25 . VEHEMENTE #6
Y fue esa calma la que le dio sentido a la situación.
Ventus reconoció la energía. Enmudeció. Su mente, que durante siglos había clasificado la existencia de aquel individuo como un mito de la existencia, colapsó.
El terror que sintió por el titán era ridículo comparado con lo que se manifestaba frente a sus narices.
Sus piernas no respondieron. Ventus, el primer ascendido, el dios del viento que consolidó una religión que le permitía a la humanidad estar más cerca del Orden, se desplomó sobre sus rodillas, murmurando entre dientes que todo fuera una pesadilla.
El hombre se detuvo frente a él mientras jugaba con los pocos pelos de su barba canosa. Le sonrió al dios con sus dientes torcidos y le mostró respeto con una reverencia sutil.
—No… No hagas eso —Ventus quiso alejarse.
—Me sorprende que hayas podido reconocerme —enderezó su espalda jorobada—. Los ordinarios pasan delante de mí sin sospechar quién soy; y tú, con solo sentirme, ya descubriste mi verdadera identidad… No me equivoqué sobre ti.
Dio un paso al frente.
—No te acerques.
—¿Qué tanto han dicho Los Siete sobre mí para que me tengas miedo?
Ventus tembló. Ante su silencio, el anciano suspiró, cansado.
Dejó de lado su juego y chasqueó sus dedos.
La realidad alrededor de su físico hizo crujir el suelo.
Su piel se desprendió sin mostrar sangre, revelando una carne firme y de un color carmesí intenso.
Los huesos de su espalda se acomodaron en un solo impacto, aumentand o su fisonomía hasta detenerse en una estatura de aproximadamente dos metros como una versión reducida, adaptada para interactuar con el dios, porque si se soltaba, colapsaría el Abismo con su verdadero tamaño colosal.
El traje de tela se rasgó cuando sus hombros se ensancharon y sus dos brazos se volvieron robustos. Por detrás le creció una cola larga y delgada que azotó el suelo como un felino acechando a su presa. De su frente salieron dos cuernos, enredándose en su cabello negro medianamente largo.
La anchura de su torso y sus músculos definidos era lo de menos. En su rostro tres ojos de un amarillo brillante parpadearon a su ritmo; se fijaron en Ventus. Su sonrisa afilada seguía ahí.
—Vaya cuentos te contaron —alzó una mano, tomó la barbilla del dios. Lo levantó, girándolo . Ambos quedaron frente al titán.
Las leyendas susurradas con temor en los espacios más recónditos del Elíseo cobraron vida frente a él. Aquel hombre era Kama, el demonio de los tres ojos, quien solo Los Siete tenían el privilegio de conocerlo en persona. Y ahora también él.
Observaron en silencio la creación de Corvus, y Ventus se mantuvo completamente rígido bajo su enorme brazo, paralizado.
Kama admiró a la criatura que lloraba: un titán como él. Lo interpretó como una inspiración directa de Corvus hacia su propia naturaleza caótica. Ya que, después de todo, él era inmensamente superior a cualquier cosa que viniera del Caos.
Ventus encontró un momento para respirar. Lo que terminó de quebrar su compostura no fue la presencia de Kama, sino el hecho de haberse presentado en una forma humana perfecta que podía vagar libremente por el mundo del hombre.
—A tu padre y a mi hija les encanta echarnos a perder el trabajo... Son el uno para el otro —Kama suspiró sin soltarlo—. Pero para eso están tus preciados Siete, ¿no? Para limpiar el desorden.
La mención de Los Siete fue suficiente para detonar en el gigante la locura.
Levantó el rostro, su corrupción se deformó sobre la piel y sufrió un espasmo de odio.
Se abalanzó contra ellos. Las cadenas se estiraron al límite, rechinando bajo la presión, amenazando con romperse en cualquier instante.
Ventus entró en pánico; convencido de que el metal cedería, intentó zafarse del agarre de Kama para huir.
Sin embargo, este no reaccionó; soltó al dios del viento y se acercó al titán.
Sus tres ojos amarillos brillaron con intensidad, analizó el origen de la furia y lo entendió.
Kama rio despacio, realmente complacido. Su expresión cambió de golpe y miró al titán a los ojos.
—Oh, Corvus... ¿qué has hecho? —estimó ese odio profundo con el que fue creado con total satisfacción.
Ventus aprovechó que el demonio lo había dejado y retrocedió; dio pasos lentos hacia atrás.
Justo antes de que se alejara lo suficiente, Kama giró la cabeza y lo miró de reojo con sus penetrantes ojos amarillos.
No hizo nada para detenerlo, permitió que huyera.
Y no lo culpaba, sabía que correr hacia Los Siete era aferrarse a la comodidad del engaño; algo que él también haría si tuviera la oportunidad.
—Recuérdalo bien, « Dios ». En el mundo del hombre me conocen como Zaadir. La próxima vez que nos encontremos, no seré un anciano.
En el momento en que Ventus desapareció, la presión del oxígeno se elevó dentro del Abismo . El demonio descansó las manos tras su espalda y observó al gigante. Este le devolvió el gesto; su llanto se había calmado, dejando un silencio triste y contagioso.
D’Rim, el dios de la vehemencia.
Ese fue el nombre que Kama le otorgó en su mente, el que estaría obligado a cargar por el resto de la eternidad.
FIN.