió sus piernas sobre el asiento, acomodándose, y apoyó su codo derecho en la mesa—. Te reto a unas vencidas . Gáname y te diré lo que sé.
Apenas las palabras salieron de su boca, el grupo estalló en gritos y risas.
—¡Vamos, ¿quién va a apostar!? —el chico pelinegro de espalda ancha gritó, dirigiéndose al costado de la silla de Beltrán. Puso un billete de cincuenta pesos en el borde de la mesa de un golpe y levantó el rostro, eufórico—. ¡Después de dos años, el jefe va a competir!
El simple hecho de que Beltrán aceptara participar como contrincante era, para su grupo, inaudito.
Las mesas y sillas rechinaban al ser movidas con brusquedad; los alumnos sacaban billetes y monedas de sus bolsillos, otros gritaban a todo pulmón, anunciando apuestas o simplemente celebrando el momento histórico para su generación.
Tatsuro inspiró sin moverse, su corazón latió tan rápido que sentía que iba a salirle por la garganta.
El peso de las miradas, las exclamaciones y el hormigueo de su sangre calentarse por sus venas lo hacía sentirse insignificante.
Cuando menos se lo esperó, estaba rodeado de hombres más grandes que él, empujándose como animales y lanzándole dinero al pelinegro, solo para verlo fracasar en primera fila.
Rígido, accedió, se sentó frente a Beltrán sin quitarle los ojos de encima; este meneó la cabeza y su sonrisa perversa creció de oreja a oreja, dejando en claro sus verdaderos pensamientos grotescos y ansiosos por estamparlo contra la mesa.
Tsuro apoyó su codo, la madera crujió bajo la presión de los dos y, al mismo tiempo, el caos en el aula se desenfrenó .
Sebastián soltó un suspiro tembloroso al ver a su amigo a punto de ser tragado por las fauces de los de último año. Eran bestias sin raciocinio, que lentamente lo excluyeron del espectáculo, dejándolo fuera del círculo y prohibiéndole ver el desenlace.
El calor empezó a sentirse. Beltrán tomó la mano de Tatsuro sin cuidado, inclinó la cabeza mientras sus dedos aprisionaban los de él con una firmeza que hacía evidente quién tendría la ventaja.
—¿Listo? —habló, apenas audible por el ruido, con un rostro desquiciado—. Vamos a ver cuánto aguantas.
Tatsuro se preparó, sintió el sudor frío recorrer su espalda.
—¡Empiecen! —el chico pelinegro golpeó la mesa.